Cerca de 50.000 personas —prácticamente la mitad de la población de Ceuta— han cruzado la frontera entre Marruecos y Ceuta en el último día y medio. 

Lo ocurrido en este enclave ha vuelto a poner la migración en el centro del debate. Una parte de los medios y la opinión pública habla de este episodio en términos catastrofistas y algunos grupos políticos piden declarar el estado de emergencia nacional. Al margen de las batallas políticas, hay miles de personas que se han jugado la vida para huir de su país. 

Javier Sánchez charla con el periodista Marc Ferrà, que desde el lado marroquí de la frontera nos cuenta cuál es la situación allí. ¿De dónde vienen muchas de las personas llegadas a Ceuta? ¿Qué dicen el Gobierno y la prensa de Marruecos?

Puedes ver la charla en YouTube y escucharla en Spotify, iVoox o Apple Podcast.

Es una de las disociaciones más salvajes de nuestro tiempo. 

Demasiadas veces pensamos que hablamos de migraciones —o, por usar la expresión más extendida en la prensa y la calle, de “inmigración”, con los terribles adjetivos que conocemos— cuando en realidad hablamos de otra cosa. No nos referimos a la complejidad de los movimientos de población —orígenes, rutas, muerte, tránsito, esperas, llegadas, burocracia, racismo, también alegrías—, sino a la percepción doméstica, los traumas nacionales o, en el caso de Ceuta, todo eso unido al cinismo geopolítico, con la consabida onda expansiva emocional que eso genera entre dos países vecinos.

La investigadora Blanca Garcés me descubrió el concepto de “fronteras espectáculo”: los lugares en los que se representa en directo una película del dolor, la de quienes huyen y chocan contra los muros. Esta retransmisión reduce a las personas que sufren a objetos de consumo. Es uno de los grandes clichés visuales de la historia, y en particular del siglo XXI, ya que desde la caída del muro de Berlín no hemos hecho más que construir muros en todo el planeta. 

Esta retórica mediática es difícil de modular: yo mismo he cubierto las fronteras en momentos difíciles, yo mismo he sido parte de esa retórica. El problema, en realidad, no son esas coberturas, sino cómo se ignoran el resto de aspectos relacionados con las migraciones y cómo se amalgaman estos episodios —el componente escénico es importante, Rabat y Washington lo saben— con la seguridad nacional y los marcos preferidos de la extrema derecha.

Cuando alguna radio o televisión me llama para dar mi opinión sobre episodios como el de Ceuta, me cuesta dibujar una visión clara. Con el tiempo me he dado cuenta de por qué: no debo recurrir a mi experiencia como reportero haciendo coberturas sobre movimientos de población, sino a mis conocimientos —otras personas tienen más— geopolíticos, que también emanan de esas coberturas, pero en la vertiente más relacionada con la guerra y las relaciones internacionales.

En 5W hemos dedicado muchos reportajes al uso de las personas que migran como arma diplomática. Marruecos ha recurrido a esta estrategia con España una y otra vez, pero también lo han hecho países como Bielorrusia y Turquía con la Unión Europea. Aquí cabe un matiz: el chantaje funciona cuando te dejas chantajear. España y Bruselas subrayan su voluntad de proteger su “soberanía nacional”, sus fronteras, pero dan la llave de su fortaleza a regímenes autocráticos para que la guarden a salvo a cambio de dinero. El resultado es previsible, pero también evitable. 

Guerras de la percepción 

La frontera espectáculo se derrumbó en Ucrania. O, si acaso, se convirtió en una frontera donde el espectáculo ya no era el dolor, sino la solidaridad. La acogida de millones de personas de Ucrania —revestida de racismo porque contrastaba con el rechazo a otras comunidades— fue un gesto simbólico que desarmó a Rusia. Europa no quiso darle las llaves de su casa a Putin. 

Son escenarios distintos, porque lo de Ucrania es una guerra súbita que causa la huida de millones de personas, y la frontera entre Marruecos y España es también una de las principales fronteras entre África y Europa. Refugio y migraciones. Pero hay algunos apuntes que vale la pena hacer. 

El primero, sobre las metáforas que asocian la migración con catástrofes naturales, casi siempre aplicadas a poblaciones que no son blancas. Alud, avalancha. El de Ucrania fue en realidad uno de los movimientos de población más rápidos de la historia reciente: un millón en un mes, cinco millones en unos meses. Es lo que más se acercaría a una avalancha. Pero fue ordenada, porque estaba reglada. (La UE acabaría aprobando la directiva de protección automática para personas refugiadas de Ucrania). No hay una frontera espectáculo. No hay un episodio abrumador que quede grabado a fuego en la memoria de la audiencia.

Otro apunte en clave migratoria. Uno de los mitos más extendidos sobre las migraciones, descrito en detalle por el experto Hein de Haas, es que los países con índices socioeconómicos más bajos son los mayores emisores de migración. Los datos no confirman esa tesis tan extendida a nivel popular. Por tanto, la retórica oficial europea de ayudar a algunos países para evitar las migraciones no solo es inmoral, sino incorrecta. Los países que presentan un perfil más proclive a la diáspora son aquellos de renta media, con más desarrollo económico. Si además son regímenes autocráticos, la aspiración ya no es solo de mejora social, sino política. Sueños rotos. Marruecos encaja perfectamente en este perfil. Así que es muy fácil usar a sus jóvenes como arma política contra el país vecino.

Lo que recordaremos y lo que olvidaremos

El análisis (geo)político se sustenta ahora sobre una paradoja: el pistoletazo de salida a la carrera hacia Ceuta de esos jóvenes lo podría haber dado el político que de forma más notoria se ha opuesto a las migraciones, Donald Trump. 

“El presidente Trump ya advertía desde hace tiempo a Europa de lo que pasaría si sigue aplicando políticas globalistas de extrema izquierda como permitir la migración masiva”, dijo a varios medios una portavoz de la Casa Blanca. “España y otros países que han adoptado esta filosofía destructiva deberían inmediatamente revertir su curso o arriesgarse a su propia muerte”. El plan está claro y Washington sabe que el flanco más vulnerable de España está en el sur, donde cuenta con uno de sus grandes aliados. Un informe del Congreso estadounidense de abril situaba a Ceuta y Melilla en territorio de Marruecos “bajo administración española”. 

Esta es la clave global: el enfrentamiento de Estados Unidos —amigo de Marruecos— con España y su afán de que cambien gobiernos, siempre en el mismo sentido, no solo en Madrid sino en otras capitales europeas. Las claves regionales también se están explicando —aunque, en realidad, nunca se puedan desgranar del todo—. La voluble relación diplomática entre España y Marruecos: después de la última gran crisis de Ceuta, en 2021, empezó una luna de miel con un arco que iba desde la cesión española a las tesis autonomistas de Marruecos sobre el Sáhara —ignorando las resoluciones de Naciones Unidas— hasta la organización del próximo Mundial de fútbol. La interpretación más próxima en el tiempo: todo esto llega tras la visita oficial de Pedro Sánchez a Argelia para recoser una relación importante y la sentencia del Tribunal Supremo que prohíbe las devoluciones en caliente de personas que lleguen a nado a Ceuta o Melilla, y que ha circulado por las redes sociales en Marruecos.

Hay muchas más cosas en juego. Más visiones, más ángulos, más densidad. Nadie conoce los orígenes precisos de la llegada de miles de personas a Ceuta, y nadie sabe tampoco cómo se desarrollarán las relaciones diplomáticas en ese triángulo insondable entre Madrid, Rabat y Washington. Pero varias cosas permanecerán: 

La impresión en nuestra memoria de las migraciones como un elemento episódico, trepidante y deshumanizador. Cuando en realidad son procesos con fases temporales, habitualmente largos y profundamente humanos.

El triunfo en la percepción colectiva, a través de la frontera espectáculo, de los postulados de la ultraderecha. Cuando en realidad lo que pasa detrás del escenario es lo que mejor nos cuenta cómo se mueve el mundo.

El olvido de las personas que murieron intentando llegar a Ceuta. Eso no tiene reverso.

Fronteras, redadas, separación de familias, incertidumbre, miedo, trabas administrativas y deportaciones. Todo esto sucede en Mauritania, convertido en laboratorio del control migratorio de la Unión Europea. 

Este es el primer episodio de Crónicas a viva voz. En él, os acercamos en formato sonoro la cobertura que Maribel Izcue, redactora jefa de 5W, y Anna Surinyach, editora gráfica de la revista, llevaron a cabo para seguir el rastro de las políticas migratorias de la Unión Europea y poner nombre y apellidos a su impacto.  

La crónica sonora adapta el resultado de ese viaje, y narra en primera persona algunos entresijos del reportaje que publicamos el pasado 18 de junio, poco después de la entrada en vigor del nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo. 

Puedes escuchar la crónica en Spotify, iVoox, Apple Podcasts y YouTube

Acompáñanos a escuchar el mundo. 

Esta crónica se ha elaborado gracias a una colaboración con la Comissió Catalana d’Acció pel Refugi en el marco de un proyecto financiado por la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo. 

Un trabajo de Maribel Izcue y Anna Surinyach, editado y adaptado por el equipo de 5W y locutado por Javier Sánchez. 

Los mismos que sustituyen los árboles por hormigón hasta convertirlo todo en una sartén, que ningunean a los bomberos y se mofan de los planes de prevención, que destinan a enfriar los centros de datos la poca agua que nos queda para regar y beber, que se esfuerzan por hacer todo lo que está en sus manos para acelerar nuestra extinción, esos mismos han convertido los incendios que nos están arrasando en un photocall desde el que seguir calcinando nuestras democracias.

Los mismos que se llenan la boca de la palabra patria mientras se rebanan los sesos para robarnos sus impuestos son capaces de convertir un Mundial de fútbol en una excusa para difundir sus soflamas racistas porque no soportan que los muchachos que alzan la Copa sean el reflejo de un país diverso, mestizo y multicultural, que ninguna de sus fronteras y políticas criminales fue ni será capaz de frenar.

Los mismos que se alimentan con los productos cultivados por personas migrantes, que dejan a su cuidado sus casas, a sus hijos, a sus hijas, a sus mayores, que cobran una pensión, un ingreso mínimo vital o una ayuda por desempleo gracias a sus cotizaciones, esos mismos son capaces de bramar impúdicamente sus creencias supremacistas en la puerta del colegio, en la barra del bar o en los comentarios de Instagram.

Los mismos que cobran ahora un 60 por ciento más de salario mínimo interprofesional, que gozan de más de cuatro meses de baja por paternidad, que por primera vez han tenido un contrato fijo o una beca para opositar, desean la muerte a los políticos que lo hicieron posible y salivan esperando el retorno de los que nunca les consideraron más que sus súbditos, peones, chusma, curritos, lolailos.

Mire donde mire me cuesta no ver maldad. Una maldad minuciosamente diseñada, planificada, ejecutada, publicitada por grandes líderes mundiales, por muy olvidables gobernantes locales, por presentadoras altaneras, por histriónicos agitadores… Y por lo más difícil de revertir: hordas iracundas de ciudadanos y ciudadanas tan llenos de odio que parecen abrir la boca solo para supurar algo de la vileza y ruindad que les atora el riego cerebral.

Desde la Ilustración, distintas corrientes filosóficas nos han enseñado a dejar de ver el mundo como una pugna entre el bien y el mal, a desconfiar de quienes dividen a las personas entre buenas y malas. Somos constructos sociales, una compleja amalgama del “yo soy yo y mis circunstancias” de Ortega y Gasset. Gracias a esta ruptura con el maniqueísmo socrático y religioso, las sociedades apostaron por la educación no solo como el principal motor de avance mediante el conocimiento, sino también para la socialización en unos valores comunes que promoviesen la convivencia, la cooperación y, allí donde se consolidaban las democracias, por el respeto a la pluralidad de ideas y a la diversidad. Ser buena persona debía significar más o menos lo mismo en cualquier lugar del mundo: ser solidario, generoso, hospitalario, amable, sincero, justo y servicial eran los rasgos por los que un miembro de la comunidad era estimado y respetado. Y aunque cada sátrapa impusiera su particular infierno, pese a que el mundo seguía siendo violento e injusto, a pesar de que buena parte de la política seguía siendo corrupta y sectaria, aun cuando las familias se seguían dividiendo por los rencores y las herencias, los niños y niñas en el colegio aprendían que no había nada más reprobable que ser racistas, intolerantes, mentirosos, acosadores, egoístas. Un consenso que resistió a duras penas la expansión del neoliberalismo a partir de los años 80, la cultura del pelotazo de los 90, el “tonto el que no especule” de los primeros 2000, “el sálvese quien pueda” del austericidio post-2008, el individualismo conspirativo y negacionista que proliferó durante la pandemia de covid-19…

Un proceso de degradación histórica que ha envilecido la subjetividad dominante hasta llegar al ocaso actual, cuando los candidatos a dictadores ganan en las urnas, los genocidas reivindican sus crímenes en las redes sociales y cuando vemos en directo arder los últimos pilares éticos de nuestras democracias mientras las ascuas alumbran un único derecho universal: el derecho a la maldad.

Ramón Lobo. Grande. Crecí leyendo sus crónicas en las páginas de El País, lo conocí en persona en sus últimos años como periodista de plantilla de ese diario, coincidimos en la reelección de Hamid Karzai en Kabul, pero nos hicimos amigos cuando le echaron a la calle y se convirtió en un freelance de última generación. En esos momentos del Lobo más silvestre es cuando 5W nos propuso juntarnos un fin de semana en Barcelona para hablar de nuestras carreras periodísticas y así nació Guerras de ayer y de hoy, el primer número de la colección Voces.

Era 2016, me acababa de trasladar con toda mi familia a Jerusalén para convertirme en corresponsal (freelance), preparaba mi estreno como escritor de ensayos con Oriente Medio, Oriente roto y 5W me daba la oportunidad de sentarme cara a cara con Lobo. De ese fin de semana salió un libro, la certeza de que Lobo era de la Real Sociedad, aunque no lo sabía, y una nueva pata para sostener a la revista en un formato que no habíamos probado y que se mantiene desde entonces, la serie de los minilibros de Voces. 

Yo soy uno de los socios fundadores de 5W, en realidad, una especie de satélite que orbita en torno a la revista, pero se libra de los marrones de la gestión del día a día, de buscar temas, colaboradores, enfoques… Somos varios los satélites de una nave nodriza bien asentada gracias a un comando central que empuja y empuja para mantener la publicación a flote. Siempre ocupado con el día a día, con las conexiones de radio y televisión, las crónicas para los diarios y los viajes, me cuesta pensar en el “largo recorrido”, una de las señas de identidad que hacen de 5W una criatura tan especial.

He necesitado años de trabajo para darme cuenta de la importancia de ese concepto del “largo recorrido” y adaptarlo a mi estilo. Las historias hay que seguirlas en el tiempo, es clave no caer en el periodismo de usar y tirar, pero lo es también explorar nuevos formatos, abrir nuevas ventanas y puentes de diálogo con protagonistas y lectores para tener mayor capacidad de penetración en la audiencia. El difunto David Beriáin tenía la costumbre de llamarme cada final de año para preguntarme por los mejores temas que había hecho durante los últimos 12 meses. Esa llamada me daba respeto porque repasaba mentalmente el ejercicio y me daba cuenta de que no había mucho que salvar más allá del pim pam pum del día a día. Aquel 2016 le envié un ejemplar de Guerras de ayer y de hoy. Un año después, Oriente Medio, Oriente roto. No era fácil contentar al artajonés universal.

En estos 11 años de vida de la revista he escrito mucho menos de lo que debería haberlo hecho. Mea culpa. Siempre he intentado responder con puntualidad a las peticiones de una redacción de la que no recibes nunca malas palabras, ni un reproche, pero apenas he propuesto cosas. Esto me ha torturado durante mucho tiempo. 

5W siempre estaba presente en mis planes, pero todo se quedaba en planes hasta la aparición en escena de Menú de Gaza, la serie que lancé en Instagram junto a la familia Hammad en febrero de 2024 para denunciar el uso del hambre como arma de guerra en la Franja. Desde ese momento, la bombilla que se encendió el fin de semana de encierro en Barcelona con Lobo volvió a encenderse con fuerza y comencé a pensar en cómo adaptar el proyecto a diferentes formatos y allí estaba 5W. Mi forma de entender el “largo recorrido” va ahora de la mano de un equipo que, liderado por Anna Surinyach, madre, fotógrafa documental y editora gráfica, es capaz de adaptar el lenguaje de los platos lanzado en redes sociales a un reportaje de revista, una exposición fotográfica, un documental y seguro que mucho más. Siento que esto puede ayudar a crear nuevas patas que ayuden a crecer a una revista que me ha dado algo impagable en esta profesión: un equipo de total confianza.

Seguro que Lobo y Beriáin, desde las alturas, estarán atentos a los nuevos formatos que lanza 5W. La familia no va a parar de crecer. 

¡Salud y PERIODISMO!

P.S.: La primera aparición de Menú de Gaza en 5W fue en nuestra revista número 10, Comida. Aquel fue el primer paso de lo que se está convirtiendo en uno de los proyectos más importantes de la revista. Ojalá pronto podamos contarte más sobre lo que están preparando Mikel Ayestaran y Anna Surinyach. Mientras tanto, te dejamos un código de descuento por si quieres hacerte con Comida (o si ya lo tienes, pero quieres regalárselo a alguien). Durante esta semana puedes conseguirlo por 15€ utilizando el cupón SECRETOS-COMIDA a la hora de hacer tu compra.

Y si quieres apoyar este proyecto, hazte socio, hazte socia. Solo con vuestra ayuda podemos seguir contando historias de larga distancia.   

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Durante los primeros días de 2026, luego de concluir un largo viaje (mi segundo viaje) a lo largo del río Amazonas, me instalé durante unas semanas en una residencia literaria creada por la editorial Camino, junto a los gélidos fiordos de Noruega. Fueron días de largas caminatas, libros, bosques, charlas, vino y trenes que me ayudaron a apaciguar un poco el ruido que llevaba dentro, a darle sentido a todo lo que viví en el río más largo y caudaloso del mundo. Este breve diario (o “textos-camino”, como les llamo, por qué los fui escribiendo en mi teléfono, siempre en movimiento) es un intento por expresar la búsqueda inútil de un lenguaje que nombre el centro de la cosas, de lo que significa para mí el acto de escribir, de fijar con palabras eso que llamamos “realidad”.

Acabo de ver picogordos y pinzones reales esta mañana,

de plumas grises y marrones, a veces ligeramente amarillas:

en un momento están en las ramas bajas de un pino,

en otro se elevan hacia la copa desnuda,

mientras hablan (no cantan) en un idioma secreto

una lengua que es mejor que los humanos

desconozcamos (casi) del todo.

Llevo más de una semana

caminando este sendero junto al fiordo

a más de diez mil kilómetros de Lima

(ciudad de acantilados, arenales y niebla):

ahora vivo en el campus de Fana Folkehøgskule,

donde chicos noruegos y de otros países

pasan un año llevando clases de arte, fotografía, música,

mientras exploran sus intereses antes de ir a la universidad

o a lo que sea que dediquen luego su vida adulta

(en el Sur de donde yo vengo no hay tiempo

para esa exploración vocacional).

Hace un mes yo habitaba una geografía radicalmente opuesta:

llegaba al fin de mi segundo viaje

por el verano del Amazonas,

casi medio año navegando el río más largo y caudaloso del mundo

(más de tres mil kilómetros desde los Andes de Quito

hasta la costa atlántica de Belém do Pará),

para contar los trabajos y los días de las comunidades indígenas

frente al extractivismo voraz en ese gigantesco árbol de ríos

que ocupa más del cuarenta por ciento de Sudamérica.

Bente y Signe, mis editoras noruegas,

me invitaron a pasar estos días aquí

(incubadora de crónicas, le han llamado)

pero tengo demasiado caos en la cabeza:

cientos de notas en mis libretas,

más de trescientos audios con entrevistas,

una maleta llena de libros viejos,

así que en esta nieve silenciosa debo pensar

una estructura que sostenga el río que quiero decir:

un Gran Río hecho de palabras.

Tengo un mapa del Amazonas desplegado frente a mi mesa,

también un horario:

levantarme y acostarme siempre a la misma hora,

tres comidas a la misma hora,

pesas en el gimnasio a la misma hora,

una pastilla naranja para caer dormido,

pero a veces nada de eso funciona:

ya son varios los días aquí en los que me pesa

el inconveniente de haber nacido, bromea mi terapeuta

(tiene un sentido del humor muy particular, debo decir).

Entonces salgo a que el aire me congele la cara,

a dar largas caminatas sobre el mediodía

(a las cinco cae la noche y el sol del Norte no se desperdicia):

mis botas pisan el pasto escarchado,

crujen los guijarros y las hojas muertas,

los rosedales completamente borrados por el frío,

las cabañas cerradas de los lugareños

(me hacen pensar en Thoreau)

siempre junto al fiordo de Bergen.

Olaf, aprendiz de ajedrecista, me había dicho

que el nombre de esta parte de Noruega significa

la pradera verde entre las montañas.

(Los noruegos son muy creativos con los nombres,

le dije, y Olaf se rio, mientras ejecutaba a mi reina).

Comparada a la selva amazónica,

la naturaleza nórdica es mansa

(al menos, en invierno, no hay un bicho que te pique).

Ilustración de Cinta Fosch

El largo brazo de mar que es el fiordo

es un espejo negro: refleja

las cumbres blancas de Totlandsfjellet,

la montaña de la tierra de Thor,

y sobre él, las gaviotas que graznan resisten

la arremetida vertical de un peregrino.

Estos días voy leyendo a J.A. Baker,

un inglés sereno que pasó una década observando

los peregrinos que migraban al este de Inglaterra,

en un tiempo en que los agroquímicos

los puso al borde de la extinción:

Baker los persiguió con amor y obsesión,

los observó en el aire y en la tierra:

cómo volaban y cazaban,

cómo se alimentaban y descansaban,

supo registrar sus días con precisión y poesía,

hasta que su propio sentido de lo humano

pareció disolverse para ser reemplazado

por la conciencia implacable de un halcón

(su libro es considerado una obra maestra

de la literatura sobre la naturaleza).

Vaya a donde vaya este invierno

yo quiero seguirlo,

escribió Baker hace setenta años

y creo entender a qué se refiere:

la realidad tiene un tono, un movimiento.

El trabajo de la escritura

consiste en encontrarlo.

Ventarrones golpean los lados del tren que va de Bergen hacia Oslo:

el paisaje se deshace a mi izquierda a una velocidad suficiente;

puedo distinguir la verde silueta de los pinos, los lagos congelados,

las cabañitas, sus techos blancos, y luego un puente de piedra

y luego montañas que brillan como si hubieran esparcido

polvo de plata sobre ellas, cuando de pronto nos traga otro túnel:

llevo un rato intentando grabar lo que veo,

pero la tiniebla interior de la piedra

se interpone

y espero

varios segundos

hasta que la luz

de febrero

se hace

de nuevo:

entonces

los pinares se prolongan

y las estaciones se suceden

y se expande el hielo de los lagos

como una postal de Navidad, le digo a Bente,

solo faltan los renos, le digo, y ella sonríe:

las montañas son ¿de seiscientos, setecientos metros de altura?

no se comparan a los Andes, por supuesto, esas sí que son montañas,

estas son montañitas, digamos, pero reconozco su inmanente belleza:

querría saber esquiar y estar allá, afuera, surcando la pendiente,

pero soy torpe y acabaría enterrando la cara en la nieve,

así que me limito a volver al libro de Fosse (regalo de Bente)

que llevo sobre las piernas:

voy por la mitad, pero diré que va de un hombre

que navega hasta Bjørgvin (antiguo nombre de Bergen);

necesita comprar hilo negro y aguja

para coser un botón de su camisa,

pero la noche antes de volver a casa

(luego de que lo estafan, o se deja estafar, dos veces)

se reencuentra con la mujer que amó

secretamente en su juventud

(se llama Eline, igual que el barco del hombre)

y eso le traerá consecuencias espiritualmente inquietantes:

ella le cambiará el nombre (lo llamará Frank)

y lo invadirá todo en su casa

y ya nunca más lo dejará

(es una metáfora de la vocación literaria, pienso)

un nuevo clásico fossiano, con esa pulsión del rezo,

un río de pensamientos que no sabemos a dónde nos lleva,

pero que arrastra al lector (a mí) en una letanía:

Ilustración de Cinta Fosch

quisiera escribir así algún día, me digo,

con esa plasticidad luminosa, esa melancólica oralidad,

tan apropiada para narrar el paisaje nórdico,

(selvas de nieve se desgarran al otro lado de mi ventana)

pero sé que mi escritura respira de otra manera,

con su cadencia, sus propias disminuciones, las fracturas

que la constituyen, la geografía con la que resuena, cada uno tiene

la suya y con todo eso escribimos, o lo intentamos

(mis palabras llevan años intentando decir la selva,

el río de ríos, el hablar de sus gentes, pero siempre fracasan),

pienso en todo eso mientras termino mi quinto café:

tuve que madrugar para tomar el tren y me pesa la cabeza

(siempre me pesa demasiado la cabeza, en realidad),

son ventarrones mentales, una niebla

permanente

que a veces no me deja pensar (ni vivir) con claridad:

así que estos días en Bergen salí a buscar el sol tibio de sus calles,

la excusa fue un festival internacional de literatura,

un paseo tras las huellas del Nobel noruego,

una sudorosa mañana de sauna

y tres chapuzones en el mar a casi cero grados

me empujaron a salir del Hotel Terminus

para contar la selva (mi versión de la selva)

en un inglés que apenas sé pronunciar:

fue una tarde helada dentro de un barquito-cine-biblioteca

para presentar Yanuni, un documental

sobre Juma Xipaia, joven activista indígena del Xingú,

y su batalla contra la minería ilegal y la explotación corporativa

(los venenos que contaminan los cuerpos y las mentes de los suyos)

cuando hablé de mis últimos cinco meses navegando el Amazonas:

entonces hablé de mi abuela, de los kukama kukamiria

y de que no es lo mismo la protesta y la lucha para los indígenas

(lo primero es un acontecimiento; lo segundo, un proceso histórico)

y de cómo todo eso se ha posado en mi mirada

y de mi imposibilidad para fijar con palabras escritas

algo que es inasible:

¿cómo diablos se cuenta el río más largo del mundo?

¿cómo capturar el viaje y sus voces, su violencia y su esperanza,

sus ciudades y ese laberinto vivo que llamamos naturaleza?

¿qué posibilidades tiene mi oficio en ese intento?

(esas preguntas viajan siempre conmigo)

Faltan cuatro horas para abandonar el tren.

(pinos nieve lagos túneles, una secuencia)

Cierro el libro, cierro los ojos.

Ya solo existe la fricción sonora de los rieles.

Ilustración de Cinta Fosch

Escribir es un acto de escucha,

dijo Fosse en alguna entrevista,

y tal vez todo se trate de eso.

Escribir es como rezar.

(también he copiado esa frase en mi libreta)

Pero yo no sé, prefiero no saber,

a quién le rezo.

Paseaba por el camino

con dos amigos – cuando

se puso el sol

De pronto el cielo

se tornó rojo sangre

Me paré, me apoyé

sobre la valla extenuado

hasta la muerte – sobre

el fiordo y la ciudad

negro azulados

la sangre se extendía

en lenguas de fuego

Mis amigos siguieron

y yo me quedé atrás

temblando de angustia

y sentí que un inmenso

grito infinito recorría

la naturaleza

Hace más de un siglo, Edvard Munch

escribió estas líneas en su diario

sobre su cuadro más famoso,

el que ahora tengo frente a mí:

la agonía del sol del Norte,

los naranjas y rojos del verano,

los barquitos quietos en el fiordo de Oslo,

dos hombres en el camino de Valhallveien,

y, en el mirador del cerro Ekeberg,

esa figura calva, andrógina, casi espectral

(inspirada en una momia Chachapoyas

de la selva peruana, que el noruego vio en París)

parece distorsionarse con el mundo

mientras aprieta las manos contra sus oídos:

hay quienes dicen que aquel personaje

es el que grita

(o quien escucha el grito), pero no:

el grito no ocurre en la pintura

(el grito sucede dentro de mí, ahora lo sé)

y eso es, precisamente, lo que perturba:

se trata de un dolor psicológico,

como si la ansiedad fuera

el presentimiento del ser humano

(el mío, el de todos nosotros)

frente a un futuro que se desgarra.

Quizá a algo de eso, del terror frente al provenir,

se refería Munch en 1893

cuando tituló su pintura

Der Schrei der Natur,

El Grito de la Naturaleza.

Llevo horas caminando los pasillos

del Museo Nacional junto a Bente

(ahí están los óleos del naturalista Krogh, me dice,

por allá los seres mitológicos de Kittelsen)

durante mi última tarde en Oslo.

Toda aquella semana habíamos hablado tanto

de la Naturaleza, esa palabra gastada:

en una clase para periodistas de la maestría del OsloMet,

en una visita al diario Klassekampen (Lucha de Clases),

en una entrevista con expertos de Rainforest y del Estado noruego,

en una charla en la Biblioteca Pública con Gina Gylver

(defensora de la nación Sami, pueblo indígena de este país):

Ilustración de Cinta Fosch

en esos espacios conversamos sobre las vidas

que retrato en lo que escribo,

de las que habitan esta región al Norte del planeta,

de amenazas y luchas que ambos territorios comparten,

y de cómo cierto periodismo suele caer en la trampa

de reducir la vida de una persona, de una comunidad,

a una cifra, a un dato

o peor aún:

a una herida que sangra.

Tener los cuadros de Munch frente a mí

me hizo pensar en ese malentendido:

somos tantos

los que ignoramos que El Grito

es solo una pieza

de un engranaje mayor:

una obra compuesta de unas treinta pinturas

que capturan el amplio abanico de facetas

de aquello que algunos llaman alma

y otros, experiencia humana:

el beso de dos amantes una noche de verano,

el juvenil resplandor de una mujer,

un baile en la playa, los celos del marido,

un niño junto al lecho de su madre muerta,

el hundimiento del hombre en la melancolía.

Habría que pintar gente viva,

respirando y sintiendo,

sufriendo y amando,

escribió el artista sobre su propio trabajo.

A esa obra total, siempre orgánica,

siempre inacabada

(“arte degenerado”, la llamó un crítico

cuyo nombre ya nadie recuerda),

Munch la tituló El Friso de la Vida.

Mientras escribo esto me pregunto

(tal vez porque no confío del todo en el lenguaje)

si las palabras (si estas palabras)

son suficientes para lograr lo mismo.

Al menos quiero intentarlo.

Mañana tomaremos un tren hacia Fredrikstad

(y subiremos al autito rojo de Signe

y caminaremos por otra selva de nieve

y cenaremos dumplings y tomaremos vino

y pensaremos en historias futuras

y nos leeremos el Tarot jugando

a buscar una señal de algo),

pero ahora es tiempo de abandonar

este laberinto de galerías

antes de que comience a oscurecer.

Llevo tantos meses de viaje;

ya es tiempo de volver a mi casa,

cambiar esta nieve, los pinos, el fiordo

por los acantilados y la niebla de mi calle

Ahora sé (eso me digo)

que desde el Sur podré decir

este Río que viví.

El odio es minucioso. Entre la maleza, los plásticos y los vidrios rotos, aparecen desparramados miles de fragmentos de piedra caliza: son los restos de las 700 lápidas que fascistas nocturnos trituraron, mazazo a mazazo, el 14 de junio de 2022. 

El cementerio de los partisanos de Mostar (Bosnia) es una obra maestra del brutalismo, con terrazas de hormigón ondulante y altares de abstracciones cósmicas —soles, planetas, órbitas— para honrar a los combatientes yugoslavos que murieron contra los nazis. Ahora la ruina avanza. No hay más indicaciones que una pintada negra en la entrada: “Yugoslavia está muerta”. La misma mano pintarrajeó una esvástica y la u de los ustachas (fascistas croatas).

Desde la terraza superior me doy cuenta de que la explanada medio rota donde aparcan treinta coches era el atrio del cementerio. Lo destruyeron…

—… porque necesitábamos aparcamientos cerca del estadio —me dirá un paisano en el bar.

El estadio Bijeli Brijeg era la sede del Velež, el equipo de fútbol que unía a bosníacos musulmanes, croatas católicos y serbios ortodoxos, pero en los años 90, durante la guerra de Bosnia, esta zona quedó bajo control de los bosnios croatas. Resucitaron un club, el Zrinjski, prohibido en la época comunista porque antes había participado en la Liga del Estado croata implantado por los nazis, y se quedaron con el estadio del Velež.

En un bar croata el paisano me cuenta que al día siguiente —menuda chiripa— se enfrentan los dos clubes de la ciudad, el Velež y el Zrinjski, en la final de la Copa bosnia. Es el partido de vuelta, se disputa en el estadio actual del Velež, en las afueras, y corro a comprar la penúltima entrada de la tribuna por 5 euros. Barato para un Velež-Zrinjski, el mayor espectáculo pirotécnico al que he asistido. Desde el fondo ultra del Velež, envuelto en una humareda roja espesa, sale un bengalazo que alcanza en la espalda al portero rival: aullidos y ovaciones. Varios petardazos atronadores les explotan cerca de la cara a jugadores del Zrinjski y los derriban. Salen las asistencias, les dan unas palmaditas y el árbitro reanuda el juego —al fin y al cabo, conservan los brazos y las piernas—, en un partido que no sé si se juega con balón esférico o cúbico porque me lo paso siguiendo las parábolas de los cohetes, hipnotizado por las coreografías estupefacientes de los doscientos ultras de torso desnudo del Zrinjski enjaulados, aguzando el oído para entender los insultos étnicos de las canciones, atento al despliegue final en el césped de tropas abundantes y pertrechadas como para ocupar medio país. ¿El resultado? Positivo: salimos —casi todos— ilesos.

—Los chavales bosniacos, serbios y croatas jugábamos juntos, compartíamos escuela y equipo, nos invitábamos unos a otros a las fiestas religiosas, había muchísimos matrimonios mixtos. Era imposible que en Mostar estallara una guerra étnica.

Me lo dice al día siguiente del partido, en una cafetería de Mostar, un tal Meho Kodro: delantero del Velež, fichado por la Real Sociedad en la temporada 1991-92, justo cuando estalló la guerra de Bosnia. A sus padres les quemaron la casa, a amigos suyos los mataron. Él se hinchó a  marcar goles en la Real, dice, porque de su éxito dependía el sustento de un par de docenas de refugiados —amigos, familiares, conocidos— que acogió en su casa de Donostia.

—Nos parecía imposible que en Mostar estallara una guerra, hasta que algunos políticos fomentaron el odio para conseguir poder. Ahora veo que en todo el mundo crecen los discursos para separar a la gente, para alimentar el miedo y el desprecio al otro.

Kodro sabe cómo acaba.

Nunca se sabrá de quién es este cráneo encontrado en el pozo de Feria (Extremadura). Podría ser del bisabuelo del fotoperiodista Roberto Palomo, que fue fusilado junto a otras 19 personas en 1936, justo hace 90 años. O podría no serlo. Lo importante para Palomo es que representa a todas las personas que fueron arrojadas a este pozo. Un disparo en la frente, a bocajarro, de cara. Y representa también a todas las víctimas de la represión franquista. Es un símbolo de aquella violencia y del olvido que vino después.

“Silvestre Indias Carvajal, mi bisabuelo, desapareció al comienzo de la guerra civil española, en agosto de 1936, hace ahora 90 años”, dice Palomo. “Nunca supieron qué sucedió con él ni a dónde fueron a parar sus restos más allá de los rumores que circulaban por el pueblo”. 

A lo largo de cuatro años, Palomo reconstruyó la historia de su bisabuelo y documentó el proceso por el que sus hijas, María y Silvestra Indias, pudieron recuperar sus restos gracias a las leyes de Memoria Histórica y Memoria Democrática. 

La historia de su bisabuelo no es una excepción.

Durante la Guerra Civil y la posterior dictadura, se estima que miles de personas desaparecieron y fueron fusiladas. Posteriormente, las arrojaron a 5.848 fosas comunes, de las cuales más de 4.300 siguen sin ser exhumadas. 

No existe una cifra oficial del número de personas desaparecidas, ya que España no cuenta con una base de datos centralizada al respecto. Esta falta de información se debe a que la dictadura ocultó el paradero de los desaparecidos e ignoró a sus familias. Más tarde, con la llegada de la democracia, el llamado pacto del olvido y la Ley de Amnistía relegaron durante décadas la búsqueda de las víctimas. Fueron los propios familiares quienes comenzaron a buscarlas con sus propios medios. De hecho, el Estado no asumió esa responsabilidad hasta comienzos de la década de 2000.

Desde entonces se han exhumado alrededor de 1.470 fosas comunes y recuperado los restos de unas 18.000 personas. 

Una de esas fosas es la de Silvestre Indias Carvajal. Lo que sigue es el intento de reconstruir aquello que durante décadas solo existió en forma de rumores, silencios y ausencias. A través de la mirada de su abuela Silvestra, que tenía solo tres años cuando se llevaron a su padre, y recorriendo los mismos caminos que probablemente siguió su bisabuelo antes de ser fusilado, el proyecto de Palomo, Hijas del olvido, reconstruye una historia familiar marcada por la ausencia y el silencio durante décadas.

En estas fotografías comentadas en primera persona por Palomo descubrimos los detalles de esta introspección familiar.

Roberto Palomo

Esta fotografía de las calles de Feria (Badajoz) utiliza el movimiento para evocar el instante en que los vecinos eran sacados de sus casas y conducidos a la fuerza hacia su fusilamiento.

En agosto de 1936 fueron a buscar a mi bisabuelo, Silvestre Indias Carvajal, a su casa. Alertado de lo que estaba ocurriendo, huyó al campo, donde fue detenido junto a otras dos personas.

Recorrí las calles de Feria intentando ponerme en su lugar. Mi abuela siempre contaba que iban sacando a la gente de sus casas. Quería que esta fotografía transmitiera el miedo de cuando te agarran y te llevan por la fuerza.

Mi bisabuelo trabajaba como alguacil en el Ayuntamiento republicano de Feria. No existe un motivo claro por el que lo fusilaron. Antes le había tocado, por sorteo, combatir en la guerra de Marruecos (1909-1927) y fue condecorado por ello. Años después, el mismo hombre reconocido como héroe pasó a ser considerado un enemigo. No militaba en ningún partido político.

Cuando se produjo el golpe de Estado, en Feria —como ocurrió en muchos pueblos— se detuvo a personas que se creía que podían unirse a los sublevados. Como alguacil, le tocó custodiar a algunos de esos detenidos. Después llegaron las venganzas, los ajustes de cuentas y las denuncias. Creo que por eso fueron a por él.

Roberto Palomo

Mi abuela, Silvestra Indias Sánchez, era muy pequeña cuando perdió a su padre. A su madre la dejaron viuda y embarazada de la hermana pequeña, María.

Este hecho cambió por completo sus vidas.

“Cuando se llevaron a mi padre, yo tenía 3 años y mi hermana nació a los 7 meses. Mis hermanos tenían uno 9 y el otro 6 años, y se tuvieron que poner a trabajar de chiquininos. Mi madre me decía: ‘Ay, estos chiquininos, que yo no sé dónde está tu padre, que se lo han llevado y no sé dónde está’”. 

Así me lo contó mi abuela durante una de las conversaciones que mantuvimos en la casa de su hija en Badajoz. Apenas conservaba recuerdos nítidos de su padre. 

A ella y a su hermana María fueron su madre, sus tías y las vecinas quienes las sacaron adelante. Durante un tiempo siguieron yendo a la escuela, pero acabaron dejándola. A veces se escapaban de casa para ir a comer a la de una tía porque en la suya no había nada que llevarse a la boca. 

Cuando pienso en ellos, pienso en todas las familias que nunca pudieron enterrar a los suyos. Hemos escuchado estas historias tantas veces que hemos olvidado lo que significan: una vida entera sin saber dónde está tu padre, tu hijo o tu hermano. 

Rara vez nos preguntamos qué supone crecer sin un padre porque alguien se lo llevó, no saber qué ocurrió con él y acostarse cada noche preguntándose dónde está. No hemos tenido la dignidad suficiente, ni como nietos ni como sociedad, para mirar de frente a todo lo que esa ausencia les arrebató.

“No me acuerdo de él. Mi hermano Serafín se le parecía. Eso se lo oía yo a mi madre. Le decía: igual que tu padre eres tú”, recuerda mi abuela Silvestra.

Ni yo ni ningún otro miembro de mi familia hemos conseguido encontrar jamás una fotografía de mi bisabuelo.

Durante años me pregunté cómo sería su rostro, cuánto mediría o qué expresión tendría. Lo único que encontré en su filiación militar fue que medía 1,63 metros.

Como mi tío abuelo Serafín Indias Sánchez era quien más se parecía a él, su fotografía terminó convirtiéndose, de alguna manera, en la única imagen que hemos tenido de mi bisabuelo.

Serafín emigró a Alemania con poco más de veinte años para trabajar. Murió atropellado poco después. Su hermano Julio permaneció en Badajoz, donde formó una familia, pero murió mucho antes de que empezara este proyecto.

Con el tiempo entendí que la ausencia de fotografías también forma parte de esta historia. La represión mataba e intentaba borrar cualquier rastro de los muertos. Muchas de aquellas familias, además, vivían en condiciones muy humildes y tuvieron que emigrar. Y las pocas fotografías que conservaban se perdieron por el camino.

Las familias con más recursos suelen heredar álbumes, retratos y objetos que mantienen viva la memoria de los muertos. Nosotros ni siquiera teníamos un rostro al que mirar.

Roberto Palomo

Feria es un pequeño pueblo de Extremadura situado en lo alto de una sierra. En agosto de 1936, cuando fue tomado por las tropas sublevadas del general Franco, apenas contaba con 4.000 habitantes.

Una semana después de su entrada, la represión se extendió por sus calles y eliminó de forma implacable a quienes eran considerados enemigos. Se estima que en este municipio fueron asesinadas 97 personas, lo que convierte a Feria en uno de los pueblos más castigados por la represión franquista en Extremadura.

La violencia fue intensa en toda la región. Tras la masacre de Badajoz del 14 de agosto de 1936, una de las mayores matanzas de la Guerra Civil —se calcula que 4.000 personas fueron ejecutadas—, Extremadura quedó bajo el control de las tropas sublevadas. Con su conquista, se pudieron unir las columnas del norte y del sur antes de continuar su avance hacia Madrid.  

La represión no respondió únicamente a una lógica militar: también tuvo un fuerte componente de represalia en una región en la que, pocos meses antes, 60.000 yunteros y jornaleros habían protagonizado uno de los principales escenarios de los conflictos por la reforma agraria impulsada durante la Segunda República.

La brutalidad de la matanza ocupó portadas de periódicos de todo el mundo y fue documentada por corresponsales internacionales. Sin embargo, pese a su enorme repercusión en aquel momento, hoy sigue siendo uno de los episodios menos conocidos de la guerra civil española.

Roberto Palomo

En la imagen, mi abuela sostiene una fotografía de ella y sus cuatro hijos, incluyendo a mi padre. 

Los psicólogos afirman que una desaparición forzada es un trauma transgeneracional para las familias, que su impacto puede verse al menos tres generaciones después. Dicen que los descendientes heredan o absorben la carga inconsciente del sufrimiento de sus padres y abuelos. Además, los años de silencio y las conductas utilizadas para ocultar las emociones dificultan la comprensión de las manifestaciones del trauma. Por eso, recuperar la memoria es tan importante para las familias de los desaparecidos.

Descubrí la historia de mi bisabuelo cuando ya era mayor, justo cuando empezaba a interesarme por el periodismo. Hasta entonces apenas se había hablado de él en mi familia, o al menos a mí nunca me había llegado. Fue una tía quien me dijo un día: “Hay un libro por ahí en el que hablan de tu bisabuelo, al que mataron durante la guerra”.

Aquella conversación despertó mi curiosidad. A raíz de la exhumación, mi familia empezó a hablar abiertamente de lo que había ocurrido. Me sorprendió descubrir hasta qué punto mi abuela había convivido toda su vida con esa ausencia y, al mismo tiempo, lo poco que había hablado de ella.

Roberto Palomo.

Este camino de tierra conecta el pueblo de Feria con el pozo de la finca El Salamanco Chico. Según la investigación arqueológica, por aquí llevaron a los detenidos antes de fusilarlos junto al pozo y arrojar sus cuerpos al fondo aquel 31 de agosto de 1936. Entre ellos, probablemente, mi bisabuelo.

Los testimonios recogidos en el pueblo hablan de una violencia extrema. Algunos vecinos contaban que a varias víctimas les cortaron los brazos antes de arrojarlas al pozo. Otros recordaban que algunas personas prefirieron lanzarse al vacío antes que enfrentarse al pelotón de fusilamiento. Hoy es imposible saber con certeza qué ocurrió en cada caso, pero esos relatos han sobrevivido durante décadas como parte de la memoria oral de Feria.

Recorrer este camino fue una de las partes más difíciles del proyecto. Intenté hacerlo imaginando los últimos pasos de mi bisabuelo, consciente de que nunca sabría exactamente cómo fueron sus últimas horas. Hay lugares donde el paisaje parece conservar preguntas para las que ya no existen testigos.

Creo que pertenecer a la cuarta generación me ha dado una libertad que mis abuelos o mis padres nunca tuvieron. He crecido en democracia, sin miedo a hacer preguntas y sin la necesidad de buscar culpables. Mi forma de acercarme a esta historia no nace del rencor, sino de la convicción de que toda familia tiene derecho a saber dónde están los suyos.

Roberto Palomo

Esa libertad fue también la que me llevó a descubrir que un tío mío conservaba un documento que yo ni siquiera sabía que existía: su certificado de defunción. Fue el primer rastro material que encontré de Silvestre, inscrito como fallecido el 31 de agosto de 1936 a causa de un supuesto “enfrentamiento con la fuerza pública”, eufemismo para ocultar la verdadera causa de su asesinato.

Roberto Palomo

Este es un retrato de María Sánchez González, mi bisabuela y la esposa de Silvestre Indias Carvajal.

“Mi madre sufrió mucho. A su marido lo asesinaron de la noche a la mañana y la dejaron sola con cuatro hijos. La dejaron sin nada. Nunca le dieron nada”.

Así recuerda mi abuela Silvestra a su madre.

Como tantas otras familias de desaparecidos por el franquismo, quedaron solas. Además del dolor, convivieron con el miedo, el señalamiento, las amenazas y el silencio. Durante décadas apenas pudieron hablar de lo ocurrido.

En mi familia, las mujeres sostuvieron todo el peso de esa ausencia. Mi bisabuela tuvo que sacar adelante a sus hijos sola. Mi abuela creció sin padre y cargó muy pronto con responsabilidades que no le correspondían. Mi propio padre también quedó huérfano siendo niño. 

Cuando miras la historia de una familia durante varias generaciones, entiendes que la desaparición de una persona nunca termina con esa persona.

Cuando miro a mi familia, entiendo mejor lo que significa esa idea. No solo heredamos una historia; también heredamos silencios, miedos y formas de enfrentarnos al mundo.

La pobreza también forma parte de esa herencia. Mi bisabuela tuvo que ponerse a trabajar siendo muy pequeña. Mi abuela tampoco pudo desarrollar la vida que habría tenido si su padre no hubiera desaparecido. 

Durante mucho tiempo, en muchos pueblos, el miedo a preguntar, a destacar o simplemente a remover el pasado también se transmitió de generación en generación.

Roberto Palomo

En esta imagen, una arqueóloga de la Sociedad de Ciencias Aranzadi en San Sebastián limpia restos óseos.

Después de cuatro años buscando respuestas, todo acabó reduciéndose a un pequeño cachino de hueso. Ese fragmento confirmó que mi bisabuelo permanecía en el fondo del pozo de la finca El Salamanco Chico, a 31 metros de profundidad, junto a otras 19 personas.

La exhumación del pozo fue una de las más complejas a las que se ha enfrentado la Sociedad de Ciencias Aranzadi de San Sebastián. El primer obstáculo fue el agua: durante décadas el pozo había permanecido inundado y fue necesario traer bombas desde varios municipios para vaciarlo. 

“El ascenso y descenso del nivel del agua hizo que los esqueletos se descompusieran allí mismo y se desarticularan. En otras exhumaciones, los esqueletos permanecen articulados y puedes seguir cada cuerpo: aquí está el brazo, aquí la cabeza, aquí el tronco… En este pozo no”, explica Lourdes Herrasti, directora de la intervención y exhumación del Departamento de Antropología de la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

Después apareció un segundo problema. El pozo ya no conservaba el brocal, por lo que hubo que instalar una grúa para que el equipo descendiera con seguridad hasta el fondo.

Una vez abajo surgió un nuevo obstáculo: cerca de 5 metros de roca y escombros cubrían los restos. Solo después de retirarlos pudieron comenzar la excavación.

Los restos de las 20 víctimas aparecieron completamente mezclados entre sí y con huesos de animales, lo que convirtió su recuperación e identificación en un trabajo extraordinariamente complejo.

Roberto Palomo

Esta es una fotografía tomada por los arqueólogos de Aranzadi del fondo del pozo.

Los equipos de arqueología y antropología tuvieron que clasificar los restos hueso a hueso para reconstruir cada uno de los esqueletos. Solo entonces pudieron comenzar las identificaciones.

En la primera fase se identificó a tres personas, entre ellas mi bisabuelo. 

Roberto Palomo

Confirmar que aquellos restos eran los de mi bisabuelo no fue el fin del proceso. Tras la exhumación, los restos fueron trasladados al laboratorio de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, donde comenzó un proceso de clasificación e identificación que se prolongó durante meses.

Los esqueletos, completamente desarticulados, obligaron al equipo a separar los restos por tipos de huesos antes de poder reconstruir cada uno de los individuos. 

Tuvimos que esperar casi dos años para recibir los restos de mi bisabuelo. Ese tiempo es trascendental. Los primeros descendientes son personas mayores y muchas de ellas se encuentran al final de sus vidas. En los procesos de reparación, cada año de espera puede significar llegar demasiado tarde. 

Roberto Palomo

Durante la exhumación, los arqueólogos encontraron algunos objetos que pertenecieron a las personas desaparecidas, como este zapato, que se ha conservado gracias a la dureza de su material. En su interior aún permanecían los huesos del pie de su dueño. La mandíbula corresponde a otra de las personas exhumadas del pozo. 

De las 20 personas halladas en el pozo, solo se han podido identificar los restos de 4.

Roberto Palomo

En la imagen, mi abuela contempla el pozo donde fueron hallados los restos de su padre.

“Mi prima Leo siempre me decía que había oído a su madre contar que lo habían fusilado, asesinado y arrojado al pozo. Han pasado tantos años… y no se había hecho nada”, recordaba mi abuela.

Durante décadas, el pozo fue solo un rumor. Un lugar del que se hablaba en voz baja en el pueblo, sin saber si realmente su padre estaba allí o no. Aquel día dejó de ser un rumor para convertirse, por fin, en un lugar concreto.

Cuando fuimos por primera vez era verano. Hacía mucho calor. La dejé unos minutos sola frente al pozo y la vi quedarse en silencio, sosteniendo la cara con la mano. Tuve la sensación de que, por primera vez, podía descansar. Como si enfrentarse a aquel lugar le hubiera permitido cerrar algo que llevaba toda la vida abierto. Esa fue, al menos, la sensación que me transmitió.

Roberto Palomo

Estos son los restos óseos en la caja entregada a mi abuela. A la tibia del centro le falta un fragmento, que está en la bolsa de la derecha. De ahí se extrajo la muestra de ADN que permitió identificar a mi bisabuelo. María Indias, la hija menor, donó su saliva como prueba de ADN para compararla con los restos encontrados.

“Bueno, todavía no sé qué voy a hacer con los restos… y a ver quién se los lleva, porque ya estaré muerta, digo, ¿no?”, se preguntó María Indias en 2022, un año antes de que los restos fueran entregados a sus familiares.

Roberto Palomo

Este es el momento. El 18 de noviembre de 2023, mi abuela Silvestra recibió, con 90 años, los restos de su padre, desaparecido cuando ella tenía apenas tres años. Su hermana María no pudo esperar más y falleció un mes antes de la entrega. Nunca llegó a conocer a su padre, ni vivo ni muerto.

El homenaje se celebró aquel mismo día, durante la ceremonia de entrega de los restos. Después, la pequeña caja fue trasladada al cementerio familiar, donde quedó enterrada junto al resto de la familia.

Mi abuela ya no está, nos dejó hace un año. Pero este proyecto me permitió acercarme a ella como nunca antes. También me unió más a mi familia.

Las desapariciones forzadas desestructuran a las familias porque obligan a cada uno a buscarse la vida. Creo que recuperar la memoria también puede hacer el camino contrario: reunirlas.

Hice este proyecto, también, pensando en los que vienen después. Mis sobrinas ya no conocerán a los últimos supervivientes de aquella generación. Quería que algún día pudieran abrir este libro y entender quién fue su bisabuelo, quiénes fueron las mujeres que sostuvieron a esta familia y por qué esta historia no podía desaparecer.

Nosotros hemos tenido la suerte de que todo este proceso llegara a tiempo. Mi abuela pudo despedirse de su padre casi nueve décadas después gracias a las leyes de Memoria Histórica y Memoria Democrática. Hoy ese derecho vuelve a ser incierto. El Partido Popular y Vox derogaron en Extremadura ambas leyes, eliminaron la financiación destinada a las exhumaciones y paralizaron proyectos como el de la mina La Paloma, en Cáceres. 

Para miles de familias que todavía buscan a sus desaparecidos, eso supone volver a poner en riesgo la posibilidad de conocer qué ocurrió con los suyos y recuperar sus restos.

Como ese cráneo sin nombre que abre esta pieza. El desconocimiento es la herida que 90 años después sigue abierta en España.

Este texto fue modificado para reflejar que el fragmento óseo que sirvió para identificar al bisabuelo de Palomo era de una tibia y no de un fémur.

El 21 de abril, cinco días después de abrirse el plazo de la regularización extraordinaria de personas migrantes —un plazo que cerraba el 30 de junio y no se repetía—, Comisiones Obreras convocó una huelga indefinida en las oficinas de Extranjería. Las razones para la convocatoria son reales: sobrecarga de trabajo, sueldos hasta un 40% más bajos que en otras administraciones, la huelga ya hecha el año pasado por lo mismo. Nada inventado. Desde posiciones antirracistas y desde organizaciones migrantes se criticó el momento elegido: la ventana para regularizarse era tan breve que cualquier retraso en la tramitación podía dejar a mucha gente sin posibilidades de regularizar su situación.

Esa crítica no tardó en recibir respuesta. Alguien siempre lo justificaba, diciendo que cuestionar el derecho a la huelga era no entender de qué va la lucha de clases. Que se trataba de personas trabajadoras con derecho a parar, y quienes necesitaban regularizarse eran, en su mayoría, también clase obrera. Misma clase, dijeron. Ningún problema, dijeron. 

La clase obrera se asume homogénea, pero llega dividida por dentro, y no por casualidad: hay una discriminación previa que decide quién llega a un puesto de funcionario fijo, con sindicato y derecho a huelga sin jugarse nada esencial en ello, y quién se queda en el tramo más precario, sin acceso a la regularización, esperando a que ese mismo funcionariado le tramite el expediente.

Quien convoca la huelga y quien vive negativamente sus efectos pueden compartir clase en el sentido más amplio de la palabra, pero no comparten el lugar que la racialización les ha impuesto dentro de esa clase. Es más: muchas de las personas que hacían cola en las calles para poder regularizarse trabajaban limpiando la casa de alguien con el mismo perfil que quien se adscribía a la huelga, cuidando a sus mayores, llevándole la comida a domicilio. Decir “nativa o extranjera, misma clase obrera”, como si fuera un solo cuerpo, borra la diferencia que la jerarquía racial crea, en vez de analizarla. Y esa diferencia es la que explica por qué el coste de esta huelga no se reparte igual. 

Y hay algo más: a quien ocupa la posición más precaria dentro de esa clase se le pide, además, que espere. Que no denuncie los problemas raciales hasta que se resuelvan los problemas laborales, como si fueran turnos, y no la misma cosa. Y quien fija ese orden de espera es quien tiene el privilegio, quien ya tiene su trabajo asegurado, el acceso al sindicato, el derecho a huelga sin arriesgar nada real. Decidir qué se resuelve primero y a costa de quién forma parte, en sí mismo, de cómo se sostiene el discurso de clase que lo justifica.

Ese orden de espera lo pagaron caro cientos de miles de personas migrantes y racializadas del sur global, que tuvieron hasta el 30 de junio, y solo hasta entonces, para regularizar su situación. No hacía falta mala intención para que esto funcionara así. El racismo no necesita que nadie lo quiera para operar; basta con que la estructura no se pare a analizar a quién le sale más caro un cálculo que a otras personas apenas les cuesta nada. Compartir clase no protege por igual cuando el daño ya viene repartido de forma racial de antemano.

Vuelvo a lo que planteaba al empezar esta columna: las definiciones que se quedan cortas y lo que pasa cuando las ampliamos. El clasismo, aplicado aquí, es una definición insuficiente porque asume una clase obrera equilibrada que la propia huelga desmiente en sus efectos. Ampliar la definición significa aceptar que las dos cuestiones operan a la vez: que nombrar solo la primera es, también, una forma de que la segunda siga sin nombrarse.

El lema “No es racismo, es clasismo” no es solo una simplificación de andar por casa: es una forma concreta de invisibilización. Su función es sacar del análisis la discriminación racial que ocurre dentro de la propia clase obrera y tratarla como un matiz secundario del conflicto laboral en lugar de como parte de él. Repetir ese lema sin más no defiende a la clase trabajadora. Defiende la ficción de que, dentro de ella, todas las personas ocupan el mismo lugar.

En el suelo había esturreadas unas 200 fotografías de 7×5 centímetros. Parecían cromos, pero en realidad eran pequeñas reproducciones de la realidad que queríamos contar. Entre aquellas imágenes tenía que escoger las que aparecerían en el primer número en papel de la revista 5W, Después de la guerra. Eran las imágenes de una revista que aún no existía. Eran las imágenes de fotoperiodistas a quienes admiraba y que ahora estaban en mis manos: tenía la responsabilidad de construir un relato visual coherente con ellas. Un relato que hiciera justicia a sus trabajos y también al espíritu que buscábamos con aquella primera revista de periodismo de larga distancia. 

Eran las imágenes de un sueño colectivo.     

Aún no teníamos redacción, así que el grupo del papel, como lo llamábamos, se reunía en un piso de Barcelona para conspirar y crear esta primera revista. Como editora gráfica, yo estaba metida en todos los contenidos pero sobre todo en la fotografía. Miraba aquellos miniaturas que recordaban a los cromos que coleccionamos en la infancia, y que había impreso para tener una visión global de la publicación. Los distribuía, imprimía frases de los textos que las acompañarían y no sabía por donde empezar a meterlas en página. Sabíamos que el papel sería una de las patas innegociables de 5W. Nos gustaba la idea. Pero durante aquellos meses previos a la publicación de nuestro primer número maldije el día que esa idea se cruzó por la cabeza de Agus Morales. No había escapatoria, porque habíamos prometido a centenares de personas en un crowdfunding que si nos apoyaban le daríamos, entre otras cosas, una revista en papel.

Mi función fue desde el principio hacer que las fotografías que publicamos cuenten historias, que narren: huir de la mera función ilustrativa de la imagen. Las fotografías deben ir más allá del texto, no servir solo para rellenar huecos en blanco. Las imágenes tienen que lograr que alguien tenga ganas de informarse. Mi empeño constante es conseguir imágenes que generen en el espectador las preguntas suficientes para querer leer o conocer mejor las realidades que contamos.

En ese primer número había trabajos de fotógrafos como Manu Brabo o Ricard G. Vilanova. Me hacía mucha ilusión publicar también a Fátima, una joven fotógrafa siria que conocí en el campo de refugiados de Zatari (Jordania). Era la primera vez que me enfrentaba a la página en blanco con trabajos ajenos y eso me daba vértigo. Fue también durante esos meses cuando imaginamos y diseñamos el formato de la revista. Las reuniones, que acostumbraban a desembocar en cenas, estábamos la diseñadora y maquetadora, Laura Fabregat, la ilustradora, Cinta Fosch, Agus y yo. En la mesa se mezclaban restos de sushi con decenas de revistas y libros que nos servirían como inspiración. Laura marcaba con post-it las páginas que le interesaban, Cinta nos traía propuestas de revistas que utilizaban la ilustración como elemento principal y juntas íbamos imaginando el puzle de lo que sería el papel de 5W, nuestro buque insignia. El libro Carnets de reportages du XXIe siècle, de la fotógrafa Veronique de Viguerie y la periodista Manon Quérouil-Brunel, fue nuestra gran inspiración para los primeros números. 

En la cubierta del número 1 colocamos una fotografía de Diego Ibarra Sánchez en la que vemos un soldado estadounidense en un gimnasio con aire acondicionado. Lo que no se ve es que ese gimnasio no se halla en Estados Unidos, sino que forma parte de un complejo militar en Afganistán. El soldado lee un libro mientras pedalea sobre una bicicleta estática. La imagen tenía algo que hoy, once años después de nuestro nacimiento, seguimos buscando en cada fotografía que publicamos: huía de los clichés, no era la imagen típica que publicábamos sobre una guerra, generaba preguntas y se refería a la primera gran guerra del siglo XXI: Afganistán. Y a lo que ya se adivinaba como una terrible posguerra.

Cuando empezamos la única de las fundadoras que utilizaba la fotografía como elemento principal para narrar era yo, así que me tocó ese papel de editora gráfica. O, como me dijo una vez Xavier Aldekoa, yo era la encargada de “ordenar cromos”. ¡Y en el número 1 lo hice de forma literal!

5W ha sido la excusa perfecta para buscar, ver y encontrar mucha fotografía. Para investigar constantemente formas de narrar y para intentar ofrecer a la gente que nos apoya, esa gente maravillosa que lee y mira lo que pasa en el mundo, discursos narrativos y fotográficos poco frecuentes en la prensa hegemónica. 

En esta pequeña trinchera la fotografía sigue encontrando el espacio que merece.

O al menos eso intentamos.

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¿Hay espacio para el arte en tiempos de guerra? Tina, Hana, Alireza y Masoud han luchado para que sus obras resistan en pleno conflicto. Algunos de ellos piensan en marcharse debido al terrible escenario económico generado por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Pero la sensibilidad con la que afrontan su oficio nos descubre una vibración cultural sorprendente y que no responde a los estereotipos.  

Tras un alto el fuego que ya ha sido violado por los últimos ataques, la República Islámica de Irán aprovechó las procesiones multitudinarias del ayatolá Alí Jamenei —asesinado en los primeros compases de la guerra— para enviar una imagen de fortaleza al mundo. Durante este conflicto, Irán ha descubierto que puede usar el bloqueo de Ormuz como llave negociadora y ha atacado objetivos estadounidenses en el Golfo Pérsico. Amparado en esa narrativa, el régimen iraní trata de proyectarse como el ganador de la guerra, pero detrás del relato oficial hay un país devastado que arrastra una profunda crisis económica y la represión de las protestas que terminaron con la vida de decenas de miles de personas a principios de año.

“Creo que la definición más precisa de la sociedad iraní contemporánea es la de una sociedad en estado de shock”, dice la fotoperiodista Forough Alaei. 

Las perspectivas de futuro no invitan al optimismo. La guerra, que aún no se ha cerrado del todo, ha provocado la pérdida de más de dos millones de empleos, y mientras el nivel de vida sigue empeorando, los datos de pobreza aumentan. En 2023, más del 35% de la población de Irán —alrededor de 32,7 millones de personas— vivía por debajo del umbral de pobreza. Las últimas estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estima que la cifra supere el 40%. A estos números hay que añadir la creciente ola de desplazados  —más de 3 millones— causada por el conflicto, lo que agrava aún más la situación.

Las bombas no destruyeron la casa de Forough Alaei (Teherán, 1989), pero sí la forzaron a huir de la capital. Siempre que estalla una guerra es inevitable sentir miedo a morir. “Pero pronto empecé a experimentar un nuevo tipo de ansiedad: el miedo a que si la guerra duraba más de lo previsto mis ahorros no fueran suficientes. ¿Dónde trabajaría? ¿Cuánto tiempo podría sobrevivir?”, se preguntaba Alaei. “En ese momento comprendí que esa preocupación no era solo mía; muchas personas ni siquiera contaban con los ahorros mínimos para abandonar las zonas peligrosas. Más tarde también pensé en quienes trabajan en ámbitos vinculados a necesidades consideradas menos urgentes, como los artistas”.

¿Quién compra cuadros cuando caen bombas del cielo? ¿Qué tipo de arte surge de la violencia? Esta clase de preguntas impulsaron un trabajo fotográfico que propone mirar la guerra a pie de calle, en los barrios donde la vida sigue abriéndose paso pese a la violencia. De la mano de la fotoperiodista Forough Alaei, descubrimos varios ejemplos de resistencia que salpican la capital iraní.

Forough Alaei

Tina Nekofar, de 28 años, es artista. Comenzó su andadura en 2017 pero no fue hasta 2022 cuando creó su marca personal. El inicio de su carrera artística coincidió con uno de los momentos más importantes en la historia reciente de la República Islámica: el asesinato de la joven kurda Mahsa Amini a manos de la temida Policía de la Moral por no llevar bien puesto el hijab. Su muerte desató una oleada de protestas encabezadas por mujeres bajo el lema Mujer, Vida, Libertad. Las autoridades, al igual que en otras ocasiones, reprimieron duramente las manifestaciones con cientos de ejecuciones y miles de detenciones.

Aquel acontecimiento, junto con la creciente represión política de los años posteriores, marcaron su obra. Pero fue la guerra de los doce días la que alteró definitivamente tanto su vida como su arte. La madrugada del 13 de junio de 2025, Estados Unidos e Israel bombardearon instalaciones nucleares y militares iraníes. “Mi espacio de trabajo estaba junto a una ventana. No podía sentarme allí y trabajar, no podía concentrarme. Lo único en lo que podía pensar era en seguir con vida”, recuerda.

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Tina comenzó a confeccionar una serie de lágrimas elaboradas en plata y esmalte que evocan el dolor de la guerra. Las nuevas piezas no están a la venta, ni siquiera ha podido fotografiarlas debido a los cortes de luz e internet. La mayor parte de sus ventas son a través de redes sociales, pero ahora muchos de sus seguidores no tienen acceso a internet. “Toda mi actividad depende de la electricidad, y sin ella mi trabajo se detiene”, dice Tina, que asegura que su mayor preocupación durante la guerra no era su propia integridad, sino su situación económica. “Si muero nada de esto importará, pero mientras siga viva necesito crear. Vivo con miedo a que los aparatos que utilizo para hacer mis obras se dañen por culpa de la guerra”. Pese al apoyo de su familia, Tina no quiere huir de su hogar. Si la guerra se alarga, se plantea volver con sus padres a Sarí, en el norte de Irán.

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Mojtaba Pirhadi, de 34 años, es el propietario del café Kaizen en Teherán. Al igual que Tina, la guerra frenó su negocio: “Antes ganaba diez millones de riales (algo más de 6 euros al cambio actual) con cien clientes; ahora gano lo mismo con solo treinta”. Sobre el papel, los ingresos siguen siendo los mismos, pero cada vez alcanza menos. El desplome del rial fue uno de los principales motivos que provocaron las protestas contra el régimen —las mayores hasta la fecha— a principios de 2026. La guerra ha agravado aún más la crisis y ha devaluado la moneda un 75% frente al dólar estadounidense. “Antes obtenía un margen de ganancia del 20%, pero las exportaciones de café procedentes de los Emiratos Árabes Unidos se detuvieron y ahora solo gano el 5%. Con este margen, apenas logro pagar a mi personal y mantener la cafetería abierta”. 

La guerra ha obligado a Mojtaba a cubrir las pérdidas de su propio bolsillo, pero subir los precios excesivamente “sería cruel”, dice. Kaizen se ha convertido en una vía de escape para muchos iraníes. “Hablamos. Compartimos experiencias. Teníamos cosas en común. Estas personas se han convertido en mis amigos”, comenta, pero no sabe cuánto más podrá aguantar así. Si el bloqueo a los suministros básicos permanece, pronto cerrará la cafetería, asegura.

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Para Alireza Gholami, ilustrador de 30 años, el tiempo se detuvo el día que estalló la guerra de los doce días. “Intenté aprovechar esa sensación para crear obras en las que llevaba mucho tiempo pensando”. Al poco tiempo estallaron las protestas multitudinarias contra el régimen. Gholami perdió la motivación. Sus obras no se vendían y tuvo que recurrir a varios empleos para subsistir. “Durante ese periodo trabajé en una serie de tres piezas realizadas sobre almohadas. De algún modo, representaban los sueños y las pesadillas con los que estaba lidiando en ese momento”, dice.

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Acostumbrado a crear obras de gran tamaño, el riesgo de que la situación se complicase lo obligó a trabajar en formatos más reducidos. “Si hubiera tenido que abandonar Teherán, las almohadas eran portátiles y podría haber seguido trabajando en ellas en cualquier lugar”, dice. A medida que la situación fue mejorando, parecía que el mercado comenzaba a recuperarse gradualmente. La compraventa de obras aún no ha vuelto a los niveles anteriores, pero poco a poco ha empezado a recuperar cierto dinamismo. Sin embargo, el coste de los materiales sigue siendo inasumible para muchos artistas. “Nuestros precios suben no por nuestra trayectoria profesional ni por nuestra actividad artística, sino simplemente como consecuencia de la inflación, lo cual resulta bastante desalentador”, dice.

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“El cartón es como mi estado de ánimo: grueso, rasgado, dañado y apresurado”, dice Hana Aslani, de 27 años. Antes de la guerra, Hana hubiera utilizado materiales como el mármol o la resina para dar forma a sus esculturas, pero ahora no puede permitírselos. “El cartón simboliza la ruina, evoca un cierto estado de convulsión, que en sí misma es una forma de incertidumbre”, reflexiona. Durante los primeros compases de la guerra, los ataques de Estados Unidos e Israel destruyeron centenares de edificios residenciales. Hana comenzó a imaginarse en distintos rincones de la casa —un lugar que ha dejado de sentir como un hogar— y empezó a dibujar autorretratos y encerrarlos en frascos de cristal donde solía preparar conservas. 

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En un principio, Hana quería plasmar las experiencias de diversas personas durante la guerra, pero finalmente se centró en sí misma. La idea de encerrar a múltiples versiones de sí misma en botes de cristal es un reflejo de su estado actual. La guerra ha terminado, pero la sensación de angustia es abrumadora. Hana dice que la guerra se llevó consigo su identidad: “Estoy llena de rabia y tristeza, pero no puedo mostrarlo en mi vida social; por eso me construyo a mí misma para alcanzar la paz”. 

Durante los bombardeos, Hana escribía todas las noches para conservar el horror de aquellos momentos. “La gente suele hablar sin pensar y muchos llegan a desear que nos bombardeen. Cuando te enfrentas a la realidad de la destrucción te das cuenta de lo infantiles que suenan esas palabras”, dice.

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Hanieh Afzali, artesana de 29 años, apenas pudo trabajar durante la guerra. A medida que los cortes de luz e internet se intensificaban, su salud mental empeoraba. Hanieh tiene su estudio en casa pero había días que el estrés de la guerra no le dejaba entrar en él. “Me entristecía no poder transformar mi dolor y mis experiencias en una obra de arte”, cuenta. Una parte importante de sus ventas suele producirse durante las celebraciones del Año Nuevo persa (Nowruz), pero debido a la guerra y a las restricciones impuestas por el régimen en internet, no pudo dar difusión a sus obras. “Tuve que recurrir a mis ahorros para subsistir, pero en un momento dado me vi obligada a pedir dinero prestado.”

El alto el fuego no ha devuelto la normalidad. Muchos de sus clientes siguen desconectados. Sin público no hay ventas ni arte, dice. Solo algunas galerías que ya trabajaban con sus obras han reabierto y le han permitido ingresar algo de dinero. “Mucha gente no puede permitirse ni siquiera cubrir las necesidades más básicas. Mucho menos comprar arte.”

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“Yo quería vivir en un Irán libre y tener un nivel de ingresos comparable al de artistas de mi generación y con una trayectoria profesional similar en otros países. Quería mantenerme por mí misma y disponer de un estudio más grande. Pero como esas condiciones me parecen hoy completamente fuera de mi alcance, he decidido salir de Irán”, dice.

Por el momento Hanieh ha dejado de elaborar más piezas, aunque asegura que no es por la guerra, sino por las secuelas psicológicas y emocionales que sufre. “Las pérdidas económicas son insignificantes en comparación con la pérdida de vidas humanas. La inestabilidad siempre ha existido en Irán, pero vivir con este grado de incertidumbre es extremadamente difícil. Hemos pagado un coste enorme”, comenta.

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Antes de las sanciones, las prendas de Shirin se vendían en masa. Diseñaba prendas únicas y no le faltaban clientes dispuestos a pagar bien por su trabajo. Pero el bloqueo económico y la incursión en el mercado de grandes fabricantes acabó prácticamente con todo el negocio. Shirin es diseñadora de moda y posee una pequeña tienda de ropa en Teherán. La reforma de su local coincidió con la guerra de los doce días, recuerda. “La guerra arrancó durante el Nowruz. Sufrimos muchas pérdidas, no solo nosotros, sino todo el sector, porque la mayor parte de los beneficios anuales se obtienen durante este periodo”. 

Desde entonces, la desigualdad se ha hecho cada vez más evidente. Algunas personas ni siquiera pueden permitirse artículos baratos, mientras que otras compran varias prendas sin fijarse en el precio. Antes de la guerra, Shirin fotografiaba sus productos semanalmente y los publicaba en su página web y en su cuenta de Instagram, pero con las interrupciones y las restricciones en internet todo eso se ha detenido y sus ventas en línea han caído drásticamente. “Ahora, cuando hablo con alguien del mundo del arte, suele decirme que está en paro y no gana nada”, dice.

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Masoud Aslani, de 40 años, lleva dos décadas pintando. Desde el principio tuvo claro que quería dedicarse al arte moderno, pero hasta el inicio de la guerra no definió un estilo concreto. La ansiedad que provoca el conflicto hizo que comenzara a fijarse en la naturaleza geométrica de la ciudad. “Cada vez que salía a la calle veía ladrillos rotos por todas partes, y acabaron entrando en mis pinturas”. Otro de los elementos que nunca faltan en sus pinturas son las orquídeas. “Para mí, la presencia de orquídeas junto a ladrillos evoca la guerra. De algún modo, eran como figuras humanas junto a los escombros.”

La noche que Estados Unidos e Israel lanzaron el ataque contra Irán Masoud sintió una ansiedad que nunca antes había experimentado. Al principio tenía miedo a morir e intentaba dormir en el sitio más seguro de la casa. Luego, aquel temor se esfumó, había aceptado la muerte y dormía en su cama, justo al lado de la ventana desde la que observaba la ciudad. “Me repetía que era mejor morir que vivir en esas condiciones. Esta guerra jamás debería de haber ocurrido”, dice.

Al igual que el resto de artistas de este reportaje, Masoud se quedó sin trabajo como consecuencia del conflicto, aunque gracias a una VPN —herramienta por excelencia para sortear las restricciones que imponen los gobiernos—  al poco tiempo volvió a tener acceso a internet y pudo vender algunas de sus pinturas a iraníes que vivían en el extranjero. Masoud siempre ha querido vivir y trabajar en Irán, pero la inseguridad económica y política han mermado su salud mental y se está planteando marcharse. 

“Las grandes ciudades, como Teherán, me recuerdan a películas distópicas y postapocalípticas como Blade Runner: lugares saturados y marcados por una sensación permanente de inestabilidad. En este mundo el arte ha dejado de ser una prioridad para la gente”, dice.

En los círculos del poder económico y político de Tailandia no se habla de otra cosa. Vietnam va camino de superar al Reino de Siam como la segunda economía del sureste asiático en los próximos meses. Es lo que el primer ministro tailandés, Anutin Charnvirakul, ha descrito como “una pesadilla”. Para los tailandeses no se trata solo de números: está en juego el orgullo nacional.

Tailandia ha disfrutado durante décadas de una ventaja para convertirse en el destino preferido de turistas e inversores. Mientras el país ofrecía estabilidad y sonrisas, las naciones de su entorno lidiaban con genocidios (Camboya), guerras (Vietnam) o totalitarismos (Birmania). Sin apenas competencia, los tailandeses olvidaron prepararse para la posibilidad de que emergieran rivales de importancia.

Vietnam era visto como un competidor menor, incluso después de lanzar su apertura o Doi Moi en 1986. El régimen comunista abrazó el capitalismo, manteniendo la estructura autoritaria y el monopolio del poder, modernizó el país y siguió la estela china. El resultado es un boom imparable que ha transformado un país cuyo nombre sigue vinculado con la guerra, en gran parte gracias a Hollywood.

La economía vietnamita es una de las que más está creciendo en el mundo, con previsión de dispararse un 10% este año. Mientras Tailandia ve sectores claves de su economía como la construcción y el turismo resentirse, el dragón de Indochina está de moda. Grandes empresas y multinacionales como Apple o Nvidia están expandiendo operaciones en su territorio. Estados Unidos, que en su día invadió el país con soldados para frenar el comunismo, está desembarcando con inversiones millonarias.

Una conquista, esta vez sí, recibida con los brazos abiertos.

Más preocupante para Tailandia es que empresas que llevaban tiempo asentadas en su territorio hayan empezado a trasladar su actividad a Vietnam. “Tienen un mercado laboral más dinámico y preparado”, me decía esta semana un empresario tailandés. Los japoneses y surcoreanos, que hicieron de Tailandia un centro de expansión regional, han empezado a migrar. Entre las empresas que ya han hecho la mudanza están Panasonic, LG o Suzuki.

Tailandia tiene mucho que reprocharse en su pérdida de estatus en favor de Vietnam. Golpes de Estado, inestabilidad política y un establishment que bloquea cualquier reforma han limitado la modernización del país y lastran su economía, concentrada en unos pocos conglomerados familiares. El pesimismo reinante quedaba resumido en un reciente titular del Bangkok Post: “Tailandia se estanca mientras Vietnam se dispara”.

Bangkok busca soluciones urgentes y a menudo cortoplacistas para revertir la situación. El Gobierno se plantea legalizar los casinos y ha invertido fuertes sumas en la organización de grandes eventos. Bangkok tendrá en 2028 una carrera del calendario de Fórmula 1. Pero todo indica que Tailandia va a necesitar mucho más que bólidos recorriendo las calles de su capital para recuperar su posición en la batalla de los tigres asiáticos. La apuesta de Vietnam por la tecnología, la ciencia, la educación y los sectores del futuro parece ganadora.

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