“El planeta no puede mantener a miles de millones de personas que comen carne”. La frase la pronunció en 2020 el famoso científico, naturalista y divulgador David Attenborough en el imprescindible documental Una vida en nuestro planeta

Un año antes expresó algo similar un comité de expertos denominado Comisión EAT-Lancet (eat, claro, significa comer en inglés, y Lancet es una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo). El comité estuvo formado por 37 líderes científicos de 16 países, expertos en diversas disciplinas, como nutrición, salud humana, agricultura, ciencias políticas o sostenibilidad ambiental. Dicha comisión bautizó con estas palabras el patrón de alimentación que deberíamos seguir si queremos conservar no solo la salud de nuestros cuerpos, sino también la salud de nuestro agonizante planeta: “Dieta de salud planetaria“.

Pero en este artículo no analizaremos qué nos aconsejó la Comisión EAT-Lancet en 2019, porque el año pasado (2025) publicó un documento actualizado sobre la “Dieta de salud planetaria”. Sus primeras líneas, que más que informar parecen asustar, justifican la incuestionable necesidad de un nuevo informe

“El contexto global ha cambiado drásticamente desde la publicación del primer informe […]. Más de la mitad de la población mundial tiene dificultades para acceder a dietas saludables, con consecuencias devastadoras para la salud pública, la equidad social y el medio ambiente”.

Así, en 2019 parecía que el hambre empezaba a disminuir en muchas regiones. Hoy, por desgracia, factores como los conflictos bélicos y el cambio climático han revertido esta tendencia positiva. 

La obesidad, por su parte, sigue aumentando en todo el mundo. La comisión añade que “la presión que ejercen los sistemas alimentarios sobre los límites planetarios no muestra signos de disminuir”. Una presión que, según justifiqué en mi libro de divulgación científica Come mierda, proviene principalmente de una industria alimentaria poderosa, codiciosa y depredadora que tiene como aliadas unas políticas públicas que anteponen el beneficio económico de unos pocos al interés de todos.

Ilustración de Cinta Fosch

¿Por qué una dieta de salud planetaria?

¿Qué dieta nos ha propuesto la comisión EAT-Lancet en 2025, tras revisar a fondo múltiples ensayos clínicos y grandes estudios epidemiológicos? Una dieta en la que los alimentos de origen vegetal sin procesar, o poco procesados, son la base. Es decir, debemos basar nuestra dieta en frutas frescas, verduras y hortalizas (incluyendo patatas), legumbres, frutos secos (sin sal, azúcar o chocolate, se entiende) y granos enteros y semillas. Por el contrario, nuestra ingesta de proteínas animales debe ser baja, lo que significa reducir, sobre todo, el consumo de carnes y lácteos. Algo que beneficiará mucho al medio ambiente, a escala global, y mucho a nuestra salud, a título individual.

Retomo la dieta en unas líneas. Porque antes es preciso remarcar que las investigaciones revisadas en 2025 muestran que los beneficios atribuibles a dicho patrón de alimentación (la dieta basada en alimentos de origen vegetal) son incluso mayores a los constatados en 2019. Se justifica que su aplicación es capaz no solo de prolongar la longevidad, sino de prevenir cerca de 15 millones de muertes cada año (27 % de las muertes anuales en el mundo), además de reducir considerablemente el riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedad coronaria, varios tipos de cáncer e incluso puede frenar el deterioro cognitivo y la demencia.

Eso por no hablar de los beneficios sobre el clima y el medio ambiente. Y es que pocas personas (y menos gobiernos) son conscientes de que nos estamos comiendo el planeta con cuchillo y tenedor: consumir tantos animales es insostenible. David Attenborough afirmó en el documental antes citado que, si todos siguiéramos una dieta principalmente basada en alimentos de origen vegetal, “necesitaríamos solo la mitad de la tierra que estamos usando ahora mismo. Y dado que nos dedicaríamos entonces al cultivo de plantas, podríamos aumentar sustancialmente el rendimiento de esta tierra”.

Según el portal Our World in Data, mientras que el ganado usa el 77 % de la tierra agrícola mundial, solo produce el 18 % de las calorías y el 37 % de la proteína total. Alrededor del 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero, según la Comisión EAT-Lancet, proviene de los sistemas alimentarios. Veámoslo en perspectiva: las emisiones del sector del transporte mundial (coches, camiones, aviación, transporte marítimo y ferrocarril) rondan el 15 % de las emisiones totales. O sea, el impacto de nuestra dieta sobre el clima es el doble que la suma de todo el transporte del planeta.

El informe no omite, por supuesto, que el lugar en el que se produce la comida contribuye al impacto ambiental de los alimentos, de ahí que tenga sentido promover el consumo de alimentos de proximidad. Sin embargo, lo cierto es que las emisiones de gases de efecto invernadero del transporte representan una cantidad muy pequeña de las emisiones de los alimentos. En otras palabras: lo que comemos es más importante que el lugar del que provienen los alimentos que comemos.

La dieta de salud planetaria bajo la lupa

Volvamos a la dieta. Pese a que se resume en tres palabras en inglés, plant-based diet, conviene dedicarle algunas líneas. Entre otros motivos porque las fuerzas que conspiran para que interpretemos que ya lo hacemos bien (y que, por tanto, no cambiemos nada) son tan implacables como bombas y tan arrolladoras como incendios. Porque la Comisión EAT-Lancet 2025 es consciente de que el consejo “más vegetales, menos animales”, además de dar para un libro, debe desarrollarse para evitar malos entendidos. Su consejo general es priorizar los granos integrales sobre los refinados, las fuentes vegetales de proteína sobre las carnes rojas y procesadas (que se limitan “debido a las pruebas fehacientes de sus riesgos para la salud”) y los aceites vegetales insaturados sobre las grasas saturadas. E incluir cantidades generosas de frutas y verduras y cantidades moderadas de lácteos, pescado, huevos y aves, limitando los azúcares libres o añadidos y la sal.

Pero se concreta todavía más. Porque nos propone consumir los siguientes gramos de estos tres grupos de alimentos para una dieta de referencia (adultos que ingieren unas 2400 kcal/día):

Alimentos de origen vegetal

Verduras: 300 gramos/día (de 200 a 600 gramos/día).
Fruta fresca: 200 gramos/día (de 100 a 300 gramos/día).
Granos integrales: 250 gramos/día
Frutos secos y cacahuetes: 50 gramos/día (de 0 a 75 gramos/día).
Legumbres: 75 gramos/día (de 0 a 150 gramos/día).
Raíces y tubérculos feculentos: 50 gramos/día (de 0 a 100 gramos/día).

Productos de origen animal

Lácteos: 250 gramos/día (de 0 a 500 gramos/día).
Pollo u otras aves de corral: 30 gramos/día (de 0 a 60 gramos/día).
Carne de vacuno, cerdo o cordero: 15 gramos/día (de 0 a 30 gramos/día).
Pescado y marisco: 30 gramos/día (de 0 a 100 gramos/día).
Huevos: 15 gramos/día (de 0 a 25 gramos/día).

Grasas, azúcar y sal

Aceites vegetales insaturados: 40 gramos/día (20-80 gramos/día).
Azúcar (añadido o libre): 30 gramos/día (0 a 30 gramos/día).
Aceite de palma o coco: 6 gramos/día (de 0 a 8 gramos/día).
Manteca, sebo o mantequilla: 5 gramos/día (de 0 a 10 gramos/día).
Sodio (sal): menos de 2 gramos de sodio/día, o menos de 5 gramos de sal/día.


La flexibilidad de estos rangos persigue su adaptación a diversos patrones dietéticos, sistemas agrícolas y culturas. Concretan la propuesta en un dibujo de un plato. La mitad de dicho plato la ocupan frutas y verduras. Tres cuartas partes de la otra mitad del plato contienen la suma de granos integrales, frutos secos, legumbres, aceites vegetales insaturados y raíces y tubérculos feculentos. El resto (aproximadamente una octava parte del plato) contiene productos de origen animal, azúcar y aceites de coco y palma.

En el informe también leemos que su propuesta puede utilizarse para “diversos tipos de dietas flexitarianas, vegetarianas, pescetarianas y veganas”. Así es: si nos fijamos, los cuatro únicos grupos de alimentos en los que no aparece un cero en el rango propuesto de ingesta son las frutas, las verduras, los granos integrales y los aceites vegetales insaturados. En el número 10 de 5W justifiqué en un artículo con el título Vegetarianismo por qué las dietas vegetarianas son saludables y asequibles, y expliqué su adecuación a las recomendaciones de ingesta de nutrientes (siempre que estén suplementadas con vitamina B12, algo que casi siempre suele ocurrir), además de su menor impacto ambiental.

Más flexible aún (y perfectamente compatible con la propuesta de la Comisión EAT-Lancet, aunque adaptada a nuestro entorno) es la guía Pequeños cambios para comer mejor (Petits canvis per menjar millor) de la Agència de Salut Pública de Catalunya. En ella nos encontramos con estas tres columnas:

Su mensaje, aunque es simple y fácil de entender e implementar, cuenta con una sólida base científica. Debemos:

  1. Aumentar el consumo de los alimentos cuya ingesta está claramente por debajo de las recomendaciones (y aumentar la práctica de ejercicio físico, que también está por debajo de lo recomendado);
  1. Cambiar a opciones saludables, de tal manera que podamos escoger, de entre dos posibilidades, la más aconsejable; y
  1. Reducir el consumo de productos que elevan claramente el riesgo de padecer enfermedades crónicas, y que además ejercen un mayor impacto medioambiental.
Ilustración de Cinta Fosch

Las nuevas guías dietéticas para EEUU: cómo estropearlo todo de un plumazo

Un año después de la publicación del documento de la Comisión EAT-Lancet, y haciendo caso omiso de lo allí justificado (es decir: obviando el método científico y el principio de precaución), Estados Unidos publicó su nueva guía alimentaria, vigente hasta 2030. Creo que prácticamente todos los que nos interesamos por la alimentación hemos visto esa pirámide invertida que pretende resumir lo más importante de dicha guía, y a casi todos (sobre todo a los nutricionistas) nos ha llamado poderosamente la atención encontrar en la base de dicha pirámide (donde aparece lo que debemos priorizar) carnes rojas, quesos, y carnes blancas. Un despropósito que no tardó en ser duramente criticado por toda la comunidad científica, en buena medida por la intolerable influencia de la industria cárnica y láctea en la elaboración del documento. ¡Prácticamente todos los miembros del panel científico elaborador de esta guía tienen conflictos de interés financieros con la industria cárnica y láctea!

Frente al planteamiento anterior, y también en enero de 2026, se publicaba un documento relevante relacionado con nuestra alimentación: el Código Europeo Contra el Cáncer. Para sorpresa de nadie, además de fomentar una dieta basada en alimentos de origen vegetal, aconseja disminuir la ingesta de carne roja y evitar las carnes procesadas. Y no solo para reducir el riesgo de cáncer, también para evitar otras patologías, como las enfermedades cardiovasculares o la diabetes tipo 2. ¿Tendrá que ver esta importante diferencia con el hecho de que este código se ha redactado sin ninguna clase de presión o conflicto de interés de ninguna industria alimentaria? Yo creo que sí.

Como es incompatible promover el consumo de cárnicos y lácteos con la protección del medio ambiente, la nueva guía estadounidense no aborda de ninguna manera las dimensiones ambientales de la dieta. En un mundo que se consume por una terrible inestabilidad ecológica, esta omisión es una negligencia de primer nivel. En febrero de 2026, la reputada doctora Marion Nestle y su equipo afirmaban, en Lancet Regional Health, que estas directrices “no representan un cambio legítimo respecto al progreso científico, sino un caso de instrumentalización empresarial con implicaciones directas para la morbilidad nacional y mundial”.

El departamento de nutrición de la universidad de Harvard, por su parte, critica el mayor peso que se da en esta nueva guía al consumo de proteína, entre otras razones porque demasiadas personas consumen más proteína de la necesaria, y su exceso “puede convertirse en grasa corporal y provocar aumento de peso”. Aunque la guía recomienda una variedad de alimentos proteicos de origen animal y vegetal, lo cierto es que no hay un mensaje claro sobre qué opciones se deben elegir con mayor frecuencia. Harvard cita este ejemplo, la mar de clarificador: mientras que un filete de solomillo a la parrilla aporta unos 33 gramos de proteína, nada de fibra dietética y 5 gramos de grasas saturadas, una ración de lentejas cocidas proporciona unos 18 gramos de proteína y 15 gramos de fibra dietética, pero prácticamente no contiene grasas saturadas.

Otro ejemplo sangrante es que la guía recomienda tres raciones de lácteos al día, algo incompatible con su recomendación de no superar el 10% de las calorías diarias a partir de grasas saturadas. Si se eligen versiones enteras de dichos lácteos, como se indica en la guía, ya se alcanza dicho porcentaje, “y esto sin siquiera considerar otros alimentos consumidos durante el día, incluidas algunas de las opciones de proteínas recomendadas”, añade Harvard.

Pese a lo catastrófico que suena todo, la Comisión EAT-Lancet parece formada por optimistas. Se nota cuando leemos frases como esta:

“En este momento de creciente inestabilidad, los sistemas alimentarios aún ofrecen una oportunidad sin precedentes para fortalecer la resiliencia de los sistemas ambientales, sanitarios, económicos y sociales, que se encuentran en una posición privilegiada para mejorar el bienestar humano y, al mismo tiempo, contribuir a la estabilidad del sistema terrestre”.

Comer mejor para vivir mejor

Sea o no un optimismo exagerado el de los expertos de Lancet, la pura verdad es que tenemos el urgentísimo e ineludible deber de promover un cambio hacia dietas más basadas en alimentos de origen vegetal poco procesados. Sobre todo los países con mayores capacidades y desarrollo económico, que son los principales responsables la presión ambiental relacionada con la alimentación. Tales países deberían asegurar cuestiones como la asequibilidad de una dieta saludable y segura, unos salarios dignos, la no discriminación o la protección del medio ambiente.

Comer más vegetales, menos animales y nada o casi nada de carnes procesadas y alimentos superfluos protegerá a nuestro planeta, y protegerá también a los miles de plantas, insectos y aves, mamíferos, anfibios y peces que estamos extinguiendo a toda velocidad. Pero sobre todo nos protegerá a nosotros mismos de nosotros mismos. En su documental, David Attenborough concluye:

“Estoy seguro de una cosa: no se trata de salvar nuestro planeta. Se trata de salvarnos a nosotros. Lo cierto es que, con o sin nosotros, el mundo natural se va a reconstruir”.

En nuestras manos, y en nuestros menús, está la posibilidad de seguir habitando este planeta o permitir que las dinámicas de mercado, la inercia consumista y un modelo alimentario insostenible acabe por devorar el futuro de las próximas generaciones.

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