Guillem Sartorio

La lucha kurda por la supervivencia

Adelanto del libro 'Respirando fuego', de David Meseguer y Karlos Zurutuza

Karlos Zurutuza

En tránsito

David Meseguer

Periodista
02 de Abril de 2019

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¿Quién es el pueblo kurdo? Pieza imprescindible cuando se discute sobre Oriente Medio, cada vez más miradas se posan sobre los 40 millones de kurdos repartidos entre las fronteras de Turquía, Irán, Irak y Siria.

Pocos conocen su historia reciente como los reporteros freelance Karlos Zurutuza y David Meseguer, que han escrito a cuatro manos Respirando fuego. En las entrañas de la lucha kurda por la supervivencia, libro del cual hoy presentamos este adelanto: un capítulo escrito por Meseguer y otro por Zurutuza. Los interesados en la región y en el periodismo internacional no se deben perder esta obra.

Milicianas kurdas contra Estado Islámico

Por David Meseguer

El enclave kurdo de Afrín permanecía completa­mente asediado en noviembre de 2013, después de que Estado Islámi­co (EI) expulsara al Ejército Libre Sirio (ELS) de las zonas de Idlib y Alepo colindantes con la región. La frontera turca en la parte norte y las poblaciones de mayoría chií de Nubul y Al Zahrá, controladas por el Gobierno sirio en el extremo este, habían permitido a las Unidades de Protección Popular (YPG, por sus siglas en kurdo) concentrar la práctica totalidad de sus efectivos militares en un extenso fren­te meridional para contener el avance de los yihadistas.

La diminuta villa yazidí de Bosoufane, situada en el límite sur de la región de Afrín y a escasos kilómetros de la iglesia de San Simeón Esti­lita, era la base de un importante destacamento militar kurdo y uno de los frentes más activos durante las últimas semanas. Además, las Unidades de Protección de la Mujer (YPJ) tenían una notable presencia en aquel inhóspito paraje de colinas rocosas y labrados campos de olivos de tierra rojiza.

El cuartel de las milicianas era una casa de campo protegida por grandes bidones repletos de tierra y provista de amplios boquetes en las paredes interiores que permitían el paso de una estancia a otra. Como consecuencia de los combates registrados días atrás, la fachada presentaba algunos orificios de proyectil de ametralladora. Desde la fortificación, podía divisarse una posición de EI presidida por su inconfundible bandera negra y situada a tan solo trescientos metros.

“A partir del 1 de diciembre, estará prohibida la entrada de cualquier tipo de mercancía en la región de Afrín controlada por el PKK, milicia aliada del régimen. Las personas que deseen entrar o salir serán llevadas ante un tribunal islámico para investigar si tienen cualquier tipo de relación con los infieles”, advertía un panfleto que EI estaba repartiendo entre los civiles que cruzaban sus checkpoints con dirección al enclave kurdo.

Con este lenguaje, los grupos yihadistas trataban de desprestigiar la tercera vía adoptada por los kurdos y su posición de autodefensa ante el régimen, la oposición y los grupos islamistas. En su propaganda bélica, EI acusaba a los kurdos de infieles y, en el caso concreto de Afrín, de dar cobertura a las tropas gubernamentales que resistían en Nubul y Al Zahrá. Además, aquellos días, la organización fundamentalista había difundido el rumor de un ataque inminente sobre la región y, por ello, aconsejaba a la población árabe residente en Afrín que abandonara la zona.

—Nuestro enemigo quiere imponer la servidumbre de la mujer. Como rechazamos esta idea, estamos aquí para combatirlos —aseguraba Sakine, una de las ocho combatientes, que en aquel momento se encontraba montando guardia en la terraza de aquella casa campestre.

—El Dáesh [acrónimo árabe de EI] concibe a la mujer como un ser débil y puramente decorativo. Solo recurre a ella para tener sexo. Las mujeres tenemos aptitudes, y la mejor manera de demostrarlo es combatiendo a los yihadistas para hacer que se sientan inferiores —remarcaba Farida Abdo, una policía de Afrín que había sido enviada al frente como apoyo.

Tomando como marco ideológico las tesis de Abdullah Öcalan, uno de los ejes centrales de la revolución de los kurdos de Siria era la apuesta por la activa participación de las mujeres en las diferentes esferas de la sociedad, con especial hincapié en el ámbito político-militar, donde debía existir un liderazgo compartido con los hombres.

David Meseguer

Desde marzo de 2013, la milicia y la policía kurda tenían su propia sección femenina, con una gran autonomía respecto a la estructura central. En aquellos momentos, según datos del autogobierno kurdo, la cuota femenina en las tropas de combate se situaba en torno al 35%, aunque con el objetivo de acercarse al 50%.

—Las mujeres de Rojava estamos llevando a cabo una doble lucha. Queremos el reconocimiento de los derechos del pueblo kurdo y conseguir la emancipación de la mujer en un Oriente Medio marcadamente patriarcal —indicó Yanda Welat, una jovencísima soldado de permanente sonrisa, al ser preguntada por los motivos de su adhesión a la milicia.

La ideología y, sobre todo, la acuciante amenaza yihadista habían empujado a centenares de jóvenes kurdas como Sakine y Yanda a alistarse en las YPJ, dejando atrás estudios y trabajo y siendo conscientes de que iban a pasar largas temporadas en el frente sin poder ver a sus familias. Organizaciones de defensa de los derechos humanos como Human Rights Watch (HRW) habían comenzado a denunciar la imposición de “normas estrictas y discriminatorias para las mujeres” por parte de EI y el Frente Al Nusra en las zonas bajo su control. En un informe, HRW advertía de que la estricta aplicación de la sharía, la ley islámica, conllevaba “la imposición de códigos de conducta y vestimenta”, y que ello afectaba directamente “la vida cotidiana de niñas y mujeres, limitando su capacidad para recibir una educación reglada y mantener a sus familias”.

—Los milicianos del Dáesh nos temen incluso más que a los hombres, porque, según sus creencias, si mueren en combate abatidos por una mujer no alcanzarán el paraíso —señaló Zilan, una combatiente de veinte años que no quitaba la vista del horizonte, donde se situaban las posiciones del enemigo.

Mientras charlábamos sobre el rol de la mujer en la sociedad y en la guerra, Yanda Welat se desentendió momentáneamente de la conversación y comenzó a jugar con un cachorro de perro que se había acercado hasta donde estábamos. Fue un momento que aproveché para retratar a la miliciana y mostrar, así, la cotidianeidad del frente de guerra, más allá de los combates. Vergonzosa y reacia al principio, finalmente conseguí que Yanda posara para un retrato. Nunca llegué a imaginar que, un año y medio más tarde, acabaría enviando aquella fotografía a su familia tras enterarme por Facebook de su fallecimiento. Según pude averiguar meses después de nuestro encuentro, Yanda fue destinada a la defensa del barrio alepino de Sheij Maqsud. Un bombardeo aéreo del Ejército sirio acabó con su corta vida en febrero de 2015. Curtida en la lucha contra EI y caída ante el régimen, Yanda Welat era la ejemplificación perfecta de los múltiples frentes que los kurdos tenían abiertos en Siria.

—El hombre siempre ha significado poder y hegemonía. La guerra, también. La participación de la mujer en la guerra es la máxima expresión de igualdad —quiso destacar Yindar, una miliciana de cabello castaño que consiguió con sus palabras la aprobación de sus compañeras.

 

Ángeles contra la barbarie

Por Karlos Zurutuza

El taxista miraba incrédulo a su alrededor. Tras media vida en su Lada rojo, ni siquiera él conocía el lugar.

—¿Seguro que es aquí? —supongo que preguntó en ruso.

Aquella mañana lluviosa de septiembre de 2004, el jeque Art­sanian me esperaba en la última casa de Ereván, justo donde des­aparecía el asfalto y la capital de Armenia moría en una colina. Un hombre bajito y moreno bajo un paraguas me invitó a entrar haciendo gestos con la mano. Llegaba pronto, así que me hizo es­perar en una habitación oscura a la que unos pesados cortinones aislaban del resto del mundo. Olía a humedad, a ambientador y a matarratas. Y luego estaba aquella extraña colección de imágenes en las paredes: Churchill, Roosevelt y Stalin en la conferencia de Yalta; Lenin arengando a los sóviets entre una estampita de la Virgen María y un calendario persa con la foto de un pavo real; Gagarin sonriente en su escafandra; Gagarin condecorado… Las opciones de llegar a entender quiénes eran los yazidíes parecían desvanecerse entre aquella ensalada de retratos aparentemente in­conexos entre sí.

Fueron diez minutos más de desconcierto hasta que se pre­sentó en la habitación un hombre espigado al que su papaja gris, el gorro tradicional del Cáucaso, hacía aún más alto. Era el jeque Artsanian. Tras un caluroso apretón de manos y una presentación traducida por su asistente, llamado Torgom Judoyan, Artsanian me llevó de la mano hasta el mural que presidía la estancia, pero que solo descubrí cuando Judoyan corrió las cortinas y entró la luz entre el polvo en suspensión: dos bandadas de pájaros atravesaban un cielo azul, dejando atrás el monte Ararat. Repre­sentaban el pueblo yazidí, aclaró Artsanian, huyendo junto al armenio desde Anatolia Central. Aparentemente, también ha­bían sido víctimas del primer genocidio del siglo XX. Luego, el jeque abrió una cortina tras la que se apilaban mantas y sábanas de seda. Decía que escondían “tesoros de Lalish”. Ese es el templo central de los yazidíes en el norte de Irak, un lugar sa­grado que todo fiel debe visitar al menos una vez antes de morir. Artsanian había cumplido ya los setenta años, y aún tenía esa asignatura pendiente.

Karlos Zurutuza

Tras su huida al Cáucaso desde Mesopotamia al comienzo de la Primera Guerra Mundial, los yazidíes se fundieron con el marasmo de pueblos que integraban la Unión Soviética. Ya es­trenado el siglo XXI, la mayoría vivía en las afueras de la capital armenia, o moviendo su ganado en la ladera del monte Aragáts —al que no hay que confundir con el Ararat—. En verano subían casi hasta aquella cumbre de más de 4.000 metros y pasaban el invierno en el valle. De hecho, aquellos nómadas “verticales”, que compartieron su queso conmigo en sus tiendas de campaña del Ejército soviético, fueron los primeros yazidíes a los que co­nocí personalmente. En la última casa de Ereván, el almuerzo fue a base de té turco y pastelitos de chocolate ruso, y rematado con una copa del legendario brandi local. Había una atmósfera familiar pero no exenta de solemnidad. Tras guardar la botella, Judoyan me enseñó un carné que lo acreditaba como presidente de la Asociación Yazidí de Armenia. Después sacó su antiguo pa­saporte, con las siglas CCCP (URSS, en ruso) en letras dora­das sobre fondo rojo. Su propietario subrayó que donde figuraba la nacionalidad decía “yazidí”, y no “kurda”.

—Hablamos kurmanyí —la variedad dialectal de los kurdos de Siria y Turquía—, pero no somos kurdos, o no, al menos, como lo entiende usted —matizó Judoyan con una media sonrisa con la que parecía pedir paciencia para entender tal afirmación.

La de los kurdos en Armenia era la historia de unos pocos, pero con demasiados claroscuros. El colapso en 1991 de la URSS hizo estallar una gran cantidad de conflictos desde Moldavia hasta Tayikistán. Uno de ellos fue el del enclave de Nagorno-Karabaj (1988-1994), donde yazidíes acabarían luchando en las filas armenias en aquella guerra contra Azerbaiyán. De una caja de cartón junto a la pila de sábanas, el jeque Artsanian sacó una esquela “en memoria de los jóvenes yazidíes que dieron su vida por la madre Armenia en Karabaj”. Muchos de ellos habían muerto luchando en Laçin, una lengua de tierra que incluía veinticinco aldeas kurdas, pero que se interponía entre Armenia y el enclave en disputa. Aquel episodio resultaba aún más descorazonador sabiendo que Laçin había sido un distrito autónomo también conocido por el sobrenombre de Kurdistan-e Sorkh (Kurdistán Rojo). Durante sus siete años de vida, de 1923 a 1930, Kurdistan-e Sorkh se convirtió en el único lugar del mundo donde se abrían escuelas y se publicaban libros en lengua kurda. Ya en el ocaso del siglo XX, sería otro escenario más en el que kurdos combatirían contra kurdos. Judoyan y el jeque admitían lo para­dójico que resultaba aquello, aunque Artsanian acabó zanjando el asunto con un contundente: “Somos armenios, yazidíes armenios”.

Tras la promesa de volver a vernos en la última casa de Ere­ván, cosa que cumplimos, Judoyan se ofreció a llevarme de vuelta al hotel. Dejando atrás el desconchado extrarradio postsoviético, la vida volvía a las calles según nos acercábamos al centro de gra­nito rojo de la capital. El yazidí se lamentaba de que los jóvenes solo pensaran en abandonar el país; al templo ya no iban más que los mayores, “apenas una docena de ellos”. Se trataba, decía, de una muerte lenta que había empezado con la huida de su pueblo de Mesopotamia. Antes de despedirnos, Judoyan abrió la guante­ra y me obsequió con una bola de tierra del tamaño y la forma de un canica. Era de Lalish. No había estado nunca, pero dijo que iría algún día. Yo pensé lo mismo.

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