Adam Rhew/Charlotte

Las grietas de América

Extracto del libro de Mikel Reparaz, corresponsal en Estados Unidos

Revista 5W

Crónicas de larga distancia
07 de Septiembre de 2020

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Este es un extracto de Las grietas de América. Bajo la piel de un país dividido (Península), un libro del corresponsal en Estados Unidos Mikel Reparaz.

«¡Trump! ¡Trump! ¡Trump!» La convención de Cleveland aclama a su líder. «¡Trump! ¡Trump! ¡Trump!» El martilleo violento de cientos de gargantas —sobre todo masculinas— es mayoritario en el pabellón de los Cavaliers, pero no unísono. Los delegados se miran entre sí, como buscando entre sus filas a quienes no gritan con ganas. Cleveland acaba de nombrar candidato presidencial a Donald John Trump, «el próximo presidente de Estados Unidos», y todos esperan la aparición del nuevo líder por videoconferencia desde lo alto de la torre Trump de Nueva York. Los disidentes que han decidido quedarse guardan silencio. Aunque Ted Cruz se ha negado a apoyar abiertamente a su rival ante sus correligionarios, acabará dándole su apoyo después de la convención. Y eso a pesar de que Trump ha maltratado con especial saña a la familia de «Ted el Mentiroso», como lo llama hasta la extenuación. Llegó a sugerir que su padre —un pastor evangélico de origen cubano— estuvo involucrado en el asesinato de John F. Kennedy. Entonces pasó a burlarse de la apariencia de su esposa Heidi Cruz, comparando en Twitter una fotografía suya con la de la bella Melania Trump, exmodelo eslovena y futura primera dama. Su único comentario, sarcástico: «Una imagen vale más que mil palabras». Cruz nunca le perdonará esos agravios a Trump, pero después del humillante trago con el que anunciará su apoyo al candidato republicano, el engominado ultraconservador evangélico desaparecerá entre la niebla del Capitolio para preparar, quizá algún día, su venganza.

Mientras, en algún despacho oscuro, Steve Bannon se relame viendo las imágenes que llegan de Cleveland. Las delegaciones de los cincuenta estados aplauden con entusiasmo y corean el nombre del nuevo jefe. Bannon, ideólogo ultranacionalista del trumpismo, todavía no forma parte del equipo de campaña de Trump, pero pasará a dirigirlo en cuestión de días. Durante la convención republicana aún continúa al frente de Breitbart News, un portal de noticias de extrema derecha desde donde se divulgan todo tipo de teorías de la conspiración sin filtro y se presta una plataforma a algunas de las voces del fascismo estadounidense, ahora bajo el paraguas de la «derecha alternativa» o Alt-Right. Pero la especialidad de Bannon es atacar al establishment republicano: los líderes republicanos del Congreso Paul Ryan y Mitch McConnell o el senador John McCain son sus demonios, muy por delante de los demócratas. «No hay un partido conservador funcional en este país, y desde luego el Partido Republicano no lo es», dijo unos años antes de entrar de lleno en la política nacional. Ahora es su momento. Los sectores que representan a la «ira blanca» que él se ha encargado de azuzar desde sus medios ultraderechistas han conseguido lo más importante: hacerse con el liderazgo del partido. Ahora solo falta derrotar a la candidata demócrata y llevar a Trump a la Casa Blanca. Y para eso está Bannon.

Portada del libro Las grietas de América: bajo la piel de un país dividido.

Mientras, en Cleveland, la exaltación del líder llega al clímax durante el último día de cónclave. Al término del discurso que ha sellado su coronación, Donald Trump y su candidato a vicepresidente Mike Pence toman el escenario acompañados de sus familias. Los Trump, una colección de barbies y kens de peinados y dentaduras perfectas, contrastan con los Pence, una modesta familia evangélica del Medio Oeste. Hay fuegos artificiales, confeti y globos. Suenan los acordes de All Right Now de los Free, un tema de la era Nixon para poner el broche a un mensaje casi calcado al de la convención republicana de 1968: «Ciudades envueltas en humo y llamas». En realidad, Trump ha pronunciado el discurso que todos esperábamos de él. Un discurso que llama a la furia, apela al miedo y dibuja un escenario apocalíptico que él y solo él puede remediar. Un discurso en el que acontecimientos como los disturbios de Baltimore tras la muerte de Freddie Gray se convierten, ahora sí, en el centro de la política nacional: «Los estadounidenses que nos están viendo esta noche han visto las recientes imágenes de violencia en nuestras calles y caos en nuestras comunidades —ha arrancado Trump—, muchos habéis sido testigos directos de esa violencia y algunos habéis sido sus víctimas. Tengo un mensaje para todos vosotros: el crimen y la violencia que hoy aflige a nuestra nación muy pronto terminará. A partir del 20 de enero de 2017… ¡la seguridad será restaurada! ». El aplauso entusiasta de los delegados republicanos parece ahora unánime.

Las palabras que Trump ha leído del teleprónter con más o menos fidelidad son obra de otro personaje que se esconde en las sombras de la campaña. Una especie de oficinista de treinta años prematuramente calvo llamado Stephen Miller trabaja desde el arranque de las primarias como speechwriter personal del candidato. Es el encargado de escribirle los discursos, aunque luego este los destroza cuando decide dar rienda suelta a la improvisación. Miller flirteó durante sus años universitarios con neonazis como Richard Spencer, con quien organizó una conferencia sobre inmigración en la Universidad Duke de Carolina del Norte en 2007. Durante los años en la Casa Blanca, el rol de Miller pasará de mero guionista a director de la película. Se le atribuirán algunas de las medidas más controvertidas de la Administración Trump, como la prohibición de la entrada de ciudadanos de varios países musulmanes a Estados Unidos o la separación forzosa de familias de inmigrantes centroamericanos en la frontera con México. Según contará un asesor presidencial anónimo a la revista Vanity Fair en 2018, «Stephen disfruta viendo las imágenes de niños separados de sus padres en la frontera. Es un tipo retorcido… es puro Waffen-SS».

La fiesta ha terminado y los republicanos van abandonando The Q camino de los bares de copas y salones de hoteles donde se disponen a seguir con la celebración. Se hace el silencio en las gradas del pabellón, que pronto volverá a ser escenario de gloriosos partidos de la NBA. Solo quedamos unos cuantos reporteros apurando nuestras crónicas entre globos tricolores y confeti dorado. Varios voluntarios armados de agujas pinchan los globos uno a uno para facilitar el trabajo a los equipos de limpieza. En ese momento, entre pequeñas explosiones, me viene a la cabeza Philip Roth y su magistral novela La conjura contra América. La historia alternativa que cuenta la llegada al poder de Charles Lindbergh, el aviador aventurero con simpatías nazis famoso desde que pilotó el flamante Spirit of Saint Louis sin escalas a través del océano Atlántico. El mismo que en la ficción de Roth arrebata la presidencia al demócrata Franklin Roosevelt en 1941 con un discurso populista y aislacionista muy parecido al de Trump. Lindbergh, que en la vida real defendió un acercamiento de Washington a Berlín para evitar entrar en la guerra, también fue parte de un movimiento conservador llamado America First (América Primero), que denunciaba los intentos del Reino Unido por arrastrar a Estados Unidos al enfrentamiento armado con Alemania. Eran los tiempos del Bund germanoamericano, las cruces gamadas en el Madison Square Garden, Abel Meeropol y el insurgente Café Society del Village. Lindbergh nunca llegó a ser candidato republicano, mucho menos presidente, pero su mensaje se ha colado entre las líneas escritas por Miller en Cleveland. «Nuestro plan pondrá a América primero… America First! El americanismo, y no el globalismo, será nuestro credo», ha anunciado Trump. Se refiere al credo del unilateralismo —Estados Unidos no debe imponer sus valores al resto del mundo, al contrario de lo que promulgan los neocon—, rozando el aislacionismo total de Lindbergh.

«América Primero», escribo en mi libreta Moleskine de tapas negras. Un extraño déjà-vu recorre entonces mis neuronas, llevándome catorce años atrás en el tiempo, cuando garabateé un lema de campaña muy parecido en otro Moleskine idéntico mientras cubría la segunda vuelta presidencial de Jean-Marie Le Pen contra Jacques Chirac en París: «Los franceses primero». Ni Lindbergh fue Trump ni Trump es Le Pen, pero todos tienen en común una música de fondo y una estrategia política que traerá consecuencias muy parecidas. El Frente Nacional se hizo entonces definitivamente con los feudos tradicionales de la izquierda en Pas de Calais o Marsella. Trump hará lo mismo en las zonas mineras e industriales de los Apalaches.

Pero en julio de 2016 todo eso es una incógnita remota. Además, a poco más de tres meses de las elecciones, todas las encuestas dan la victoria a Hillary Clinton, quien espera ser coronada y aclamada al estilo Trump en la convención de los suyos, esta vez en Filadelfia.

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