Portada del Libro

Las prisiones, universidades del odio

Capítulo del nuevo libro sobre Irak de Mónica G. Prieto y Javier Espinosa: ‘La semilla del odio’

Mónica G. Prieto

En Asia

Javier Espinosa

Periodista
22 de Junio de 2017

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Son referentes del periodismo internacional.

Mónica G. Prieto y Javier Espinosa publicaron el año pasado Siria, el país de las almas rotas. Ahora completan este recorrido por la zona de influencia de Estado Islámico en Oriente Medio con La semilla del odio (Debate), escrito al más puro estilo anglosajón: con obsesión por el detalle, historias humanas y despliegue histórico e intelectual para entender la invasión de Irak y sus consecuencias. Ofrecemos en exclusiva el octavo capítulo de este nuevo libro de dos periodistas con quienes 5W comparte su espíritu de lucha y su pasión por el mundo.

 

 

Bagdad, 2004-Damasco, 2008

Mohamed se frotaba su pelo prematuramente canoso, cortado a cepillo, en un gesto nervioso que podía implicar profunda reflexión o el inconfesable deseo de volverse invisible.

No estaba seguro de querer hablar. Le costaba dejarse convencer de la conveniencia de explicar sus ocho meses y medio en la prisión de Abu Ghraib. Por supuesto, comprendía que todo lo que había visto y oído era denunciable, sobre todo ahora que las insultantes fotografías de uniformados estadounidenses torturando y aterrorizando presos iraquíes daban la vuelta al mundo, pero temía sufrir represalias por hablar.

Le generaba pavor que, incluso amparado en el anonimato, sus captores le encontrasen de nuevo y le volvieran a humillar. «Pero tu testimonio ayudará a que no vuelva a pasar. Puede que ayude a que se vayan», le decía con suavidad, empujándole a hablar, mientras su empecinada mirada evitaba a la extranjera que aguardaba en su salón desde primera hora de la mañana. Yaroub, con su natural empatía y su infinita paciencia, traducía edulcorando mis palabras, impregnándolas de los matices que Mohamed quería oír. Porque Yaroub comprendía tan bien como cualquier otro iraquí la vejación que implicaban aquellas imágenes para su comunidad, pero también defendía su obligación de defenderse ante tamaña injusticia. Y la única forma de hacerlo, en aquel momento, era sacarlo a la luz.

Finalmente, tras una hora de argumentos, vasos de té humeante y muchos silencios, este hombre de corta estatura arrancó su relato con un sonoro suspiro. «La primera vez que me pusieron la bolsa, sentí terror. No me dieron explicaciones, se limitaron a meterme la cabeza en un saco. Me costaba respirar, no sé si por el miedo o por la falta de aire», desgranaba fijando por fin sus ojos en mi cara. Su rostro era anodino, casi vulgar, imposible de recordar. «Llevaba cinco días detenido por los estadounidenses en una base militar de Bagdad, no sabía de qué me acusaban y tampoco qué me esperaba. Así, maniatado y con el rostro tapado por el saco, me trasladaron a la prisión militar del aeropuerto. Una vez allí me dejaron en calzoncillos y me tomaron fotografías en todas las poses que pueda imaginar —dijo con las cuerdas vocales apretadas por la angustia, en un extraño timbre de voz—. Un mes después fui trasladado a Abu Ghraib y entonces pensé, por primera vez, que no sobreviviría», explicaba mientras pasaba obsesivamente las cuentas de su tasbih (una suerte de rosario musulmán), como si encontrase las fuerzas para hablar en el movimiento rítmico de sus dedos.

«La primera vez que me pusieron la bolsa, sentí terror. No me dieron explicaciones, se limitaron a meterme la cabeza en un saco»

Con treinta y ocho años, Mohamed había tenido una vida suficientemente intensa: nacido en La Meca de padres iraquíes, trabajó en Chechenia con una ONG norteamericana durante años, experiencia de la que se llevó dos esposas con el potencial de un conflicto armado (una era rusa y otra chechena) y a sus tres hijos, el mayor entonces de ocho años, nacidos en Abiyán, Siria y Rusia. Mohamed regresó a su Bagdad natal acompañado de su estirpe años antes para ser sorprendido por una invasión militar que le puso en el punto de mira.

«Yo creo que me tomaron por un muyahid que fue a Chechenia para combatir —sopesaba—. Nunca me explicaron por qué me detuvieron ni por qué me liberaron. Ocurrió el 29 de julio. Los americanos llegaron a mi casa y me preguntaron qué armas guardaba. Les respondí que un fusil de asalto, lo normal y legal en Irak, pero decidieron registrar. Aunque solo encontraron el fusil, me pidieron que les acompañara. Me fui con lo puesto, vestido con dishdasha, pensando que sería cuestión de horas. Me llevaron a Ghazaliya, un campamento militar cercano a la mezquita de Umm al Marek, en Bagdad, y me pusieron una pulsera de plástico con un número de seis cifras, mi nombre a partir de entonces.»

En el umbral de la cocina, percibí dos rostros velados. Sus esposas me vigilaban, seguramente fascinadas por la extranjera que estaba logrando que su marido confesara aquello de lo que nunca quería hablar. Mohamed les miró y me sugirió que fuera con ellas, mientras él continuaba el relato ante Yaroub: le resultaba más fácil hablar de ciertas cosas con un hombre, pero mi amigo iraquí y yo nos sonreímos. «Eso no es posible —le dijo él con tono paternal—, es ella quien debe hacer las preguntas.»

«Pasé tres días incomunicado; luego metieron a otros ocho detenidos en el cuarto. Se les acusaba de ser fedayin, la guardia pretoriana de Sadam. Dormíamos apiñados en el suelo y solo podíamos salir dos veces al día para ir al baño.» Su siguiente destino fue un centro de detención situado cerca del aeropuerto, Camp Vigilant. «Aún no habían reabierto Abu Ghraib, y por entonces todos los presos tenían pánico a Camp Bucca [el gigantesco campo de prisioneros cercano a Basora]. Cuando me quitaron la bolsa que me cubría el rostro, pude ver las dependencias del aeropuerto. Había diez tiendas de campaña, cada una de ellas con doscientos prisioneros. Al principio había una mezcla de presos políticos y delincuentes comunes, pero al final todos los criminales, ladrones y violadores fueron trasladados o liberados. En Camp Vigilant podías encontrar desde ancianos de setenta años hasta críos de quince: allí estaban todos aquellos que jugaron un papel importante en el régimen salvo los cincuenta más buscados, que nunca supimos dónde estaban encerrados.»

El exreo describía unas condiciones de vida pésimas, pero lo peor siempre estaba por llegar. «A principios de septiembre me convocaron junto a otros ciento cuarenta presos. Nos dijeron que nos llevaban a la prisión de Abu Ghraib. Creía que nada podía ser peor que el aeropuerto, y casi me alegré. Había pasado treinta y dos días en Camp Vigilant, y estaba deseando perderlo de vista. Cuando llegamos a Abu Ghraib, lo primero que vi fue a un grupo de prisioneros de rodillas, esposados y con los ojos vendados. Entonces pensé que ese sería el lugar donde moriría. Fue la primera vez durante mi detención que sentí terror, y no sería la última.»

Mohamed se resistía a hablar de sus propias torturas: conseguía reconducir siempre la conversación para eludir el tema a sus compañeros de cautiverio. Decía haber padecido siete meses de «guerra psicológica», como lo describió en aquella larga conversación en su residencia bagdadí. «Había ocho campamentos con veinte o veintidós tiendas de campaña cada uno. En cada tienda dormíamos entre veinticinco y treinta y cinco presos, y como no cabíamos teníamos que dormir de lado, apretados unos contra otros [...] Cuando aparecía un investigador en nuestra tienda, eso quería decir que alguien sería encapuchado y maniatado. Se lo llevaban a los edificios de Abu Ghraib, y de ahí o bien regresaban, semanas después y casi irreconocibles, o bien desaparecían. Supongo que los trasladaban de cárcel o los liberaban, pero me aterrorizaba la idea de que un día me tocara a mí.»

«Había presos ancianos, adolescentes, mujeres, hombres enfermos e incluso amputados de guerra. No había respeto por nada ni por nadie. Recuerdo a un hombre de setenta años que rogaba a los guardias que no le taparan la cabeza con una bolsa porque moriría de la impresión, suplicaba que no lo hicieran porque se ahogaría. No le escucharon, y se la pusieron. Así murió —dijo antes de servirse un vaso de agua de una jarra cercana—. Pero lo que más me impactó fue conocer a Qais Hatem. Era de un pueblecito cercano a Samarra y había sido miembro del Baaz. A sus sesenta años se conservaba bien: era rubio, de estatura media y complexión normal. Fue detenido junto a otros ochenta vecinos de su aldea, muchos de ellos parientes suyos. Poco después de llegar, un carcelero se presentó en la tienda para interrogarle. Estuvo desaparecido veinticinco días, y cuando regresó lo llevaban dos hombres en volandas; ya no podía andar. Estaba casi inconsciente. Los primeros días lo tuvieron desnudo en una celda, con una bolsa en la cabeza. Lo interrogaba una mujer. Él, vergonzoso, se cubría los genitales con las manos, pero ella lo obligaba a descubrirse. Durante los veinticinco días estuvo encapuchado, y se quejaba de que le pegaban en la planta de los pies, aunque como no podía ver nada ignoraba con qué le torturaban. Otro día, un soldado llegó con una máquina de afeitar y entre risas le rasuró todo el pelo del cuerpo, cejas incluidas...»

«Cada vez que alguien era desplazado a los edificios para ser interrogado, regresaba con el rostro amoratado, casi azul, o con el cuerpo roto a golpes»

Una hora después de que Mohamed comenzase a hablar, su relato se había convertido en una incontenible catarata de experiencias que confirmaban las imágenes filtradas de los episodios de torturas en Abu Ghraib. Era como si el desahogo inicial hubiera abierto las compuertas mentales de recuerdos que había decidido enterrar en un empecinado intento de que no volvieran a asaltarle. Mencioné las vejaciones que todos habíamos visto en las fotografías filtradas y se mesó los cabellos antes de contestar.

«Las fotografías publicadas no pueden sorprender a nadie que haya pasado por esa prisión. Cada vez que alguien era desplazado a los edificios para ser interrogado, regresaba con el rostro amoratado, casi azul, o con el cuerpo roto a golpes. A un preso le dejaron a solas toda la noche con un perro en una celda. A Qais Hatem también le azuzaban con los perros cuando le sacaban de la tienda.» Religioso conservador, el hombre prefería no dar detalles de los abusos sexuales: la conversación era tan agónica como persistente, un pulso de obstinaciones que ninguno deseaba perder, aunque ambos temíamos ganar. «Lo peor era la tortura mental. Mucha gente, incluso en las tiendas de campaña, pasaba varios días sin ropa. Un día se las quitaban en los interrogatorios y al regresar no tenían qué ponerse. A otros les ponían bragas y hasta compresas para que todos se rieran de ellos. Un preso me contó que, durante su interrogatorio, los guardias le dieron un consolador de plástico. Querían que se penetrase. El hombre, aterrorizado, lo intentó pero comenzó a llorar, no sabía si por el dolor, el miedo, la humillación o todo a la vez. Al final, los soldados desistieron.»

«La presión psicológica y física llevaba a algunos a autolesionarse. Cogían los botes vacíos de tabasco de las raciones militares que arrojaban los americanos al suelo, los pisaban y se cortaban el torso y los brazos con el plástico afilado. Muchas veces, a los presos los sacaban por la noche con una bolsa en la cabeza y las manos atadas y les decían que iban a ser enviados a Guantánamo. Cuando, aterrorizados, salían a las puertas de Abu Ghraib, les decían “sois libres”. Otras veces, presos del norte o del centro del país eran trasladados a Basora, como si fueran a ser internados en Camp Bucca, y una vez allí les liberaban. Cada día llegaban más y más presos. Nunca vimos a un abogado. Nos acusaban de cualquier cosa, de haber militado en los fedayin, de haber trabajado para Uday Husein... En una ocasión, un preso denunció que llevaba retenido meses aunque en su ficha no había detallado ningún cargo. Un soldado le quitó el papel de mal humor y escribió lo primero que se le ocurrió. “Esto solo sirve para que Cruz Roja no se queje”, le respondió.»

La siguiente vez que vi a Mohamed, tres años después, fue en Damasco. Ya militaba en la insurgencia iraquí, que usaba Siria como retaguardia para descansar y reorganizarse. Me contó que estaba de viaje «profesional y personal»: por un lado, acompañaba a una de sus mujeres, que necesitaba tratamiento médico, y por otro tenía «negocios» relacionados con la lucha contra Estados Unidos. Como él, miles de civiles iraquíes arbitrariamente detenidos por las tropas invasoras y objeto de abusos terminaron engrosando las listas de la insurgencia, confirmando una tendencia que llevaba décadas consagrándose en Oriente Próximo y que tendría especial utilidad para el Estado Islámico de Irak y Levante (ISIS). Las prisiones han ejercido como universidades del terror en toda la región y el Irak invadido no fue una excepción, aunque por primera vez la máxima responsabilidad de la gestión de los penales, y por tanto de sus torturas, no recaía sobre dictaduras inmunes a las críticas por las violaciones de los derechos humanos, sino sobre Estados Unidos.

Las células extremistas alimentan sus filas gracias a las torturas, a la impunidad de los captores y a la desesperación de reos abandonados a su suerte y sensibles a la manipulación, que encuentran un refugio y una misión en la religión, pertinentemente interpretada por unos pocos para justificar sus métodos y perseguir sus intereses.

Cuando el ex sargento instructor de la Guardia Republicana iraquí Jamal Ali fue detenido por las tropas estadounidenses en Bagdad, militaba en un grupo insurgente: era uno de los encargados de montar artefactos explosivos improvisados —las minas caseras que solían enterrarse al paso de los vehículos invasores— en la célula de su barrio, en Adhamiyah. Sin embargo, lo que al principio fue una experiencia aterradora no tardó en transformarse en algo, a su juicio, edificante. «Abu Ghraib era una especie de universidad para la guerrilla —nos explicaba este hombre alto, enjuto y de risa contagiosa en su refugio de Damasco, en 2007—. La cárcel no solo era una escuela donde compartir experiencias y conocimiento, también nos permitía intercambiar y comprar material bélico e incluso planear futuras operaciones.» En algo más de un año, este suní pasó por cinco penales diferentes y de todos ellos sacó beneficios.

Su compañero Abu Baqr, también veterano de las fuerzas armadas iraquíes de cuarenta y nueve años, rostro picado de viruela con fino bigote oscuro, estuvo ingresado siete meses en Camp Bucca: su paso por prisión incluyó «preparación física y táctica» supervisada «por especialistas de Al Qaeda» ante las narices del ejército invasor. Los miembros de Al Qaeda les daban claves para poder mantener la forma física hasta el momento de la liberación. «Rellenábamos los monos que nos asignaban como uniformes con arena para levantar peso y salíamos a correr de dos en dos, por turnos, para no levantar sospechas», explicaba con un tácito orgullo. Otro veterano de la prisión de Bucca era Husein Sadoun, de treinta y un años, de corta estatura y semblante tranquilo cuya mirada atesoraba innumerables infiernos personales. «En Bucca nos formaban en lucha personal y artes marciales. Por la noche, de forma clandestina, dábamos clases para hacer explosivos o colocar minas sin ser vistos», relataba.

«En Abu Ghraib no teníamos tanta libertad como en Bucca, pero sí recibíamos clase sobre el islam. Eran lecciones sobre salafismo y monoteísmo y disponíamos incluso de libros de Ibn Taymiyya que nos daban los soldados estadounidenses»

La formación religiosa era clave en los penales, y casi siempre recaía en manos de los más fanáticos. «En Abu Ghraib no teníamos tanta libertad como en Bucca, pero sí recibíamos clase sobre el islam. Eran lecciones sobre salafismo y monoteísmo y disponíamos incluso de libros de Ibn Taymiyya2 que nos daban los soldados estadounidenses. Teníamos clases diarias salvo los viernes.» Jamal Ali recordaba incluso haber visto una pequeña biblioteca con textos salafistas en la prisión de Badush, situada en Mosul. «En la prisión de Amiriya, nuestra celda era conocida como la habitación de los muyahidin y era allí donde se daban dos horas diarias de clases centradas en el significado de la yihad.» Todo ello, sin que los oficiales de las prisiones sospechasen del potencial del monstruo que estaban alimentando.

Tras el escándalo de Abu Ghraib, la mayor parte de los presos fueron trasladados a Camp Bucca, un centro de internamiento situado en Umm Qasr, al sur de Basora: la prisión se convirtió en el Harvard de la radicalización iraquí y en la cuna del Estado Islámico de Irak y Levante. En Camp Bucca ingresó el propio Musab, mi interlocutor en el ISIS en 2014, en el año 2004, para encontrarse compartiendo instalaciones con Abu Bakr al Bagdadi cuando este aún no era el líder de la organización. «No habríamos podido tener reuniones como aquellas en Bagdad, o en cualquier otro lugar», confesaría a The Guardian otro alto cargo del ISIS, identificado como Abu Ahmed, que tuvo una experiencia similar. «Habría sido imposible y peligroso. Allí, sin embargo, no solo estábamos seguros: vivíamos a metros de distancia de todos los dirigentes de Al Qaeda». Mousab también presumía de lo rentable que salió aquella estancia en prisión: disponían de tiempo ilimitado para preparar su estrategia militar, dividirse funciones y definir prioridades. Como explicaba Abu Ahmed en el citado artículo, «de pronto, una nueva estrategia liderada por Abu Bakr al Bagdadi estaba surgiendo bajo sus narices: la construcción del Estado Islámico. Si no hubiesen existido prisiones norteamericanas en Irak, hoy no habría ISIS. Bucca fue una fábrica. Nos hizo a todos nosotros. Construyó nuestra ideología.»

Según el analista Hisham al Hashimi, diecisiete de los veinticinco principales responsables del ISIS fueron internados y excarcelados de prisiones estadounidenses entre 2004 y 2011. Solo por las instalaciones de Camp Bucca pasó la que terminaría siendo la cúpula: Haji Baqr, Haji Mutaz, Abdulrahman al Bilawi, el portavoz del ISIS, Abu Mohamed al Adnani8 o Abu Wahib al Fahdawi al Dulaimi, que terminaría siendo responsable del ISIS en Anbar. Su caso es especialmente significativo dado que fue sentenciado a muerte y trasladado a la prisión de Salahadin, en Tikrit. En 2012, un asalto a la prisión por parte del ISIS facilitó la huida de ciento diez detenidos, entre ellos el propio Abu Wahib; tras su excarcelación pasó a liderar a la organización en su provincia natal, cargo para el que había sido preparado en prisión.

La organización demostró que no olvidaba a sus miembros: los asaltos contra penales iraquíes, a menudo coordinados con disturbios iniciados desde dentro por sus propios presos, han sido una constante en los últimos años: en 2013, las operaciones militares del ISIS contra los penales de Abu Ghraib y Taji derivaron en la fuga de centenares de presos,entre ellos muchos experimentados líderes de Estado Islámico condenados a muerte. Solo en el asalto a Taji actuaron nueve suicidas y fueron empleados tres coches bomba: se lanzaron un centenar de proyectiles de mortero contra la instalación para no dejar a sus presos abandonados en las manos del enemigo.

Abu Ghraib y Bucca fueron los máximos ejemplos pero no las únicas fábricas de odio en Irak: las prisiones de las fuerzas de seguridad iraquíes, que pasaron a ser controladas por los chiíes, así como la red de prisiones secretas regentadas por las milicias chiíes donde se torturaba salvajemente a ciudadanos suníes colaboraban necesariamente en la radicalización. Mousab pasó por Al Jadraa, cerca de la plaza Nisour, en Bagdad, donde fue terriblemente golpeado y sufrió abusos: entonces prometido con una joven, ultrajado y vejado hasta el extremo escribió a su novia instándole a buscar a otro hombre, creyendo que moriría en aquella mazmorra y que, de sobrevivir, nunca más sería un ser humano completo. En cierta forma, no se equivocaba.

Abu Ghraib y Bucca fueron los máximos ejemplos pero no las únicas fábricas de odio en Irak

Mientras los varones se radicalizaban en prisión, atrás quedaban las familias, huérfanas de hombres. Me entrevisté con Alia Hassin a finales de marzo de 2004: un espectro vestido de negro, con profundas bolsas enmarcando sus bellos ojos, incapaz de dormir desde que un día las tropas ocupantes entraran en su domicilio. «Sucedió a las seis de la mañana. Unos cincuenta soldados estadounidenses comenzaron una redada en Adhamiyah. Dijeron que buscaban armas y entraron en casa. Nos metieron a todos en una habitación. Nosotros nos quejábamos, pero es imposible discutir con los americanos. Al final arrestaron a los cinco, toda mi familia.» La última escena que Alia recordaba le martirizaba día y noche. «Les habían vendado los ojos, atado las manos y obligado a arrodillarse en la puerta de nuestra casa —contaba con la mirada perdida—. Luego los americanos les ordenaron subirse al camión. Y no les volvimos a ver.»

Alia permanecía impávida en la sala de espera del Centro de Información General de Mansour, uno de los diez distribuidos en la capital para servir de enlace entre las autoridades provisionales estadounidenses y sus castigados habitantes, donde decenas de ánimas errantes como ella agotaban las horas sin levantar la mirada. Me contaron que cada día ochenta personas acudían al edificio, fuertemente protegido para evitar ataques, en busca de seres queridos que un día desaparecieron a manos de las tropas norteamericanas y de los que no habían vuelto a saber nada. Si el ejemplo era extensible, unas ochocientas visitaban diariamente uno de estos centros solo en Bagdad para conseguir noticias de los suyos. «Las cosas están mejor ahora, antes venían entre ciento cincuenta y ciento ochenta personas al día —admitía la directora del centro, que prefería no identificarse—. En todo el país hay entre seis mil y diez mil prisioneros.» En la base de datos que manejaba la responsable, figuraban detenidos de once años. También de setenta y cinco.

«Hace veinte días los soldados llegaron a la casa de mi primo Naja —relataba Serba Sarmat, un comerciante de cuarenta años que esperaba su turno en el Centro de Información iraquí—. Venían en cuatro Humvees y dos todoterrenos, y metieron a toda la familia en una habitación. Preguntaron quién era Naja y cuando se identificó le pusieron una bolsa negra en la cabeza. No sabemos de qué le acusan ni a qué prisión se lo llevaron —continuaba mientras manejaba un cúmulo de papeles gastados—. Lo peor es que pasa muy a menudo: hace diez días, un amigo fue detenido en las mismas circunstancias. Y fíjese que me gustan los americanos, sobre todo gracias a Naja, que vivió cinco años en Estados Unidos y habla maravillas de ellos, pero detesto la ocupación», decía el hombre frotándose el cráneo.

A su lado, Mohamed Husein, de veintisiete años, esperaba noticias de su padre, tres hermanos y un amigo de la familia, detenidos el 20 de diciembre. «Mi padre era un general iraquí que abandonó Irak para unirse a Estados Unidos hace cuatro años. Regresó al país con las tropas. Eran las dos de la mañana, y los soldados entraron en casa. Mi padre les mostró su identificación estadounidense y le respondieron que sería liberado al día siguiente. Todavía lo estamos esperando —decía con gesto apesadumbrado—. Confiamos en que lo liberen pronto porque no ha hecho nada. Lo más irónico es que esto ya lo vivíamos con Sadam: antes desaparecía gente, y ahora desaparece gente.»

Las mujeres y los niños no eran inmunes a las prisiones. Jamila Abas, una chií de rostro afable y maternal responsable de la Asociación de Mujeres Iraquíes en Kirkuk, se pasó medio año «rezando a Dios para que me enviara la muerte». Fue detenida por tropas estadounidenses junto a su hija Minal, su hijo y su sobrino una madrugada de enero de 2004. «Tal y como estábamos, en camisón, descalzas y sin velo, nos pusieron sacos en la cabeza y nos ataron las manos con bridas. El traductor decía que yo financiaba a la resistencia, que guardaba cincuenta mil dólares para armas, pero solo encontraron quince mil dinares. De todas formas, nos llevaron a una base militar de Kirkuk.»

Jamila, viuda que en el momento de la entrevista contaba con cincuenta y dos años, hablaba tranquila, con infinita paciencia, desde la miserable casa de Damasco que había podido alquilar a cambio de una fortuna para escapar de su país.

Un raído sofá polvoriento y una mesa de madera componían todo el mobiliario, pero avisó a un vecino para que trajese algún juguete para mi hijo de corta edad, que me acompañaba en la entrevista. La presencia del bebé relajaba la tensión, pero su mirada volvía a endurecerse cada vez que regresaba mentalmente a su detención. «Dos días nos tuvieron tiradas en el asfalto de la base, con el rostro tapado, hasta que nos metieron en helicópteros y nos trajeron a Bagdad.» Ingresadas en una prisión americana, los interrogatorios comenzaron con golpes. «Me metieron en una sala donde me preguntaron por mis relaciones con grupos de resistencia. Cuando dije que no tenía ningún trato con ellos me dijeron: “¿Ves a estas dos mujeres? Te van a torturar”. Y me pasaron a una sala de seis por tres metros, donde una de ellas me agarró del pelo y me estampó la cabeza contra la pared hasta que casi perdí el sentido. Cuando me desvanecía, me lanzaba agua helada. Llegó otro investigador americano. Les preguntó si había confesado, y al responder que no les dijo que me pegaran más fuerte. Me llevaron a otra celda, donde me agredieron aún más. Cuando dejaban de pegarme, me obligaban a estar de pie para que no durmiera.»

A Jamila la golpearon durante diecisiete jornadas, y recordaba los detalles de cada segundo transcurrido en ellas. «Usaba una sonda de plástico rellena, concentrándose en mis huesos, en el cuello y la espalda—decía mientras se acariciaba las vértebras de forma casi inconsciente—. El dolor era tal que mis muñecas rompieron la brida plástica y mi mano golpeó la pierna de la torturadora. Ella me pegó con tal violencia que me dejó el cuerpo hinchado.» Le arrancaron el cabello, pero lo peor era la tortura psicológica, cuando le amenazaban con ensañarse con los suyos si no confesaba. «En una de las habitaciones pude ver a mi sobrino, de veinticuatro años, completamente desnudo y con la cabeza ensangrentada.» Su principal angustia era su hija Minal, entonces de diecisiete años. «Estaba histérica pensando en que pudieran violarla», explica. No tardaría en verla. Cuando había perdido el sentido del tiempo, en medio de un interrogatorio, le llevaron a su hija. «Solo pude verla unos segundos. Vestía su camisón y le habían cortado el pelo. Cuando nos separaron, oí un disparo. Me dijeron que la habían matado.»

Minal apareció en el domicilio a lo largo de la tarde: pese a su semblante serio y cadavérico, no era un fantasma. Su simulacro de ejecución fue una estratagema para desmoronar a su madre. «Fue el momento más terrible —explicaba la joven de rostro tierno y sonrisa truncada, vestida de un negro riguroso—. Horas después, apareció un soldado mexicano. Me dijo que fuese al baño, pero temí que pretendiera violarme y me negué aunque, en aquel momento, me parecía una oferta extraordinaria. Entonces no nos permitían ir al baño, teníamos que hacer nuestras necesidades en la celda. Pero él insistió tanto que no tuve más remedio.» Todo fue una argucia del uniformado para acabar con la angustia de las dos mujeres: en el aseo estaba Jamila. «No me pude acercar mucho a ella, pero me bastó saber que seguía con vida», recuerda la viuda.

A Minal, obligada a oír los gritos de su madre mientras esta era torturada, la liberaron treinta y dos días después en Radawina, una zona semidesértica de Bagdad donde fue atendida por civiles habituados a encontrar reos recién liberados. A su madre aún le quedaban cinco meses de prisión. A finales de junio de 2004, tras el escándalo de las torturas de Abu Ghraib, una comisión estadounidense estudió su caso y le consideró víctima en lugar de delincuente.

«Los golpes me convencieron de que estaba en lo cierto cuando criticaba la ocupación»

Jamila, que siempre había sido contraria a la presencia de Estados Unidos en Irak, salió dispuesta a combatir a los invasores. «Los golpes me convencieron de que estaba en lo cierto cuando criticaba la ocupación», razonaba en su modesta vivienda alquilada. La sonrisa de Minal, tímida y reservada al principio, se convirtió en una amplia mueca de ternura cuando descubrió la presencia del niño. Me pidió permiso para llevarlo a una habitación a jugar y, tras acceder, aproveché para preguntar con tibieza si sufrió abusos en prisión. Jamila hizo un gesto ambiguo, como si no fuera un tema del que hablar. Yaroub, mi fiel sombra, me pidió silencio con un gesto: luego me contaría que Minal se había comprometido con un hombre que no quería saber detalles sobre su pasado y que la familia al completo había pactado olvidar lo sucedido en aquella sórdida celda.

En el fondo, tenían suerte de poder olvidar. A otros, los terribles abusos que sufrieron durante su detención les condenaron para siempre. Abu Uais, de cuarenta y cuatro años, pasó cuatro meses en la cárcel de Kadhimiya: allí vio cómo dos policías violaban a su hijo Uais, de catorce años. Cuando fueron liberados y la familia optó por el exilio, el adolescente renunció a acompañarlos. «Uais se quedó en Irak. Me dijo que solo quería convertirse en suicida para recuperar su honor», le contaría su padre a Javier, destrozado por su recuerdo y consumido por el dolor.

Eran muchos los que compartían su decisión. Jamila contaba que, antes de 2003, nunca había simpatizado con el régimen: cuando la entrevisté en su casa del suburbio de Germania, en Damasco, cada cuarto era presidido por un retrato del dictador. Le pregunté a Minal qué sentía hacia el ejército que les arrestó y, tras una pausa, fijó una mirada acerada en el horizonte, desprovista de emociones, impropia de una joven de su edad. «Solo pienso en la venganza. Si hay una sola posibilidad de vengarme, lo haré.»

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