Simone Dalmasso

Salir de la clandestinidad y morir en la carretera

Adelanto del libro 'Caravana. Cómo el éxodo centroamericano salió de la clandestinidad', del periodista Alberto Pradilla

Alberto Pradilla

Desde Centroamérica
23 de Junio de 2019

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Este es un fragmento del libro Caravana. Cómo el éxodo centroamericano salió de la clandestinidad, que el reportero Alberto Pradilla publica en México con el sello Debate. Aquí puedes leer otras crónicas que el periodista ha escrito para Revista 5W.

* * *

La nueva Bestia también mata.

Hay policía. Allí adelante hay policía.

Kilómetro 238 de la carretera federal que une Tapachula con Huixtla, próximo destino de la Caravana.

Hay policía. Demasiada. Algo ocurre.

Sobre unos conos, la cinta amarilla. Esa maldita cinta amarilla que nos avisa que alguien ha muerto.

Y ahí está: en el carril de la izquierda, sobre el asfalto, cubierto por una sábana ensangrentada, un cadáver. Es un hombre, de entre 25 y 30 años, me dirá después un agente de la policía municipal de Tapachula, un tipo rollizo, de piel oscura y bigote, el único en la escena con ganas de hablar. Bajo la improvisada mortaja asoman unos tenis grises y unos pantalones vaqueros. Tras el rojo sucio de la sábana, una gorra.

Dicen que cayó del vehículo que lo transportaba. Nadie sabe si fue un picop, un camión o una furgoneta. Lo único seguro es que cayó y que el carro que venía después no alcanzó a frenar y lo arrolló. Dos doctoras de Médicos del Mundo que forman parte de una caravana de acompañamiento trataron de salvarlo. Pero llegaron tarde.

Pero nadie sabe bien qué sucedió más allá de esto:

Hay un muerto en la carretera.

Nadie se quedó para identificarlo.

El vehículo en el que se desplazaba siguió adelante.

El vehículo que lo remató siguió adelante.

Si la Bestia fue, por mucho tiempo, el símbolo de la migración centroamericana, los jalones son el símbolo de la Caravana. Y esta nueva Bestia no es un tren, pero igual va sobre ruedas y mata.

Hay un cuerpo sobre el asfalto y nadie ha venido a reclamarlo. Quizás el hombre viajaba solo. Quizás sus familiares estén más adelante. Puede, incluso, que viesen el cadáver cubierto por una sábana y continuasen porque podía ser cualquiera. Nunca pensamos que la tragedia va a golpearnos a nosotros.

Mientras los policías acordonan la zona, decenas de migrantes caminan por el arcén derecho. Algunos se quedan unos segundos, observan, y siguen. Otros no se detienen siquiera, mirada baja, paso apretado. La policía monta un pequeño retén y baja de los tráileres y camiones a las decenas de personas que se aferran a cualquier saliente para seguir la marcha. Tal y como viajan cargados los camiones, lo sorprendente es que no haya más cuerpos en el arcén. Acción preventiva, al menos de cara a la galería. No quieren otro muerto de hambre caído en la carretera, les echarán la culpa a ellos por no cuidarlos. Da igual. Dos o tres kilómetros después, cuando los agentes ya no estén, los vehículos volverán a llenarse de carne de viaje. Es eso o seguir caminando bajo el sol.

—Este es el sufrimiento que tenemos. Ese hombre se ha dejado la vida. Mire a mi hijo. Lleva calentura, fiebre. Está enfermo. Les pedimos que nos ayuden con transporte.

Javier Alejandro Higuera tiene 30 años, es extremadamente delgado y lleva un niño, el niño enfermo, en brazos. Avanza hacia la gasolinera Pemex ubicada justo unos metros después del cuerpo del migrante desconocido. La gasolinera es como un oasis en medio de la carretera que hierve. La caminata comenzó a mediodía. Tremendo error. El Hades debe ser más templado que este asfalto. Higuera me dice que no tiene dinero, pero que entrará a la Pemex de todos modos. Unos minutos para que el patojo aproveche el aire acondicionado. Hay muchos en su situación. Por suerte, en este lugar nadie te pide la billetera para ingresar.

Media hora después, el cadáver ya no está ahí. Los migrantes que llegan pasan por el lugar sin saber qué ocurrió. Si uno presta atención, observa una mancha de sangre en la carretera. Si uno no se fija bien, no ve más que una mancha oscura. Gasoil, pongamos. Pero es sangre. Es un muerto.

Es la una de la tarde del lunes 22 de octubre y es imposible sustraerse a que hace un calor de mierda.

 

 

* * *

Melvin José López Escobar.

La víctima se llamaba Melvin José López Escobar; 22 años, de San Pedro Sula.

Melvin José López Escobar es el muerto en el camino. El cuerpo cubierto por la sábana y rodeado por la maldita cinta amarilla.

Hay costumbre de ver esas malditas cintas amarillas y los cuerpos cubiertos con sábanas en San Pedro Sula, en Ciudad de Guatemala, en San Salvador, en Tegucigalpa. Centroamérica es uno de los lugares más violentos del mundo. La gente convive con las escenas del crimen. De hecho, nadie quiere perderse una buena escena del crimen. Las cintas amarillas sirven para que los curiosos no terminen pisando el cadáver, o los charcos de sangre, o las huellas que dejó el asesino. Son un preanuncio de que algo pasó, para acercarse a echar un ojo y darle al chisme. Que quién es, que si alguien lo conoce, que si andaba en algo, que si no.

En este caso, sin embargo, nadie se detiene a ver el cadáver, a Melvin José López Escobar. Todos saben que es uno de ellos, intuyen que murió por sujetarse mal en un vehículo; certifican que, por pura probabilidad, cualquiera de ellos podría haber ocupado su lugar.

A nadie pareció ocurrírsele en el camino que podría morir gente por acelerar el paso. Que un auto que estaba allí para echar una mano —cobrando, sí, pero todo tiene un precio en una operación como la Caravana— podía ser portador de la muerte. Saliendo de Tapachula, muchas personas se han lanzado sobre cualquier vehículo con cuatro o más ruedas que pueda moverse. Hay carros que parecen un cajón de setas, la gente encaramada una sobre la otra. Otros se extienden todavía más hacia arriba como árboles formados por seres humanos encadenados. No hay saliente de un camión que no sea aprovechada para evitar caminar. He visto a varios jóvenes encajados en el espacio entre la cabina y el tráiler, a un tipo aferrado a la ventanilla del piloto con los pies casi colgando, adolescentes aferrados a una rueda de repuesto en los bajos de un tráiler sobrecargado.

Es una aritmética del riesgo. Han pasado por aquí cientos de camionetas, camiones y autos a reventar de gente. Pensar cuántos pasajeros permite la ley es un ejercicio académico ridículo. El peso duplica, triplica el reglamentario. Hay lugares de los vehículos en los que no está prohibido llevar pasajeros porque nunca nadie pensó que ese espacio podría usarse como cabina de transporte y que hoy no solo llevan pasajeros: van hinchados de ellos.

Las camionetas circulan con el culo tocando el piso y las ruedas delanteras casi saltando por los aires, como low riders de Los Ángeles.

Si Melvin José López Escobar está allí, si el muerto está ahí, cualquiera pudo estar ahí.

 

* * *

 

Fue esa mañana, el domingo 21 de octubre, cuando el éxodo se mostró en todas sus dimensiones.

¿De dónde salieron? Por la noche no parecían tantos. Según los datos del refugio para migrantes de Suchiate, citados por la agencia Efe, 7 mil 125 personas cruzaron la frontera. De San Pedro Sulasalieron 160 caminantes. La necesidad existía. Solo era necesaria una chispa. Puede ser que Bartolo Fuentes considere que este movimiento no concuerde con la idea original que había de la Caravana. Pero la marea sí que se adapta a la verdadera necesidad de la Centroamérica que huye: un corredor humanitario hasta la frontera de Estados Unidos formado por el único escudo del que disponen los desarrapados, sus cuerpos hechos multitud.

Es descomunal. Hombres, mujeres y niños que avanzan bajo un sol de justicia, pero sonrientes, aliviados por haber superado el primer gran obstáculo. A la altura de Metapa me subo a un puente de unos 10 metros de altura: no alcanzo a ver dónde termina la riada humana. Consigo convencer a un tuctuc para recorrer el camino inverso que transita el éxodo. Pasará media hora de ver caminantes de forma ininterrumpida hasta que desisto. No voy a ver dónde termina la Caravana. ¿Son 4, 5 mil, 7 mil? ¿O son 9, 11, 12 mil?

Entre Ciudad Hidalgo y Tapachula se ha instalado un pequeño retén policial. Hay cuatro picops de la Federal y dos o tres autobuses. ¿Pensaban meter ahí a toda la romería? Avanzo desde la frontera de Talismán, al este de Tecún Umán, y busco la cabecera. Es espectacular. Es una riada humana, cientos, miles de almas que caminan por el arcén derecho de la carretera. Ahora apenas pasan camiones o tráileres, así que hay que desgastar suela en el arcén. Los más avispados se suben en alguna de las combis que unen la frontera con Tapachula, aunque son los menos. Hay un par de gasolineras en el trayecto, pero hay desalmados o aprensivos que se han dejado llevar por los primeros mensajes xenófobos y las han cerrado por miedo a posibles saqueos. Los desmanes nunca suceden, pero el miedo y la ignorancia son atrevidos.

Es una marcha alegre, decidida, con paraguas para taparse el sol, bolsas de papas compartidas, botellas de agua que pasan de mano en mano. También es una marcha desconfiada, donde es difícil entablar conversación. Nadie se fía de un periodista. Dos días antes fueron gaseados y golpeados. La víspera desafiaron las leyes migratorias a bordo de góndolas hechas de neumáticos y trozos de madera. Hoy, expandidos e inmensos, caminan con la incertidumbre de si la Policía Federal o el inm tratarán de cortarles el paso y arrestarlos, como tantas veces ha amenazado Peña Nieto.

Pero no: nadie se va a interponer en su camino.

Hay vía libre.

Tal vez tanta visibilidad —la prensa empieza a llegar de todo el mundo— marque la diferencia e inhiba a los funcionarios. Esta gente existe. Podemos verlos. Todos pueden hacerlo. Y son muy humanos: 7 mil personas —la cifra que toda la prensa maneja de manera más o menos oficiosa— llevan varios días en tránsito, juntos, conviviendo, desde una nación en caída libre y nadie puede hablar de vandalismo, violencia, crímenes.. La Caravana es bastante tranquila. Variopinta. Una Honduras —y luego también una Guatemala y El Salvador— en chiquito. Es un padre con su hijo sobre los hombros, protegido del sol por una toalla, como jugando al beduino. Un tipo que camina con una muestra de arreglos f lorales que trabaja con sus propias manos y que exhibe como prueba de que no es un delincuente. Es una mujer que abronca a un chavalo porque intenta colarse en el último espacio de un tráiler que hace tiempo que superó el aforo.

La Caravana ha sacado de la clandestinidad a los humildes. Parece que para ser definitivamente vista Honduras debía salir de Honduras.

Honduras debía salir de su profundidad criminal a la superficie.

Visibilidad.

Antes también migraban, solo que a escondidas. Hasta hace una semana, este camino se realizaba en pequeños grupos, individuos qu se endeudaban para toda la vida intentando cruzar dos, tres, cuatro veces una frontera estadounidense cada vez más militarizada, fiando su vida a un coyote, a expensas del crimen organizado. Ahora, en cambio, se transita a plena luz del día, a la vista de todos. “No somos delincuentes”, se reivindican.

Este es el éxodo centroamericano en vivo y en directo, en toda su crudeza, 30 grados a la sombra.

 

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