Sínora: viaje a la frontera entre Grecia y Turquía

Adelanto del nuevo libro del periodista Andrés Mourenza sobre las historias que esconde el confín de la Unión Europea

Andrés Mourenza

En Grecia y Turquía
26 de Febrero de 2020

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Este es el prólogo de Sínora: historias de la frontera de Europa y de las personas que la habitan, editado por La Caja Books.

 

El guardia fronterizo torció el gesto al verme de nuevo. Tomó mi pasaporte y revisó sus páginas, mis visados.

—No puedes pasar.

Se me heló la sangre.

—¿Cómo que no puedo pasar?

Yo, que había crecido viendo desaparecer las fronteras de Europa —literalmente: recuerdo la vez que, aún niño, atravesé el paso de Irún y los gendarmes franceses ya no estaban en sus garitas—, no podía imaginar que cruzar de un país a otro fuese un asunto tan serio.

—No, no puedes pasar —continuó el agente turco señalando mi visado de estudios—. ¿Qué vienes a hacer en Turquía?

Y, con mi inocencia de veintiún años, alma de cántaro, no supe mentir:

—Estoy haciendo un curso de turco en Estambul.

—Tu visado de estudios es de una sola entrada; está caducado —y me entregó de nuevo el pasaporte.

Me habría bastado decir: “Turismo, turismo”. ¿Por qué no había dicho turismo? Me maldije a mí mismo… Conocía a varios extranjeros que trabajaban en Estambul y llevaban años haciendo eso: cada tres meses salían del país y volvían a entrar, algunos el mismo día, con un nuevo visado de turista.

Esa había sido mi idea. Era mayo de 2006 y aún quedaban unas semanas para acabar el curso, pero el visado de turismo que había adquirido en mi última entrada a Turquía —en el aeropuerto no me habían hecho preguntas— estaba a punto de caducar. Elegí la opción más barata de salir del país: un viaje a la frontera griega. Desde Estambul, eran apenas tres horas en autobús hasta Edirne y media hora más hasta la frontera en un microbús que salía del centro.

Antes de regresar, me daba tiempo a visitar el centro de Edirne y sus monumentos, como la Mezquita Vieja, del siglo XV, cuyos muros están decorados por bellas e inmensas caligrafías, o Selimiye, la obra maestra del prolífico Mimar Sinan. Este arquitecto fue el más reputado y distinguido del siglo XVI, el periodo de esplendor del Imperio otomano. Hijo de un albañil probablemente griego, o tal vez armenio, reclutado por el Estado como tributo que se hacía pagar a las familias cristianas, Sinan fue convertido al islam y educado para el cuerpo de jenízaros. Aunque participó en batallas y conquistas desde Bagdad a Moldavia, pronto dio cuenta de sus aptitudes para la ingeniería civil, construyendo puentes y asesorando a los artilleros sobre adónde disparar en los asaltos. Más tarde, se convertiría en el arquitecto jefe de la corte y sus obras pasarían a ser el canon del clasicismo otomano. Sinan concluyó Selimiye con más de ochenta años, y al hacerlo exclamó: “Santa Sofía, te he superado”. Esa había sido, durante la última parte de su vida, la principal obsesión del arquitecto: construir una cúpula más grande que la del templo bizantino levantado mil años antes en Constantinopla. Pero al gran maestro le fallaron las cuentas: el diámetro de la cúpula de la mezquita es ligeramente inferior al de la basílica.

El viaje en minibús desde el centro de Edirne a la frontera transcurría por las pedanías de la ciudad, surcadas por ríos —el Arda, el Tundzha y el Evros, que allí convergen— sobre los que cruzan puentes de piedra otomanos. El aire primaveral acariciaba las copas de los árboles y producía un siseo que invitaba al descanso, a una barbacoa o a un pícnic junto al agua, a un vaso de raki, el licor anisado local, junto a los amigos. Hakkı, el orondo conductor gitano del vehículo, me invitó a volver a Edirne con más tiempo para hacer una parrillada con sus amigos junto al río.

A medida que enfilábamos hacia la frontera, se multiplicaban los carteles. Los internacionales señalaban a Grecia; otro en turco decía simplemente “Tracia Occidental”, como si la región de más allá de la frontera aún fuese parte del Imperio otomano, como lo había sido hasta principios del siglo XX. Un cartel más, colocado junto a un cuartel militar, reproducía un eslogan nacionalista: “Turquía: una sola bandera, una sola patria, una sola nación, un solo Estado”.

El funcionario turco estampó el sello de salida. ¿Vas a pie? Sí. Tendrás que caminar un rato.

La puerta de salida del país era un arco cuadrangular pintado de rojo con la palabra “Türkiye” en blanco, custodiada por banderas y un soldado en cuya garita colgaba un retrato de Mustafa Kemal Atatürk, el fundador de la moderna República. Unos metros más allá, un arco similar, pero blanco y con la palabra “Ellada” escrita en azul, y un centinela, igualmente aburrido en su garita, con un icono de la virgen tras él. Parecía la prolongación de un reality show: aquí el equipo rojo, allí el equipo azul.

Comencé a caminar. Una vez traspasado el arco blanquiazul y el soldado con su virgen, aún quedaban más de ochocientos metros hasta el puesto de control de pasaportes. A ambos lados de la carretera, bosquecillos de chopos y campos de labranza, y señales amarillas que avisaban a los vehículos de que, en ese tramo, debían ir a un máximo de 50 kilómetros por hora. Y los tanques, a 45. Llegué a un cartel que me saludaba: “Bienvenido a Grecia. Unión Europea”. Entré al duty free a comprar un cartón de tabaco, sellé mi pasaporte conforme había llegado a un país diferente y desanduve mis pasos, de nuevo hacia Turquía.

Las fronteras son trazos arbitrarios sobre el mapa. Resultado de batallas y negociaciones palaciegas. Trazos que habitualmente ignoran la orografía o la tradición de los lugares divididos, pues sobre el mapa son puntos diminutos y no pueblos, ciudades o valles con sus gentes y sus deseos.

Nosotros, en nuestra humana finitud; aún más, acostumbrados a una existencia cada vez más volátil, que se mueve a la velocidad del clic y tiene la memoria efímera de un telediario, tendemos a ver las fronteras como límites inamovibles, eternos. Y no. Las fronteras son nuevas. La mayoría fueron trazadas en los últimos 150 años; no pocas se han perfilado en las últimas décadas, y no dejan de romperse y de surgir otras nuevas. Casi siempre, por obra de la guerra.

Las fronteras se han conformado, además de como limitación territorial, como líneas de delimitación mental. Aquí vivimos nosotros; más allá, ellos. Los otros. De la frontera a esta parte se vive así, se habla así, se reza así, se viste así. De la frontera hacia allá, diferente. Cuando la realidad es que los lugares fronterizos siempre han sido lugares de intercambio, lugares donde se han hablado dos, tres lenguas, porque el comercio exige conocer la lengua del otro. Los contornos, por mucho que lo pretendan los mapas y los políticos de las capitales, siempre han sido difusos.

Y allí estábamos, de nuevo, en el paso fronterizo. El policía mirándome fijamente, escudriñando mis pensamientos desde su rostro rasurado, impersonal y severo de funcionario. Treinta minutos antes había sellado mi pasaporte con eficaz mecánica burocrática y ahora me estaba diciendo que no, que no podía entrar, con la misma eficaz mecánica burocrática. No se puede. No.

Yo intentaba darle pena.

—Agente, tengo todas mis cosas en Estambul. Déjeme pasar al menos para que las recoja —balbuceé en mi turco de principiante. 

Pensaba en mi novia, Sinem. Por ella me había trasladado a Estambul el año anterior y ahora podía quedarme fuera, tan cerca, pero sin poder llegar a ella. Separados por una frontera.

El sudor se me helaba en la espalda, pese a la temperatura. El funcionario comenzaba a sudar la gota gorda, cansado de mi discurso quejumbroso. Y porque, además del temprano calor de mayo, un técnico acababa de encender unos potentes focos.

—Disculpe, tenemos que empezar a grabar.

El agente comenzó a gruñir. No lo sabría hasta dos semanas después cuando, tirado en el sofá del piso que compartía en Estambul, puse la telenovela que veía cada semana para aprender turco. Era el capítulo final, ¡y ahí estaba! El mismo policía sellando el pasaporte del actor Nejat İşler. ¡Una telenovela me había salvado de la deportación!

—Está bien. Te voy a dejar pasar —me dijo, pidiéndome de nuevo el pasaporte—. Paga en esa ventanilla el visado de turismo y te lo sello. Pero no quiero volverte a ver nunca más por aquí.

—Por supuesto, por supuesto —farfullé agradecido y todavía temeroso, y me alejé de la frontera decidido a no volver nunca más por allá.

Para mí, esa frontera no era más que eso: una frontera, un punto que cruzar, un lugar del que alejarse; no el muro invisible poblado por fantasmas, historias e Historia, convivencias y muertes que descubriría más tarde. Era yo, todavía, un estudiante que soñaba con ser periodista. No sabía, no podía saber, que sí, que volvería una y otra vez a aquel mismo paso fronterizo y que la línea que separa Grecia de Turquía, Turquía de la Unión Europea, se convertiría en uno de los focos de mis reportajes.

El camión 

Se llamarían Javed, Husain, Sadik, Farook o Zahid. O quizá no se llamaban así. Todos se habían deshecho de sus pasaportes y documentos, y nadie se molestó en preguntar su nombre. En algún punto entre Khoy (Irán) y la frontera turca de Kapıköy, un camionero dedicado a estas lides se ofreció a llevarlos escondidos en su tráiler hasta cruzar la frontera de Grecia, o sea, de la Unión Europea. El trayecto costaba 4.500 dólares. Aceptaron la oferta 138 personas, en su mayoría jóvenes varones de Pakistán, aunque también había algún birmano y unos pocos eritreos. El camionero cerró las puertas del container y se puso en marcha. Cruzó la frontera irano-turca sin ser descubierto y se dispuso a recorrer toda Turquía lo antes posible, sin llamar la atención. Es decir, casi 2.000 kilómetros sin hacer más paradas que las estrictamente necesarias para el propio conductor. Es decir: unas 24 horas sin agua ni alimentos para los migrantes, encerrados en una asfixiante caja de hierro.

El 30 de julio de 2008, el camión atravesaba Estambul de madrugada cuando algunos de los migrantes se desmayaron por la falta de aire. Sus compañeros comenzaron a golpear las paredes del camión y a gritar para que el conductor se detuviese. El hombre buscó un área desierta a las afueras de la ciudad y, cuando abrió el contenedor, encontró a trece de los migrantes sin vida. Presa del pánico, ordenó a los demás que bajasen, arrojó los cadáveres a un descampado y se dio a la fuga.

A primera hora de la mañana, los propietarios de una granja cercana observaron atónitos cómo decenas de personas desorientadas se dirigían hacia su establecimiento y suplicaban que les diesen agua y comida. Llamaron a la policía.

La prensa local se llevó las manos a la cabeza ante tan horrendo suceso. “Masacre humana”, tituló el diario Hürriyet, e informó profusamente de la detención del camionero y el traficante que organizaron la operación, arrestados meses después. Pero las muertes eran solo un síntoma de lo que estaba ocurriendo.

Turquía había sido tradicionalmente un país emisor de emigrantes: la diáspora turca en países como Alemania, Francia, Bélgica y Holanda, unos cinco millones de personas, da buena cuenta de ello. En cambio, tras la caída de la Unión Soviética y los regímenes socialistas de Europa Oriental, Turquía comenzó a recibirlos. Eran personas que trataban de ganarse la vida expulsadas de sus países por el nuevo capitalismo salvaje. A veces se dedicaban al “comercio de maleta”: permanecían en Estambul todo lo que su visado les permitiese comprando en los talleres turcos ropa barata que luego revendían en sus países. Hubo también muchas mujeres que llegaron con la firme intención de encontrar un marido turco que les garantizase la supervivencia. Otras quedaron atrapadas en las redes de la prostitución.

Con el cambio de siglo y las invasiones estadounidenses de Afganistán e Irak, los conflictos del Cáucaso, las crisis asiáticas y africanas, Turquía, que por su situación ejerce de bisagra entre los continentes de Europa, Asia y África, se tornó en territorio de paso para las migraciones. Siempre lo había sido para las aves que invernan en parajes más cálidos del sur y, al llegar la primavera, toman dirección norte. Ahora lo iba a ser también para las personas, en un viaje solo de ida. Turquía se convertía en frontera y puerta de entrada de Europa.

La UE presionaba para que el Gobierno turco se tomase en serio su labor de guardián del confín del continente-estado, prometiendo que, algún día, formaría parte de él. Pero la inestabilidad en la región, que además iría en aumento durante la siguiente década, no ponía las cosas fáciles. Los movimientos migratorios son como arena entre los dedos: se escurren buscando cavidades y puntos ciegos. Y las fronteras distan mucho de ser las líneas gruesas, la delimitación de un compartimento estanco, que pretenden los mapas.

En 2006 la Policía turca atrapó a 51.983 migrantes indocumentados. En 2007, lograron cruzar a Grecia 33.570; en 2008 fueron 44.610. La ruta seguida por los migrantes era prácticamente siempre la misma: la entrada se hacía desde Irán (o, en menor medida, desde Siria e Irak); el país se cruzaba escondido en camiones y la salida se producía de dos formas. La primera de ellas, por la frontera terrestre con Grecia, bien a pie por la noche, o bien oculto en un medio de transporte. La segunda opción era navegar, en pequeñas o medianas embarcaciones, desde la costa turca del Egeo a las islas griegas. Una vez en Grecia, los migrantes intentaban llegar a Italia como polizones en ferris de pasajeros o buques de carga.

En diciembre de 2007, una de estas barcas, de quince metros de eslora y cargada con 85 personas procedentes de Mauritania, Somalia, Bangladesh y Palestina, partió de la costa occidental de Turquía en dirección a la isla de Samos. El capitán de la embarcación dijo a los ocupantes: “Aquí está el timón, aquí el acelerador y aquí el freno. Seguid totdo recto y en dos horas estaréis en la isla”. Y los abandonó a su suerte.

A mitad del recorrido, el mal tiempo y la sobrecarga hicieron que la embarcación se fuera a pique. Horas después, tras haber nadado más de diez kilómetros, dos palestinos alcanzaron exhaustos las playas de Seferihisar, en la provincia turca de Esmirna, y pidieron auxilio. La Gendarmería y la Guardia Costera se movilizaron. Por la mañana se unieron las barcas de los pescadores locales, que poco a poco fueron sacando cadáveres del agua. Solo otras cinco personas sobrevivieron.

Este caso también conmovió a la opinión pública. En los años siguientes, las muertes se convertirían en rutina.

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