Allí, donde acaban los pinos. Allí, donde el asfalto roto se une a los trozos de la última casa, también destruida.
—Allí empieza la ocupación.
Amo Abbas tiene las manos y la cara manchadas de limpiar ceniza y retirar escombros. Come sandía y sorbe café amargo a la sombra de una de las pocas viviendas que quedan en pie, pese a la fachada abarrotada de agujeros de bala e impactos de la munición. Los misiles y los combates hicieron estallar todos los cristales, se tragaron una habitación y calcinaron otra, agujerearon el techo de lo que fue la cocina. En el suelo, fragmentos de paredes y muebles se mezclan con latas de comida y basura con etiquetas en hebreo.
—Aquí se quedaron los israelíes, utilizaron mi casa como base —dice Abbas sin mostrar atisbo de sorpresa.
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