Al nacer, el ser humano es el animal más inútil, más débil y más enclenque que ha creado la naturaleza. Un maltrecho engendro que no duraría vivo ni dos minutos al aire libre. Tal es nuestra torpeza al debutar en la vida, que nos tienen que azotar el culo para que espabilemos y comencemos a respirar. Si no, nos asfixiaríamos por pura ignorancia.
Antes y después de ese azote inaugural también hay caricias. Luego, por desgracia, nos pasamos la vida recibiendo tortazos innecesarios para ir corriendo de un lado a otro sin aliento.
Pero la realidad de nuestra existencia es esa: no estamos vivos por ser los más fuertes. Estamos vivos porque alguien nos cuidó. Porque sí. Porque eligió hacerlo.
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