Ensayo

Los muertos que no importan

Un clima tóxico opaca la crisis humanitaria en Ceuta y el dolor de las víctimas en la frontera

Los muertos que no importan
Entierro de 18 personas sin identificar que fallecieron durante el cruce a nado de Marruecos a Ceuta entre los días 30 y 31 de julio de 2026. Anna Surinyach

Tres semanas después del cruce de Ceuta, los dos primeros cadáveres sin identificar llegan al cementerio musulmán de Siddi Embarek para ser enterrados. Los sacan del coche fúnebre en sacos y los colocan en camillas naranjas a las 18:20 de la tarde del viernes 21 de agosto. Rezos. Son los números 1 y 2. Pronto aparece otro coche fúnebre que transporta dos cadáveres más: el 3 y el 4. Así hasta llegar a 18. Ninguno tiene nombre. Se enterrarán según el rito islámico: sin ataúd y apoyados sobre el lado derecho, mirando a La Meca. 

Son la consecuencia más trágica y directa de la entrada de más de 80.000 personas —poco después salieron o fueron devueltas unas 70.000— a Ceuta el 30 y el 31 de julio, en un episodio que no respondía a las coordenadas clásicas de los movimientos de población, sino a un arma de presión política de Marruecos a España. Mucho se ha especulado sobre los motivos y el origen de esta crisis, sobre el juego geopolítico y sus consecuencias diplomáticas, pero lo que ya se puede constatar es que la gran triunfadora del caldo de cultivo que se ha generado es, una vez más, la ultraderecha. Hasta el punto de que los muertos en el cruce y la crisis humanitaria que lo siguió han pasado a un segundo plano. Los muertos no acostumbran a importar en las fronteras, pero el cruce de Ceuta de 2026 marca un antes y un después en la deshumanización de las víctimas.

 

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