Es una de las disociaciones más salvajes de nuestro tiempo.
Demasiadas veces pensamos que hablamos de migraciones —o, por usar la expresión más extendida en la prensa y la calle, de “inmigración”, con los terribles adjetivos que conocemos— cuando en realidad hablamos de otra cosa. No nos referimos a la complejidad de los movimientos de población —orígenes, rutas, muerte, tránsito, esperas, llegadas, burocracia, racismo, también alegrías—, sino a la percepción doméstica, los traumas nacionales o, en el caso de Ceuta, todo eso unido al cinismo geopolítico, con la consabida onda expansiva emocional que eso genera entre dos países vecinos.
La investigadora Blanca Garcés me descubrió el concepto de “fronteras espectáculo”: los lugares en los que se representa en directo una película del dolor, la de quienes huyen y chocan contra los muros. Esta retransmisión reduce a las personas que sufren a objetos de consumo. Es uno de los grandes clichés visuales de la historia, y en particular del siglo XXI, ya que desde la caída del muro de Berlín no hemos hecho más que construir muros en todo el planeta.
Esta retórica mediática es difícil de modular: yo mismo he cubierto las fronteras en momentos difíciles, yo mismo he sido parte de esa retórica. El problema, en realidad, no son esas coberturas, sino cómo se ignoran el resto de aspectos relacionados con las migraciones y cómo se amalgaman estos episodios —el componente escénico es importante, Rabat y Washington lo saben— con la seguridad nacional y los marcos preferidos de la extrema derecha.
Cuando alguna radio o televisión me llama para dar mi opinión sobre episodios como el de Ceuta, me cuesta dibujar una visión clara. Con el tiempo me he dado cuenta de por qué: no debo recurrir a mi experiencia como reportero haciendo coberturas sobre movimientos de población, sino a mis conocimientos —otras personas tienen más— geopolíticos, que también emanan de esas coberturas, pero en la vertiente más relacionada con la guerra y las relaciones internacionales.
En 5W hemos dedicado muchos reportajes al uso de las personas que migran como arma diplomática. Marruecos ha recurrido a esta estrategia con España una y otra vez, pero también lo han hecho países como Bielorrusia y Turquía con la Unión Europea. Aquí cabe un matiz: el chantaje funciona cuando te dejas chantajear. España y Bruselas subrayan su voluntad de proteger su “soberanía nacional”, sus fronteras, pero dan la llave de su fortaleza a regímenes autocráticos para que la guarden a salvo a cambio de dinero. El resultado es previsible, pero también evitable.
Guerras de la percepción
La frontera espectáculo se derrumbó en Ucrania. O, si acaso, se convirtió en una frontera donde el espectáculo ya no era el dolor, sino la solidaridad. La acogida de millones de personas de Ucrania —revestida de racismo porque contrastaba con el rechazo a otras comunidades— fue un gesto simbólico que desarmó a Rusia. Europa no quiso darle las llaves de su casa a Putin.
Son escenarios distintos, porque lo de Ucrania es una guerra súbita que causa la huida de millones de personas, y la frontera entre Marruecos y España es también una de las principales fronteras entre África y Europa. Refugio y migraciones. Pero hay algunos apuntes que vale la pena hacer.
El primero, sobre las metáforas que asocian la migración con catástrofes naturales, casi siempre aplicadas a poblaciones que no son blancas. Alud, avalancha. El de Ucrania fue en realidad uno de los movimientos de población más rápidos de la historia reciente: un millón en un mes, cinco millones en unos meses. Es lo que más se acercaría a una avalancha. Pero fue ordenada, porque estaba reglada. (La UE acabaría aprobando la directiva de protección automática para personas refugiadas de Ucrania). No hay una frontera espectáculo. No hay un episodio abrumador que quede grabado a fuego en la memoria de la audiencia.
Otro apunte en clave migratoria. Uno de los mitos más extendidos sobre las migraciones, descrito en detalle por el experto Hein de Haas, es que los países con índices socioeconómicos más bajos son los mayores emisores de migración. Los datos no confirman esa tesis tan extendida a nivel popular. Por tanto, la retórica oficial europea de ayudar a algunos países para evitar las migraciones no solo es inmoral, sino incorrecta. Los países que presentan un perfil más proclive a la diáspora son aquellos de renta media, con más desarrollo económico. Si además son regímenes autocráticos, la aspiración ya no es solo de mejora social, sino política. Sueños rotos. Marruecos encaja perfectamente en este perfil. Así que es muy fácil usar a sus jóvenes como arma política contra el país vecino.
Lo que recordaremos y lo que olvidaremos
El análisis (geo)político se sustenta ahora sobre una paradoja: el pistoletazo de salida a la carrera hacia Ceuta de esos jóvenes lo podría haber dado el político que de forma más notoria se ha opuesto a las migraciones, Donald Trump.
“El presidente Trump ya advertía desde hace tiempo a Europa de lo que pasaría si sigue aplicando políticas globalistas de extrema izquierda como permitir la migración masiva”, dijo a varios medios una portavoz de la Casa Blanca. “España y otros países que han adoptado esta filosofía destructiva deberían inmediatamente revertir su curso o arriesgarse a su propia muerte”. El plan está claro y Washington sabe que el flanco más vulnerable de España está en el sur, donde cuenta con uno de sus grandes aliados. Un informe del Congreso estadounidense de abril situaba a Ceuta y Melilla en territorio de Marruecos “bajo administración española”.
Esta es la clave global: el enfrentamiento de Estados Unidos —amigo de Marruecos— con España y su afán de que cambien gobiernos, siempre en el mismo sentido, no solo en Madrid sino en otras capitales europeas. Las claves regionales también se están explicando —aunque, en realidad, nunca se puedan desgranar del todo—. La voluble relación diplomática entre España y Marruecos: después de la última gran crisis de Ceuta, en 2021, empezó una luna de miel con un arco que iba desde la cesión española a las tesis autonomistas de Marruecos sobre el Sáhara —ignorando las resoluciones de Naciones Unidas— hasta la organización del próximo Mundial de fútbol. La interpretación más próxima en el tiempo: todo esto llega tras la visita oficial de Pedro Sánchez a Argelia para recoser una relación importante y la sentencia del Tribunal Supremo que prohíbe las devoluciones en caliente de personas que lleguen a nado a Ceuta o Melilla, y que ha circulado por las redes sociales en Marruecos.
Hay muchas más cosas en juego. Más visiones, más ángulos, más densidad. Nadie conoce los orígenes precisos de la llegada de miles de personas a Ceuta, y nadie sabe tampoco cómo se desarrollarán las relaciones diplomáticas en ese triángulo insondable entre Madrid, Rabat y Washington. Pero varias cosas permanecerán:
La impresión en nuestra memoria de las migraciones como un elemento episódico, trepidante y deshumanizador. Cuando en realidad son procesos con fases temporales, habitualmente largos y profundamente humanos.
El triunfo en la percepción colectiva, a través de la frontera espectáculo, de los postulados de la ultraderecha. Cuando en realidad lo que pasa detrás del escenario es lo que mejor nos cuenta cómo se mueve el mundo.
El olvido de las personas que murieron intentando llegar a Ceuta. Eso no tiene reverso.