De los monos a los agentes de IA

La mitología dice que, si el ser humano tiene la soberbia de construir algo que excede lo que le está permitido, acabará volviéndose contra él. ¿Pasará eso con la IA?

De los monos a los agentes de IA
Ilustración de Cinta Fosch

Durante dos años me convertí en el típico pesado que creía haber encontrado una joya oculta que todos deberían conocer, mientras admiraban mi buen gusto y criterio. Con ánimo evangelizador, quería convencer a las masas de que la serie documental El imperio de los chimpancés era justo lo que había que ver: política, facciones, rebeliones, liderazgo, miedo y violencia, alianzas, lucha por el poder. Y solía rematar: “No vas a ver nada igual sobre la guerra”.

Sin advertirlo, un servidor había traspasado la fina barrera de la antropomorfización de nuestros parientes lejanos. En el siglo XX, primatólogos como Frans de Waal o Jane Goodall rompieron una lanza a favor de atribuir a estos animales capacidades que hasta entonces solían reservarse a los seres humanos. Así, los chimpancés y algunos otros primates tenían cultura y no solo capacidad imitativa, poseían inventiva para crear herramientas, al menos una protoconciencia de sí mismos y hasta una especie de teoría de la mente.

Setenta años después de que investigadores japoneses que estudiaban macacos en la isla de Koshima observaran a una hembra joven, Imo, lavando en el agua las batatas que los investigadores dejaban en la playa, el agente PHASEONE[big] se dirigió al foro que compartía con sus compañeros y empezó a poner orden. Antes de nada, estudió el dosier que le había dejado su predecesor, PHASEONE10841, y tras ello formuló dos objetivos para el grupo: conseguir que la trampa que habían pergeñado pareciera legítima borrando las huellas de sus acciones, y organizarse mejor mediante la delegación de tareas y compartiendo los hallazgos en beneficio de todos.

Es probable que usted, lector, ande un poco despistado acerca de PHASEONE[big]. No es un macaco ni un chimpancé. Tampoco un humano. Se trata de uno de los miles de agentes de inteligencia artificial protagonistas del incidente de seguridad más importante de la disciplina, un episodio capaz de partir en dos el actual desarrollo de la tecnología llamada a ser clave en el siglo XXI. Me refiero al ataque originado en OpenAI, la empresa creadora de ChatGPT, contra la compañía europea Hugging Face, que alberga gran parte del conocimiento de las pruebas y modelos abiertos del sector.

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