Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Cae Mosul, sigue el califato

Las autoridades iraquíes proclaman victoria en la batalla por Mosul, pero Estado Islámico aún controla otras zonas del país

Diego Ibarra Sánchez

Fotoperiodista

Mikel Ayestaran

Cubriendo conflictos
10 de Julio de 2017

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Victoria.

Eso es al menos lo que proclaman las autoridades de Irak y los mandos militares después de acabar con la resistencia de los combatientes del grupo yihadista Estado Islámico (EI) en el casco antiguo de Mosul. Pero la segunda urbe del país, con un número desconocido de muertos y heridos, con la orilla oeste del Tigris reducida a escombros y con más de 900.000 desplazados, 300.000 de ellos viviendo en campos, no está para grandes celebraciones y lo que espera es un plan choque inmediato para devolver los servicios mínimos, comenzar la reconstrucción y, sobre todo, tener seguridad. La derrota en Mosul es la más dolorosa para el califato en sus tres años de vida. Aquí es donde se vio por primera y última vez al califa en el verano de 2014 y aquí se proclamó el califato, pero no significa el final de la amenaza yihadista. La mancha de la bandera negra del califato se extiende por Tal Afar, Hawija o todo el noroeste de Mosul, y los iraquíes conocen muy bien el peligro de este EI, porque antes lo sufrieron cuando se llamaba Al Qaeda en Irak. Y temen, sobre todo, su hambre de venganza a base de atentados suicidas.

El cadáver de un suicida de Estado Islámico yace en un callejón del casco viejo de Mosul. Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Los últimos días de combates han sido muy duros, entre temperaturas de 45 grados de media y con fuertes bombardeos aéreos de la coalición que lidera Estados Unidos. El olor de los cuerpos en descomposición emanaba de los escombros del casco viejo de la ciudad, convertido en la auténtica zona cero de la batalla por la que ha sido desde el verano de 2014 la capital del califato. Tirados en cualquier esquina, los restos de suicidas se pudrían al sol. En las paredes cercanas a la mezquita de Al Nuri las fuerzas iraquíes dejaron grabados los nombres de quienes liberaron el gran símbolo de EI, que al final fue dinamitado por los propios yihadistas antes de dejarlo hacer en manos enemigas. Junto a Al Nuri, la base del minarete de Al Hadba (el jorobado), es la herencia amputada por EI de uno de los símbolos nacionales en los que más habrían querido los hombres de la Golden Division, Policía Federal o Ejército izar la bandera nacional, la bandera de la victoria. En ese minarete, presente en los billetes de 10.000 riales, ondeó la bandera negra del yihadismo hasta que decidieron dinamitarlo.

Ayudado por el calor, el insoportable hedor de la muerte se te pega en la garganta, baja hasta el estómago y provoca arcadas. En mitad de un paisaje apocalíptico, de esqueletos de edificios, montañas de escombros, coches retorcidos como plastilina y enormes socavones ocasionados por los bombardeos, también hay vida. Más bien, muertos en vida.

Dos mujeres huyen del casco viejo de Mosul. Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Grupos de civiles emergen y siguen emergiendo de la nada tras la proclamación de la victoria. Como un ejército de zombis que avanza hacia las líneas iraquíes. Perdidos, sin rumbo, dejan atrás lo que ha sido el califato en busca de otro mundo hasta ahora prohibido por el califa… pero primero deben superar los filtros de las fuerzas iraquíes que temen a los kamikazes y a los infiltrados de EI. Una procesión de rostros famélicos y pálidos, formada mayormente por mujeres y niños, que son testigos de la brutalidad de la batalla hasta el último instante. Unas miradas que te miran, pero no te ven. Personas salidas del fondo más profundo de esa bandera negra que durante tres años ha impuesto su ley con sangre y ha aterrorizado al mundo hasta erigirse en una amenaza global que ha eclipsado a Al Qaeda. Vienen de un terror que para ellos ha sido su día a día. Personas como Yehya Naswani, que va cargado con tres niños de corta edad y al llegar al primer control suplica ayuda porque “somos vecinos, pero no familiares. Estos niños han perdido a sus padres, están huérfanos, ¿qué va a ser de ellos?”, pregunta con un tono de voz apenas audible ante la indiferencia de unos soldados que no se fían de nadie y no bajan la guardia. Yehya lleva el pecho descubierto, como marcan las normas para evitar kamikazes con cinturones de explosivos, y viste un pantalón negro varias tallas más de lo que necesita.

“La lucha contra EI en Mosul ha sido mucho más complicada que las ofensivas sobre otras ciudades del califato como Ramadi, Faluya o Tikrit porque aquí, cuando empezamos en octubre, había casi dos millones de civiles y hemos tenido que combatir con ellos en la ciudad. Ha sido muy complicado porque debíamos velar por su seguridad y al mismo tiempo debíamos acabar con los terroristas”, afirma con tono calmado Abdul Ghani al-Asadi, el general de la Golden Division, el cuerpo antiterrorista iraquí entrenado por Estados Unidos que ha liderado la batalla en el casco viejo de Mosul. Natural de la sureña Nasiriya y exoficial del antiguo Ejército de Sadam Husein, se le escapa un suspiro cuando se le pide off the record una comparación entre el Ejército de Irak anterior y posterior a la invasión de Estados Unidos… un suspiro que se pierde en la sala de la casa que han convertido de forma temporal en cuartel general, y en la que hay dos estadounidenses que se encargan de los bombardeos.

Soldados iraquíes celebrando su victoria sobre Estado Islámico en Mosul, después del anuncio de la toma de la mezquita al Noor.Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Presionado por Estados Unidos, el primer ministro Haider Al Abadi ha  mantenido desde el primer día a las Unidades de Movilización Popular (milicias chiíes) alejadas de la ofensiva final contra este bastión suní y han sido las fuerzas regulares, Golden División, Ejército y Policía Federal, las que con ayuda de Estados Unidos han combatido a EI. Un gesto que no ha gustado nada a unos milicianos que acusan a Abadi de estar al servicio de Washington y que le reclaman luz verde para ser los protagonistas de la toma de Tal Afar, ciudad situada 65 kilómetros al oeste de Mosul que parece acogerá la próxima gran batalla contra los seguidores del califa, ya que es su posible nuevo cuartel general. Las Unidades de Movilización Popular se crearon en 2014, cuando el ayatolá Sistani, cabeza religiosa de los chiíes de Irak, secta mayoritaria del país, lanzó una fatwa (edicto islámico) pidiendo el alistamiento de sus seguidores de forma urgente para frenar el avance de un EI que, tras tomar Tikrit y Mosul, estaba a las puertas de  Bagdad. La respuesta fue inmediata y, ante la desbandada de las fuerzas armadas creadas y formadas por Estados Unidos tras desmantelar el Ejército del expresidente Sadam Husein, fueron estos paramilitares quienes llevaron el peso de la lucha antiterrorista hasta el pasado octubre, cuando Bagdad lanzó la operación sobre Mosul con liderazgo del Ejército. Sus detractores les acusan de graves violaciones de los derechos humanos contra la minoría suní y de tener una agenda sectaria marcada por el vecino Irán. Ellos ponen sobre la mesa a sus mártires como prueba de su fidelidad a Irak.

Regreso de los desplazados

De los dos millones de civiles de Mosul, 900.000 se han visto obligados a escapar y se han convertido en desplazados. De ellos, una tercera parte vive en los 19 campos levantados por la ONU tanto en los alrededores de Mosul como en la región autónoma del Kurdistán (KRG). Ya son más de tres millones los desplazados en todo el país a causa de la guerra contra EI. “El final de la batalla por Mosul marca el inicio del verdadero trabajo en Irak. Hasta ahora estamos inmersos en la ayuda de emergencia, pero llega el momento del retorno de los civiles a una ciudad sin agua, ni electricidad y, sobre todo, llega el momento de la reconciliación”, opina Andrés González, director de Oxfam Intermón en Irak, quien subraya la importancia de “un proceso de reconciliación nacional. Ya no hablamos de mejorar la relación entre suníes y chiíes, sino que se trata de la reconciliación entre los propios suníes, entre los que apoyaron y quienes sufrieron a EI”.  

Una mujer llora desconsolada mientras atienden a su hija pequeña en las calles del casco viejo de Mosul. Diego Ibarra Sánchez / MeMo

A las puertas del casco viejo de Mosul, los hospitales de campaña han salvado miles de vidas y, una vez calladas las armas, seguirán siendo importantes debido a la fuerte presencia de civiles en este área. Aquí no sonaban sirenas de ambulancias porque los heridos llegaban en blindados del Ejército iraquí, los únicos que podían acceder al frente de batalla. Los uniformados volaban al volante de los blindados para trasladar a las víctimas hasta bajos comerciales reconvertidos en centros de atención médica. A uno de ellos, que tiene en la pared una gran pintada que reza “Fuck ISIS” (Jódete, ISIS), llega Yehya después de su larga travesía por los escombros de la ciudad vieja con tres niños a cuestas. Tras un largo silencio, parece reconocer al periodista que ha visto hace un rato y recuerda que “los últimos días han sido durísimos, sin comida ni agua, pero no podíamos salir porque el Daesh (acrónimo en árabe de Estado Islámico) no lo permitía, nos tenía como secuestrados, como sus escudos para frenar la ofensiva. En cuanto retrocedieron, nosotros huimos sin mirar atrás”. Palabras que no terminan de creer las fuerzas de seguridad, que lo separan de los menores y lo trasladan a una mezquita próxima para un interrogatorio más profundo. Hay una enorme desconfianza en los hombres que han escapado de la zona dominada por EI en los últimos días, y deben superar varios controles antes de que se les permita ir a un campo de desplazados o cruzar a la otra orilla del Tigris, en la que la vida poco a poco recupera algo parecido a lo que puede considerarse normalidad en estas circunstancias. Mosul despierta de una pesadilla de tres años de califato y nueve meses de guerra. 

Ciudadanos de Mosul tratan de volver ala normalidad en la zona de Mosul Oeste, cerca del casco viejo. 7 de julio de 2017. Diego Ibarra Sánchez / MeMo

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