Corea del Norte 2.0
Pitx

Corea del Norte 2.0

Las nuevas tecnologías también se asoman al país más opaco del mundo. ¿Cambiará eso las cosas?

Maribel Izcue

Letra oriental
02 de Septiembre de 2015

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Corea del Norte no es del todo inmune a la revolución tecnológica del nuevo milenio. La mayoría de sus 25 millones de habitantes jamás ha usado Google ni ha marcado un prefijo internacional. Pero el país más opaco y aislado del planeta tiene cada vez más móviles, un sistema operativo propio y su particular, y censurada, versión de internet.

Han pasado más de tres años desde la muerte del Querido Líder norcoreano, el dictador Kim Jong-il. Su hijo menor, Kim Jong-un, lleva desde entonces las riendas de esta dinastía comunista. En este tiempo ha seguido el camino de represión y militarismo asfaltado por su progenitor, aunque también se ha embarcado en algunas lentas reformas para impulsar la maltrecha economía. En este programa está la promoción de las nuevas tecnologías. Por supuesto, bajo un férreo control.

La cara más visible de los avances tecnológicos en Corea del Norte es la relativa proliferación de teléfonos móviles. Se estima que solo en los últimos tres años el número de suscriptores de telefonía móvil en esta nación ha pasado de un millón a cerca de 2,5 millones. Y eso a pesar de los elevados precios de los dispositivos y a las restricciones de un servicio que no permite navegar por internet ni hacer llamadas al exterior.

Pero, ¿hasta qué punto las nuevas tecnologías están calando en el desarrollo de Corea del Norte? ¿Pueden abrir una nueva ventana a la información y los intercambios en esta hipercontrolada sociedad?

Un muro de propaganda

Separado de Corea del Sur por el Paralelo 38 y con China y Rusia como vecinos del norte, este cerrado país es desde hace más de seis décadas una dictadura controlada por los Kim. Entender los entresijos del régimen es una tarea difícil incluso para los propios norcoreanos, que viven bajo un Estado totalitario que se resiste a darles el arma más poderosa: la información.

Sin acceso a internet ni a medios de comunicación extranjeros ni a llamadas telefónicas internacionales, la sociedad norcoreana se ha desarrollado al calor de la propaganda del régimen fundado hace 67 años por Kim Il-sung, el abuelo del actual dictador. Como no podía ser de otro modo, el aislamiento afecta también al desarrollo tecnológico. Mientras en Corea del Sur firmas como Samsung idean los dispositivos del futuro, al otro lado de la frontera el régimen de Kim Jong-un sigue aplicando la llamada “estrategia de la mosquitera”: dejar entrar la tecnología del exterior con cuentagotas para adaptarla a los fines del régimen.

El negocio de los móviles: Egipto en la corte de los Kim

En 2008, mientras en el resto del mundo Apple presentaba su iPhone 3G, Corea del Norte inauguraba su red nacional de telefonía móvil. Hasta entonces, tener un móvil en el país comunista era algo duramente castigado. Solo hubo una breve y controlada excepción entre 2002 y 2004, cuando funcionó una red operada por la tailandesa Loxley Pacific en virtud de un acuerdo que terminó de forma abrupta sin que se dieran a conocer las razones.

La actual red norcoreana está operada por Koryolink, propiedad de la empresa egipcia Orascom (OTMT), que tiene un 75% del capital. El 25% restante está en manos del Ministerio norcoreano de Telecomunicaciones. Durante casi siete años Koryolink ha tenido el monopolio absoluto de la red. Sin embargo, recientemente Kim Jong-un parece haber dado luz verde a la entrada de un nuevo competidor, el proveedor local Byol (Estrella), que hasta ahora ofrecía internet por cable a los residentes extranjeros en Pyongyang.

El propietario de Orascom, el magnate egipcio Naguib Sawiris, ha visitado Pyongyang en varias ocasiones: a principios de 2011 tuvo el raro honor de ser invitado a una recepción personal con el propio Kim Jong-il, cena incluida, un privilegio de muy pocos que reflejaba el interés del fallecido dictador en las inversiones en este área. Orascom tiene un brazo financiero en Pyongyang, Orabank, a través del cual ha ejecutado inversiones como los cerca de 200 millones de dólares destinados a impulsar la construcción del mastodóntico hotel Ryugyong de la capital norcoreana. El edificio, de 105 pisos, comenzó a levantarse en 1987 y estaba destinado a ser uno de los símbolos de la grandeza y desarrollo de la nación. Hoy sigue prácticamente vacío y sin inaugurar.

Escapar al control del régimen

Ilustración de PITX

Aunque tengan los medios para comprar un móvil, los norcoreanos de a pie no pueden hacer llamadas internacionales: solo se les permite llamar y enviar mensajes de texto a otros móviles dentro de Corea del Norte. Desde sus smartphones locales tampoco pueden acceder a internet sino a la peculiar intranet nacional, la llamada Kwangmyong, con contenidos censurados o creados por el régimen. Por supuesto, la red no ofrece acceso a aplicaciones o redes sociales como Tinder, Twitter o Facebook, ni los dispositivos móviles norcoreanos permiten su instalación. En cambio, los extranjeros residentes en Corea del Norte, los turistas y quienes están en lo más alto de la jerarquía del país utilizan una red paralela, también de Koryolink, que sí permite tanto llamadas al extranjero como acceso a la red sin censura.

Adquirir y dar de alta un teléfono móvil en Corea del Norte implica una odisea de papeleo y autorizaciones. Además, su precio es todavía prohibitivo para la mayoría. A pesar de ello, no hay duda de que cada día hay más norcoreanos pegados al móvil. ¿Por qué el régimen permite esta expansión? Por una parte, potenciar una red aislada de comunicaciones garantiza el control de la misma. También es una fuente directa de ingresos para el Estado, que controla la venta de los dispositivos. Y beneficia al comercio interno, al permitir coordinar oferta y demanda en tiempo real en los distintos rincones del país.

Facilitar una red legal de telefonía móvil también es un modo indirecto de combatir la entrada clandestina de móviles fuera del control del régimen. A diferencia de los operados por Koryolink, los aparatos con tarjetas SIM introducidos en Corea del Norte por traficantes captan la señal de los operadores chinos en las zonas fronterizas. Allí, quien tiene uno de estos dispositivos Made in China puede hacer llamadas internacionales y acceder a internet utilizando las redes del país vecino. El riesgo es alto. Los controles por parte del régimen son cada vez más sofisticados y comunicarse con el exterior es un crimen castigado con dureza. Pero también es un negocio muy atractivo: permite gestionar envíos irregulares de divisas desde Pekín o Seúl, coordinar a los traficantes de mercancías, poner en contacto a familias separadas por la frontera… Todo ello supone ingresos extra para los que deciden arriesgarse. A menudo estos intermediarios sortean la ley a base de sobornos a oficiales y funcionarios, en el que está considerado uno de los países más corruptos del mundo.

Intranet, internet y el control de la red

Los norcoreanos con móviles son aún relativamente pocos, pero todavía son muchos menos los que tienen acceso a internet. La mayoría de los ordenadores solo tiene acceso a la intranet local, la mencionadaKwangmyong. Es una ventana pero no al mundo, sino a una especie de habitación cerrada amueblada al gusto del Estado.

Por internet tal y como lo conocemos en esta parte del planeta solo puede navegar una elite integrada por oficiales de muy alto rango, algunos empresarios, científicos, miembros de ministerios, organizaciones oficiales y ciudadanos extranjeros. También algunos estudiantes, entre ellos los de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Pyongyang (PUST). Allí, parte de los alumnos tiene acceso a la red, aunque con limitaciones que son más bien técnicas, según testimonios de profesores extranjeros que han impartido clase allí. La propia universidad (la primera de Corea del Norte financiada con fondos privados provenientes del extranjero) parece tener una cuenta en Facebook en la que va colgando fotos y mensajes en inglés con regularidad.

El país ha creado su propio sistema operativo, el Red Star OS, cuya versión más reciente es la 3.0. Tiene una interfaz muy similar a la del OS X de Apple, está basado en Linux y desarrollado por el Korea Computer Center de Pyongyang. Éste es uno de los principales centros locales de programación. De hecho, Corea del Norte no es una recién llegada en este terreno. Desde hace años, varias firmas norcoreanas son subcontratadas por empresas de China y de otros países para crear software sofisticado, con mano de obra bien formada y mucho más barata que la de otros vecinos asiáticos.

“Market generation” y la grieta en el muro

¿Quiénes serán los usuarios de las nuevas tecnologías en Corea del Norte? Por supuesto, ese puñado de ciudadanos que están en lo más alto del régimen o que cuentan con pequeñas fortunas, cosas que normalmente van de la mano. Pero también hay una nueva generación urbana, aquellos norcoreanos de entre veinte y treinta años que han vivido la entrada de avances tecnológicos en el país y la relativa apertura que eso conlleva. Ellos se perfilan como los futuros consumidores tecnológicos en la cerrada nación.

Se calcula que cerca del 25% de la población norcoreana tiene entre 18 y 35 años. Estos jóvenes vivieron en su infancia la brutal crisis económica que sufrió el país en la década de 1990. A esos años se los conoce como “la ardua marcha”, una metáfora para dar nombre a una de las peores hambrunas del siglo XX. En aquel momento la red pública de distribución de alimentos se desmoronó y nació un sistema alternativo de mercados al aire libre, los jangmadang, ilegales pero tolerados por necesidad. Hasta hoy, son la columna vertebral de la economía no regulada de Corea del Norte. Gracias a estos mercados, los jóvenes han tenido cierto acceso, ilegal pero creciente, a aparatos electrónicos, películas, teleseries o software provenientes del exterior, encerrados normalmente en dispositivos USB o tarjetas SD.

Esta economía no oficial ha hecho que, lentamente, asome una nueva clase media conocida como los donju, los poseedores de los bienes del mercado y por tanto del dinero. Es una clase social que tiene un apetito de consumo que incluye, por supuesto, todo lo relacionado con tecnología. Y que cada vez tiene más medios para conseguirla.

 

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