Anna Surinyach

Sudán del Sur, fuera de control

Las 5W para entender qué está pasando en el país más joven del mundo

Agus Morales

A la fuga
11 de Julio de 2016

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De repente, un titular. Casi 300 muertos en combates en Juba, la capital de Sudán del Sur. ¿De dónde sale esta violencia? ¿Quién hay detrás? ¿Qué puede pasar ahora? ¿Está o no en guerra Sudán del Sur, el último país del mundo en independizarse? ¿Qué significado tiene que los enfrentamientos sean en la capital? ¿Qué dice la ONU, cuyos recintos de protección de civiles han sido atacados? ¿Por qué no se oye lo que pasa en Sudán del Sur? De hecho, ¿dónde está Sudán del Sur?

Hay una cosa clara: el país está fuera de control. Literalmente. Ni el presidente ni el vicepresidente (exlíder de los rebeldes) están en condiciones de garantizar, por sí solos, que la paz llegue de verdad a Sudán del Sur. Las consecuencias de este caos son más imprevisibles que nunca.

Repasamos con nuestras 5W algunas claves para entender la situación de una de las poblaciones más castigadas del mundo: por una guerra y por una emergencia humanitaria que ya se ha convertido en permanente.

El principal hospital de Malakal, en el noreste del país, tras un ataque en febrero de 2014. Los pacientes fueron asesinados en sus camas.Anna Surinyach

WHO

Para empezar apunten dos nombres: Salva Kiir y Riek Machar. Habrán leído que son el presidente y el vicepresidente del país. Que el primero es de la etnia dinka y el segundo, de la etnia nuer. Pero son, sobre todo, los dos líderes militares rivales que formaron Gobierno tras la independencia de Sudán del Sur hace ahora cinco años y que luego, a finales de 2013, llevaron al país a una cruenta guerra civil. Ni la clave étnica ni estos dos nombres son suficientes para explicar esta crisis. Lo iremos viendo en estas 5W.

Pero el WHO, en todo caso, pasa sobre todo por los civiles. Hay 1,6 millones de desplazados en el país, más del diez por ciento del total de habitantes, y 720.000 refugiados que han huido. No hay más porque el grueso de la población está atrapada.

WHAT

Centenares de personas han muerto en los últimos días en los combates que se han desatado en la capital entre fuerzas gubernamentales leales al presidente y rebeldes afines al vicepresidente.  Muchos civiles han huido a centros de protección de la ONU, que han sido igualmente atacados, algo que no es novedad en Sudán del Sur. Helicópteros sobrevuelan Juba. Puede ser el comienzo de algo mucho peor que el conflicto que arrancó en 2013 y que se cerró en falso hace casi un año.

La metáfora de la situación que vive el país es esta: mientras Kiir y Machar, presidente y vicepresidente, daban una rueda de prensa en Juba, los enfrentamientos se desataban a su alrededor y ellos no parecían saber qué estaba pasando. Los dos hombres que llevaron al país a la guerra y que supuestamente se reconciliaron no controlan a sus hombres. Quizá porque no son sus hombres: en la órbita de ambos bandos hay milicias que tienen otros jefes.

WHEN

Sudán del Sur, de población negra, cristiana y animista, se separó en 2011 del norte árabe, controlado por Omar al Bashir, un dictador que llegó a dar cobijo a Osama bin Laden y que protagonizó la guerra de Darfur. El nuevo país quedó bajo el mando de un Gobierno presidido por Salva Kiir y con Riek Machar como vicepresidente. Parecía un milagro: los dos representantes de los dinka y los nuer, las dos etnias mayoritarias de un país con cientos de ellas, estrechaban sus manos tras siglos de animosidad. Fue un momento de alegría que duró poco, porque todas las contradicciones históricas del sur, con sus milicias enfrentadas con el norte y entre ellas, estallaron con la salida de la vicepresidencia de Machar, depuesto por el presidente. En diciembre de 2013 empezó una guerra brutal —ataques contra hospitales, aldeas arrasadas, un número de muertos que la ONU no ha podido calcular— que aparentemente se cerró con la vuelta de Machar a la vicepresidencia el pasado abril. Los combates y las matanzas siguieron de forma esporádica, pero lo de los últimos días en Juba supone un salto cualitativo.

Una anécdota ilustra en qué momento estamos. The New York Times publicó recientemente un editorial conjunto de presidente y vicepresidente pidiendo que no hubiera juicios, que se olvidara lo que había pasado en esa guerra. El texto salió de la oficina del presidente. El portavoz del vicepresidente, del exlíder rebelde, desmintió luego que su jefe la hubiera firmado. Un esperpento.

WHERE

Sudán del Sur nació con más de 600.000 kilómetros cuadrados, una superficie parecida a la de Francia. Atravesado por el Nilo, el país no tiene salida al mar y está encajonado entre las montañas de Nuba, el desierto etíope y la densa vegetación de África Central. El suministro —de cualquier mercancía— es un serio problema en una nación con apenas 300 kilómetros de carreteras asfaltadas.

Su PIB depende fundamentalmente del petróleo. El problema es que el Sudán de Bashir tiene la llave para transportar el oro negro hacia el norte. Los puntos más afectados por el conflicto que estalló en 2013 no solo coinciden con las áreas donde hay contacto interétnico, sino con algunas de las zonas con más yacimientos petrolíferos. Un dato que no sorprende a nadie.

WHY

Estados Unidos puso un gran empeño en que Sudán del Sur se independizara, pero desde 2011 prácticamente se ha olvidado de este recién nacido país. China, por el contrario, tiene cada vez más presencia, tanto en el sector petrolífero como en la construcción.

La violencia de los últimos años tiene que ver con décadas de guerra entre norte y sur, que crearon facciones ahora difíciles de controlar. Hay expertos que ya hablan del poder militar de actores supuestamente secundarios para explicar los últimos combates.

Es una población a merced de esa élite político-militar que se mueve mucho más por sus ansias de poder que por el odio étnico: la historia reciente demuestra que las alianzas pueden cambiar si así lo requiere la situación sobre el terreno. La ONU ha visto cómo los grupos armados atacaban una y otra vez los recintos de protección civil, una especie de ciudades-campamento que pese a la presencia de cascos azules no han logrado convertirse en seguros.

El país depende de las organizaciones de ayuda humanitaria, que tienen muchos problemas para transportar suministros, acceder a poblaciones aisladas y, simplemente, trabajar sin miedo a los ataques.

En 2011, el mundo se frotaba los ojos ante el estallido de la Primavera Árabe. Nadie miró a África subsahariana, donde un nuevo país, Sudán del Sur, vivía su momento democrático, su hora de la esperanza. Cinco años después, el caos es absoluto. El desinterés internacional por el peligroso rumbo que está tomando el país es sobrecogedor. El Estado se derrumba, si es que alguna vez llegó a existir. Nadie sabe lo que pasará, ni siquiera los que están en el poder.

Desplazados en uno de los campos de desplazados en Juba, capital de Sudán del Sur. Marzo de 2014.Anna Surinyach

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