Marc Wattrelot

Baluches, en la periferia de la historia

Un proverbio pastún dice que Baluchistán es el lugar al que Dios arrojó los escombros tras la creación. Contra todo pronóstico, la vida acabó por abrirse camino en este páramo en el corazón de Asia

Karlos Zurutuza

Periodista freelance
11 de Mayo de 2016

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Divididos por las fronteras de Irán, Pakistán y Afganistán, entre diez y quince millones de baluches sufren el acoso de los talibanes y la persecución religiosa; de ejércitos ajenos y del ansia de poder de sus propias élites. Viajamos al lugar que los geólogos describen como el más parecido a Marte, una tierra yerma que nos resulta casi tan desconocida como el planeta rojo.

Pakistán: el peso de la historia

Las aspas del ventilador en el techo seccionaban las palabras de aquel venerable anciano. Pero corría el verano de 2009, y prescindir de aquel ingenio en la ciudad pakistaní de Karachi no era una opción.

“Perros, he dicho perros”, espetó Khair Bux Marri, refiriéndose a los punyabíes, la etnia mayoritaria en Pakistán, que controla el poder político y económico. “Expulsar a los colonos”, decía Marri, era una prioridad para los baluches.

Marri, que hablaba un inglés de libro, vestía siempre ropa tradicional y se declaraba un gran aficionado a las peleas de gallos, lo más parecido a un deporte nacional para un baluche. Murió en junio de 2014, pero durante aquella entrevista en su residencia en Karachi se dejó fotografiar como lo hacía siempre: junto a un carnero disecado.

Khair Bux Marri, líder baluche.Marc Wattrelot

Aquel animal era una elocuente metáfora de su discurso. Además de ser el líder tribal de clan baluche más importante, los Marri, también era considerado como el actor más influyente del movimiento nacionalista. Era nieto de Khair Bux el Grande, quien había liderado la resistencia contra la ocupación británica en el siglo XIX, hijo de Meherullah Khan Marri, cabecilla del movimiento clandestino contra Londres, y padre de Balach Marri, comandante guerrillero del BLA (acrónimo inglés del “Ejército de Liberación Baluche”) asesinado en 2007 en Afganistán en circunstancias aún sin esclarecer. La icónica imagen de Marri hijo, enfundado en un casquete baluche rojo y mostrando un fusil M16 bajo su barba negra, es omnipresente en bazares baluches y casas de té, así como un recurrente salvapantallas en teléfonos móviles. Le llaman “Balach”, a secas. Marri padre pareció honrar su memoria con una pausa de unos segundos antes de seguir.

La de los baluches es una lucha por un territorio con suculentos yacimientos de oro y cobre explotados por multinacionales

“Los ingleses se portaron como se puede esperar de una fuerza de ocupación, pero lo peor que pudieron hacernos fue dejarnos en manos de estas bestias”, volvió a embestir el anciano. Los baluches gozaron de un Estado declarado propio durante siete meses antes de que se anexionara a Pakistán, en abril de 1948. Era la versión local de una historia de manual: tras la retirada de la potencia colonial, el pez grande siempre se comía al pequeño, desde el Sahara Occidental hasta la remota isla de Papúa.

La de los baluches es una lucha por el territorio, pero también por la riqueza bajo sus sandalias. Son suculentos yacimientos de oro y cobre explotados por multinacionales australianas y canadienses; uranio, petróleo y, sobre todo, gas. Fluye canalizado desde Sui, en tierras del clan de los Bugti, hasta las cocinas de Islamabad o Lahore desde su descubrimiento en la década de 1950. Pero en las aldeas de adobe sobre las enormes reservas se sigue cocinando con estiércol de camello.

“Ni siquiera contratan a nuestra gente para trabajar en las plantas. Dígame, ¿qué nos ha dado Pakistán?”, se preguntaba en voz alta Akhtar Mengal en su domicilio de Quetta, la turbulenta capital de la provincia. El líder tribal y político del clan de los Mengal lamentaba que los punyabíes se lo habían confiscado todo. “Nuestras propiedades, nuestros recursos, nuestros derechos”.

Baluchistán, con un tamaño parecido al de Alemania, es la provincia más grande de Pakistán. También la más pobre, la más despoblada —unos diez millones de habitantes—, la de mayor tasa de mortalidad infantil y analfabetismo… Islamabad no cuestiona los datos, pero culpa de ellos a los inmensamente ricos líderes tribales Marri, Bugti y Mengal, entre otros. Y se trata de una narrativa que no es desdeñada por baluches sin sangre azul como Amin Baloch. Durante sus años de activismo político junto a los Mengal, este hombre que rondaba los 50 les había insistido para que construyeran una escuela en su Khuzdar natal, en el centro de la provincia. Cansado de esperar, Amín vendió unas tierras y una propiedad a las afueras de Khuzdar para levantar su propia escuela con la ayuda de una legión de voluntarios.

Era constructor, director y profesor de inglés de la Habib Hammar School de Khuzdar. Así se llamaba el centro que ofrecía una oportunidad de estudiar incluso a niñas, entre las que se contaban baluches, pastunes y punyabíes. Aquel milagro era un auténtico tirón de orejas a los aristócratas a los que la veneración y la adulación constantes de sus súbditos analfabetos había dejado ciegos y sordos.

Un grupo de baluches se prepara para sacrificar una cabra, una de las vías de sustento de las poblaciones rurales.Marc Wattrelot

Historias como la de Amin no son fáciles de rescatar, principalmente porque tampoco lo es acceder al territorio. Baluchistán es un “agujero negro” para los informadores debido al bloqueo impuesto por Islamabad. Tras nueve años como corresponsal en el país para The Guardian y The New York Times, Declan Walsh fue expulsado del país en mayo de 2013 . Entre otros temas “incómodos”, Walsh había cubierto la cuestión baluche.

“Al Gobierno no le gusta nada que periodistas extranjeros entren en la provincia sin ser escoltados, y raras veces concede permisos. Es una zona donde la violencia llega de todas partes: están los talibanes, los que persiguen a los chiíes, los insurgentes baluches…“, decía Walsh vía telefónica, al poco de poner el pie de vuelta en casa.

Uno de los artículos del periodista irlandés que causó gran controversia llevaba por título La secreta guerra sucia de Pakistán y denunciaba la impunidad con la que el Gobierno tortura y hace desaparecer a granjeros, estudiantes o abogados presuntamente vinculados con movimientos nacionalistas. Organizaciones de Derechos Humanos como la Voz Internacional para los Baluches Desaparecidos sitúa el número de estos en torno a 25.000 desde el año 2000. Tanto Human Rights Watch como Amnistía Internacional han conminado a Islamabad a que interrumpa “su campaña de secuestros y desapariciones”. Por si fuera poco, el pasado mes de abril el Gobierno reconocía la existencia de más de 12.000 presos baluches en sus cárceles.

"Luchamos por la libertad de Baluchistán", dice el comandante de una guerrilla

En este escenario de represión, muchos escapan a las montañas y se suman a las filas de cualquiera de los movimientos insurgentes que han organizado una guerra de guerrillas contra intereses pakistaníes. Hay quien ha llegado a establecer paralelismos entre estos grupos y el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), pero el discurso de los baluches no es, ni de lejos, tan articulado como el del “maquis” kurdo. Si bien ambos grupos insurgentes se desmarcan del sectarismo religioso imperante en sus respectivas regiones, el análisis político de los primeros es mucho menos elaborado.

“Luchamos por la libertad de Baluchistán”, sentenciaba tajante un comandante de Lashkar-e-Balochistan, una guerrilla principalmente integrada por miembros de los Mengal. Como la mayoría de los combatientes a su mando, aquel hombre tampoco sabía leer, ni era capaz de definir qué modelo de Estado buscaba para su tierra. “Queremos un Baluchistán independiente”, repetía, como si no se entendiera el significado de aquella oración simple.

Paradójicamente, el movimiento baluche también ha contado con miembros tan ilustres como el autor del celebrado libro Los talibán, Ahmed Rashid, una de las voces más autorizadas sobre política y conflicto en Afganistán y Pakistán. Nacido en el seno de la élite punyabí, Rashid cursaba estudios superiores en Londres a principios de la década de 1970 junto a un reducido y selecto grupo de compatriotas. Espoleados por la juventud y el idealismo entonces capitalizado desde Moscú, el llamado “grupo de Londres” aceptó la invitación de Khair Bux Marri a unirse a la insurgencia baluche. Miope y de pies planos, Rashid distaba mucho de destacar por sus dotes de combatiente, pero contribuyó enormemente a establecer campos de entrenamiento y de refugiados en un Afganistán en vísperas de ser invadido por la URSS.

Afganistán: Guerra Fría en el desierto

Hay apenas cien kilómetros desde Quetta hasta el paso fronterizo de Chamán, y de ahí otros cien hasta Kandahar, la cuna del movimiento talibán afgano. Al igual que los talibanes, la guerrilla baluche sigue atravesando la línea Durand entre Pakistán y Afganistán que trazaron los británicos a finales del siglo XIX, y que separó a pastunes y baluches a ambos lados de la frontera.

“Nos cruzamos a menudo con los talibanes pero nunca disparamos a no ser que lo hagan ellos primero”, aseguraba en diciembre de 2014 Baloch Khan, un prominente comandante del BLA en la falda afgana de los montes Sarlat. Decía que su grupo contaba con 25 campamentos en el lado pakistaní, pero ni él, ni probablemente nadie, es capaz de dar un número aproximado de los guerrilleros repartidos en media docena de grupos insurgentes baluches.

Guerrilleros del Ejército de Liberación Baluche danzan alrededor de un fuego en la localidad pakistaní de Bolan.Marc Wattrelot

Aunque hoy se reparten por todo el país, los baluches de Afganistán, apenas unos dos millones, se siguen concentrando en las provincias sureñas de Helmand y Nimroz. Esta última es la única donde la minoría baluche es mayoritaria, y también la única que comparte fronteras con Irán y Pakistán. Se trata del distrito más remoto y despoblado del país; un rincón en el que el azote de la sequía más extrema ha sido incluso mayor que el de la guerra. Un enclave en mitad del Dasht-e Margo, el “desierto de la muerte”, que quedó relegado a la periferia de los imperios.

Bajo los auspicios de la URSS se estableció, en 1978, el primer canal de televisión en baluche de toda Asia. Fue una iniciativa sin precedentes a la que sucedió la publicación de los primeros libros y revistas en dicha lengua en Afganistán. A pesar de las dificultades para armonizar el marxismo-leninismo convencional con las ansias independentistas de los baluches comandados por los Marri, estos veían en la URSS un aliado potencial para contrarrestar la presión de Punyab. Hablamos de uno de los capítulos más desconocidos de la Guerra Fría, cuando el apoyo soviético a un Baluchistán independiente (o la eventual anexión de este a Afganistán) alteró radicalmente el equilibrio militar del estrecho de Ormuz. Sin embargo, la caída del régimen comunista provocó un brusco frenazo de la actividad cultural y dio el pistoletazo de salida a una campaña de represión indiscriminada contra los baluches por su relajada visión del islam. El mismísimo mulá Omar decretó una fatwa (edicto islámico) llamando a la limpieza étnica de chiíes y baluches en Nimroz.

Hoy, a la población autóctona de Nimroz se le suma la de aquellos que huyen de la guerra “secreta” de Pakistán. Buscar refugio en Afganistán puede parecer un despropósito, pero no para un baluche. Muchos de ellos habían llegado en 2007, tras una operación masiva del Ejército pakistaní cuya víctima más conocida fue Nawab Khan Bugti, líder del clan Bugti. Las ofensivas contra aldeas baluches se suceden hasta hoy, pero ACNUR sigue sin incluir a esta población en su lista de “grupos de riesgo”. Los desplazados aseguraban que Islamabad amenazó a ACNUR con expulsar a su misión en Pakistán tras un intento de asistencia de la entidad en territorio Bugti durante aquella operación de 2007.

Desde la oficina de Kabul, Bo Schack, el jefe de la misión, negó entonces tal extremo pero reconocía que la de los refugiados de Pakistán en Afganistán era una “cuestión pendiente”.

Llegan del este, pero también del oeste. La decisión de Teherán de levantar un muro a lo largo de su frontera con Afganistán está provocando el éxodo masivo de familias que vivían del contrabando o, simplemente, de aquellas que no pueden acercarse al muro para cuidar sus huertas. Mohamed Ayub, alcalde de Barichi, una de las aldeas afectadas, hablaba de decenas de pueblos fantasmas a lo largo de la frontera en noviembre de 2014. Desde entonces, la cifra se ha multiplicado.

“Todos tenemos parientes al otro lado, sobre todo en la aldea de Shagalak”, decía Barichi, señalando en la dirección de una localidad a escasos 500 metros de distancia, pero que había desaparecido de su vista.

Una baluche que migró de una zona rural de Pakistán al puerto de Gwadar en busca de trabajo. Marc Wattrelot

Irán: enemigos de Dios

Un equipo de geólogos estadounidenses que visitó el lado persa de la frontera en la década de 1970 concluyó que aquel paisaje era el más parecido a Marte en nuestro planeta. Hoy las carreteras, las escuelas, los hospitales y las infraestructuras en general son visiblemente mejores allí que en el lado afgano o pakistaní. Pero no es más que un espejismo.

En su libro Baloch Nationalism: its origin and development (ABC, 2004), Taj Mohamad Breseeg, historiador baluche y profesor en la Universidad de Estocolmo, explica que, tras la anexión del territorio baluche a Irán en 1928, la represión del Gobierno central se tradujo en una campaña de asimilación que buscaba el desplazamiento de población y la sustitución de los topónimos originales por otros persas. Sin ir más lejos, la provincia pasó de llamarse “Baluchistán” hace 80 años a “Baluchistán y Sistán” un poco después, y de ahí a “Sistán y Baluchistán”.

Los baluches sufren en Irán por no ser chiíes ni persas

La viajera británica Rosita Forbes pasó por allí en la década de 1920, cuando la capital provincial todavía era Duzzap, y no la Zahedán actual. Da fe de ello en su libro Angora to Afghanistan (Casse, 1931), donde describe a los baluches como “gente de pelo largo y piel más oscura que los persas”, que sustituían sus inmensos turbantes por un sombrero palevi cuando iban a la ciudad. Según Forbes, había al menos uno a disposición de la comunidad en cada aldea. Aquel sombrero inspirado en el de los franceses que Reza Shah Palevi, sah de Persia, introdujo en 1927 para “modernizar” el país es ya historia, pero los baluches siguen sufriendo por no ser ni chiíes ni persas en un país gobernado hoy por un régimen teocrático monolítico y excluyente.

Según datos de Amnistía Internacional, Irán es el segundo país del mundo en ejecuciones después de China. El pasado mes de febrero, fuentes gubernamentales aseguraban haber ejecutado a todos los varones de una localidad baluche por crímenes relacionados con el tráfico de drogas. Esa y la de ser un “enemigo de Dios” son las excusas más recurrentes para el exterminio del diferente.

“Un día sí y otro también llegan misioneros chiíes a nuestras mezquitas para recordarnos que no tendremos ni trabajo, ni escuelas ni oportunidades de ningún tipo si no nos convertimos”, explicaba Mansur, un joven de la localidad de Iranshar, en el verano de 2009. Como muchos otros, acabaría buscando un futuro en Karachi  tras haber probado suerte en Teherán. “Me preguntaban constantemente si era pakistaní o indio por mi aspecto, nadie se creía que era iraní”, recordaba el joven, pocos días antes de emigrar a Pakistán.

Otros se fueron mucho más lejos. Faiz Baloch llegó a Londres en 2002, tras sobrevivir a una “travesía sin pasaporte a través de Asia y Europa”. En su aldea natal de Kohak, este joven de 34 años se había atrevido a encararse a un misionero chií. Logró escapar, pero se llevaron a su padre en su lugar. Lo último que supo de él es que fue acusado de ser “enemigo de Dios”. De su abuelo recuerda que ni siquiera tuvo que moverse para cambiar de país: era la tierra la que se movía bajo sus pies.

“Un día nos despertamos y éramos iraníes”, le dijo una vez.

 

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