Pablo Tosco

Cuando tu piel te condena

Análisis sobre alianzas y debates antirracistas en Estados Unidos y España

Susana Ye

Periodista
13 de Junio de 2020

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Las protestas tras el asesinato de George Floyd reivindican un lema: #BlackLivesMatter. ¿Qué reclama “las vidas negras importan” y cuál es su peso histórico? ¿Tiene esta iniciativa puntos en común con las vivencias en España de los migrantes y de sus descendientes? 

La muerte de Floyd ha impactado al mundo, pero antes de él hubo víctimas como Tony McDade y Breonna Taylor, que fallecieron en circunstancias similares. El caso de Trayvon Martin marcó un antes y un después en 2012. Su pérdida sacudió conciencias. El chico, de 17 años, visitaba a unos familiares cuando un vigilante le disparó en un espacio supuestamente seguro. El guardia no fue condenado. 

El caso de Martin impulsó a las afrofeministas Alicia Garza, Opal Tometi y Patrisse Cullors a arrancar el movimiento #BlackLivesMatter. “Cuando decimos que las vidas negras importan, hablamos de las formas en las que las personas negras somos privadas de nuestros derechos humanos básicos y de nuestra dignidad”, explicó Garza en un artículo de 2014. En este mismo escrito denunciaba que la mitad de los reclusos estadounidenses eran personas negras. Y veía en el dato no una justificación del trato policial, sino un síntoma de que las instituciones replican y amplían lo que las activistas y hasta Michelle Bachelet, la Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos, llaman racismo estructural.

#BlackLivesMatter, que tiene como centro a los afrodescendientes, ha reavivado otros asuntos pendientes. Tres agentes, uno de ellos de ascendencia asiática, permanecieron impasibles ante las llamadas de auxilio durante 8 minutos y 46 segundos de Floyd. Los portavoces del movimiento Asians4BlackLives admiten por e-mail que existe tensión entre comunidades de orígenes culturales diversos en Estados Unidos. Mencionan los disturbios de 1992 en Los Ángeles. Los altercados ocurrieron tras conocerse que cuatro agentes habían sido absueltos de la brutal paliza que un año antes tumbó a Rodney King, un taxista afroestadounidense. La reacción se trasladó a las calles hasta el punto de registrar medio centenar de víctimas mortales, y puso en evidencia la frustración por la rebaja de pena apenas días antes para una tendera asiática que mató con un disparo a una menor afroamericana. Más de la mitad de los negocios destruidos eran de migrantes asiáticos. Casi 30 años después, esa confrontación se ha convertido en unión, tal y como explicó Dai Sil Kim-Gibson, documentalista coreanoestadounidense: “Los medios generalistas hicieron que pareciera que los disturbios de Los Ángeles de 1992 fueron causados por un conflicto entre negros y coreanos (...) y no lo era, era un síntoma pero no la causa”.

Pese a ello, permanece una brecha. Black Women Radicals y Asian American Feminists Collective, agrupaciones feministas que representan a mujeres afroestadounidenses y de la diáspora asiática, abordaron en un coloquio cómo el racismo impregna a los afectados hasta el punto de percibirse a sí mismos o a su propio círculo étnico como inferiores, una discriminación conocida como colorismo. La base de este mecanismo es la misma que opera a veces entre las comunidades que privilegian la piel blanca sobre otras más oscuras. Haz lo que debas, película de 1989 dirigida por Spike Lee, contenía una escena incómoda de ver. En ella, italianos, afroestadounidenses, dominicanos, coreanos y blancos se insultaban mutuamente con frases cargadas de odio. La violencia que transmiten los personajes mirando a cámara ponen al espectador en la piel de la víctima. Una situación que escuece hasta que interviene el locutor de la radio comunitaria. “¡Piedad!”, grita Samuel L. Jackson mirando a los ojos a quienes se pensaban que eran solo observadores.

Iniciativas como #ModelMinorityMutiny y #StartTheConversation, impulsadas por asiaticoestadounidenses, rompen el tabú y llaman a la solidaridad. El músico Vijay Iyer, en un discurso en Yale, mencionó que esta prestigiosa universidad debía su nombre a la cuantiosa donación de un imperialista, Elihu Yale, quien hizo fortuna especulando ilegalmente en la Compañía Británica de las Indias Orientales. “No seamos cómplices del exceso”, dijo el artista de ascendencia india. Se refirió con esta frase al concepto de “minoría modelo”, un mito iniciado en la década de 1960 y consolidado en la de 1990 que reforzó varios equívocos: por un lado alimentó la idea de que el esfuerzo es el único factor para lograr el sueño americano; y por otro, colocó a los asiáticos como ejemplo para el resto de migrantes, aglomerando a todos los grupos en uno solo y silenciando las urgencias y singularidades de cada comunidad. Esta idea se reforzó al contraponerla a la de welfare queen, que afirmaba que las mujeres negras vivían a costa del Estado. 

La minoría modelo es un mito, ya que el éxito no garantiza igualdad pese a llevar varias generaciones en Estados Unidos. Así lo reflejan los ataques, insultos y agresiones hacia quienes tienen ojos rasgados con la excusa de la COVID-19, tal y como señala Human Rights Watch. Discriminaciones que este mismo organismo también denuncia hacia la comunidad migrante africana en la provincia de Guangdong, en China. 

A la diáspora asiática, además de las presiones de ser leída como extranjera, se la presupone conocedora de lo que ocurre en los países de sus antecesores. Y se les exige soluciones. Esta zona gris es la que ocupa Feiyin, quien con siete años migró desde Shanghai junto a sus padres a Argentina. Hace unos meses, esta asiática-latina fue a Shanghái de vacaciones, pero la emergencia sanitaria la obligó a quedarse. Hija de migrantes, ni justifica ni disculpa la xenofobia en China y ha intentado entender por qué se da. “Solo ven personas negras en películas de Hollywood y en su inconsciente creen que son peligrosos”, opina. Añade la educación como un factor a tener en cuenta: “Estudian lo glorioso del mundo occidental y no tienen ni idea de América Latina o África”. Feiyin desmontó en un vídeo los bulos más habituales sobre China y la COVID-19, y ahora tiene en mente otra pieza audiovisual sobre el racismo en China, pero le faltan las voces de los perjudicados: “No conozco a ningún africano aquí”. Su nexo con lo afro son el monologuista Trevor Noah y la afroargentina trans Louis Yupanqui.

En España

“Hablar de colorismo podría ayudar a acercar a la comunidad afro y asiática, que son socializadas como distintas”, dice la activista antirracista Anne Catherine Cornec. En mayo un grupo de asiáticas francesas contactó con Cornec para conversar sobre este tema y continúan en contacto para debatir sobre cómo crear un antirracismo asiático consciente de que existen diferencias sociales y étnicas respecto a las circunstancias de los afrodescendientes. Todas las personas con las que he hablado para escribir este análisis son conscientes de que exponer sus contradicciones puede ser usado en contra de la causa que defienden, dado el precedente de las feministas a las que negaron la discriminación de género con argumentos como el que sigue: si hay mujeres con comportamientos que denuncias como machistas, mi actitud es natural y tus reclamos son exageraciones infundadas.

El actor y defensor de derechos humanos Simbo Zhang dice haber sido víctima del racismo pero no ser xenófobo, ya que se ha rodeado de personas migradas y de ascendencia diversa. En febrero, cuando aún no se había decretado el estado de alarma en España, Zhang llevó a la Gran Vía de Madrid la campaña #NoSoyUnVirus junto a sus amistades latinas, afroespañolas y europeas. En cambio, la artista plástica Leticia Sayuri reconoce que su visión sobre las personas negras ha estado condicionada por una sociedad racista. Hija de una mujer paraguaya y de un hombre nipo-brasileño, Sayuri vive en Pedro Juan Caballero, una pequeña ciudad de Paraguay fronteriza con Brasil. “Nos hace falta consideración y humildad para admitir que somos parte del problema”, reflexiona.

Para Antonio Liu Yang, abogado y también impulsor de #NoSoyUnVirus, el mito de la minoría modelo no se está dando en España. “Pienso en cuándo dejarán de decir lo bien que hablo castellano o de sorprenderse de que no tenga un restaurante”, lamenta. En el ámbito político sí ha habido posicionamientos sobre la comunidad china como ejemplar. Vox alabó en Usera a los asiáticos por su cuarentena voluntaria, aunque en marzo Javier Ortega Smith, secretario general del partido, dijo tras enfermar de COVID-19 que sus “anticuerpos españoles” estaban luchando contra “los malditos virus chinos”. Pese al alcance de #NoSoyUnVirus, un joven estadounidense de ascendencia china fue agredido en Madrid. En mayo, en esta misma ciudad, hubo carteles que culpaban de la COVID-19 a los bazares. Una acción que se ha replicado un mes después en Pontevedra y que se investiga como delito de odio.

colectivos

Estados Unidos es, en buena parte, el resultado de los descendientes de colonos y esclavos. En el periodo de la Reconstrucción (1865-1877) tras la Guerra Civil contó con cierta presencia asiática como mano de obra barata. Pero la entrada más significativa de asiáticos cualificados fue a partir de 1965. En España —con un pasado colonial con Guinea Ecuatorial y Filipinas, entre otras— la aparente falta de diversidad hasta hace pocas décadas ha hecho que el debate sobre identidad se dé más tarde.

La inmigración en España aumentó a finales del siglo XX. El censo de 1991 cifraba en menos del 1% la población extranjera. Fue entre 2000 y 2008, según un estudio del Real Instituto Elcano, cuando aumentó de manera significativa el número de llegadas: dos terceras partes del incremento demográfico en los municipios españoles de menor tamaño se debió al aumento de extranjeros.

Jeffrey Abé Pans, coordinador del libro Cuando somos el enemigo: activismo negro en España, apunta: “Aunque la sociedad es multirracial, sigue vinculándose ser de España con ser blanco”. En este país apenas se habló abiertamente de racismo hasta el asesinato de Lucrecia Pérez Martos. Esta migrante dominicana dejó en su tierra natal a una hija pequeña. Una vez en España, al perder su trabajo de empleada doméstica, se cobijó en la discoteca Four Roses, un local abandonado que daba techo a otros paisanos. El 13 de noviembre de 1992 cuatro hombres con pistola la mataron. La sentencia reconoció que el crimen fue porque era “extranjera, negra y pobre”. Aquel año nació SOS Racismo. 

“Aunque la sociedad es multirracial, sigue vinculándose ser de España con ser blanco”

Varios entrevistados, entre ellos Youssef M. Ouled y Jeffrey Abe Pans, señalan que la institucionalización del antirracismo liderado por personas blancas ha invisibilizado durante años a las personas migrantes como sujetos políticos capaces. Una dinámica que, a colación de George Floyd, se repitió cuando personas que no eran negras convocaron manifestaciones en España, mientras la organización Comunidad Negra Africana y de Afrodescendientes en España (CNAAE) coordinaba cómo tramitar los permisos.

Son muchas las iniciativas que tanto en Estados Unidos como en España empujan hacia la unión de redes de solidaridad, si bien el contexto de cada país presenta escollos y circunstancias particulares. 

En España la última manifestación antirracista a gran escala liderada por los propios afectados fue hace tres años. En las últimas dos décadas hubo varias protestas: algunas de las más simbólicas fueron encierros en la catedral y en iglesias de Barcelona de inmigrantes en protesta por su situación irregular. En 2015 nació el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes. El mismo año la muerte del mantero Mame Mbaye en el barrio madrileño de Lavapiés abrió una investigación sobre si hubo violencia policial. El caso fue archivado e inició un debate sobre la situación de las personas en situación de irregularidad administrativa. En la comunidad asiática no ha habido movilizaciones físicas multitudinarias hasta febrero de 2019 por el bloqueo masivo de cuentas bancarias. En el marco de la pandemia apenas hubo una pequeña manifestación en Madrid y un acto en Barcelona celebrado por Catàrsia, un colectivo de asiáticas descendientes formado hace un año. 

Las diez personas entrevistadas para este análisis están vinculadas por sus vivencias y acciones a los debates de etnia, raza e interculturalidad. Coinciden en que el activismo antirracista en España está conformándose y conociendo la labor de otros colectivos. Catàrsia explicó la xenofobia en el ámbito cultural y educativo desde su perspectiva asiática en una charla con la política Rita Bosaho a raíz de la COVID-19, junto a otros espacios como Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes. Lamine Sarr, portavoz de esta plataforma, ha sido una de las voces de la campaña #RegularizaciónYa, que cuenta con más de 1.300 adhesiones y que ha sido amplificada por activistas como Lucía Asué Mbomio, más accesibles para un público general. El artista Chenta Tsai intersecciona ser asiátique con la realidad queer, mientras que el Colectivo Ayllu emplea lo creativo como mensaje político desde la disidencia sexual y anticolonial, y espacios como t.i.c.t.a.c. se declaran transfeministas antirracistas. 

El activismo antirracista en España está conformándose

Esta amplia e incipiente construcción de identidades, cuyas reivindicaciones empiezan a confluir, es una etapa que vivió Estados Unidos en la década de 1960. Entre otras luchas de entonces fueron un hito las protestas contra la guerra de Vietnam. En esa época surgió el icónico Yellow Peril Supports Black Power, con rostros como los del músico y activista Fred Ho o el de Huey P. Newton, uno de los fundadores del Partido Pantera Negra. Las mujeres se manifestaron por el derecho al aborto y por evitar el cierre de los centros de educación en sus barrios. Referentes como Margo Okazawa-Rey, fundadora del colectivo Combahee River, hicieron germinar la teoría de la interseccionalidad, cuya piedra angular es que las opresiones se entrelazan y se suman. Una tesis cuyo concepto recoge, más de 60 años después, el término “discriminación múltiple” reconocido por el Parlamento Europeo.

A nivel político destaca la Conferencia de Bandung, que en 1955 reunió a decenas de naciones que recharazon supeditarse a una de las dos superpotencias durante la Guerra Fría. Activistas como Grace Lee Boggs y Yuri Kochiyama, cercanas a Malcolm X, fueron firmes defensoras de los derechos humanos y reivindicaron la identidad asiaticoestadounidense y afroestadounidense como causa política. Todas esas acciones eran sostenidas a su vez por la dedicación de personas como Peggy Saika, de menor exposición pública pero igual de importante por tejer redes comunitarias. Una estela que siguen mujeres como Esther Wang, que tomó conciencia de la gentrificación de Chinatown en 2007 e intentó frenar la expulsión de los vecinos chinos y latinos. Mirar a Estados Unidos es, en este sentido, entender el presente español y su posible futuro. Si en Brooklyn una cafetería moderna era vista más como amenaza que bendición, lo mismo ha ido pasando estos años en Lavapiés, donde bangladesíes, senegaleses y marroquíes resisten este proceso implacable.

Una lucha diversa

La afrofeminista Desirée Bela-Lobedde detecta una menor difusión de las vulneraciones de derechos en España: “El racismo institucional aquí no se materializa con disparos, pero sí con inmovilizaciones como la que asfixió hasta la muerte a Floyd”. La publicación en El País del vídeo en el que se ve a Ilias Tahiri inmovilizado por cinco personas durante 13 minutos en un centro de menores en Tierras de Oria, en Almería, respalda la tesis de Bela-Lobedde. 

El periodista Youssef M. Ouled también es rotundo en sus críticas: “A diario mueren personas en el Mediterráneo por las mismas políticas que han matado a Floyd”. También menciona los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), los centros para menores extranjeros sin apoyo familiar, las devoluciones en caliente, las cárceles e incluso la vulnerabilidad en la vía pública de personas migrantes por las detenciones e identificaciones sistemáticas. Ouled cree que es importante dar nombre y apellidos a quienes murieron por racismo para que sus vidas no sean eliminadas de la memoria. 

Durante el estado de alarma se han dado más de 70 incidentes racistas y prácticas institucionales discriminatorias, según denuncia el Equipo de Implementación del Decenio para los Afrodescendientes en España, del que forma parte Ouled. El informe, elaborado junto a Rights International Spain, señala que las más afectadas son las personas negras y afrodescendientes (32%), las árabo-musulmanas (30%) y las gitanas (25%). 

“A diario mueren personas en el Mediterráneo por las mismas políticas que han matado a Floyd”

¿Cómo se articula la defensa de los derechos humanos en España? Las personas consultadas coinciden en que los colectivos deben ser solidarios, pero detectan una posible trampa: que un frente común engulla a los grupos. “No puedes decirle lo mismo a un señor senegalés que viene en patera que a alguien que migra en avión”, reflexiona Deborah Ekoka, cofundadora de la librería United Minds. El historiador Antumi Toasijé defiende el panafricanismo, un movimiento político que propone un frente común entre todos los países africanos para equilibrar las relaciones de poder, y cimentar un sentimiento de pertenencia e identificación a través de la cultura y el aporte intelectual de los africanos y de la diáspora afro, con África como punto de partida y de destino. En Barcelona, Jeffrey Abé Pans comparte este sentir. Y en Bilbao Marra Junior también es militante de esta corriente: “Una vez cubiertas las necesidades básicas y cumplido el deber, toca reclamar el derecho”.

Las vivencias de Rubén H. Bermúdez en Y tú, ¿por qué eres negro? y de Desirée Bela-Lobedde en Ser mujer negra en España visibilizan este paso de quienes descienden de migrantes y se reivindican con identidad española, híbrida y fluida. El mensaje en el continente americano, el europeo y el africano es uno: las vidas negras importan. Una postura que latinos, indígenas y asiáticos han respaldado, al entender que un cuerpo puede ser castigado por verse distinto al de la población mayoritaria. 

Más allá de España y Estados Unidos, esta intersección entre los caminos afroasiáticos se da en países como Francia, con figuras como Assa Traoré, cuyo hermano fue hallado sin vida en 2016 en el patio de una comisaría, lo cual movilizó a miles de personas en París. O como Liu Sahoyao, quien perdió a su padre de un disparo de un policía francés en 2017 y reclama, como Traoré, justicia.

En Haz lo que debas, Spike Lee afronta la recta final de la película con disturbios en la calle. La escena muestra a un grupo de vecinos desatando su rabia contra la pizzería en la que empezó un altercado que desemboca en la muerte de un afroestadounidense a manos de la policía. Dicen a gritos que no es la primera vez que un joven pierde la vida por la brutalidad policial. Nerviosos, se plantan ante la frutería de un coreano que grita: “Yo, negro”. La frase genera risas y confusión. Él tiene la piel clara y ellos, oscura. Pero insiste: “¡Yo igual que tú!”. Tras unos segundos de tensión, lo que parecía distinto se hermana en las calles. 

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