Diego Ibarra Sánchez / MeMo

El regreso de Hariri a Beirut

La dimisión y la vuelta del primer ministro libanés, explicados a través de la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán

Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Fotoperiodista

Jordi Quero

CIDOB
12 de Diciembre de 2017

Comparte:

Un hijo ante la tumba de su padre. Saad está de pie, con las manos a la altura de la cintura y las palmas hacia arriba. Reza. A su alrededor, un grupo numeroso de escoltas, periodistas y políticos observan a distancia la estampa nocturna. Hariri frente a Hariri. El muerto: Rafiq, primer ministro asesinado en 2005, empresario de éxito del ladrillo responsable de la reconstrucción de la ciudad de Beirut después de la guerra civil libanesa (1975-1990). El vivo: Saad, el primer ministro que dimitió de su cargo hace unas semanas en medio de un viaje oficial a Arabia Saudí, y que después volvió a casa y suspendió su renuncia.

Un hecho tan cotidiano como la visita de un hijo a la tumba de su padre se transforma en política. El simbolismo no se le escapa a nadie. A veces en Líbano, como en tantos otros sitios, parece que hasta la familia es política. Especialmente si eres un Hariri.  

Nada más regresar a Líbano, Hariri visita la tumba de su padre y reza.Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Todo empieza alrededor de la una de la madrugada. Un jet privado aterriza en el aeropuerto internacional Rafiq Hariri el 21 de noviembre. En él vuelve a casa Saad, así como su gabinete y algunos de sus familiares. Salió del aeropuerto —que tiene el nombre de su padre— 18 días antes, con rumbo a Arabia Saudí. Lo que debería haber sido un viaje corto, casi protocolario, le llevó finalmente a Riad, El Cairo y París. Los acontecimientos se precipitaron. A su llegada a Arabia Saudí no tuvo recepción oficial, ni honores de Estado, ni los besamanos al uso con la gerontocracia saudí. Le retiran su teléfono móvil personal. Le cancelan las reuniones que tenía agendadas con el rey Salman y el todopoderoso nuevo heredero, el príncipe Mohammed bin Salman. En un discurso televisivo retransmitido por un canal saudí, anuncia su dimisión como primer ministro: argumenta que teme por su vida y denuncia a Hezbolá e Irán por su supuesta injerencia en los países árabes.

Voces como la del presidente de Líbano, Michel Aoun, denuncian que Hariri no ha sido solo forzado por los saudíes a tomar esa decisión, sino que está “secuestrado” en Arabia Saudí. Hizo visitas relámpago a Francia y Egipto, y se reunió con sus homólogos. Hasta que volvió a Líbano y anunció que dejaba en suspenso, temporalmente, su anunciada dimisión a petición del presidente del país.

Nadie entiende nada. La prensa libanesa especula y hace cábalas sobre el futuro. ¿Qué ha pasado? ¿Fue forzado a dimitir? ¿Su vida corre peligro? ¿Fue el anuncio de dimisión tan solo una llamada al orden de los líderes saudíes a su acólito?

Dahiye al-Janoubie o la excusa oficial

Lo primero que Saad tuvo que ver a su llegada fue Dahiye al-Janoubie o, lo que es lo mismo, los suburbios del sur de la capital que rodean a las instalaciones del aeropuerto y que la autopista circunvala. Dahiye es conocido por ser “el barrio de Hezbolá”. Cualquier turista despistado sabría enseguida que ha cruzado una de tantas fronteras invisibles que surcan Beirut al entrar en sus calles. Las banderas amarillas y verdes y los pasquines con fotos del líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, del ayatolá Alí Jamenei o de una plétora de “mártires” muertos en Siria, apostados a los lados de las calles y carreteras, marcan el territorio. Dentro, el “partido de Dios” no es considerado un grupo terrorista, tal y como lo catalogan estadounidenses y europeos.

Creado en 1982 como una milicia chií para hacer frente a la invasión israelí, Hezbolá ha sabido envejecer. Con los años, y sin abandonar la lucha armada en el sur del país, decidió entrar en el sistema político libanés, concurrir a las elecciones como un partido más y participar en la vida institucional. Si a ello le sumamos una tercera pata dedicada a la beneficencia entre la población chií, especialmente desfavorecida y concentrada en el sur del país, tenemos una buena panorámica del fenómeno.

Reunión de Hezbolá en Beirut pocos días después de la renuncia de Hariri desde Arabia Saudí. 10 de noviembre de 2017.Diego Ibarra Sánchez / MeMo

El factor religioso lo vincula con Irán. El centro neurálgico del credo y el clero chií se encuentra en la ciudad iraní de Qom. Desde la Revolución de 1979, la autoridad religiosa ostentada por el ayatolá del momento ejerce una suerte de liderazgo político sobre muchos de los actores chiíes de la región, que se sienten apelados por una macronarrativa revolucionaria compartida.

Teherán es una de sus grandes fuentes de financiación, así como el proveedor principal de apoyo logístico —y probablemente armamentístico. En la región se da por sentado que miembros de la Guardia Revolucionaria iraní entrenan militarmente desde hace años a los nuevos cuadros de Hezbolá y participan activamente en la coordinación y ejecución de sus actividades en la frontera con Israel y en Siria. La penetración de Irán en la realidad libanesa es incontestable.  

Para Saad, en cambio, Hezbolá es una (gran) paradoja. Por un lado, el grupo chií ha sido uno de los socios fundamentales de sus dos extintos gobiernos. Después de dos años de inestabilidad institucional, en diciembre de 2016 Hariri solo consiguió los apoyos suficientes para su nominación presidencial como nuevo primer ministro repitiendo la fórmula del gobierno de unidad nacional que incluía necesariamente carteras para Hezbolá. Por otro, y a la espera de la sentencia definitiva del Tribunal Especial de Naciones Unidas, amplios sectores en la población de Líbano —incluido él— parecen aceptar la responsabilidad de sus milicianos en el asesinato de su padre. Por eso no extrañó a nadie que, cuando anunció su dimisión, hablara del miedo de acabar asesinado como su padre, que acusara al “partido de Dios” y a Irán de ser un peligro para la estabilidad de Líbano y Oriente Medio. Aunque durante mucho tiempo la supervivencia política pasó por delante de cualquier otra consideración, el equilibrio parecía roto.

Pero ¿por qué ahora?

Hamra o las razones de fondo

La carretera del aeropuerto a la ciudad sigue unos kilómetros pegada al mar y deja a los lados iconos de las fotografías en sepia del Beirut de la década de 1970, como la Raouché o la noria permanente al lado de Verdún. Destaca un faro tierra adentro, en desuso, que preside la colina de las calles que van a parar a Hamra. Este barrio, y la calle que le da nombre, es el centro neurálgico de la histórica Beirut suní.

Durante la guerra, este Beirut Occidental y sus cafés trottoir se convirtieron en improvisados cuarteles de mando desde donde los grupos de izquierdas, fundamentalmente suníes, organizaban su actividad. Hoy la calle de Hamra sigue siendo uno de los ejes comerciales y de ocio de la ciudad. De día y de noche, tanto la parroquia histórica de familias suníes como niños cristianos de bien de Achrafieh (barrio cristiano con gran presencia de clases altas), asistentas del hogar del subcontinente indio o refugiados sirios se mezclan en sus calles entre narguiles y bolsas de Nike o American Eagle.

“Estamos todos contigo”, se lee en este cartel de Hariri ubicado en las calles de Hamra.Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Es fácil imaginar a Hariri mirando esas calles desde los cristales tintados, en movimiento, mientras se pregunta por qué su cara ya no preside las peluquerías y los pequeños ultramarinos de la zona. En otro tiempo, los Hariri eran la fuerza hegemónica del sunismo en Líbano. En un Estado donde los cargos más altos se asignan constitucionalmente a cada una de las confesiones —el presidente ha de ser obligatoriamente un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán suní y el presidente del parlamento un musulmán chií—, eso significaba el acceso garantizado al poder institucional. Ahora Hariri se siente cuestionado por aquellos a quien dice representar. Dentro de su propio partido, el Movimiento Futuro creado por su difunto padre, cada vez hay más voces discretas —y no tanto— que discuten su liderazgo y hasta sus capacidades.

El círculo virtuoso de poder económico, prestigio social y poder político construido por Rafik se destruye a marchas forzadas en las manos de su hijo. Los negocios de la familia Hariri parecen no ir todo lo bien que cabría esperar. La empresa insignia de la estirpe, Solidere, sigue rodeada de controversia, acusaciones de prevaricación y tráfico de influencias en relación con los planes urbanísticos para la reconstrucción del distrito central de la capital.

Desde el punto de vista social, las tensiones entre la élite tradicional suní de Beirut y de fuera de la capital afloran tras un largo periodo de distensión. No es raro oír monsergas que se fijan en los orígenes no capitalinos de los Hariri —son naturales de Sidón, en el sur del país— y que censuran el fenómeno de los “nuevos ricos” nacidos de los macroproyectos de reconstrucción posbélica de la década de 1990. En el plano político, todo ello se traduce en un cuestionamiento elitista de si es apropiado que sigan ostentando el liderazgo del espectro suní.

El anuncio de la renuncia de Saad, forzado o no, llegó en un momento donde se palpaba en el ambiente la proximidad del fin de la hegemonía de los Hariri. Muchos no dudaron en señalar la conveniencia de la dimisión con unas elecciones a la vuelta de la esquina —todo apunta a que tendrán lugar la próxima primavera— y frente a la posibilidad de un destrono público y doloso. Pero si, como parece, la anunciada dimisión acaba no haciéndose efectiva, habrá desconfiados que verán en lo que ha sucedido en los últimos días una “serie de catastróficas desdichas” que, paradójicamente, reforzará su mermado liderazgo. El martirio público de Hariri y el consecuente aumento de popularidad, propiciado por sus aliados saudíes, no podrán evitar las suspicacias.

Un libanés descansa en el porche de su casa en el barrio de Mar Michael en Beirut. Esta zona se ha convertido en uno de los epicentros de la vida nocturna en los últimos años.Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Zaitunay Bay o las razones inmediatas

Más adelante, la ruta deja atrás La Corniche para adentrarse en Zaitunay Bay, antes de desviarse a la derecha en la carretera de Damasco. Este es fundamentalmente un barrio para extranjeros pudientes, ejemplo de la Beirut que Hariri padre construyó. Un pequeño Dubái levantado sobre las ruinas de los hoteles reventados hasta los escombros durante las primeras fases de la guerra civil. Aquí está el puerto deportivo donde amarran los grandes yates, junto a un paseo marítimo donde se cena con sushi y vino. Torres de nueva construcción con veinte, treinta o cuarenta plantas de apartamentos lujosos se reparten el espacio con hoteles de postín como el Phoenicia o el Four Seasons. La única excepción es la masa oscura del Holiday Inn perforado, que resiste como una rémora de otra época y espera a que los fondos de inversión le echen mano y lo transformen en centro comercial, hotel o cualquier otra cosa brillante.

El puerto deportivo de Zaitunay​ ​Bay en Beirut.Diego Ibarra Sánchez / MeMo

El dinero del Golfo explica el resurgir de la zona. Grupos de inversión saudíes, cataríes y emiratíes han visto en Beirut, y especialmente en esta zona, un filón donde especular con ciertas garantías. Los petrodólares se transforman en inmuebles y ofrecen salida y seguridad a las fortunas de jeques del Golfo —blanqueo mediante en algunos casos. También son muchos los que compraron aquí segundas y terceras residencias, lejos de sus países de origen.

Beirut ha sido durante años el refugio de fin de semana de todos aquellos que, huyendo de la asfixia puritana de sus países de origen, buscaban escabullirse entre shorts, melenas al viento y clubs de música house. El barrio es la materialización del liberalismo sin control y ansioso que se adueñó del proceso de reconstrucción de los últimos veinticinco años. De ahí también surge la riqueza de la familia Hariri y su relación privilegiada con las monarquías del Golfo, especialmente con Arabia Saudí.

La penetración saudí en la realidad económica de Líbano se ha traducido también en los últimos años en un creciente intervencionismo político. Para Riad, el país levantino es uno más de los escenarios de confrontación con su gran enemigo, Irán, con quien compite por la hegemonía de la región. El colapso de Irak tras la caída de Sadam Husein y la Primavera Árabe han avivado esta especie de guerra fría. La competición entre la familia real al-Saud y la República Islámica se manifiesta en Líbano y, de forma más clara y dramática, en Yemen y Siria. La jugada con Hariri se puede leer como un mensaje a Hezbolá e Irán: Arabia Saudí no tolerará que hagan lo que quieran en Líbano.  

Los acontecimientos relativos a la dimisión de Hariri coinciden además con una de las mayores purgas internas que se recuerdan en Riad. El nuevo príncipe heredero, Bin Salman, ordenó el arresto de numerosos altos cargos —incluso miembros de la familia real— por supuestos casos de corrupción y malversación.

Algunas voces señalan que el anuncio de dimisión del primer ministro tuvo que ver con el papel central que tenían sus empresas en el supuesto blanqueo de capitales de procedencia ilícita, mientras que para otras encajaría más con la voluntad del nuevo liderazgo saudí de mostrar músculo no solo en casa sino también en la región.

En Riad no están del todo cómodos con el que era su aliado indiscutible en Líbano. Desde los círculos cercanos al monarca saudí se difunde la idea de que Hariri no estaba haciendo todo lo que estaba en su mano para hacer frente a Hezbolá. ¿El principal agravio? Permitir que el “partido de Dios” actúe con demasiada libertad en Siria.

Para la monarquía saudí es intolerable el uso de Líbano como territorio desde el cual organizar y lanzar operaciones de apoyo a las tropas del régimen de Bashar al Asad. Riad pedía medidas contundentes a Hariri, pero este guardaba silencio. Para el primer ministro la prioridad era mantener una entente cordiale con Hezbolá que garantizase la estabilidad de su país, y evitar la contaminación de Líbano de la lógica de confrontación entre Arabia Saudí e Irán.

La Plaza de los Mártires o el futuro

No esperó al día siguiente. En medio de la noche, Hariri buscó la foto con la que abrirían al día siguiente todos los periódicos del país. Nada más aterrizar, fue en su caravana oficial a ver a su padre a la Plaza de los Mártires. Esta fue una de las zonas más afectadas por la guerra civil. De aquí partía la famosa “línea verde” que, siguiendo la carretera de Damasco, dividía la ciudad en dos y establecía el frente de batalla. También es la zona que mejor representa el sueño de Hariri padre para un nuevo Líbano. En un espacio limitado encontramos las catedrales maronitas y ortodoxas y la mezquita más importante del país. Hariri quería transformar el barrio en símbolo de la reconciliación entre las confesiones que durante años se mataron encarnizadamente. Por eso quiso situar aquí el Parlamento, y por eso sus restos descansan aquí.

Hariri durante un discurso en su casa el día de la independencia. 22 de Noviembre de 2017.Diego Ibarra Sánchez / MeMo

¿Qué pensará Saad frente a la tumba de su padre? ¿Le invade el pánico de yacer en breve junto a él? Miedo a Irán; miedo a Hezbolá; miedo a la muerte. Aceptar la responsabilidad dinástica es una cosa; dar la vida por ello es otra. ¿Siente que está fracasando? Allí donde Rafik había triunfado, él se demuestra incapaz: Líbano vuelve a convertirse en terreno de lucha para los actores regionales. La paz social y la autonomía del país están de nuevo comprometidos.

¿Piensa en el futuro? Las perspectivas de continuar como primer ministro después de las elecciones son mejores ahora que hace unas semanas. En realidad, así lo acabará haciendo al día siguiente, tras su reunión con el presidente del país. El mensaje saudí y la confirmación de su vulnerabilidad le han quedado bien claros a Saad. La crisis pone de manifiesto la capacidad de Arabia Saudí e Irán de influir en Líbano. Pero también demuestra que el futuro político del país sigue ligado a un Hariri.    

Comparte:

Siria: Una herida de guerra entre Oriente Medio y Europa

Ya a la venta ‘Contarlo para no olvidar’, de Maruja Torres y Mónica G. Prieto

Saleh y el poder