Encarni Pindado

La compuerta mexicana

Militarizar las fronteras, la nueva estrategia de contención migratoria en México

Encarni Pindado

Fotoperiodista

Ángeles Mariscal

Periodista
12 de Septiembre de 2019

Comparte:

“¡Ejército, están rodeados! ¡Están rodeados!”, grita un soldado mexicano que lleva como distintivo un brazalete negro con las siglas GN. Se dirige a un grupo de migrantes encaramados a los vagones del tren de carga en el que intentaban alcanzar la frontera con Estados Unidos. Decenas de uniformados cercan el tren, detienen a los migrantes y evitan que continúen el viaje que iniciaron en el estado mexicano de Chiapas, en la frontera con Guatemala. 

Los operativos de contención de personas migrantes se realizan en la frontera sur de México desde hace dos décadas, pero esta es la primera vez que participan de manera activa militares: es parte de una estrategia emergente promovida por el gobierno de Estados Unidos, que amenaza con imponer aranceles a los productos mexicanos si los flujos fronterizos no se detienen. GN son las siglas de la Guardia Nacional, el nuevo cuerpo de seguridad creado por el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. 

En teoría, la Guardia Nacional es un cuerpo civil que tiene como mandato colaborar en el combate contra la delincuencia organizada; en la práctica, más de 20.000 soldados forman parte de las filas de esta institución y están desplegados en las fronteras norte y sur de México con la encomienda específica de contener la migración. 

Esta es la estrategia, cada vez más global, de externalización de fronteras. Aquí el país de destino es Estados Unidos. Al otro lado del Atlántico es Europa, que llega a acuerdos con países como Turquía o lo que queda de Libia para frenar la migración. 

 

El camino

Un grupo de migrantes en el camino que une la frontera del Ceibo con la ciudad de Tenosique, en Tabasco. Encarni Pindado

Cae la tarde en Palenque, la ciudad turística más importante de Chiapas. A unos 20 kilómetros de donde se ubica el sitio arqueológico que refleja el esplendor de la cultura maya en el siglo XVI, descendientes de los grupos que poblaron Mesoamérica se colocan ansiosos en las calles de tierra que bordean la estación del tren.

A diferencia de las imágenes que aparecen en las guías turísticas, donde se recrean personajes como el Rey Pakal con lujosas túnicas largas y joyas de jade, quienes hoy caminan por entre las vías son hombres y mujeres, niños y adolescentes, algunas chicas en avanzado estado de embarazo. Sus ropas están gastadas, sus zapatos llenos de tierra, las mochilas raídas y llenas de polvo, reflejo de que esta es su segunda o tercera parada desde que entraron a México. Algunos han llegado aquí después de hasta siete días caminando bajo un sol ardiente y temperaturas de más de 35 grados. 

El sonido de las ruedas de metal sobre las vías los llama. Se van acercando a los vagones de carga, que un trabajador acomoda y desliza sobre los rieles, moviendo distintas palancas. La preparación de los vagones dura casi dos horas. Al ritmo que le marcan las palancas, se deslizan y toman velocidad por tramos cortos. Van y regresan para que la fuerza del movimiento equilibre la carga de su interior. Los migrantes ensayan la subida y bajada del tren en movimiento, tarea nada fácil por la velocidad que lo impulsa, que jala el aire y succiona lo que está cerca. 

David Bárcenas tiene 51 años. Es quizá el hombre de mayor edad entre el grupo de casi 200 migrantes que ese día abordarán el tren. Le llevó cinco días caminar desde el puerto fronterizo conocido como El Ceibo —ubicado entre Guatemala y el municipio de Tenosique, en el sureño estado mexicano de Tabasco— hasta el albergue conocido como La 72. En ese lugar, refugio para migrantes, pernoctó dos días, hasta que reunió otra vez fuerzas y se encaminó a Palenque. 

Es la tercera vez que sale de su país, Honduras. Las dos anteriores llegó a Estados Unidos y logró trabajar, la última vez diez años, hasta que en octubre pasado agentes migratorios lo detuvieron y deportaron. “Ya tenía mi vida hecha allá, ahora tengo que regresar”, dice, antes de explicar a un grupo de jóvenes las paradas que tendrán que hacer después de Palenque.

“Ahora el camino está verdaderamente difícil. En las ocasiones anteriores yo me fui en tren, no tuve problema, solo el riesgo de caerme. Pero ahora hay mucha vigilancia, muchos policías, muchos gendarmes. Mire que apenas habíamos caminado pasando El Ceibo (Tabasco) cuando vimos venir una camioneta con gendarmes. Nos aventamos a la orilla del camino y ahí era puro pantano. Nos quedamos escondidos hasta que pasaron”, dice.

Algunas horas antes de que el tren llegara, un grupo de policías locales y militares de la Guardia Nacional armados con rifles habían recorrido las vías en sus vehículos. Se siente nerviosismo entre los migrantes.

Un soldado de la Guardia Nacional inspecciona en el sur de Chiapas un camión de campesinos procedentes de Guatemala.Encarni Pindado

Migración, seguridad y aranceles

El 14 de noviembre de 2018, dos semanas antes de asumir su cargo como presidente de México, Andrés Manuel López Obrador —un popular líder del movimiento de izquierda que había contendido por la Presidencia en dos ocasiones antes de ganar— presentó el Plan Nacional de Paz y Seguridad. En él proponía la creación de un cuerpo de seguridad, la Guardia Nacional, para hacer frente a los problemas que México enfrenta por el impacto del crimen organizado y la violencia en varias regiones.

Según la propuesta de López Obrador, la Guardia Nacional estaría integrada mayormente por militares. En los doce años anteriores —los de los gobiernos de los presidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto—, el Ejército ya participó en labores de seguridad y combate al crimen, con un desempeño polémico: se le adjudicaron sistemáticas violaciones de los derechos humanos por el excesivo uso de la fuerza y ejecuciones extrajudiciales en diversos operativos, entre ellos el caso conocido como Tlatlaya, ocurrido en junio de 2014 y en el que murieron tiroteadas 22 personas.

En su plan, López Obrador proponía nuevamente integrar al Ejército mexicano en labores de seguridad pública con el objetivo específico de “frenar la violencia y el crimen organizado”. Pero en México la Constitución prohíbe la participación de las Fuerzas Armadas en este tipo de labores, bajo la premisa de que el Gobierno democrático que se consolidó en 1917 estaba perfilado bajo un régimen civil.

López Obrador impulsó entonces reformas a la Constitución para lograr que en la Guardia Nacional se integrasen militares de las secretarías de Defensa Nacional y la Marina. 

Tras duras críticas por parte de organismos defensores de los derechos humanos en México y de la ONU, el pasado febrero la Cámara de Diputados aprobó la creación de este cuerpo de seguridad en los términos que había propuesto López Obrador. 

A la par de la discusión por la creación de la Guardia Nacional, en la agenda pública mexicana entró a debate el incremento en el número de migrantes que entraban al país en su ruta rumbo a Estados Unidos. Sobre este debate planeaba la presión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien a través de su cuenta de Twitter acusaba constantemente al Gobierno mexicano de “no hacer lo suficiente” para contener la migración.

Para el primer semestre de 2019, de acuerdo a cifras proporcionadas por el comisionado del Instituto Nacional de Migración (INM), Roberto Garduño, a México habían entrado algo más de 500.000 migrantes originarios de países como Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Haití o Cuba. También había personas provenientes de África y Asia. Únicamente 108.503 (uno de cada cinco) fueron detenidos; cerca de  91.000 devueltos a su país.

De acuerdo a recuentos periodísticos, una docena de caravanas migrantes entraron al país entre octubre de 2018 y abril de este año, fecha en la que el gobierno de López Obrador empezó a detenerlas con la fuerza pública —en un primer momento únicamente con agentes migratorios y policías, y desde el mes de junio, con la participación de la GN—, a confinarlos en la Estación Migratoria Siglo XXI (la mayor de México, en Tapachula) en el interior de recintos de los puestos de control y albergues provisionales, donde los espacios se hicieron insuficientes. 

El hacinamiento, la falta de higiene y de alimentos suficientes, además de la escasa atención a las solicitudes de refugio, visas por razones humanitarias y de trabajo provocaron motines y fugas, hasta que el pasado marzo el INM anunció que la Guardia Nacional colaboraría en labores de “apoyo a la institución”, tanto en la vigilancia de estaciones migratorias como en retenes y puestos de control. 

Los militares mexicanos empezaron entonces a participar en la contención de personas migrantes. En la ley que regula las acciones de la Guardia Nacional se incluyó un artículo donde se otorgan atribuciones para actuar en aduanas y en la inspección de los documentos migratorios de personas extranjeras a fin de verificar su “estancia regular” en México. 

Estas acciones no fueron suficiente para Trump. El pasado mayo amenazó con imponer aranceles a México como castigo por no frenar la migración. El secretario de Relaciones Exteriores mexicano, Marcelo Ebrard, fue enviado a Washington para negociar la suspensión de esta medida. A su regreso, el ministro anunció el compromiso de “controlar las entradas en la frontera” y “desplegar a la Guardia Nacional por todo el territorio y en especial en la frontera sur”. Estados Unidos y México habían alcanzado un acuerdo. Trump retiró su amenaza. Oficialmente la Guardia Nacional tenía una nueva tarea.

 

La operación 

Controlar 956 kilómetros de frontera en el sur de México es difícil. Más cuando se trata de una frontera donde solo existe una docena de puestos de revisión migratoria y el resto es un continuo de llanos y montañas; en algunos tramos, los ríos Usumacinta y Suchiate marcan la división.

 

Migrantes y comerciantes cruzan de manera irregular desde Guatemala a México a través del rio Suchiate.Encarni Pindado

El Gobierno mexicano envió a esta región a 6.500 integrantes de la Guardia Nacional, que se sumaron a policías locales y agentes migratorios. Las acciones de contención se volvieron entonces estratégicas.

Palenque es el punto de encuentro entre dos de las principales rutas migratorias: la que corre por la Península de Yucatán y continúa por el Golfo de México, y la que parte de un poblado conocido como La Mesilla, ubicado en el centro de la línea fronteriza.  Para avanzar en estas dos rutas rumbo a la frontera norte, una de las vías de movilización que utilizan los migrantes es el tren que parte de la ciudad de Palenque.

El último viernes del mes de junio subieron al tren David Bárcenas y unas 200 personas migrantes más. Subieron Mario Flores y su amigo Samuel, ambos de 17 años; también iban con ellos Irene y su hija de tres años, Yoani. Los cuatro entraban en la categoría de “menores de edad” y “menores acompañados de niños”, los nuevos rostros de la migración. Entre el 1 de diciembre de 2018 y el 30 de junio de 2019, el INM detuvo a 10.135 niñas, niños y adolescentes migrantes: es decir, una de cada diez personas migrantes detenidas en ese periodo era menor de edad. Existe entre los migrantes la creencia de que si llegan a Estados Unidos con hijos será más fácil que les otorguen refugio.

Cuando el tren empieza avanzar de forma definitiva, quienes aún no han subido empiezan a correr para tratar de alcanzar una de las escalerillas metálicas que hay en cada vagón. Los que miran desde abajo contienen la respiración. Un joven migrante se arma de valor, lanza su mochila al tren y se acomoda a la espalda a una niña que parece tener no más de dos o tres años. Corre, corre intentando sujetarse a la escalerilla. La vida de la niña depende ahora de sus propios brazos y de que la fuerza del tren no los succione hacia las ruedas. Son solo unos instantes. Lo logran. Caen los últimos rayos de sol de ese día y el tren se pierde entre la vegetación de este lugar exuberante.

Migrantes centroamericanos abordan el tren de carga en el municipio de Palenque, Chiapas.Encarni Pindado

Pasan unos minutos y la adrenalina entre quienes han logrado subir al convoy empieza a bajar. Todo es oscuridad y el sonido agudo de las ruedas metálicas del ferrocarril ensordece. Sobre los vagones, o entre los espacios que quedan a los costados, las personas migrantes se van acomodando. El vaivén adormece.

A la altura del poblado San Miguel, a unos 20 kilómetros de Palenque, el tren empieza a reducir la velocidad y de pronto se agudiza el rechinido de las ruedas y se detiene casi de golpe. Lo siguiente que viene, además de la sorpresa, son los gritos.

“¡Ejército!”, “¡Están rodeados!”, “¡Están rodeados!”, gritan los integrantes de la Guardia Nacional. Suben rápidamente a los vagones, mientras desde abajo otros uniformados alumbran con linternas. Todo es confusión y ruido de pasos corriendo sobre el techo. Los migrantes tratan de escapar. Quienes van en los vagones traseros alcanzan a lanzarse y caen entre los matorrales. Algunos corren, se esconden, escapan. 

La luz de las linternas alumbran a un militar que arrastra, sujetándolo fuertemente por el cuello, a un migrante que forcejea. Lo sube a una de las camionetas con ventanas de rejas de metal que utilizan los agentes migratorios para trasladar a los detenidos.

“¡Bájalo por atrás!, ¡Bájalo por atrás!”. Más gritos. Poco a poco empiezan a dibujarse entre la luz difusa de las linternas los rostros de quienes antes subieron al tren con la esperanza a cuestas. Mario Flores, Samuel, Irene y la pequeña Yoani están entre los detenidos. La niña se abraza a su madre y oculta el rostro entre su cuello. Ya no caben más migrantes en las camionetas de traslado, Mario y otros son obligados a sentarse en el suelo. Antes de hacerlo, se arranca la camiseta del equipo de fútbol Gimnástico de Honduras. Llora. Un agente migratorio se conmueve y le dice: “No llores, tranquilo”. Pero Mario llora porque, por el momento, su sueño de convertirse en futbolista profesional en algún equipo de Estados Unidos está roto. “Quiero regresar [a Honduras], pero ya con mis metas cumplidas. No me imagino regresar sin nada”, me había dicho horas antes.

Una mujer embarazada y su compañera de viaje, con su hija de tres años, son arrestadas en un operativo de las autoridades.Encarni Pindado

Externalizar la frontera

En México hay un dicho popular: “Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. La principal potencia mundial ha marcado durante décadas la política migratoria mexicana de acuerdo a sus intereses políticos y económicos, dice Daniel Villafuerte, investigador del Centro de Estudios Superiores de México y Mesoamérica. “México, particularmente la frontera sur, ha servido como compuerta a la migración que tiene como destino Estados Unidos. Se abre o se cierra según los intereses del momento del país del norte”. 

En las últimas dos décadas México ha implantado distintos planes y programas que aspiraban a gestionar la migración. Desde el Plan Sur del gobierno del expresidente Vicente Fox (2000-2006), al Programa Frontera Sur con Enrique Peña Nieto (2012-2018); y ahora el Plan de Desarrollo Integral de López Obrador, que se fija en los migrantes de los países de Centroamérica —El Salvador, Guatemala, Honduras— que buscan llegar a Estados Unidos. Todos han implicado detenciones y deportaciones de migrantes. El componente nuevo ahora, señala Salvador Lacruz, director del Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdova, en Chiapas, es el uso de la fuerza militar como una herramienta de contención de la migración en la frontera sur.

 

Noé, de 31 años, con su hija Marlene, de 3, en una celda en del Instituto Nacional de Migración en Comitán.Encarni Pindado

“Cuando yo empecé a observar esto de la Guardia Nacional, esto de la discusión de ser ‘tercer país seguro’, me dije: esto ya lo he visto antes”. Salvador Lacruz es de origen español y durante la última década ha trabajado con organizaciones defensoras de los derechos de los migrantes en Europa, y ahora en Chiapas.

El especialista ve un paralelismo entre los actuales componentes de la política migratoria del nuevo gobierno mexicano, y lo que desde hace algunos años se aplica en Europa: extender las fronteras de los países destino de migrantes a los países de tránsito y utilizar en este proceso la fuerza dura del Estado. 

Saca un mapa y empieza a explicar la llamada externalización de fronteras. La Agencia de Control de Fronteras Europea (Frontex) encarga el control de fronteras y contención de la migración a Marruecos, Libia y Turquía, países de tránsito que son utilizados como trampolín para acceder a Europa. En América, Estados Unidos le entrega esta labor a México, bajo la amenaza de presiones económicas. 

En Marruecos, Libia y Turquía se militariza la contención de la migración, y en México lo hacen a través de la Guardia Nacional. Desde esa perspectiva, señala Lacruz, se ha creado un cinturón de contención fuera del país destino: en la frontera sur de México.

El costo humanitario es muy alto. “Ese es el nuevo escenario en México”, dice Lacruz. Un escenario en el que las imágenes de cientos de policías y militares de la Guardia Nacional desalojando a migrantes de África y Haití fuera de la periferia de la Estación Migratoria Siglo XXI se suma a las de los militares en los centros de revisión migratoria y a su participación en los operativos de detención, como los de Palenque. 

La perspectiva que el Gobierno mexicano da a este escenario desdibuja el costo social y se enfoca en el beneficio económico. En su primer informe de gobierno, el 1 de septiembre, el presidente de México se refería así a la cuestión: “En materia migratoria superamos la amenaza de imponer aranceles y una posible crisis económica, sin violar derechos humanos (…). En los primeros seis meses [de 2019] se captaron 18.000 millones de dólares de inversión extranjera. Ya somos el primer socio comercial de Estados Unidos”.

Comparte:

Podcast: México y el muro de Trump

La caravana refugiada choca contra el muro

Un muro grande ¿y bonito?