Eric Le Roi

La generación perdida de Túnez

¿Qué fue de los casi 6.000 jóvenes tunecinos que se unieron a la yihad en Siria, Irak y Libia?

Laura J. Varo

En Libia
17 de Mayo de 2018

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La foto del hijo mediano no aparece por ningún lado. Mohamed Bourkeb ha preguntado a su esposa, que se queda en casa viendo los culebrones turcos que emite la televisión tunecina mientras él echa las horas en el restaurante-café-jardín que regenta, probablemente el más refrescante de la polvorienta ciudad de Medenin. Nada.

Mohamed dice que ha interpelado también a sus hijas, a ver si entre los recuerdos de la última boda familiar a la que asistió Anuar se encontraba, por casualidad, alguna imagen suya bailando o posando. No le quedan recuerdos, asegura. Hace poco que se cambiaron de casa, así que no hay rastro de la infancia del joven. Para más inri, hacía tiempo que Anouar Bourkeb, soltero, no vivía con la familia. Se había trasladado a Túnez capital antes de salir del país: no hay esperanza de encontrar nada de su rastro.

De Anouar, hermano de dos varones y tres féminas, solo queda la historia del día que marchó de Túnez para acabar muerto en Siria en 2015. “No queremos recordar nada”, dice el padre, flemático en la postura y atropellado en el discurso. “Queremos olvidar el tema”. Anouar cumpliría este año los 32.

Túnez ha perdido una generación que apenas vive en la memoria de quien quiera recordarlos. Entre 2012 y 2017, este país de algo más de once millones de habitantes exportó más combatientes a conflictos en Oriente Medio y el Magreb que ningún otro. A mediados de 2015, unos 5.800 jóvenes de Túnez, hombres y mujeres, habían marchado a luchar, si no a morir, a Siria, Irak y Libia, según datos de Naciones Unidas citados en el informe más completo del Soufan Group. En 2017, la cifra había descendido por debajo de los 3.000, según la organización, dejando el podio a rusos, saudíes y jordanos. Hasta 800 han regresado.

Para entonces, la consolidación de Estado Islámico (EI), antes conocido como Estado Islámico de Irak y el Levante o Daesh (árabe para el acrónimo en inglés ISIS), elevó la preocupación a niveles de trauma en el único país que puede jactarse de haber salido indemne de su Primavera Árabe y cuya población se excusa en practicar una religión moderada, sin tensiones sectarias, frente a la exaltación extremista de grupos terroristas como EI.

“Anouar intentaba contarnos historias sobre el sufrimiento de los musulmanes en Siria”, arranca Malik, de 22 años, el más pequeño de la saga Bourkeb. La marcha de su hermano mayor fue un shock: su padre asegura que aún va al psicólogo para lidiar con ello. “Me quedé anonadado”, dice. “Él me lo enseñó todo”. Eso fue antes de marchar a la capital para hacer el servicio militar, primero, y comenzar su vida laboral como aprendiz de sastre, después.

Desde Túnez, Anouar viajó a Libia, donde, según su padre, le habían prometido un trabajo. Pasó un año en Derna, ciudad oriental donde Estado Islámico logró infiltrarse en primer lugar tras la “revolución” de 2011 que acabó con 42 años de dictadura de Muamar al Gadafi. A la vuelta, durante las tres semanas que pasó en Medenin para asistir al primer enlace de la prole, su familia vio que Anouar había cambiado. “Yo intentaba escuchar, pero sus opiniones no significaban nada para mí”, recuerda Malik.

Es la primera vez que padre e hijo se sientan en la misma mesa a hablar de la pérdida de Anouar, cuya estampa ha quedado impresa solo en la memoria, como la última imagen que vio la familia, borrada ya, a través de un mensaje privado de Facebook. “Vi su foto en Internet”, recuerda el padre, la voz agrietada y las arrugas colmadas de lágrimas furtivas. “Muerto”.

Medenin es la capital de la provincia meridional del mismo nombre, en la frontera entre Túnez y Libia. La ciudad, de unos 100.000 habitantes, es un depauperado centro de operaciones comerciales. Desde aquí se distribuyen las mercancías que llegan del país vecino a través de las villas limítrofes, como Ben Guerdane, y hacia la boyante franja costera. El cruce de caminos resulta también rentable para empresas que convierten el estraperlo sobre el que se sustenta la economía local en tráfico de personas o armas, instrumental para el mantenimiento de redes ‘yihadistas’ en el Magreb y Sahel.

El ejército tunecino a la búsqueda de vehículos que intenten cruzar la frontera.Eric Le Roi

Así ha sido durante décadas, como señala el análisis de casos judiciales elaborado por el Centro de Investigación y Estudio del Terrorismo del Foro Tunecino por los Derechos Sociales y Económicos. El documento apunta a que uno de los factores que explican el calado del fenómeno terrorista es la participación de muchos jóvenes originarios de la región en combates en Irak (entre 2003 y 2009) y, particularmente en Faluya, con el grupo de Abu Musa Al Zarqawi, líder de Al Qaeda en Irak, fundador del germen de EI e ideólogo del sesgo sectario yihadista contra los chiíes.   

El viaje de Abu Basir

Samir Rahmani recuerda la época en la que se largó su hermano. El “señor Samir” teje poco a poco una historia que va desde una cárcel de Zarzis, el puerto de la turística isla de Yerba, único reducto rentable de la provincia, hasta el extinto campo de refugiados palestinos de Naher el Bared, en Líbano.

Habla con el aplomo de hombre de negocios y contactos, respetado en Ben Guerdane, donde vive, y Medenin, donde trabaja. Según Rahmani, su hermano Abu Basir se marchó en 2007 con la intención de combatir a los estadounidenses en Irak. No era una persona religiosa, pero la muerte de su tío en 2004 le había cambiado para mal. Tras aquel fallecimiento, fue detenido por beber y estuvo encarcelado durante un mes. En prisión, asegura Samir, se relacionó con salafistas y, a su salida, empezó a ser vigilado por el Ministerio de Interior.

“Se desmoralizó por el control policial”, explica. La familia le quitó el pasaporte para evitar que viajase, hasta que se lo devolvieron con la esperanza de que pudiese trabajar con su coche en el comercio transfronterizo con Libia. Un día, no regresó. Tenía 32 años.

“No se fue solo”, desvela Rahmani. “Otras diez personas de su misma edad se fueron con él, y antes, por la misma época, hubo otros grupos: era un movimiento organizado para ir a Irak”. Según Samir Rahmani, la intención era entrar en Irak a través de Siria en un momento en que el régimen sirio de Bashar al Asad servía de dique contra la afluencia de combatientes extranjeros hacia el país ocupado. La alternativa fue internarse en Líbano, donde se unieron a Fatah al Islam, grupo palestino que se enzarzó en batalla contra el Ejército en 2007 en Trípoli aprovechando el excedente miliciano suní durante la campaña iraquí.

El testimonio de Rahmani lo respalda una crónica judicial de 2015 donde se cita, entre otros tunecinos, a Abdul-Sadiq Mohamed Rahmani, alias Abu Basir. Según el documento, el grupo viajó de Libia a Turquía, desde donde llegó a Homs, en Siria, para acabar cruzando la frontera libanesa subrepticiamente.  

Para Samir, el hecho de considerar a su hermano un “extremista” no exime de culpa al régimen del dictador Zine al Abidine Ben Alí -que gobernó Túnez durante 23 años, hasta su caída en enero de 2011- y su persecución de los movimientos religiosos constituidos en oposición.

“Ben Alí es responsable de intentar crear una especie de conflicto con los islamistas y allanar el camino para mostrarlos como terroristas. Mi hermano fue víctima de Ben Alí porque no supo entender la religión”, dice. “No había académicos a quien preguntar”.

Aquella política de instrumentalización religiosa y acoso y derribo a organizaciones religiosas mantuvo en jaque no solo a salafistas y otros grupos más o menos radicales, sino también a asociaciones, clérigos, estudiantes y, en definitiva, a todo aquel que conjugase las visitas a la mezquita con la crítica política.

Tunecinos cargando el féretro de un miembro del servicio aduanero que trabajaba en la frontera y que fue asesinado en su hogar por un grupo vinculado a Estado Islámico en marzo de 2016.Eric Le Roi

Prueba de muerte de Anis

Hadi bin Ibrahim padeció aquella psicosis que explica, en buena medida, la resurgencia islamista que vivió a partir de 2011 el Túnez posrevolucionario con el ascenso como organización religiosa de Ansar Sharia, que colocó a los conservadores islamistas de En-Nahda en el poder tras las primeras legislativas y abrió la veda para reclutar a jóvenes a los que enviar a luchar junto a los “hermanos” sirios.   

“Ben Alí era un dictador que quería acaparar el poder y rechazaba cualquier oposición”, dice el padre de familia, envejecido más allá de sus 62 años y a quien se prohibió trabajar después de pasar un año en prisión por hacer apología de aquel islamismo contestatario.

El duelo que la familia Bourkeb evita, Hadi y su esposa Mbark lo han saciado con una elegía. De su primogénito, Anis, conservan un poema escrito junto a la prueba de muerte: la imagen de un cadáver barbilampiño y despeluzado, de ojos inertes entreabiertos y mueca de resignación en los labios. Conservan también, cuidadosamente embalados, los pantalones blancos de chándal y la camisa marrón que solía vestir en la mezquita. Y un nieto, Musa, castaño y de sonrisa tímida.

“Me acuerdo de él cada día”, repite la madre. “Cada día: no puedo olvidarlo”. Anis se fue en 2012, con 30 años. Engañó a la familia, incluida su esposa, sus cuatro hermanos y sus dos hermanas, diciendo que dejaba sus tierras datileras en Gola, una villa en el oasis septentrional de Douz, para asistir a la boda de un amigo en Libia. Un mes después, llamó desde Alepo; luego, cada dos semanas, hasta que un día de 2014 en el teléfono sonó una voz distinta. Anis había muerto.

“No dijimos nada a la policía cuando se fue porque teníamos la esperanza de que volviera”, explica Hadi. “Solo lo discutíamos en la familia, pero todo el pueblo de Gola lo sabía; Anis fue el primero en marchar”. A partir de 2013, en Gola empezó el goteo: al menos otros seis jóvenes de familias cercanas a la de Anis emprendieron su mismo camino. “Cuando nos enterábamos de otros casos —dice Mbark—, hacía una visita a la familia para expresar mis condolencias”. Según el padre, “a los que se iban a Siria se les daba como muertos”.

Los orígenes del éxodo yihadista

En 2012 la deriva de las revueltas en Siria y las imágenes de matanzas por parte del régimen indignaban aún a buena parte del globo. En Túnez, el vacío religioso que se apresuró a llenar el proselitismo salafista había dejado en posición vulnerable a toda una generación de jóvenes menores de 30 años capaces de creer cualquier cualquier cosa que predicara una persona de apariencia piadosa.

En ese contexto, aquella suerte de liberación religiosa derivó en llamadas a la yihad desde el mimbar (equivalente al púlpito en una mezquita) y un latigazo terrorista en forma de ataques, como la incursión en Ben Guerdane en 2016, que acabó por institucionalizar el síndrome de estrés postraumático en Túnez.  

“Tras la revolución, los líderes salafistas encontraron un espacio de libertad que dio inicio a un movimiento salafista en Túnez”, apunta Mostafa Abdelkebir, activista y presidente de la Asociación Tunecina de Derechos Humanos. “El 2013 fue un gran año para ellos: en Túnez reclutaban y en Libia distribuían”. En 2014, dice, 3.000 jóvenes habían abandonado el país para unirse a los combates. La fecha coincide con el recrudecimiento de la violencia y la apertura de un nuevo capítulo en la guerra civil en Libia.

En los carpetones con los que trabaja Abdelkebir se acumulan más de mil expedientes. Cada uno se corresponde con un nombre y una historia, como la de Khaled Zawra, que cruzó la frontera con sus amigos en Ben Guerdane y acabó en Siria. O Alaa, o Anis, o Lotfi… “Nuestro trabajo es encontrarlos porque algunos han muerto y otros han sido detenidos”, apunta.

Según el Soufan Group, unos 4.600 tunecinos han sido apresados o se les ha negado la entrada en Turquía, mientras que las autoridades tunecinas han evitado la salida del país de hasta 12.500. En Libia hay cientos en prisión, también niños: “Libia considera que todos los que fueron allí pertenecen a Estado Islámico, que como cruzaron ilegalmente iban a luchar y son terroristas. Muchos de los detenidos en Sirte o Sabrata [feudos de EI en Libia] trabajaban como camareros u otros oficios, y fueron detenidos y acusados de terrorismo”.

Soldados tunecinos patrullando una carretera de Benguerdane días después de que un grupo ligado a EI atacara la localidad.Eric Le Roi

El dosier libio es especialmente sensible. Los 80.000 vecinos de Ben Guerdane, donde los lazos comerciales y familiares allende la frontera son el motor de la economía y la vida cotidiana, lo saben. En marzo de 2016 un grupo de guerrilleros empeñados en ondear la bandera negra de EI tomó el pueblo durante dos horas, desatando una batalla campal con las fuerzas de seguridad que dejó medio centenar de muertos y la moral de los vecinos por los suelos.

“Nunca habíamos experimentado esta violencia”, cuenta Mohamed, de 31 años, cuyo primo y tocayo, Mohamed Jawhad, fue abatido en aquel enfrentamiento. “Nuestra revolución fue pacífica, el extremismo no es un comportamiento tunecino”. Él mismo observó, como el resto de sus colegas, el viraje progresivo de su primo en la forma de vestir, de comportarse y hasta de hablar: “Conocía a mi primo, era una persona normal, y justo un mes antes de irse, cambió”.

Según Mohamed, su primo se unió a medio centenar de chavales del pueblo que actuaban casi como una secta. “Dejaron de saludar, se sentaban todos juntos en el café, iban a su propia mezquita, durante el Ramadan ni siquiera rezaban con los demás”, recuerda. “Yo no entendía nada, fueron de un extremo al otro”.      

En 2014 Mohamed Jawhad desapareció, hasta que llamó desde Libia para informar a su familia de que se había unido a la lucha. En Libia, Estado Islámico había aprovechado los recursos que otros grupos habían ido implantando en el territorio, como el campo de entrenamiento de Sabrata, a 120 kilómetros de Ben Guerdane por la carretera de la costa. La mayoría de tunecinos que cruzaron la frontera se instruían allí. En febrero de 2016, un bombardeo estadounidense acabó con 37 de ellos y obligó a desmantelar el campo.

Mohamed Jawhad fue uno de aquellos “traidores” supervivientes. Regresó a su propia casa, no arrepentido sino para desatar el caos: padres, tíos, abuelos, vecinos, todos quedaron petrificados ante el espectáculo de ver a sus propios familiares emprendiéndola a tiros en las calles donde habían crecido.

“Todo el mundo se puso de parte de la policía”, dice Mohamed. “No podíamos creerlo, fue algo realmente extraño, especialmente siendo todos de Ben Guerdane; pero hizo que nos diéramos cuenta de que ir a luchar a Siria o Libia no es la decisión correcta”. Mohamed Jawhad dejó en el pueblo a su esposa, que de vez en cuando sale a la calle cubierta por un niqab, y dos hijos de diez y quince años. Su hermano se hace cargo de ellos.

“La familia está más tranquila sabiendo que ha muerto”.

Un miembro de las fuerzas especiales tunecinas asegurando una carretera mientras parte de su equipo persigue a un grupo ligado a EI en la localidad de Chaabania.Eric Le Roi

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