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La gran decepción

El Reino Unido ha dilapidado su imagen con una gestión irresponsable y errática del Brexit

Pablo R. Suanzes

Desde Bruselas
19 de Enero de 2019

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En apenas dos años y medio, el Brexit se ha llevado por delante a un primer ministro británico, a más de media docena de ministros, ha forzado unas elecciones, ha roto por dentro varios partidos políticos y al Gobierno y ha dividido en dos a la sociedad británica. El proceso ha provocado momentos de sorpresa, indignación, rabia, ira, miedo y dolor a ambos lados del Canal. Los europeos han ido atravesando todas las etapas del duelo, una a una, de forma irregular y a menudo circular. Pero si algo define el sentir general de los Veintisiete casi desde el primer día es la decepción. Una gran decepción.

Cuando sonó el despertador la mañana del 24 de junio de 2016, los pocos funcionarios de alto nivel que habían logrado conciliar el sueño despertaron en una pesadilla, en el primer acto de una obra que iba a durar mucho más de lo esperado. La decisión de los británicos, del 52% de ellos, fue un palo durísimo en todo el continente, aunque difícilmente el primero o el último. Los reveses en las consultas habían comenzado con otro referéndum, convocado y ejecutado en poco más de una semana y en medio de una presión asfixiante de autoridades europeas y de los mercados. Fue en Grecia, en verano de 2015, convocado por Alexis Tsipras sobre el acuerdo de rescate que le ofrecía Bruselas.

En aquel caso la UE, que no esperaba la convocatoria, hizo campaña contrarreloj. Tras los choques, la inquina y las humillaciones, la victoria del no, el portazo a Bruselas, fue aplastante, pero pocas semanas después, y con un corralito de por medio, la situación fue revertida y de la voluntad del pueblo griego nunca más se volvió a oír nada.

La del Brexit, una campaña tóxica y llena de mentiras, manipulaciones y técnicas novedosas de uso de datos que ahora es caso de estudio en facultades de todo el mundo, es mucho más conocida. Un Gobierno tan arrogante que creyó posible compensar en unas pocas semanas, sin pasión alguna, décadas y décadas de desprecios, insultos y humillaciones hacia la UE. Una ciudadanía que compró sin demasiadas preguntas un discurso sobre soberanía, sobre el pasado glorioso, sobre la épica, sobre recuperar el control, las fronteras, el respeto.

Pero hubo más casos y muy seguidos. Otras dos consultas ciudadanas: una en Holanda sobre un acuerdo de asociación con Ucrania y otra en Hungría sobre (contra) las cuotas obligatorias de refugiados. Eran y son todavía mucho menos importantes, pero su resultado siguió la misma pauta de rechazo hacia Bruselas, hacia una UE que durante la crisis económica se convirtió en el poli malo que impone austeridad, normas y castigos.  

El último ejemplo, en diciembre de aquel 2016, le costó el cargo al italiano Matteo Renzi, incapaz de comprender a sus paisanos, incapaz de controlar su ego y dispuesto a jugarse, y a perder, el poder y el Gobierno al apostarlo todo a una reforma política y constitucional que no tenía el apoyo suficiente.

La tormenta en la UE era casi perfecta, con Donald Trump recién elegido y Vladimir Putin acosando desde el este, con Estado Islámico cubriendo de sangre ciudades europeas y el populismo aflorando, día a día, en cada Estado miembro. Pero mientras en la mayoría de problemas asomaba la bandera de lo coyuntural, en el fantasma Brexit se imponía el peso de la irreversibilidad.

De drama a despropósito

El Brexit, explicaban desde Bruselas, era una tragedia, un drama. Para el Reino Unido y el continente, para 500 millones de personas. Una decisión sin precedentes en un momento especialmente delicado, con una Europa herida y frágil. Suponía la ruptura de la Unión, del proyecto político más espectacular de la historia contemporánea, capaz de sentar en una mesa para discutir hasta la saciedad las cosas más vitales y las más triviales a quienes durante siglos se habían matado en los campos de batalla.

Entre los expertos de la UE, casi de forma unánime, se escuchaba el mismo discurso. Se venía encima un choque legal y político brutal, teniendo enfrente al Reino Unido, al servicio diplomático más formidable de la Tierra. A un aparato con siglos de experiencia, amplios recursos y un talento inigualable. En Bruselas había un nerviosismo evidente. No estaban —no podían estarlo— preparados para algo así. Los británicos, decían, son muy buenos, son los mejores. Lograrían dividir y no vencer, porque nadie gana con el Brexit, pero lograrían salirse en buena parte con la suya.

Nada más lejos de la realidad.

La gestión del Brexit, desde la convocatoria del referéndum por David Cameron hasta hoy, ha sido un desastre que nadie había imaginado. Una secuencia constante de errores, improvisación, de incompetencia, de falta de planificación y de desconocimiento flagrante de cómo funcionan las instituciones comunitarias, el mercado único o la unión aduanera. Desde la premier a sus negociadores jefe, desde el líder de la oposición a los principales opositores dentro de la propia familia tory. Nadie ha estado a la altura.

El Reino Unido ha hecho el ridículo de todas las formas posibles. En la mesa, en entrevistas, en declaraciones públicas. Con contradicciones, errores factuales e incluso interpretaciones de nivel preescolar. Ha pasado mucho más tiempo negociando internamente que con los Veintisiete o con Michel Barnier, negociador jefe de la UE. Dos años y medio después del referéndum y casi dos años después de la activación del Artículo 50 del Tratado de la UE mediante una carta formal, enviada el 19 de marzo de 2017, Londres ha sido incapaz de decidir qué es lo que quiere, qué aspira en el futuro, a qué está dispuesta a renunciar y cómo.

Gran Bretaña ha ido superando las fases de la negociación siempre a remolque. Papelón tras papelón, renunciando una a una a todas las líneas rojas, a la retórica soberbia, a los desafíos. Los titulares de los tabloides de hace 24 meses estaban plagados de orgullo, de suficiencia, de amenazas de “aplastar” a la UE si no ofrecía un trato justo. Ahora hay consternación, nervios, historias sobre movilización de reservistas o desabastecimiento a partir de abril. Y la sensación, creciente, de que en realidad esto nunca tuvo mucho que ver con la UE.

“Gran Bretaña es pequeña”

La primera ministra británica, Theresa May, se dirige a los periodistas tras superar la moción de censura planteada por los laboristas.Matt Dunham/AP

Londres siempre fue un socio peculiar. Que optó por permanecer al margen de muchas de las políticas comunes, desde el euro a ciertas cuestiones de Interior o sobre refugiados. Nunca hubo el espíritu que se puede ver desde España a Rumanía. Siempre prevaleció la desconfianza, el utilitarismo, el pragmatismo y un rechazo, imbricado en el ADN de los isleños, contra ese gobierno burócrata de Bruselas presuntamente responsable de casi todos sus males. Pero el malestar, la rabia y la impotencia tenían otras causas.

“La ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea está demostrando ser otro acto de negligencia moral por parte de los gobernantes del país. Los partidarios del Brexit, que persiguen una fantasía de fortaleza y autosuficiencia de la era imperial, han revelado en repetidas ocasiones su arrogancia, tristeza e ineptitud”, escribía estos días el ensayista indio Pankaj Mishra, denunciando una “arrogante obstinación que impuso un calendario patético y estableció líneas rojas que socavaron las negociaciones”. Algo que, por desgracia, no es una novedad. “Ese patrón de comportamiento egoísta y destructivo por parte de la élite británica asombra a muchas personas hoy en día. Pero ya se manifestó hace siete décadas durante la salida precipitada de Gran Bretaña de la India”, concluyó el intelectual indio con dureza.

“Lo que vemos con la niebla de las fantasías al fin disipándose es la verdad de que el Brexit tiene mucho menos que ver con la relación de Gran Bretaña con la UE que sobre la relación de Gran Bretaña consigo misma. Es la proyección hacia el exterior de una agitación interior. De un sistema político arcaico que seguía hacia adelante mientras sus fundamentos se desmoronaban. El Brexit solo ha hecho un verdadero servicio: ha obligado al viejo sistema a lavar sus trapos sucios en público. El espectáculo es feo, desagradable, pero al menos muestra que un Estado de cuatro naciones centrífugas no puede ser gobernado sin un cambio social y constitucional radical”, escribió Fintan O’Toole en una columna en The Guardian.

La misma idea, en un tono más agresivo, menos literario y nada compasivo, la defendió en Politico Ryan Heath: “Olvídese de las ilusiones de que este drama tiene que ver con protocolos comerciales, los derechos de residencia o el estado de la frontera irlandesa. El histrionismo en el Reino Unido ni siquiera tiene que ver realmente con su inminente salida de la Unión Europea, o con los tenues intentos de Theresa May por aferrarse al poder. Brexit es la historia de un antiguo y orgulloso poder imperial que atraviesa una crisis de la mediana edad (…). ‘Gran Bretaña es especial’, dijeron los partidarios del Brexit a los ciudadanos, que votaron en consecuencia. Los últimos dos años han revelado algo diferente: por primera vez en la historia moderna, Gran Bretaña es pequeña”.

Esa sensación es cada vez más compartida en Bruselas y el resto de capitales continentales. Se ha visto especialmente con lo ocurrido en los últimos días en Westminster, un Parlamento excepcional, con ritos, códigos y procedimientos extraordinarios, fascinantes, que evocan lo mejor de la democracia, el debate y las instituciones, pero que se adaptan con problemas a la realidad del siglo XXI.

Theresa May perdió de forma abrumadora y humillante una votación clave, el meaningful vote, sobre el acuerdo que tan fatigosamente la Comisión Europea sacó adelante tras 18 meses de intenso trabajo. Lo hizo la Comisión, porque aunque siempre hubo dos partes en la mesa, fue el equipo de Michel Barnier el que llevó las conversaciones, la agenda, los temas; fue el que redactó las 585 páginas del Acuerdo de Salida y la Declaración Política para una Relación Futura. Cubriendo las incapacidades, distracciones y falta de liderazgo del otro lado.

Los halcones británicos, antes incluso de empezar la negociación, hicieron limpieza en sus propias filas, sacando de la primera línea a quienes más y mejor conocían la UE, los tratados, las reglas. Funcionarios, técnicos o embajadores que eran sospechosos, demasiado cercanos a Europa. May puso al frente del Brexit a David Davis, demasiado ocupado con su carrera y sus intrigas como para remangarse y ponerse a trabajar mano a mano con Barnier. El resultado fue un desastre.

Ningún escenario bueno

Manifestantes en contra del Brexit ondean banderas frente al edificio del Parlamento en Londres el pasado diciembre.Tim Ireland/AP

Con 70 días por delante hasta la salida oficial de Reino Unido, el 30 de marzo, quedan solo tres escenarios. El primero es el no-deal, el no acuerdo. Ruptura por las bravas y caos asegurado. El Reino Unido puede sobrevivir y vivir sin la UE, pero si se hace mal, las primeras semanas, los primeros meses, pueden ser un infierno. Colas en aeropuertos y fronteras, problemas de abastecimiento en los supermercados, decenas de miles de disputas legales. No se puede deshacer por las malas una relación de 40 años; las culturas, las leyes y la vida del país son indisociables de las de sus vecinos. Nadie quiere pensarlo siquiera, aunque haya voces irresponsables que quieran minimizar su impacto. Pero es muy posible que ocurra.

La segunda opción, complicada, es que Theresa May de alguna forma logre convencer en las próximas semanas a doscientos diputados para que cambien de idea. Nadie sabe cómo o a cambio de qué.

La tercera, a estas alturas inevitable si se le pregunta a cualquier diplomático europeo, es que el Reino Unido tenga que pedir una extensión del polémico Artículo 50, activado en marzo de 2017 y que fija un plazo de dos años para concluir las negociaciones. Puede haber prórroga si los Veintiocho están de acuerdo, pero la cuestión es para qué. Hasta ahora, la postura en Bruselas es que se podía conceder para garantizar el proceso de tramitación parlamentaria en Westminster del Acuerdo de Salida, pero este se halla aún bloqueado. Se podría usar si por ejemplo se tuvieran que celebran elecciones, o por un referéndum. Por algo concreto. Pero según se acerque la fecha de expiración del plazo, una extensión para evitar el caos parece razón más que suficiente.

Ahora mismo, no queda ningún escenario bueno. Una prórroga significa abrir otra caja de Pandora. En mayo hay elecciones europeas y si el Reino Unido sigue en la UE, en teoría debe participar en ellas. Hay informes legales que dicen que como la primera sesión de la nueva Eurocámara no tiene lugar hasta julio, se podría ganar tiempo hasta entonces sin que el Reino Unido tuviera que celebrar comicios europeos. Otros análisis dicen que incluso se podría ir más allá de esa fecha. Pero todo genera enormes problemas logísticos, políticos, de credibilidad y de respeto.

La UE se enfrenta a demasiados problemas, algunos de ellos existenciales, pero lleva dos años distraída, abducida, por el Brexit. Diplomáticos, funcionarios, analistas y periodistas dedican el grueso de su tiempo a seguir la cuestión británica y no el resto de temas prioritarios. En la mayoría de las capitales están hartos. Con la fatiga, el rencor y la impotencia llegan errores, precipitaciones y decisiones que lamentar. Las instituciones tienen una capacidad importante de permanecer sobrias, pero crisis recientes demostraron que ante un desgaste continuo nadie mantiene la cabeza fría siempre.

Bruselas tiene muchos mantras, pero el más realista de todos es que “si hay voluntad, hay vida”. Incluso en los momentos más tensos, más difíciles, cuando todo parece perdido, a última hora de la madrugada se ilumina una vía. Hay tiempo para evitar que el Brexit sea un drama para el continente. Ya es desde muchos puntos de vista una tragedia, una catástrofe, pero Europa puede sobreponerse.

El Reino Unido era el miembro más incómodo, el que siempre se quejaba y ponía problemas, el que se creía mejor, especial, único —y exigía un trato en consonancia. No era el miembro más querido, pero sí uno de los más admirados. Por su pasado y su entereza, por su visión y su eficiencia. Por su liderazgo en momentos difíciles y su pragmatismo. Por ser el contrapeso al eje franco-alemán. Por bajar a tierra los debates filosóficos. Por el vínculo transatlántico. Por sus expertos y sus abogados. Por la sobriedad de sus líderes y la riqueza de sus debates. Por su amor a la tradición y su respeto por el orden y la ley.

Los últimos 30 meses han erosionado esa imagen de forma desoladora y sustituido en los comentarios el tono de admiración por otro con un deje cínico y condescendiente sin precedentes. Dejó escrito Churchill que el precio de la grandeza es la responsabilidad, y si algo se ha echado en falta estos últimos años es precisamente eso, responsabilidad y sentido de Estado y de la Historia. En los partidos, en los gobernantes, en los opositores y en los medios.

De ahí la decepción, la gran decepción.

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