Juan Carlos Tomasi

La revolución del Nilo Azul

La última masacre en Etiopía deja cincuenta muertos. ¿Qué hay detrás de las protestas contra el gobierno que están incendiando el país africano?

Xavier Aldekoa

Océano África
03 de Octubre de 2016

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La mañana del 7 de agosto, Abeba y Tsegaye desayunaban juntos como hacían habitualmente. A mediodía, uno de los dos estaba muerto. 

El día había amanecido normal en la ciudad de Bahir Dar, en el norte de Etiopía; quizá más parco en palabras. Las bromas habituales entre los dos amigos, la charla relajada sobre el último partido de su Real Madrid o los preparativos para acoger a un grupo de turistas dejaron paso a una rabia callada y a una conversación furtiva sobre la política en Etiopía, el hartazgo y la manifestación que desde las redes sociales se cocía para ese día en la ciudad. En aquel desayuno, la muerte no avisó de que estaba a punto de llegar. 

Cuando recuerda aquel día, Tsegaye, de 34 años, aún niega con la cabeza. Dice, y suena a casi disculpa, que él no estaba preparado para morir, por eso no salió a la calle. Quizá Abeba, de 23 años, tampoco lo estaba, pero cuando horas después, en medio del fervor de la manifestación, subió a un mástil para quitar la bandera de Etiopía con una estrella en el centro, establecida tras la llegada al poder del actual Gobierno hace 25 años, se oyó un disparo y su cuerpo cayó a plomo sobre el asfalto. En la mano, Abeba aún tenía agarrada otra bandera: la etíope con el león de Judá en el centro, el símbolo imperial desde tiempos del reino de Aksum, en el siglo IV, hasta el emperador Haile Selassie, destronado en 1974. La bandera de la revolución del Nilo Azul.

Etiopía, ejemplo de estabilidad en la última década, aliado fiel de Occidente y una de las economías que más rápido crecen de África, vive sus tiempos más convulsos desde la violencia postelectoral de 2005. Las protestas antigubernamentales en las regiones oromo y amhara, las dos principales etnias del país, se han extendido en los últimos meses a varias ciudades de Etiopía. Los manifestantes exigen reformas políticas, libertad e incluso la caída del Gobierno. Las respuestas desde Addis Abeba han sido dos: pólvora y sangre. Desde noviembre de 2015, cuando estalló la rebelión, al menos quinientas personas han muerto en choques con la policía, decenas de miles han sido detenidas y cientos han desaparecido.

 

 

Al oír las cifras, Tsegaye deja escapar una sonrisa amarga. “Aquí todos sabemos que la cifra real de asesinados supera con creces el millar; y también todos conocemos a alguien que ha sido detenido y torturado”.

La última masacre es reciente. El pasado domingo 2 de octubre, al menos cincuenta personas murieron cuando la policía utilizó gases lacrimógenos y disparó al aire para dispersar una manifestación antigubernamental en Bishoftu, una ciudad oromo a cuarenta kilómetros de Addis Abeba. Al escuchar las detonaciones, los presentes huyeron despavoridos y varias decenas cayeron en zanjas de quince metros de profundidad cercanas a la explanada donde se habían reunido miles de personas. Muchos murieron aplastados.

En el salón de su casa, a resguardo de la red de espías y policía secreta que peina el país sin descanso, Tsegaye recuerda técnicas de torturas sufridas por colegas e incluso violaciones a las chicas detenidas. “A un amigo le quemaron con hierros calientes, a otro le tiraron agua hirviendo por la cabeza; apenas les daban comida, pasaron días en habitaciones a oscuras y dormían en el suelo”. A muchos manifestantes se les aplica la ley antiterrorista aprobada en 2009, que da manga ancha a los abusos. Grupos de derechos humanos como Amnistía Internacional o Human Rights Watch han denunciado la represión del Gobierno etíope y las agresiones a la libertad de expresión, con detenciones de periodistas, activistas y blogueros, y el bloqueo de internet y redes sociales.

Para el turista, Etiopía es un destino seguro y fascinante; sigue siendo así pese a las protestas. Para el local crítico, en cambio, es una dictadura implacable, un país de susurros, donde si la crítica llega a los oídos equivocados, desapareces.

 

En Delgi, una aldea al oeste del lago Tana, Getenet mezcla esos susurros con disparos al aire. A pocos metros, unos hombres y mujeres envueltos en túnicas blancas rezan junto a un féretro de color marrón claro envuelto en una manta roja con adornos dorados y, de vez en cuando, alguien dispara su kaláshnikov hacia el cielo como muestra de duelo. “Es otro hijo asesinado de la revolución”, dice Getenet. El joven del ataúd, cuenta, fue abatido por la policía en las manifestaciones del día anterior en la histórica ciudad de Góndar, otro de los puntos calientes de las protestas amhara. Getenet es operario del puerto y trabaja en el ferry que cruza cada jueves el lago de norte a sur; también es amhara hasta la médula. “Somos un pueblo pacífico, ni siquiera queremos poder o riquezas; solo pedimos libertad y respeto”. En el alma de la revuelta está la ira porque los tigray, apenas un 6% de la población, controlan el Gobierno, el Ejército y los puestos claves de la administración y marginan a otras etnias como los oromo y las arhama, que entre ambas suman dos tercios de los cien millones de etíopes. El año pasado, el Gobierno del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, comandado por el primer ministro Hailemariam Desalegn, consiguió el 100% de los asientos del Parlamento.

Orígenes de la rebelión

Pero más allá del olvido, las carencias democráticas o el abuso de poder, para encontrar la razón de la actual rebelión hay que mirar al suelo: a la tierra. Aunque coinciden en el tiempo y han empezado a sumar esfuerzos, las causas oromo y amhara nacen de dos partos distintos. La rabia oromo se desbordó en noviembre de 2015 tras el anuncio de un plan de urbanización en Addis Abeba que implicaba la absorción de fértiles territorios de Oromia para permitir la expansión de una ciudad en rápido crecimiento y la construcción de nuevas infraestructuras.

 

 

El recuerdo de expropiaciones forzosas, con el desplazamiento de pueblos enteros sin compensación —y aquí entra en juego la corrupción de los poderes locales—, hizo explotar la rabia oromo. Aunque luego el Gobierno se desdijo y anuló su plan urbanístico, ya era tarde. Desde entonces, las protestas oromo, y la represión gubernamental, no han dejado de crecer.

La furia amhara es más reciente. Estalló el pasado julio tras la detención bajo el pretexto de terrorismo de uno de los líderes de Wolqait, una región administrativa históricamente amhara que fue absorbida por la provincia vecina, tigray. Desde ese día, las protestas en la región amhara han cerrado los negocios durante semanas y han provocado una lluvia de piedras sobre la policía.

En Dek, la mayor isla del lago Tana, Stefanos se cala una gorra roja con rayas de colores para protegerse del sol. Como ha llegado temprano al mercado de los viernes, ha conseguido uno de los mejores sitios y ofrece su mercancía, apenas unas especias, un saco de sal y un puñado de patatas y cebollas sobre una tela en el suelo. “Aquí odiamos al Gobierno”, suelta de entrada. Stefanos habla tranquilo porque allí todos se conocen. Le da rabia, dice, que se hable de Etiopía como un éxito económico, cuando en su tierra siempre han sido pobres. Ante la pregunta de si la situación para ellos es peor, le pone piel: “Aquí la gente cultiva el campo y cuida sus rebaños. Antes el mercado era más grande, pero cada vez es más pequeño; no hay dinero”.

Las protestas en la región amhara han cerrado los negocios durante semanas y han provocado una lluvia de piedras sobre la policía

La chaqueta desgastada de Stefanos, como el porte humilde de los demás comerciantes o los pantalones rotos de los pastores que negocian por sus vacas o cabras, contrastan con los buenos datos económicos cuando se abre el zoom. Al referirse al progreso económico de Etiopía, el director en el país del Banco Mundial, Guang Z. Chen, no dejó dudas: “El rendimiento global sigue siendo impresionante”.  Algunos economistas incluso califican al país como “el león africano” y dan credibilidad al ambicioso plan del Gobierno para convertir a Etiopía en un estado de renta media para 2025.

El Ejecutivo se ha puesto manos a la obra y quiere dejar atrás los tiempos en los que la caja se abría solo por las exportaciones de café. No solo dirige el sector privado a su voluntad, también ha impulsado las inversiones en infraestructuras, la industria textil, servicios, salud o educación con una política de préstamos bancarios gubernamentales, y ha gestionado con habilidad la lluvia de ayuda para el desarrollo de Estados Unidos, Reino Unido y Europa, además de apuntalar las inversiones externas de India, Turquía y especialmente de un gigante con bolsillos de oro: China.

 

 

Detrás de ese plan de crecimiento había una mente afilada para los negocios. Y el tiempo verbal en pasado también ayuda a entender por qué Etiopía tiembla hoy. El exlíder rebelde Meles Zenawi, primer ministro durante diecisiete años y fallecido en 2012, fue quien tejió la red capitalista para hacer alimentar la maquinaria etíope, pero también era un viejo zorro de la táctica política y una figura temida. Cuatro años después de su muerte, aún lo es. En Sekela, un pueblo a las afueras de Bahir Dar, Mengesha, un joven ingeniero juraba y perjuraba que Zenawi tenía poderes sobrenaturales. “Podía leer la mente de los demás, incluso podía leer el futuro. Era un tipo siniestro, bebía la sangre de sus enemigos y hacía pactos con el diablo”.

Más allá del mito, Zenawi sí tenía una habilidad: sabía detectar como nadie cualquier conato de disidencia y actuaba rápido. A la primera señal temprana de rebelión, enviaba a emisarios para comprar alianzas y zanjar el descontento.

Las causas oromo y amhara han entrado de lleno en el juego geopolítico mundial

Una pregunta, prácticamente una sospecha, explica por qué la represión del Gobierno etíope no ha levantado excesiva indignación internacional. Habtamu fue el primero de muchos en lanzarla al aire. En unas sillas de plástico bajo un árbol, delante de unas cervezas y una enjira (pan típico de la zona) con tortilla en la aldea de Konzola, este joven desempleado de veinticinco años explicaba casos de amigos desaparecidos, de detenciones masivas y abusos de autoridad, cuando clavó su pregunta casi a traición. “Oye, una cosa, ¿todo esto llega a la comunidad internacional? ¿Se sabe lo que pasa aquí?”.

La mano dura de Etiopía ante la disidencia ha dejado en una posición incómoda a Occidente, que amenaza con sanciones o pide contención al Gobierno, pero quiere evitar a toda costa otro terremoto en la región. El país africano no solo es un fiel aliado —Estados Unidos tiene una base militar en suelo etíope—, sino que también es una pieza clave en la lucha contra el yihadismo en la zona, donde acecha Al Shabab. Es un oasis de estabilidad en una región con países a la deriva como Somalia, Sudán o Sudán del Sur. Además, Addis Abeba se ha convertido en un centro diplomático de primer orden, con la sede de la Unión Africana en lo más alto, y acoge conversaciones de paz de los estados vecinos.

Las causas oromo y amhara han entrado de lleno en el juego geopolítico mundial y Occidente, aunque especialmente Estados Unidos, se revuelve incómodo en la silla. De momento, ante la represión de un país amigo, solo palabras. Solo susurros.

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