Anna Surinyach / MSF

Refugiadas

Las mujeres sufren más que los hombres en su huida de la guerra, pero sus historias no se oyen.

Marta Arias

En movimiento
08 de Marzo de 2016

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Los meses que Fátima había pasado cruzando Europa podían medirse por el grosor de su tripa. La noticia de su embarazo coincidió con su huida de Siria, pero ni siquiera eso pudo retenerla más en un país asediado por las bombas. Sus padres habían muerto a causa de uno de esos impactos y ella había perdido el rastro de su marido al poco de casarse.

Durante un tiempo realizó la travesía sola, sin más compañía que la de su futuro bebé, hasta que encontró a un familiar lejano que la invitó a unirse a su grupo. La joven, de 24 años, decía sentirse más segura desde que viajaba con ellos, y agradecía que le dejaran colocar una pequeña tienda individual en el centro de todos. Una pequeña victoria en forma de privacidad; toda la privacidad que una situación humanitaria como esta puede ofrecer.

Fátima cuenta su historia de forma inconexa. Con frases sueltas y los ojos vidriosos. Porque no es ella quien la cuenta. Cuando la rabia de su recuerdo le lleva a alargar su relato más de lo habitual, baja la mirada como si se avergonzara. Se detiene. Y vuelve a escudarse en la persona que, aunque transmitiendo un dolor que ambos sienten compartido, ejerce casi de ventrílocuo, poniendo voz a sus lágrimas. Ambos han recorrido un infierno parecido, pero esa persona tiene algo que la joven no. Esa persona es un hombre.

La actitud de Fátima no es es una excepción. Instituciones y oenegés alertan de que la voz de estas mujeres queda a menudo sepultada por la de los hombres. Numerosos casos de violencia sexual quedan en el olvido por miedo a compartir el testimonio.

En esta crisis de refugiados, las mujeres son minoría, pero no son pocas. Según la Agencia de la ONU para los Refugiados, de las 1.015.078 personas que se estima que llegaron a Europa a lo largo de 2015, el 17% eran mujeres y el 25% niños (y niñas). En lo que va de 2016, el porcentaje ha subido y las mujeres ya rondan el 20%, y los menores el 36%. En España, el 39% de los solicitantes de asilo el año pasado fueron mujeres, la cifra más alta de los últimos años, según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado.

Una refugiada siria con su bebé en un autobús en la frontera entre Serbia y Macedonia.Anna Surinyach / MSF

El origen

“Imagina que tu marido o incluso tu padre te violan. Que tu matrimonio es concertado y que no estás al mando de tu propia vida. Que puede que tengas derecho a una educación pero no a un trabajo, y por tanto dependes de tu marido para tener cualquier tipo de ingreso. Imagina además que vives en un país donde caen bombas. Y que tienes que huir de tu hogar con tus hijos. Y que llegas a un campo de refugiados donde todos los espacios —incluidos los sanitarios— son compartidos. Y que te vuelven a violar. Y que la situación continúa así porque no hay forma de volver a casa. Haces la maleta de nuevo, y sigues el camino. A Turquía. A Grecia”.

Así denunciaba Ulrike Lunacek, eurodiputada austríaca del grupo de los Verdes, la situación de vulnerabilidad y riesgo añadido a la que se enfrentan las mujeres. “Cuando hablamos de refugiados, tendemos a pensar solo en los hombres por una cuestión del lenguaje”, recordaba en Bruselas la semana pasada.

No solo es la guerra lo que empuja a miles de mujeres de todo el mundo a huir de sus hogares. Son los 125 millones de casos de mutilación genital femenina registrados por la OMS en 29 países de todo el mundo, son los 15 millones de niñas menores de 18 años que cada año se ven forzadas a contraer matrimonio, son los 150 millones de niñas en el mundo que han sufrido algún tipo de violencia sexual, son los atentados contra adolescentes que solo quieren estudiar, son los ataques con ácido a mujeres por el mero hecho de serlo.

El camino

Las oenegés alertan de que la actitud de Fátima no es excepcional. Las mujeres muestran mayor reticencia que los hombres a contar su historia, sobre todo si entran en juego agresiones sexuales. El miedo al ostracismo, la vergüenza o incluso el temor a que esa agresión sea considerada como un fallo por su parte en la preservación de su virginidad e integridad moral les llevan a guardar silencio.

Una refugiada junto a su hija después de llegar en una barcaza a la isla griega de Lesbos.Anna Surinyach / MSF

En Siria, las mujeres se han convertido en víctimas de todos los bandos. En República Centroafricana, soldados europeos (algunos franceses) han sido acusados de violar a niñas. En la ruta de los refugiados, territorio europeo incluido, las refugiadas se enfrentan cada día al riesgo de acoso, explotación y violencia sexual. Amnistía Internacional denunciaba recientemente casos de hombres que observaban a mujeres mientras estas iban al baño en centros de recepción de Alemania, y cómo algunas optaban por no comer o beber para evitar tener que hacer uso de estos espacios.

El destino

Pero la desigualdad no termina con el fin de la ruta. Según un estudio realizado por la Comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad de Género del Parlamento Europa (FEMM), también el sexo interfiere en la solicitud de asilo. Una de las principales causas de su vulnerabilidad a la hora de pedirlo tiene que ver con el hecho de poseer menos pruebas tangibles que los hombres para aportar en su solicitud, sobre todo en cuestiones relativas a la violencia de género. A menudo solo pueden aportar su historia pero no pruebas físicas, mientras que los hombres ostentan otros elementos como la pertenencia a un determinado partido político.

Las cifras, no obstante, deben ser tomadas con cautela. Si ya es difícil contabilizar todo un éxodo de personas, esta separación por edades o géneros no hace sino complicar la tarea. En muchos casos es el marido quien pasa por todos los trámites de reconocimiento de asilo, pensando que después su familia podrá unirse sin problemas gracias a la reagrupación. Pero oenegés e instituciones recuerdan la necesidad de informar a las mujeres sobre su derecho propio a realizar estas solicitudes. Porque es precisamente esa falta de datos la que ralentiza la toma de medidas específicas para mujeres, y la que obliga a Fátima a seguir siendo dependiente.

Una refugiada discapacitada en un bloqueo en la frontera entre Serbia y Croacia.Anna Surinyach / MSF

Este viernes 11 de marzo a las 18:30 charlamos sobre la situación de la mujer en los conflictos. Acércate al vermut-coloquio que hemos organizado con Cristina Sánchez, Trinidad Deiros, Anna Surinyach, Marta Arias y Maysun en la Champañería María Pandora (Plaza de Gabriel Miró 1, Madrid). Entrada libre hasta completar aforo.

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