Jerome Delay / AP

Terror en el nombre de Dios: los orígenes

De Afganistán a Siria: recorrido histórico por el yihadismo contemporáneo

Mónica G. Prieto

En Asia
20 de Septiembre de 2017

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la violencia más temida del siglo XXI

Terrorismo yihadista

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El sonido de las aspas del helicóptero sesgando el aire inunda los primeros segundos del vídeo, grabado en 1979.

Una engolada voz en off anuncia el viaje de Zbigniew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional del entonces presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, a Pakistán para “agrupar una resistencia”. El aparato toma tierra frente a una explanada, donde aguardan oficiales pakistaníes embutidos en sus uniformes verde oliva y gris. Muyahidines afganos también esperan al extranjero, vestidos con el tradicional shalwar kameez y con las cabezas envueltas en turbantes.

El contraste no puede ser más radical. Del helicóptero baja, altivo y engominado, el calculador Brzezinski. Con los ojos ocultos por gafas oscuras de diseño, estrecha las manos de los salafistas antes de proceder a dar su discurso ante los rostros pétreos y curtidos por el desierto de los combatientes islamistas.

“Conocemos vuestra firme creencia en Dios, y confiamos en que vuestra lucha tendrá éxito”, vocifera en inglés, mientras un traductor convierte sus palabras en pastún para que las pueda digerir aquella extraña audiencia con largas barbas y expresión taciturna. “Esa tierra que hay allí es vuestra, y volveréis a ella porque lucháis para triunfar, para recuperar vuestras casas y vuestras mezquitas”, añade alzando el dedo índice en dirección a Afganistán. “Porque vuestra causa es justa, y Dios está de vuestro lado”.

Apenas habían pasado seis meses del inicio de la invasión soviética de Afganistán cuando la Administración norteamericana vio tras aquella aventura militar de Moscú una oportunidad única para debilitar a su mayor enemigo mundial. Brzezinski, astuto e influyente político norteamericano de origen polaco, fue el ejecutor de lo que él consideraba un plan maestro: armar a los muyahidines o guerrilleros islámicos —embriones después del movimiento talibán— , una milicia sin fronteras, con el objetivo de devolver Afganistán, sometida por los delirios geoestratégicos de la URSS comunista, a la umma, la comunidad islámica. Para Brzezinski, el único objetivo era derrocar a la URSS.

Un afgano cruza el legendario paso de Khyber, en la frontera entre Pakistán y Afganistán, que vio cómo miles de refugiados huían de la guerra.AP

Pakistán puso el capital humano: decenas de miles de refugiados llegados a sus fronteras dispuestos a recuperar “sus casas y sus mezquitas”, como lo definió Brzezinski. Arabia Saudí puso los petrodólares y la ideología wahabí que rige en el reino desde su creación, en 1932. Estados Unidos puso las armas y les dio la legitimidad, hasta el punto de que los ahora malvados islamistas eran, en la prensa de la época, los “luchadores por la libertad”.

Los voluntarios salafistas no tardaron en llegar de todo el mundo para consumar su obligación de defender a la umma de una agresión externa y ayudar así a los combatientes de Dios a recuperar sus mezquitas ante la invasión de un gobierno infiel y antislámico. Pero aquella formidable fuerza humana requería cierta organización para tener éxito. Fue un respetado combatiente saudí de origen yemení, Osama bin Laden, quien fundó en 1988 Al Qaeda (La Base), y contribuyó a proporcionar formación militar en campos de entrenamiento vistos con buenos ojos por Washington: llegó a haber hasta 120 en territorio afgano. Por ellos pasaron miles de salafistas, cada uno con su yihad en la cabeza, sin saber aún de todas las que vendrían en la siguiente década de la mano de su entonces aliado. Aquel Gobierno estadounidense que reconocía que “Dios está de vuestro lado” y sus socios occidentales se convertirían en el único, el primordial enemigo kafir (infiel) a combatir.

El origen de la bestia

¿De dónde salen? ¿Qué les hemos hecho? ¿Por qué nos odian? Occidente se lo pregunta una y otra vez. Sería más fácil pensar que son simplemente psicópatas pero, como ocurría con Hitler y las SS, lo más inquietante es saber que son individuos mundanos. Seres vulgares que han moldeado una interpretación medieval del islam para justificar su ambición de poder, legitimados por una percepción de injusticia sustentada en agravios históricos que no cesan de multiplicarse —la última, la ofensiva contra la comunidad musulmana rohinyá a manos de budistas birmanos ante la pasividad de la comunidad internacional—, y reforzados por el surgimiento de estructuras con poder, ya sean Al Qaeda, Estado Islámico o Boko Haram, entre centenares de grupos de ideología salafista violenta.

No es el propósito de este texto alimentar una teoría conspirativa que responsabilice a Estados Unidos de la creación de Al Qaeda, porque no fue así. Se ignoró la existencia de factores que promovían la expansión de una corriente religiosa que, en la década de 1960, era una minoría insignificante en el islam. Se promovieron las injusticias, las masacres de musulmanes y el doble rasero. Se permitió que la doctrina wahabí se expandiera a todo el mundo, en lugar de promover propuestas alternativas. La violencia yihadista no es mayoritaria en el mundo islámico, ni siquiera una parte sustantiva, pero cada episodio de violencia contra la umma (desde China a Estados Unidos, desde Filipinas a Birmania, desde Afganistán a Yemen, desde Palestina hasta el Cáucaso) recluta a candidatos para esta yihad sin fronteras.

“La palabra yihad tiene tres significados en árabe, por eso es mencionada en 41 aleyas o versículos del Corán. Uno se refiere al esfuerzo por contribuir a la sociedad, otro a la acción con un fin positivo, y un tercero se refiere a la guerra santa”, explica el clérigo iraquí Yaroub al Samarrai. “En el caso de una amenaza interna (un Gobierno injusto, por ejemplo) no se recomienda la yihad, con el objetivo de preservar la estabilidad de la comunidad. En el caso de una amenaza exterior, una invasión militar por ejemplo, se contempla la yihad al dafa, o guerra santa defensiva,  como una obligación individual y colectiva. Hay que defender a la umma y no hay que pedir permiso para ello. Pero la yihad al talab u ofensiva, lanzada fuera del territorio atacado, es una decisión individual. La cuestión es ¿quién decide el tipo de amenaza?”.

En el caso de la invasión soviética, Afganistán se convirtió en el tablero de la yihad internacional, un lugar donde poner en práctica las enseñanzas de Ibn Taimiyya, un estudioso sirio del siglo XIV considerado el padre del salafismo violento —condonó la lucha contra los musulmanes injustos—, de Mohammad ibn Abed al Wahab —fundador del wahabismo, un saudí nacido en el siglo XVIII, ideólogo del monoteísmo islámico y promotor, sin renunciar a las armas, de la pureza del islam— o de los ideólogos de los Hermanos Musulmanes egipcios, Sayyed Qutb y Hassan al Banna. También pesan los escritos de Abul Ala Maududi, político y teólogo pakistaní del siglo XX que apostó por la sharía como forma de Gobierno.

“El salafismo es una visión filosófica del islam que pretende recuperar las prácticas de las tres primeras generaciones del islam, conocidas como as‑salaf as-saliheen o los píos predecesores”, explica en su libro Salafi-Jihadism el británico Shiraz Maher, exmiembro de Hizb ut-Tahrir, una organización salafista no violenta con presencia en todo el mundo islámico, y experto en radicalización del Instituto Real de Londres. “El salafismo original no era violento. No promovía las revueltas contra quien ostenta el poder, sino la reislamización de la vida diaria”, explica por su parte Gilles Kepel, autor prolífico y experto en religión.

Así fue en las primeras décadas de resurgimiento de la ideología. “En la primera mitad del siglo XX, el islam político, el salafismo, estaba dormido. La comunidad musulmana era sufí, una corriente pacífica que no interviene en política”, prosigue Al Samarrai. Eso comenzó a cambiar en 1948, cuando la nakba (éxodo) palestina “se convierte en un elemento de frustración”. El despertar del salafismo se produce con la aparición de los Hermanos Musulmanes en Egipto, pero con el objetivo de regenerar el islam.

Con esa visión pacífica empezó Sayyed Qutb, promoviendo un regreso a la pureza del islam de forma individual y no como objetivo político, como lo hacía su correligionario Hassan al Banna cuando fundó la Hermandad Musulmana egipcia, en 1928. Ambos terminaron en prisión, violentamente represaliados por el Gobierno egipcio, y eso les transformó en promotores de los medios violentos para obtener resultados.

“Las torturas eran inhumanas y eso les llevó a preguntarse:  ¿Quienes torturan a otros musulmanes son verdaderos musulmanes?”, continúa el estudioso iraquí. Pasaron “de predicar un cambio teórico a exigir un cambio político mediante las armas”. Había precedentes: el propio Ibn Taimiyya se había radicalizado, siglos atrás, tras su paso por prisión.

La Hermandad se escindió entre los promotores de la vía pacífica y los defensores de la violencia como elemento de cambio. Las torturas en prisión también radicalizaron a otros ideólogos del salafismo yihadista como Mahmud Shukri, fundador de Taqfir wal Hijra: la organización —escisión de la Hermandad— rompió un nuevo tabú a la hora de combatir al enemigo común, autorizando a sus seguidores a mimetizarse con el enemigo —bebiendo alcohol, frecuentando lugares impíos— para facilitar los ataques. El indo-pakistaní Maududi, fundador de Jamat-e-Islami, la mayor organización islamista de Asia, sufrió la misma conversión: si antes de su paso por prisión consideraba necesaria la propagación del verdadero islam de puertas adentro, después de la misma no tenía dudas de que la única vía era la imposición de la sharía o ley islámica como sistema político y la descolonización intelectual de la umma, pervertida por el capitalismo occidental y el comunismo de la URSS.

El palestino Abdullah Azzam se alimentó de los textos escritos desde prisión por Hassan al Banna y Sayyed Qutb. Ingresó en los Hermanos Musulmanes siendo un adolescente y se formó como teólogo en la Universidad de Siria  antes de regresar a Palestina, pero se vio obligado a abandonar su tierra natal forzado por la nakba de 1967. Sus estudios sobre la sharía le llevaron a Egipto, Jordania y Arabia Saudí, donde ejerció como profesor en la Universidad de Jedda hasta 1979, la misma donde estudió Osama bin Laden. Allí se cree que se encontraron por primera vez en 1979, un año convulso para el islam.

Manifestantes reivindican la figura del ayatolá Jomeini en una protesta contra el sah en Irán. 10 de diciembre de 1978.Michel Lipchitz / AP

Tres acontecimientos dignos de mención conmocionaron a la umma aquel 1979. Uno fue el éxito de la Revolución Islámica en Irán, que depuso al sah prooccidental en una victoria popular musulmana sin precedentes. Otro fue la toma de la Gran Mezquita de La Meca a manos de extremistas que protestaban contra el régimen saudí por haber traicionado los principios del islam y venderse a la occidentalización, y que desembocó en la represión y ejecución de cientos de salafistas y la expulsión de académicos como el propio Azzam. El tercero fue la invasión soviética de Afganistán. Todo aquel capital humano frustrado por Palestina y por la represión de las organizaciones islamistas encontró una esperanza y una batalla que librar.

Bin Laden y Azzam se reencontraron en tierras afganas, como también lo hizo el actual dirigente de Al Qaeda, el médico egipcio Aymán al Zawahiri, otro miembro de los Hermanos Musulmanes. Los tres fundaron Al Qaeda. Sin la ayuda de Pakistán, Estados Unidos y Arabia Saudí —empeñada en emplear sus petrodólares en financiar mezquitas, misiones y seminarios wahabíes que tejiesen una red ideológica afín en todo el mundo—,  y sin el lavado de cara promovido desde Washington para crear un Vietnam a la URSS en tierras afganas, nunca habrían logrado la victoria en los últimos años de la Guerra Fría.

Después de la Guerra Fría

Cuando la desaparición de la URSS disolvió de facto el matrimonio de conveniencia entre los muyahidines y Washington, Al Qaeda buscó nuevos objetivos para su ejército de yihadistas. Afrentas no faltaban: en Bosnia, los musulmanes eran masacrados por los serbios; en Argelia, los islamistas eran aniquilados por el Ejército pese a haber ganado unas elecciones; en Chechenia, los musulmanes eran bombardeados por tierra y aire por el Ejército ruso, tras haber osado declarar una república independiente. Desde el Cáucaso a los Balcanes, los muyahidines acudían en ayuda de sus hermanos. Lo hacían en pequeños grupos, a veces de forma individual, pero aprovechaban para expandir entre sus compañeros su visión salafista.

La invasión de Kuwait a manos del baazista Sadam Husein, en 1990, puso a las fuerzas iraquíes en la frontera saudí cuestionando al todopoderoso régimen wahabí y proporcionando a Bin Laden una nueva batalla. Propuso al rey Fahd sumar sus fuerzas para defender Arabia Saudí sin la ayuda de “infieles”, pero los saudíes rechazaron su oferta. Bin Laden rompió toda relación cuando la monarquía saudí invitó a las fuerzas norteamericanas a desplegarse en su territorio: una afrenta inaceptable para él, dado que La Meca y Medina son ciudades sagradas para el islam.

Arabia Saudí expulsó a Bin Laden en 1991 y este se refugió en Sudán, donde empleó su fortuna en financiar más campos de entrenamiento para su ejército de voluntarios. Y en proseguir sus planes de yihad global: en 1996 emitió una fetua publicada en Al Quds al Arabi, titulada Declaración de guerra contra los americanos que ocupan la Tierra de las Dos Mezquitas, en referencia a La Meca y Medina. Expulsado por presión norteamericana de Sudán en 1996, regresó a Afganistán y allí forjó una estrecha alianza con los talibanes, al tiempo que seguía recaudando fondos de simpatizantes musulmanes —viejos amigos desde la invasión soviética— e incluso el zaqat (limosna, obligatoria para los musulmanes) que muchos píos musulmanes destinaban a los muyahidines para financiar su yihad.

Los atentados contra las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania tendrían que haber advertido a Washington del potencial de la formidable bestia que había ayudado a crear, como lo debería haber hecho el ataque contra el USS Cole en las costas yemeníes. Pero no fue hasta el 11-S, con sus casi 3.000 muertos en suelo norteamericano, cuando el mundo entero abrió los ojos.

Bomberos frente a las Torres Gemelas tras el ataque terrorista del 11-S.Mark Lennihan / AP

El mundo del 11-S

Las guerras que inició Washington como represalia por el 11-S cambiaron el mundo. El primer error fue atacar países para responder a la amenaza de un enemigo invisible, convirtiendo a la población en rehén: más razones para los musulmanes que se veían obligados a defender a la comunidad de la agresión externa. Ni los afganos ni los iraquíes habían organizado el 11-S, llevado a cabo por terroristas saudíes, pero ellos pagaron el precio. La guerra afgana solo alimentó las filas de una yihad cada vez más global, gracias a internet.

La invasión de Irak fue la más obvia de las injusticias. Bagdad nunca tuvo relación con Bin Laden ni con el 11-S. No tenía armas de destrucción masiva. La ocupación militar no se hizo en defensa de los derechos humanos, sino en busca de petróleo y de un nuevo orden regional que protegiese los intereses norteamericanos e israelíes en Oriente Medio. Los mongoles regresaban a Bagdad.

Desde el mismo día de la caída de Sadam Husein, los invasores cometieron errores de manual que radicalizaron a la comunidad y multiplicaron la llegada en masa de voluntarios yihadistas para cumplir con su obligación de defender a la umma. En lugar de garantizar la seguridad de los iraquíes, permitieron los saqueos y las bandas de criminales que aterrorizaban a la población. En lugar de activar a las fuerzas de seguridad iraquíes, las proscribieron por decreto, dejando en el paro a cientos de miles de hombres con formación militar, con armas y con la humillante derrota carcomiéndoles; en lugar de abogar por la convivencia entre las sectas para prevenir un conflicto entre suníes —percibidos como sadamistas— y chiíes y kurdos —los grandes agraviados de la dictadura—, los ocupantes premiaron a los últimos con el poder y criminalizaron a los primeros con el decreto que ilegalizó al partido oficialista Baaz.

Grupúsculos de suníes se organizaron para expulsar a los invasores, mientras los chiíes creaban sus milicias ayudados por un Irán que se frotaba las manos ante la oportunidad histórica de expandir su influencia mediante el acceso de los chiíes iraquíes al poder. La Media Luna chií (con Irak, Irán, Siria y el Hezbolá libanés) regresaba al mapa de Oriente Medio.

En el caos de la invasión, las porosas fronteras iraquíes se convirtieron en un coladero de yihadistas internacionales con la aquiescencia de Siria, muy interesada en contener el caos al interior de Irak para mantener ocupados a los norteamericanos e impedir que le llegara el turno al régimen, formalmente antimperialista, de Damasco.

Entre los recién llegados estaba un jordano, Abu Musab al Zarqawi, un yihadista que había pasado por Afganistán y que tenía un pasado convulso: drogas, violencia machista, torturas en prisión y conversión religiosa traducida en devoción extrema hasta el punto de borrarse los tatuajes (antislámicos) que le habían ganado el apodo de ‘El Hombre Verde’. Zarqawi quería convertirse en el hombre de Al Qaeda en la antigua Mesopotamia. Los suníes iraquíes no veían a aquellos voluntarios con buenos ojos, pero agradecían su ayuda: cualquier cosa con tal de expulsar a los ocupantes.

Fotos de Zarqawi difundidas en Jordania en 2002 y por el Deparamento de Estado de Estados Unidos en 2004.AP

 

A medida que Irak se convertía en un pantano para los norteamericanos, estos redoblaron su furia con castigos colectivos, detenciones ilegales, asaltos a núcleos urbanos con artillería pesada e incluso con armas químicas. Occidente ya miraba a otros lugares, pero cada uno de esos episodios llegaba a todos los rincones de la mano de la prensa árabe y de internet. El sentimiento de ultraje de Irak se sumó a las causas de Palestina, Chechenia, Bosnia, Argelia y Afganistán. Ese veneno fue instrumentalizado por diferentes tipos de combatientes en Irak: los antiguos baazistas retirados por la invasión, deseosos de recuperar el poder, y los wahabíes como Zarqawi con grandes planes para el nuevo territorio de la yihad.

El contacto se estableció en las prisiones norteamericanas en Irak, donde eran confinados varones de toda índole ante la más mínima sospecha: allí, los textos wahabíes financiados por Arabia Saudí y el adoctrinamiento de clérigos radicales, sumados a las infames torturas, como las de Abu Ghraib, crearon un batallón de voluntarios para vengar al islam.

El brutal ataque contra Faluya y la imprevista victoria en el primer asalto de la insurgencia suní con Zarqawi al frente hizo que el jordano fuera confirmado por Bin Laden como su delegado en Irak, y consagró a su grupo, rebautizado como Al Qaeda en el País de los Dos Ríos, como líder de la nueva cara de la resistencia suní, pese a la agenda sectaria que escondía. Para Al Qaeda, los musulmanes impíos —cualquiera que no piense como ellos, y particularmente los chiíes— constituyen un objetivo tan legítimo como los cruzados. Los coches bomba se encaminaron hacia los barrios chiíes, y la guerra civil no tardó en enterrar al país en el más profundo de los horrores. Las milicias chiíes, reforzadas por el Gobierno, se emplearon tan a fondo como las suníes, marginadas por su ausencia de representación política.

Ante la ausencia de alternativas, el salafismo más extremista se extendió. Los sucesores de Zarqawi terminarían renombrando al grupo Estado Islámico de Irak. Su primer califato, impuesto sobre la población del triángulo suní iraquí, se extendió entre 2005 y 2008, aunque en Occidente pasó desapercibido: las víctimas no eran occidentales, eran iraquíes.

Califato

Fueron los propios suníes los que barrieron a Estado Islámico de Irak de las ciudades y enviaron a sus líderes al desierto. Agotados por los secuestros, las torturas, los coches bomba, la extorsión y la visión medieval del islam que imponían, los varones de Anbar y Mosul terminaron alzándose en armas, y Estados Unidos —que había dejado matarse a suníes y chiíes durante años de guerra civil— vio la oportunidad de apuntarse el tanto. Hábil con las operaciones de imagen, Washington optó por armar a las milicias del Amanecer, tal y como se llamó al movimiento, pero hizo la vista gorda ante un pequeño detalle: muchos de sus integrantes eran antiguos miembros de Al Qaeda, que decidieron cambiar de filas ante una derrota inminente. También les prometió un sueldo, pero cuando se retiró de Irak y le tocó el turno de pagar al Gobierno chií —que también había prometido integrarlos en las fuerzas de seguridad— el acuerdo quedó en el olvido. Nuevo elemento de frustración, nueva humillación, nuevas armas norteamericanas con las que vengarse. Solo era necesario encontrar la oportunidad de hacerlo.

La Primavera Árabe llenó de esperanzas a la juventud de Oriente Medio, que descubrió que podía alzarse contra la injusticia. La represión manu militari por parte de los regímenes reforzó a los salafistas: la vía pacífica era incapaz de obtener cambios. La tibia respuesta internacional se preocupó más de proteger sus intereses que de los derechos humanos. Ocurrió en Egipto, donde Occidente protegió el golpe militar contra el Gobierno de los Hermanos Musulmanes salido de las urnas, ocurrió con la torpe actuación en Libia, donde se apoyó a los rebeldes y se descuidó el proceso posterior, que derivó en reinos de taifas, ocurrió en Bahréin o en Yemen. Pero Siria fue un salto cualitativo, por muchos motivos. En respuesta a manifestaciones multitudinarias que exigían aperturismo democrático, el régimen de Damasco, alauí —una escisión del chiísmo—, reprimió con una dureza sin precedentes a toda la comunidad suní, a la que calificó de terrorista, de salafista, de seguidora de Al Qaeda.

Egipcios celebran la dimisión del presidente Hosni Mubarak el 11 de febrero de 2011.Tara Todras-Whitehill / AP

Siria había tenido su particular experiencia con los Hermanos Musulmanes: otra revolución en la década de 1980 había derivado en una represión similar con decenas de miles de muertos, Hama convertida en ruinas y una legión de hombres en prisión condenados a las delirantes torturas por meras sospechas de ser salafistas. La inexistencia de internet ocultó la tragedia, y  los muyahidines se prometieron a sí mismos que no volverían a fallar a sus hermanos sirios.

Como en aquella ocasión, Bashar al Asad bombardeó sin piedad, asedió ciudades enteras y gaseó a civiles sin que el mundo levantase un dedo. Detuvo activistas a mansalva e ingresó a rebeldes en prisiones plagadas de salafistas —muchos de ellos, detenidos tras su yihad en Irak— para someterlos a las torturas más crueles: si sobrevivían, estaban condenados al radicalismo. Al mismo tiempo excarcelaba a los líderes salafistas, que nada más salir de prisión preparaban su regreso armado a la nueva yihad.

Todo parecía destinado a confirmar, a ojos del mundo, que Damasco combatía a terroristas, en lugar de reprimir a su población suní. Quienes no terminaban en prisión también estaban condenados, ya que la única ayuda que llegaba —al principio, en forma de armas y dólares— lo hacía desde el Golfo e implicaba condiciones: la islamización de los combatientes. Saudíes, kuwaitíes, cataríes o emiratíes financiaban milicias para presumir de contribución a la yihad.

Al otro lado estaba la maquinaria bélica y la aviación de Damasco, ayudado por Hezbolá e Irán, sus socios chiíes. Los primeros yihadistas hicieron su aparición. Se hacían llamar Jabhat al Nusra y venían de Irak. En realidad, eran miembros de Estado Islámico en Irak. Para congraciarse con la población siria, su líder, Abu Bakr al Bagdadi, recurrió a otro nombre y a combatientes exclusivamente sirios dirigidos por uno de sus lugartenientes, Abu Mohammad al Golani, quien había sido el responsable de Estado Islámico en Nínive (Irak). Golani terminó independizándose de Bagdadi y obteniendo las bendiciones de Zawahiri, líder de Al Qaeda tras el asesinato de Bin Laden, y transformó su organización en la rama de Al Qaeda en Siria. Bagdadi, por su parte, renombró su facción Estado Islámico de Irak y Levante y cambió su terreno de juego a Siria hasta que las circunstancias le facilitaron el regreso a Irak.

El momento llegó en 2011, cuando las regiones suníes se sumaron a las revoluciones árabes para exigir la excarcelación de presos políticos. El Gobierno chií respondió con bombardeos, con humillaciones y con masacres. Los suníes iraquíes volvieron a caer en brazos del salafismo violento, recibiendo con los brazos abiertos a quienes, años atrás, les habían sometido al más cruel de los califatos.

“Se vieron obligados a elegir entre dos demonios”, dice el experto Samarrai. Permitieron que Estado Islámico volviera a hacerse fuerte en sus ciudades con la ayuda indirecta de Bagdad: Mosul cayó porque el Ejército se retiró de sus bases ante el avance de los yihadistas. La solución del Gobierno fue movilizar una coalición de milicias chiíes, de kurdos y de aviones que bombardearon núcleos de población suní como Mosul, Ramadi o Faluya. De nuevo, miles de musulmanes muertos para acabar con un enemigo invisible, alimento intelectual para los fanáticos. Y en Occidente, las mismas preguntas.

¿Por qué nos odian?

Resulta difícil creer que Washington y sus socios no esperasen un efecto bumerán tras sus arriesgadas apuestas. Aquel monstruo ideológico alimentado por Estados Unidos por mero interés se volvió contra Occidente en forma de salafismo violento. Al Qaeda, Estado Islámico, Boko Haram y el resto de grupos yihadistas se alimentan del resentimiento local y global que hallan en los territorios en los que actúan.

“Antes, los salafistas pacíficos y violentos eran una ínfima minoría: la mayoría de los musulmanes eran sufíes. Ahora hay más salafistas que sufíes, sobre todo entre los jóvenes, porque el sufismo no da una respuesta política a las injusticias que vivimos”, dice Yaroub al Samarrai, que pone como ejemplo la limpieza étnica contra la comunidad rohinyá en Birmania. Los vídeos de horribles crímenes, decapitaciones y amputaciones a manos de budistas y los relatos de masacres inundan las redes sociales en árabe y alimentan esa versión extrema y cruenta del salafismo que se ha consagrado como una de las fuerzas políticas violentas más poderosas del siglo XXI.

A Brzezinski, el asesor de Jimmy Carter, se le preguntó en una entrevista de 1998 —tras los primeros atentados de Al Qaeda contra objetivos norteamericanos— si lamentaba su operación de financiación de los muyahidines.

—¿Lamentar qué? Esa operación secreta fue una idea excelente. Logró meter a los soviéticos en la trampa afgana, ¿y me pide que me arrepienta?

—¿Tampoco lamenta haber apoyado a fundamentalistas islámicos, haber dado armas y consejos a futuros terroristas? —preguntó el periodista.

—¿Qué será más importante para la historia del mundo? —respondió Brzezinski—. ¿Los talibanes o la caída del imperio soviético? ¿Algunos musulmanes enfadados o la liberación de Europa del Este y el final de la Guerra Fría?

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