Andrés Mourenza

Un país que no aparece en los mapas

Los intentos de construir un Estado independiente en la pequeña región caucásica de Nagorno-Karabaj chocan con los fantasmas de la guerra

Andrés Mourenza

En Grecia y Turquía
20 de Diciembre de 2018

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Entre semana, casi no hay varones en las calles de Stepanakert. Hay mujeres, niños y ancianos, pero apenas hay hombres adultos. Han sido movilizados y enviados al frente, porque el Ejército de Azerbaiyán organiza maniobras militares al otro lado de la frontera. No obstante, es domingo y algunos soldados han recibido permiso y caminan por las calles del centro de Stepanakert, con paso rápido y las pertenencias en una bolsa de plástico de supermercado, en dirección a casa de sus padres o de sus novias o esposas: una visita rápida y vuelta a las trincheras.

Stepanakert es la capital de la República de Artsaj, más conocida como Nagorno-Karabaj, un Estado de casi 150.000 habitantes que no aparece en los mapas. Y, por mucho que sus habitantes se empeñen en hacer su vida con normalidad, la guerra, la amenaza de la guerra, el temor a que pueda volver la guerra, lo domina todo. Los inmensos carteles y murales de los edificios oficiales, la poca presencia de hombres en las calles y el elevado número de prendas de camuflaje militar son un recordatorio no demasiado sutil. La guerra es como una melodía de fondo, un incesante martilleo que uno acaba incorporando a su cotidianidad.

Un cartel de propaganda en Stepanakert que muestra a soldados en un tanque. 25 de junio de 2014.Jens Kalaene / AP

Febrero de 1988

Era imposible. No iba a suceder. Nadie en su sano juicio podía prever la guerra. Pero ocurrió.

A finales de aquel mes, un electricista llamó a la puerta de Karen Matevosyán para una comprobación rutinaria. Matevosyán, armenio, empleado de la fábrica local de tuberías para oleoductos, vivía en un bloque de pisos en un distrito residencial de Sumgait, una ciudad de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán en la costa del mar Caspio.

—¿Por qué me abrís la puerta sin preguntar quién es? ¿No tenéis miedo? —inquirió el electricista.

Una pregunta extraña, que para Matevosyán solo cobró sentido con el paso del tiempo. “Creo que los azeríes sabían lo que iba a suceder, pero tenían miedo a decirlo en voz alta. Nos estaban dando pistas, pero nosotros no quisimos darnos cuenta. Era algo impensable, algo que nuestras mentes no estaban dispuestas a procesar, algo que no podía ocurrir en la Unión Soviética ni en una ciudad tan cosmopolita como Sumgait”.

Días después de la misteriosa visita, el 27 de febrero, se desató el horror: una turbamulta de azeríes —parte de ellos recién expulsados de la vecina República Socialista Soviética de Armenia— recorrió durante dos días las calles de Sumgait con listas de sus habitantes armenios: nombre, apellido, dirección. Casa por casa, sacaban a la fuerza a los armenios y los apaleaban hasta la muerte. O a cuchilladas y hachazos. O los tiraban ventana abajo, junto a sus muebles, alfombras, libros. Violaron a las jóvenes. Mutilaron los cadáveres. Les prendieron fuego. Karen Matevosyán presenció todo esto agazapado en su casa junto a su mujer, sus padres, su hermana, su cuñado, sus sobrinos y su hijo, nacido el año anterior. La luz apagada, la mano sobre la boca del bebé para impedirle llorar y que los descubrieran. Desesperados por lo que observaban a través de los cristales, y viendo que la turbamulta se acercaba a su bloque, la familia Matevosyán pidió cobijo en casa de un vecino azerí.

—La culpa es vuestra, por todos esos mítines y protestas que hacéis por el Karabaj —les respondió.

Matevosyán estaba seguro de que su vecino iba a entregarles. Pero, justo en ese momento, aparecieron los primeros destacamentos del Ejército soviético y las masas enfurecidas huyeron en desbandada.

“Antes del pogromo, las relaciones entre azeríes, armenios y rusos de Sumgait eran muy buenas, éramos buenos vecinos”, concede Karen Matevosyán. Aunque en 1905 y 1920 hubo graves enfrentamientos entre ambos pueblos, lo cierto es que, durante siglos, azeríes y armenios habían vivido en paz en el Cáucaso. Sus tradiciones y su cultura eran similares, solo les separaba la lengua y la religión: musulmanes los primeros, cristianos los segundos. En algunas aldeas y montañas incluso compartían los lugares de culto. Pero en aquel 1988, espoleados los agravios de uno y otro bando por ciertos intelectuales y por los nuevos movimientos políticos formados al calor de la perestroika, la convivencia se rompió.

Karen y Emma Matevosyán, matrimonio superviviente del pogromo de Sumgait en 1988, en su casa de Stepanakert treinta años después.Andrés Mourenza

Los armenios exigían que la región autónoma del Nagorno-Karabaj, dentro de Azerbaiyán, fuese anexionada a Armenia, pues su población era mayoritariamente de esta etnia. El 20 de febrero de 1988, el soviet local del Karabaj votó su separación de Azerbaiyán y su anexión a Armenia, pese a que Moscú no reconoció la decisión. Los ánimos se tensaron, el nacionalismo se desbocó. Se atacaron los hogares de los azeríes en Armenia y se prendió fuego a sus pueblos hasta forzarlos a huir del país. En Azerbaiyán, a Sumgait le siguieron pogromos contra armenios igual de crueles en Kirovabad y Bakú. En los siguientes dos años, 200.000 azeríes de Armenia y cerca de 300.000 armenios de Azerbaiyán se convertirían en refugiados o desplazados. Entre ellos, Matevosyán y su familia. “Yo quería irme a Rusia pero mis padres eran del Karabaj y dijeron que debíamos regresar a la madre patria, al lugar al que pertenecemos”, relata treinta años después, la mirada fija en un punto de la pared, ausente, como si estuviese reviviendo escena por escena aquellos hechos: “Tenía tanta rabia acumulada por lo que había pasado, que lo único que quería era matar azeríes. Me hice policía y luego participé en la guerra”. Matevosyán, un armenio que había crecido rodeado de vecinos, compañeros y amigos azeríes se había convertido en una máquina de odiar.

Ese odio permitió completar la limpieza étnica de ambos países. Entre ellos solo quedaba una mancha, un tumor, el Karabaj. Pero la situación no tardó en explotar: al desmoronarse la URSS en 1991 y marcharse las unidades de interposición que impedían el enfrentamiento directo, se desató la guerra por el control de la montañosa región. Tres años de combates, más de 30.000 muertos y cerca de 700.000 desplazados después, se puso fin a la contienda en 1994 mediante un acuerdo de alto el fuego. Los armenios del Karabaj, con el apoyo del Ejército de Armenia, se hicieron con el control de prácticamente toda la antigua región autónoma y con siete provincias azerbaiyanas circundantes de las que expulsaron a la población azerí. Y proclamaron la República de Artsaj.

Casi 25 años más tarde, sigue sin firmarse un tratado de paz y la seguridad es precaria. La guerra continúa dominando la vida de esta región del tamaño de Murcia. Pero, entretanto, las autoridades se afanan en construir algo parecido a un país independiente.

Fútbol y bicicletas

Varios adolescentes de piernas largas dan vueltas en el césped artificial del antiguo estadio Iosif Stalin, actualmente denominado Estadio Republicano. Otro grupo de jóvenes, bajo las órdenes de su orondo entrenador, apartan un trozo de moqueta de la pista de atletismo, agujereada y medio podrida por la lluvia, para poder empezar el entrenamiento de triple salto. Unos niños corretean y se persiguen entre las gradas de colores rojo, azul y naranja, la bandera armenia.

Una adolescente ejercita en el estadio de Stepanakert poco después de concluir el entrenamiento de la selección nacional de fútbol.Andrés Mourenza

Varios clubes y disciplinas deportivas comparten el mismo estadio-pista en pleno centro de Stepanakert, como los alumnos de diferentes edades comparten un aula en las escuelas rurales. Solo unos minutos antes de que empezase el entrenamiento de atletismo, aquí mismo se ejercitaban los integrantes de la selección de fútbol de Artsaj. Se preparaban para el Campeonato Europeo de CONIFA, que se celebrará en junio de 2019 en este mismo estadio y en el que participan selecciones de regiones no incluidas en la FIFA, como Groenlandia, Cerdeña o la Isla de Man; de minorías como los húngaros de los Cárpatos (Karpatalia) o los sami de Finlandia, Noruega y Suecia (Sápmi); de proyectos políticos como la Padania inventada por la Liga Norte en Italia; o de países no reconocidos por la comunidad internacional como Chipre del Norte, Abjasia y el propio Nagorno-Karabaj.

Estos últimos son los llamados Estados de facto —en oposición a los Estados de iure, de ley—, entidades que ejercen el control real dentro del territorio sobre el que reclaman soberanía, pero cuya declaración de independencia no es reconocida internacionalmente. Casi todos son fruto de conflictos identitarios surgidos al desintegrarse las grandes potencias socialistas al término de la Guerra Fría o de procesos de descolonización mal resueltos.

Al margen de los dos que cuentan con relaciones más cercanas a la normalidad con el resto del mundo (Kosovo y Taiwán), se trata de entidades cuya existencia depende en buena medida de un “patrón” externo, un país importante que utiliza estos pequeños Estados no reconocidos como carta de negociación geopolítica: ocurre con la República Turca del Norte de Chipre (RTNC) y Turquía, el Nagorno-Karabaj y Armenia o Transnistria, Osetia del Sur, Abjasia y las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, usadas por Rusia. Son, en su mayoría, territorios muy pobres, ya que el bloqueo internacional al que se ven sometidos les impide desarrollar su economía, lo que a su vez refuerza esa dependencia del Estado que patrocina su existencia.

 

Un oficial del Ejército se prepara para el entrenamiento mientras sus compañeros escuchan al seleccionador de Artsaj.Thanassis Stavrakis / AP

Ashot Sarkisyán adora las bicicletas. Tiene una con la que se desplaza a todos lados, y acaba de comprarle un patinete a su hijo de cuatro años para que en el futuro dé el salto a la bici. Sus vecinos le miran raro, no solo porque hacen falta unas buenas piernas para montar en bicicleta en un territorio con tanto desnivel como el Karabaj, sino porque aquí, como en otros lugares de la geografía exsoviética, el símbolo de estatus es el coche, un coche bien grande y caro. Automóviles y bicicletas han de ser adquiridos formalmente a través de Armenia, como todo lo que se produce en el extranjero, porque Artsaj no existe en los mapas de los concesionarios ni de las plantas de producción. Todo llega a través de las dos únicas y sinuosas carreteras que comunican el territorio karabají con la República de Armenia, las arterias de las que depende la vida en este enclave. La mitad del presupuesto del Gobierno del Karabaj lo paga Armenia y los bancos que operan en la región, aunque se llamen Banco de Artsaj, son oficialmente armenios, ya que de otra manera no podrían operar con sistemas de pagos internacionales como las tarjetas Visa o Mastercard.

Al margen del conflicto y sus consideraciones políticas, la vida se abre paso. La gente vive, trabaja, se enamora, ríe, llora, se divierte. Para Ashot Sarkisyán, la bicicleta es su vía de anclaje a una mínima normalidad. “Nací en 1989 y tenía tres años cuando un cohete lanzado desde Shushi estalló en nuestra casa. Aún tengo algunas cicatrices en la cabeza. De pequeño era un niño enfadado, odiaba. Pero cambié, ya no odio a nadie. Como dijo Gandhi, si quieres cambiar las cosas, tienes que empezar por ti mismo”. Y algunas cosas han empezado a cambiar: no le para la Policía cuando pedalea cuesta arriba y cuesta abajo por las calles de Stepanakert. Antes, le daban el alto y le decían que no podía ir en bicicleta, que estaba prohibido. Ya no, se han acostumbrado al insólito ciclista.

La capital armenia, la capital azerí

Stepanakert es una localidad rural elevada a la categoría de capital de un país por las circunstancias. Una ciudad cubierta por la bruma varios meses al año; de casas y bloques de cemento no muy altos, dispersos aquí y allá, a lo largo de caminos flanqueados por la maleza. Solo algunos edificios gubernamentales del centro le dan cierta prestancia capitalina: el antiguo edificio del soviet local —hoy palacio presidencial— en el que la hoz y el martillo han sido sustituidos por el águila armenia, el pequeño Parlamento en forma de iglesia y la inmensa sede de la asociación de veteranos de guerra. La ciudad se llama así desde que en 1923 los bolcheviques la convirtieron en la capital de la región autónoma del Karabaj y fue bautizada en honor a Stepan Shaumián, importante revolucionario armenio y uno de los líderes de la breve Comuna de Bakú, con cuyo apellido también nombraron una de las provincias vecinas.

 

Un cura sale de la catedral de Ghazanchetsots en Shusha. La iglesia fue destruida durante la guerra por los azeríes. Cuando los armenios conquistaron la ciudad, reconstruyeron la catedral y dañaron las mezquitas.Andrés Mourenza

“Los azeríes son musulmanes, nosotros cristianos. Durante la época soviética nos oprimían. Yo crecí sin tener ni idea de la cultura armenia. Todo lo armenio estaba prohibido. Había televisión en ruso y televisión en azerí. No había ni siquiera una buena conexión por carretera con Armenia”, explica Armine Alexanyán, viceministra de Exteriores de Artsaj.

Sin embargo, antes del dominio soviético, Stepanakert ni siquiera era una ciudad. Era un pueblito de apenas 3.000 almas y se la conocía como Jankendi, el lugar donde tenía una de sus residencias el Jan, el señor que administraba estos territorios montañosos en nombre del Imperio persa. La capital regional y ciudad más importante de la zona era Shusha (Shushi para los armenios), una boyante urbe comercial famosa por sus alfombras y un importante centro cultural, hogar de bardos y compositores. La Escuela Imperial Rusa da fe de su importancia, aunque hoy es solo un edificio fantasmagórico.

Hasta hace bien poco, el nombre de Shusha se pronunciaba en el Karabaj con una mezcla de temor y repulsión. Durante la guerra de la década de 1990 permaneció en manos de los azeríes, que desde allí bombardeaban Stepanakert, aprovechando su mayor altitud. Hasta que una ofensiva armenia sorprendió a los defensores y conquistó la plaza, a lo que siguió una orgía de pillaje y vengativa destrucción. Un tanque T-72 con una cruz cristiana pintada sobre su carrocería permanece en la entrada de la ciudad como recuerdo de la hazaña. Rara vez faltan las flores o el vodka a su lado para honrar a los héroes de la batalla de Shushi.

¿Quién querría vivir en una ciudad de tan infausto recuerdo?

Los refugiados armenios escapados de Azerbaiyán en 1988, que no tenían otro sitio adónde ir. El Gobierno del Karabaj les entregó las casas que antes habitaban los azeríes, edificios que aún muestran las secuelas de la guerra, remendados con planchas de metal y trozos de calamina para tapar los desperfectos.

Sin embargo, en los últimos años las autoridades karabajíes han querido convertir Shusha en la capital cultural de Artsaj. Se han adecentado calles y viviendas, se restauran iglesias y mezquitas, se han inaugurado instituciones culturales. Pero en los paneles informativos no se menciona a los azeríes por ningún lado. Se ha pasado de borrar la cultura de unos a borrar la cultura de los otros.

Enero de 1992

“Cualquiera podía despertarse con resaca tras una noche de borrachera, sentarse a los mandos de un lanzacohetes Grad y disparar, disparar, disparar hacia Stepanakert sin un objetivo claro, sin utilizar coordenadas”, confesaba Azai Kerimov, un oficial del Ejército de Azerbaiyán que participó en la ofensiva contra la capital karabají, al británico Thomas de Waal, uno de los autores que más imparcialmente ha narrado el conflicto. Entre noviembre de 1991 y la conquista de Shusha por parte de los armenios en mayo de 1992, la campaña de bombardeos fue indiscriminada. En los momentos más duros, caían hasta 400 cohetes Grad por día sobre Stepanakert.

Arevik pasó su más tierna infancia de refugio en refugio. Nacida en 1989, le tocó vivir en un Nagorno-Karabaj sitiado por la milicia azerbaiyana y las tropas soviéticas. Tres años de bloqueo acabaron con prácticamente todo el combustible de uso civil, no había electricidad ni agua corriente, escaseaban los alimentos y las medicinas. Y llovía fuego. La familia de Arevik, como tantas otras, se acostumbró a vivir en bajos, sótanos y otros lugares bajo tierra designados por el comité de defensa. Se calentaban con aquello que ardía, comían lo poco que había. La vida había regresado a la Edad de Piedra.

La guerra terminó y ahora Arevik —que ha pedido modificar su nombre para preservar su identidad— acaba de regresar al Karabaj tras estudiar becada en una prestigiosa escuela de Estados Unidos. Pero ¿cómo es posible cursar una carrera en el extranjero cuando se pertenece a un país no reconocido? “Lo intenté varias veces y me rechazaron porque en la solicitud escribí: ‘Soy de Stepanakert, Nagorno-Karabaj’”, relata. Para el resto del mundo, Stepanakert se llama Jankendi y está en Azerbaiyán.

Adolescentes en un centro de formación extraescolar en Stepanakert.Thanassis Stavrakis / AP

Hay otra vía, la que finalmente utilizó Arevik. A través de las universidades de Armenia, que forman parte del Espacio Europeo de Educación Superior, los estudiantes karabajíes pueden optar a estudiar en el extranjero. Figuran como estudiantes de la República de Armenia y viajan al extranjero de la única manera posible: con los pasaportes expedidos por el Estado armenio (pese a que oficialmente Armenia tampoco reconoce la existencia de Artsaj). Así, los karabajíes han llegado a acuerdos para estudiar en varias universidades de Estados Unidos, Rusia, Bélgica y Hungría. En España, con la Universidad del País Vasco. “Hay otros Estados no reconocidos cuyos ciudadanos no están tan limitados en sus derechos. Pero el Gobierno de Azerbaiyán tiene una postura muy agresiva y trata de impedir cualquier tipo de proyecto internacional en el Karabaj o que nos relacionemos con otros países”.

Ella ha visto mundo y ahora regresa a casa, pero es incapaz de borrar de su mente los traumas pasados y presentes. “La situación económica de Artsaj ha mejorado, pero si preguntas a la gente qué prefiere, si un mayor salario o paz, sacrificará lo primero por lo segundo”, dice. “Cada mañana, a las 8.30 de la mañana, el Ministerio de Defensa publica la lista de incidentes y bajas en la frontera. Todos los días, al despertarme, la repaso, buscando apellidos de gente conocida. Todas las familias tienen hijos en el frente. Mi hermano está allí. Y no puedo evitar preguntarme por qué una joven de mi edad en Barcelona empieza su jornada escuchando música o haciendo cosas divertidas y yo tengo que empezar la mía leyendo la lista de bajas del Ministerio de Defensa. ¿Por qué ella es mejor que yo?”.

Abril de 2010

Al taxista no le hace ninguna gracia entrar en Agdam. Lo hemos contratado por medio día con la excusa de visitar las ruinas de la fortaleza de Askerán, y esta nueva propuesta no le gusta ni un pelo: sabe que Agdam es territorio prohibido. El Gobierno de Artsaj sabe perfectamente por qué prohíbe a los extranjeros entrar aquí: su sola visión es un mal reclamo para las aspiraciones políticas del Karabaj. Pero una propina de veinte dólares reduce las reticencias del taxista. Veinte dólares es lo que gana de media un armenio del Karabaj en tres días de trabajo.

Un silencio pesado, de abandono y muerte, nos envuelve en cuanto tomamos el desvío de la carretera principal y dejamos atrás las trincheras que rodean la ciudad, coronadas por carteles que advierten de la presencia de minas. Solo el lejano trasegar de los vehículos militares disturba ese silencio denso; escasos kilómetros más adelante se halla la línea del frente, con sus francotiradores armenios y sus francotiradores azerbaiyanos en tensa espera y con el dedo en el gatillo. ¿Quién será el primero en violar el alto el fuego?

El verdor de la hierba primaveral contrasta con la desolación reinante: piezas oxidadas de tanques destrozados, esqueletos de vehículos calcinados y ni una viviendas habitable. A Agdam se la ha bautizado, con razón, “La Hiroshima del Cáucaso”, pues una explosión nuclear habría provocado resultados similares. Los edificios de lo que una vez fue una urbe de 40.000 habitantes —prácticamente todos azeríes— han sido metódicamente demolidos, y la maleza comienza a enterrar las ruinas bajo su manto. Solo quedan en pie una bella pero ajada mezquita y el antiguo hotel, de muros ennegrecidos por el fuego del odio, que sirve de pequeña guarnición para un pequeño destacamento de indolentes soldados armenios. Hacen la vista gorda ante los escasos vecinos de los pueblos de alrededor, que se internan entre las ruinas en viejos Lada soviéticos para arramblar con lo poco que queda.

Lo primero en desaparecer fueron los marcos de puertas y ventanas. Siguieron ladrillos y piedras. Más tarde, los hierros tristes y retorcidos que asomaban de los cimientos. Agdam fue deconstruida para, con sus materiales, reconstruir Stepanakert, Shusha, Martuni, las viviendas de los armenios destrozadas por los obuses del Ejército de Azerbaiyán. También para grabar a fuego un mensaje: los azeríes jamás volverán a poner un pie en estas tierras.

Un convoy del Ejército de Azerbaiyán en dirección a Agdam.Abbas Atilay / AP

Cambios en Stepanakert

Stepanakert fue siempre una ciudad mal abastecida. Durante la época de la Unión Soviética, en sus tiendas solo se encontraban uniformes y telas de escasa calidad confeccionados en las fábricas de Azerbaiyán, además de pan, vino y algunas verduras de producción local. Así que, cuando tenían que comprar, los karabajíes se desplazaban fuera de las fronteras de su región autónoma. A apenas 30 kilómetros de Stepanakert se hallaba Agdam, ajetreada ciudad con su propia estación de tren, una fábrica de mantequilla, otra de brandy y varias bodegas. A su mercado llegaban, además, ropa rusa, vidrio checoslovaco, productos bien acabados de la República Democrática Alemana. El que quería reparar su casa o ampliarla debía pasar por el mercado de la vecina Agdam. También el que quería lucir ropa ligeramente mejor que sus camaradas proletarios.

Este desabastecimiento, arguyen los gobernantes de Artsaj, era parte de la política de opresión de Bakú a su minoría armenia. Pero, tras conquistar su independencia, las alacenas del Karabaj continuaron mal avitualladas, esta vez por la guerra y el bloqueo. Hace ocho años, seguía sin haber apenas tiendas en las principales avenidas de la capital y, en las que existían, sus estantes permanecían semivacíos. Apenas había internet y muchas localidades carecían de calefacción. Ya no.

El zapatero armenio Nerses Demiryián. Andrés Mourenza

“Hay una gran diferencia entre cuando nos instalamos y ahora”, dice Nerses Demiryián, zapatero armenio nacido en Siria que emigró al Karabaj en 2001. “Al principio traía ropa de Siria para vender aquí. Ahora produzco calzado para civiles y para el Ejército. Poco a poco, hay más empleo. Y la gente tiene más dinero”.

En los últimos años se han iniciado nuevos proyectos. Se han instalado plantas hidroeléctricas que han permitido la autosuficiencia energética de la región. Se han creado nuevas empresas. Se han abierto nuevos negocios. Cafés y restaurantes. Tiendas de ropa y supermercados. Y están casi tan bien surtidos como los de Armenia. Uno de los mayores signos de normalidad es que los armenios del Karabaj puedan comer las mismas chocolatinas que los de Ereván.

Verano de 1990

“La voz de la torre de control de Stepanakert nos saca de las contemplaciones: aterrizamos. (…) Suren me señala la pista con el dedo. Una pista que se revelará irregular y cortísima, un avión más grande no habría aterrizado. De hecho, la nave se detiene justo al fondo; más adelante comienzan las rocas. Giramos lentamente hacia el barracón del aeropuerto. A medida que nos acercamos, los rostros de Suren y de Averik se tensan: todo está rodeado por el Ejército. Por todos lados hay policías”. El pequeño aeropuerto de Stepanakert centra el reportaje “La trampa” de Ryszard Kapuscinski, incluido en su libro El Imperio. En el Karabaj impera el estado de excepción, lo cercan tropas soviéticas y azerbaiyanas, cualquier acceso por tierra resulta imposible. Pero el avezado reportero polaco, con la ayuda de una diputada del Parlamento soviético, logra colarse en la región camuflado como piloto de Aeroflot. Apenas permanecerá 24 horas en el lugar, pero le bastarán para constatar el odio que destila el lugar. La guerra está a punto de estallar. “Es un mundo pequeño, un puñado de montes y de valles. Un mundo simple: aquí nosotros, los buenos; allá los otros, los enemigos. Un mundo gobernado por la ley elemental de la exclusión: o nosotros o ellos”.

El aeropuerto de Kapuscinski

Cada mañana, un puñado de trabajadores se levanta, desayuna, se enfunda sus uniformes de trabajo y conduce hasta el aeropuerto de Stepanakert. Un signo de normalidad en un país que no lo es.

El pequeño aeropuerto que conoció Kapuscinski fue reconstruido en 2009. Se levantó una nueva terminal que quiere simbolizar un águila, símbolo nacional —y nacionalista donde los haya—, se instaló la tecnología necesaria, se amplió y se modernizó su pequeña pista. Incluso se creó una aerolínea pública, Artsakhavia, y se le encomendó la compra de tres Boeing 737. Pero ni Artsakhavia tiene actualmente aviones, ni se ve ninguno sobre la pista del aeropuerto.

Un trabajador en una torre de control vacía del aeropuerto de Stepanakert.Thanassis Stavrakis / AP

En cuanto se hicieron públicas las pretensiones de las autoridades karabajíes de reabrir el aeropuerto cerrado desde la guerra, el director de Aviación Civil de Azerbaiyán, Arif Mammadov, amenazó a cualquier aeronave que tomase tierra o despegase del Karabaj con derribarla. Oficialmente, el espacio aéreo del Karabaj pertenece a Azerbaiyán. Oficialmente, lo gestiona el Ejército del Aire de Azerbaiyán. Oficialmente, está cerrado.

Desde entonces, las autoridades de Artsaj han repetido varias veces que comenzarán a usar el aeródromo (de hecho, lo utilizan ocasionalmente algunos helicópteros y aviones militares armenios que pueden volar raso), pero aún no se han atrevido a fletar vuelos civiles. Ambas partes saben que se exponen a un encontronazo que podría recomenzar la guerra.

Pese a ello, los trabajadores del aeropuerto de Stepanakert acuden cada día a su puesto de trabajo. El empleado de seguridad vigila, el director gestiona y los controladores observan la pista y el cielo. Fingen que trabajan en un aeropuerto en el que no se trabaja.

Tutoriales y bodas para crear un Estado

“En Kosovo tuvieron miles de millones de dólares para construir su Estado. Aquí no. Lo hemos hecho todo por ensayo y error. Las oenegés, las instituciones o los partidos van a internet y consultan cómo hacer las cosas”, se queja la viceministra Armine Alexanyán. “La guerra destruyó el 60 % de nuestras infraestructuras y la mitad de la población necesitaba ayuda por los efectos del conflicto. Fue una carga brutal para un Gobierno no reconocido por la comunidad internacional y que no tenía ayuda de nadie, excepto de Armenia. Y pese a ello tratamos de ser lo más democráticos que podemos. Cuando tenemos que hacer una nueva ley, preguntamos a nuestros amigos de Armenia, porque ellos son parte de los programas de vecindad de la Unión Europea y tienen ciertas normativas de estandarización”.

Tras la contienda, una pequeña élite rural y ciertos señores de la guerra se hicieron con el control de la política y la economía; no solo en la pequeña república inexistente, sino también en la propia Armenia: dos de sus expresidentes, Robert Kocharián y Serzh Sargsyán, proceden del Karabaj. El Gobierno quedó en manos de personajes ligados al aparato de seguridad, como el actual presidente karabají, Bako Sahakyán, quien dirigió los servicios secretos. Pero en los últimos años, una nueva generación de jóvenes, muchos de ellos formados en el extranjero, como Arevik, ha adquirido responsabilidades y la política del Karabaj se ha hecho algo más transparente. “Desde 2012, al menos tenemos oposición”, dice Artak Beglaryán, jefe adjunto de la oficina del Defensor del Pueblo. Los diputados de la oposición ocupan 2 de los 33 escaños de la Asamblea Nacional de Artsaj; el resto son de los cuatro partidos que siempre forman gobierno.

Un informe de la ONG Freedom House no es muy halagüeño: “Dada la situación que vive el territorio, la disidencia y la confrontación son vistas como signo de deslealtad e incluso como una amenaza a la seguridad. El Gobierno controla la mayor parte de los medios de comunicación. La mayoría de los periodistas practican la autocensura. Escuelas y universidades son objeto de presión política para evitar voces críticas en temas sensibles. La justicia no es independiente en la práctica y los tribunales están influidos por el Ejecutivo, así como por poderosos grupos políticos, económicos y criminales”. En junio de 2018 algunos intentaron replicar las protestas que en Armenia hicieron caer al Gobierno, con la esperanza de lograr un Karabaj más democrático. “Solo salieron a la calle 29 personas”, lamenta Saro Saryán, presidente de la Asociación de Refugiados.

La manifestación tuvo lugar después de que la Policía apalease brutalmente a dos jóvenes, y fue seguida por una contramanifestación de apoyo al Gobierno, mucho más concurrida, amén de una advertencia del Ministerio de Defensa llamando a la población a “abstenerse de participar en actividades peligrosas”. Con todo, temiendo que la chispa pudiera prender, se sustituyó a algunos jefes de policía y se prometieron tímidas reformas.

“Para la gente del Karabaj su prioridad es la seguridad, la seguridad física. Después vienen las cuestiones sociales y ya luego los derechos humanos. Pero es cierto que en los últimos años se ha incrementado la concienciación sobre los derechos humanos. Es algo que tiene que ver con que la situación social ha mejorado”, dice Beglaryán.

Garnik Avanesyan, teniente coronel armenio retirado, posa frente a uno de los edificios destruidos durante la guerra en Shusha.Thanassis Stavrakis / AP

El principal obstáculo al desarrollo social y democrático del Karabaj es la guerra, la amenaza de la guerra. El Ejército y las fuerzas de seguridad se llevan una parte considerable del presupuesto.

—¿Cuánto se gasta el Nagorno-Karabaj en Defensa?

—Demasiado —reconoce Beglaryán, que antes trabajaba como portavoz del Gobierno—. La respuesta oficial es que se gasta lo que es necesario. Ni un céntimo más. Pero la cifra exacta la desconozco, es secreta. Solo la conocen unas pocas personas.

—¿Cuál es el número de efectivos del Ejército karabají? —pregunto también a la viceministra Alexanyán.

—Es secreto. Estamos en guerra.

Octubre de 2008

Ellas vestidas de impoluto blanco. Ellos, de negro, gris o blanco algún osado. Setecientas novias y setecientos novios desfilando ordenadamente por el altar de la catedral de Ghazanchetsots, en Shusha, para ser unidos en santo matrimonio. Fuera les espera un cortejo de autobuses y vehículos para llevarlos a la plaza principal de Stepanakert: discursos de las máximas autoridades, orquesta militar, bailes folclóricos. Después, descienden la escalinata reformada para la ocasión hasta llegar al Estadio Republicano, donde tiene lugar el multitudinario banquete, amenizado por música en directo y conciertos hasta la noche.

La escultura de una mano colocando un anillo en el dedo índice de otra recuerda aquella macroboda sobre la que, una década después, todavía se sigue hablando en el Karabaj.

Fue idea del empresario y filántropo Levon Hayrapetyán, nacido en 1949 en el pueblo karabají de Vank y fallecido en 2017 en una cárcel rusa acusado de corrupción. Las privatizaciones de empresas públicas tras la caída de la URSS y su amistad con ciertos mandatarios de Rusia lo convirtieron en un magnate de la energía. Y, si bien nunca regresó a vivir al Karabaj, jamás olvidó lo que él consideraba la “deuda genética” con sus tierras ancestrales: donó millones de dólares a la región. El día de la macroboda, que pagó de su bolsillo, regaló 2.500 dólares a cada pareja y prometió recompensas en metálico para aquellos que tuvieran hijos: hasta 100.000 dólares para quienes diesen siete vástagos a la tierra de Artsaj.

“Ahora tenemos problemas de espacio en las guarderías y en las escuelas”, admite un funcionario diez años después. Pero la política de subvenciones a la natalidad ha continuado. A las ayudas que ofrecen los armenios de la diáspora, se unen las del Gobierno: “Si tienes cinco hijos, el Estado te da un piso. Si tienes siete u ocho, una furgoneta”.

Porque parte de la guerra se libra en el frente de la demografía. Azerbaiyán tiene 7 millones de habitantes; Armenia no llega a 3 millones, Artsaj tiene 150.000. Y muchos armenios emigran del Karabaj por la falta de oportunidades.

Nazik Nalbandyán es una mujer de vestir austero y mirada circunspecta. Una babushka (abuela) soviética. Su padre luchó en la Segunda Guerra Mundial: “Llegó hasta Berlín”. Durante la guerra del Karabaj, lo capturaron los azeríes y su familia jamás volvió a tener noticias de él. También la madre de Nalbandyán murió en la guerra, durante un bombardeo azerí. “La guerra ha dejado una huella de sangre en todas las familias de Karabaj”, dice con ojos tristes. Dirige la Asociación de Mujeres del Karabaj (KWA), cuyo objetivo es reafirmar el papel de la mujer y fomentar su inclusión en la sociedad y la vida política. Se puede anotar varios éxitos: por ejemplo, que las seis juezas del Tribunal Supremo sean mujeres. Pero la KWA tiene también tiene otro cometido, dice Nalbandyán: “Incrementar la tasa de natalidad, porque tenemos un problema demográfico. Y nuestro deber es apoyar al Gobierno”. Pocas asociaciones que se consideren feministas tienen entre sus objetivos fomentar que las mujeres tengan más hijos. Pero es la guerra.

Abril de 2016

En la década de 1990, el Azerbaiyán recién independizado era un país desestructurado, de intrigas y golpes de Estado: en medio de la guerra por el Karabaj, los generales azerbaiyanos retiraban a sus soldados del frente para irse a luchar a Bakú por una determinada facción política. Hasta que, finalmente, el clan de los Aliyev (primero el padre, Heydar; ahora el hijo, Ilham) rehizo el Estado e impuso su férreo dominio en Azerbaiyán.

Armenia y Azerbaiyán dedican proporcionalmente lo mismo a su particular carrera armamentística (en torno a un 3,5 % del PIB). Sin embargo, a partir de la década de 2000, Azerbaiyán vivió un boom del petróleo: su economía se disparó y eso significó más dinero disponible para el Ejército, así que el gasto militar llegó a septuplicar el de su vecino y enemigo.

“Si compras armas que valen millones de dólares no es para ponerlas en un almacén, es para usarlas algún día. Y ¿contra quién las va a usar? Contra nosotros”, denuncia la viceministra Alexanyán.

Desde la tregua firmada en 1994, las violaciones del alto el fuego han sido constantes. Cada año, una treintena de militares de uno u otro bando, además de algunos civiles que viven cerca del frente, mueren en disparos cruzados. Pero lo que ocurrió en 2016 superó a todos los anteriores choques fronterizos.

En la madrugada del 2 de abril de aquel año, el Ejército de Azerbaiyán lanzó una operación a gran escala en la llamada “línea de contacto”, que separa las fuerzas de ambas partes, y avanzó hasta 20 kilómetros dentro del territorio controlado por los armenios del Karabaj. “Me encontraba en viaje de negocios cuando se produjo la agresión de Azerbaiyán, y cuando regresé me encontré con que mis hijos tenían los pasaportes listos y mantas en el pasillo de casa, y estaban esperando la llamada para acudir a los refugios —relata Alexanyán—. Esta nueva guerra sirvió para recordar a aquellos que se estaban acostumbrando a la paz, a una cierta coexistencia pacífica, que el peligro sigue ahí. Así que la gente volvió a los refugios, los acondicionó, repintó, arregló las camas, repuso las bombonas de gas para poder cocinar... Igual que se hacía en los noventa”.

Las autoridades de Armenia y Artsaj movilizaron a sus fuerzas militares y lograron contener la ofensiva azerbaiyana. Las tropas lucharon encarnizadamente por colinas y trincheras. Finalmente, la Guerra de los Cuatro Días, tal y como se la conoce en la región, se cerró con una pírrica victoria de Azerbaiyán, que solo mantuvo algunas elevaciones conquistadas durante las primeras horas de la ofensiva.

Pero se luchaba con nuevas armas, más modernas y letales, así que las víctimas fueron elevadas: 200 muertos, la mitad en cada bando. Además, se vivieron escenas que recordaban la cruel guerra de la década de 1990: bombardeo de áreas civiles, mutilación de cadáveres... Un ejemplo: la cabeza de un soldado armenio fue enterrada dos semanas después de su cuerpo, tras interminables gestiones para que los soldados azerbaiyanos que habían decapitado al recluta la devolviesen a la familia de la víctima.

“Cuando combatí, en los noventa, guardaba la esperanza de que mi hijo no viviría la guerra —dice Karen Matevosyán, el superviviente del pogromo de Sumgait—. Pero en 2016 volvió la guerra y perdí esa esperanza. Ahora lo que deseo es que mi nieta no conozca la guerra. Aunque no estoy seguro de que vaya a ser posible”.

Soldados abandonan una zona militar tras un entrenamiento de tiro en la base de Mataghis.Thanassis Stavrakis / AP

La guerra de 2016 traumatizó a toda una generación de armenios karabajíes que no habían vivido la anterior contienda. Uno de ellos fue Maher, de 25 años. Lo que vio en el frente —la violencia, la destrucción, el sadismo— lo dejó en un estado de conmoción que solo ha comenzado a superar gracias a su trabajo en Halo Trust, una oenegé dedicada a limpiar el terreno de minas y artefactos explosivos. Es un oficio pesado y físico. Recostado sobre el suelo, debe escarbar la tierra cuidadosamente para evitar ejercer presión en caso de que haya un explosivo. Continuamente debe comprobar con una regla que ha retirado una capa de 15 centímetros de tierra. Avanzar un paso y volver a escarbar. Es un trabajo repetitivo: pasa horas así, a la intemperie, llueva o haga un sol de justicia, y normalmente transcurren semanas, meses, sin hallar nada, pero no se puede perder la atención, hay que revisar cada palmo de terreno para asegurarse de que no queden minas. A él le hace bien, le ayuda a recuperarse. “Al limpiar las minas permitimos que este lugar pueda ser utilizado de nuevo por la gente”.

El trabajo de Halo Trust ha permitido limpiar cerca de tres cuartas partes de las minas colocadas durante el conflicto de la década de 1990. El problema es que, si vuelve la guerra, como ocurrió en 2016, habrá nuevas zonas “contaminadas”, por minas o munición de racimo. Y habrá que volver a limpiar, como Sísifos que arrastran su carga colina arriba para que, antes de llegar a la cima, ruede de nuevo cuesta abajo.

Morir por la patria

Como los armenios son menos que los azeríes, su servicio militar dura dos años. Y muchos de los jóvenes de la República de Armenia son enviados a servir en el frente del Nagorno-Karabaj, que de otra forma no podría sostener el esfuerzo bélico contra Azerbaiyán.

En el acuartelamiento de las afueras de Stepanakert, los reclutas duermen de cuarenta en cuarenta, en estancias repletas de literas. Pero a la entrada de cada una se reserva una cama vacía presidida por un retrato y una mesilla con flores de plástico. Es la cama del mártir, de un soldado caído en combate: cada noche, antes de acostarse, los soldados repiten su nombre.

Los mandos de la base acceden a que hablen cinco soldados. Toman lugar en los pupitres del aula en que reciben lecciones, frente a los periodistas. Detrás de mí se sienta el comandante, que les hace gestos, como el apuntador de una obra de teatro. La clase está decorada con fotos e imágenes que relatan la historia gloriosa de los armenios: desde el Diluvio Universal (los armenios se reclaman descendientes de Hayk, hijo de Togarma, nieto de Gomer, bisnieto de Jafet, tataranieto de Noé, el del Arca, según la genealogía bíblica) pasando por los poderosos reinos armenios de la Antigüedad, las Cruzadas, el Genocidio... y finalmente el conflicto del Karabaj. Para el nacionalismo armenio, que ha forjado su identidad a través de las persecuciones, matanzas y derrotas sufridas en los últimos siglos, Artsaj supone la gran victoria tantas veces ansiada.

SOLDADO 1: Si perdemos el Nagorno-Karabaj será la última página de nuestra historia, porque esto es la puerta de Armenia.

SOLDADO 2: Estamos aquí para continuar con la labor de nuestros padres, y nuestros hijos continuarán con nuestra labor. Es nuestro deber proteger nuestra nación.

SOLDADO 3: Somos diferentes de los azeríes. Como individuos nos parecemos, pero el modo de pensar es diferente.

SOLDADO 4: Somos diferentes, nosotros protegemos nuestra madre patria, mientras que ellos no entienden por qué están luchando.

SOLDADO 5: La diferencia es que nosotros somos democráticos, a ellos los engañan...

COMANDANTE: Hubo un tiempo en que Armenia se extendía de mar a mar. Un día, volveremos a controlar el mismo territorio, porque la historia se repite. Los azeríes no tienen nuestra historia. Nuestra historia es antigua y siempre hemos estado luchando y defendiéndonos. El Karabaj siempre ha sido armenio. En algunos momentos quizá ellos vivían aquí pero... esto es Armenia. Si de nuevo hay guerra, Dios no lo quiera, estamos listos para combatir.

SOLDADO 1: Hay una gran diferencia entre morir por nada y morir por una causa. Sería un honor morir por la patria.

El resto asiente. Y, sin embargo…

—Cuando a mi hijo lo enviaron al frente le dije: “No dispares si no es necesario” —confiesa Emma Matevosyán, superviviente de Sumgait—. En el otro lado también hay una madre esperando a su hijo.

...de vez en cuando asoma la misericordia como un rayo de sol en un día nublado.

En el Ministerio y en la calle

El diálogo en la sala de reuniones del Ministerio de Exteriores de Artsaj va camino de convertirse en una encendida discusión. A un lado de la mesa, un grupo de periodistas extranjeros; al otro, la viceministra Armine Alexanyán. Tras ella, una pared en la que se repite constantemente República de Artsaj / República del Nagorno-Karabaj en armenio, inglés, francés y ruso. Como si repetirlo muchas veces lo hiciese más real.

—Nuestro Ministerio de Defensa no usa la palabra enemigo; dice oponente. O adversario. Al contrario que ellos —dice la viceministra Alexanyán—. En la televisión de Azerbaiyán se habla continuamente del enemigo armenio. Nuestros profesores tienen prohibido diseminar odio contra los azeríes. Los alumnos estudian Historia, estudian patriotismo...

—No es esa la impresión que nos han dado sus soldados. ¿De verdad no usan la palabra enemigo en sus libros de texto? —le pregunto.

—Sí, claro que se usa el concepto. El pueblo armenio ha tenido numerosos enemigos en su historia: los persas, los árabes, los tártaros...

Las consignas que frecuentemente emite en público el Gobierno de Azerbaiyán, advirtiendo de que tomará el Karabaj por la fuerza si los armenios no se avienen a pactar la devolución del territorio, no ayudan a solucionar el conflicto. Menos aún frente a una nación como la armenia, cuya identidad moderna ha sido forjada, en un modo similar a la de Israel, por su papel de víctima y por el consenso en la necesidad de unirse frente a la posibilidad de aniquilación, de repetir una nueva tragedia como el Genocidio de 1915.

—¿Ustedes aceptarían algún tipo de solución que supusiera el retorno del Karabaj a Azerbaiyán como república federada o como provincia con un amplio margen de autonomía?

—¿Por qué deberíamos contemplar esa posibilidad? Tenemos una generación de jóvenes y niños que han nacido en un Artsaj independiente. Que no han visto un azerí en su vida y que no entenderían por qué deben vivir en Azerbaiyán si no tienen ningún lazo con ese Estado autoritario. No hay otra alternativa que la independencia.

—¿Y no podrían hacer algún tipo de gesto como devolver alguna de las provincias azeríes ocupadas?

—Lo primero que debe hacer Azerbaiyán es aceptarnos como interlocutor en la mesa de negociaciones de la que nos expulsaron en 1998. Allí se puede hablar de todo, pero tiene que haber una solución a todos los aspectos del problema en su conjunto, no puede ser paso a paso.

—Ese modelo, el de todo o nada, es el que se ha seguido en el conflicto de Chipre, y llevan cuarenta años de negociaciones fracasadas.

—¡Como si duran 400 años!

—No parecen ustedes muy dispuestos a hacer concesiones.

—La independencia es nuestra opción estratégica. Luego preguntaremos a los karabajíes en referéndum si quieren unirse legalmente a Armenia. Pero regresar bajo el dominio de Azerbaiyán está fuera de toda discusión. Jamás renunciaremos a nuestro territorio. ¿De qué serviría, si no, todo lo que sufrimos?

La bandera de Nagorno-Karabaj.Jens Kalaene / AP

La construcción de la paz

Ashot, el de las bicicletas, trabaja en un proyecto de la oenegé finlandesa Crisis Management Initiative. Organiza debates de jóvenes en los que cada equipo participante debe defender su visión, la de los armenios del Karabaj, o, si le toca por sorteo, la otra, la de los azeríes. “Normalmente uno solo quiere escuchar su versión. Pero algún día tendremos que hablar con nuestros vecinos, y necesitamos tener la habilidad de dialogar y de entender a la otra parte”.

Ashot es una rara avis en el Karabaj. Y no solo por su bicicleta.

“En el club de debate tenemos 69 mujeres y 7 hombres. Siempre hay más mujeres. A veces es porque los hombres están en el frente y no pueden acudir a las reuniones. Y también es porque a los hombres no les parecen tan interesantes los esfuerzos de construcción de la paz”.

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