Natalia Sancha

Yemen: de la esperanza al caos

Cinco años después del inicio de la revolución, Yemen está sumido en una guerra en la que han muerto más de 6.000 personas, la mitad civiles.

Mikel Ayestaran

Cubriendo conflictos
27 de Enero de 2016

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Yemen se desangra. La revuelta pacífica que derrocó a Alí Abdulá Saleh tardó un año en conseguir que el presidente dejara el poder, pero el débil proceso de transición pronto se vio superado por el triple conflicto interno (sectario, separatista y yihadista) que se ha activado aprovechando el momento de debilidad de las autoridades de Saná.

Cinco años después, la “primavera árabe” yemení es un recuerdo de un pasado lejano. Saleh ha vuelto de la mano de los rebeldes hutíes (pertenecientes a la secta de los zaidíes, derivada del islam chií) y domina medio país; Arabia Saudí bombardea Yemen desde marzo con la intención de devolver a su puesto al presidente Mansour Hadi y frenar el avance chií al otro lado de su frontera; y Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) y el grupo yihadista Estado Islámico (EI) actúan con libertad en las zonas tribales, a salvo de la persecución de Saná o de sus antiguos aliados estadounidenses. Unas operaciones que no solo se quedan allí y que Europa sufrió en primera persona, con el ataque contra el semanario francés Charlie Hebdo en enero de 2015, reivindicado por AQPA.

Miles de personas en una manifestación convocada por los hutíes en Saná. Julio de 2015.Natalia Sancha

Ninguno de los que estaban en las tiendas de campaña que el 27 de enero de 2011 se plantaron frente a la universidad de la capital esperaba esta fotografía actual. El centro de Saná se vistió de la plaza Tahrir de El Cairo y miles de personas se echaron a las calles para seguir el camino abierto por tunecinos y egipcios y pedir a gritos la caída de Saleh después de 33 años al frente del país. La idea original era acampar en la también plaza de Tahrir (libertad) de Saná, pero el entonces presidente se adelantó y, nada más ver que la chispa de Túnez prendía en Egipto y estaba a punto de hacerlo en Yemen, mandó allí a sus partidarios. Con el paso de los días resultaron ser seguidores a sueldo venidos del campo a los que les pagaban la comida y el qat (estimulante vegetal que se masca cada día en Yemen) para que se mantuvieran en la calle.

El epicentro de la revuelta se situó frente a la universidad y llamaron a la acampada “Plaza del Cambio”. Entre la multitud destacaba el trabajo de la activista Tawakul Kerman, que ese mismo año recibiría el Nobel de la Paz. No era difícil dar con ella, ya que pasaba en la protesta “treinta horas al día”.  “Y —señalaba— aún me falta tiempo para hacer cosas, porque a diferencia del resto de revoluciones árabes, aquí el movimiento de protesta no ha sido fruto de las redes sociales, sino del trabajo que hemos llevado a cabo muchos opositores desde 2007 y que tenemos que seguir haciendo cada minuto para mostrar al pueblo la necesidad de una transición a la democracia”.

“En algún medio occidental me han presentado como la ‘Che Guevara’ yemení, pero me considero solo una activista más de este gran movimiento de cambio”, confesaba mientras ordenaba carteles y recibía llamadas de teléfono desde otras ciudades del país. Alta, enérgica, bien cubierta con pañuelos de colores y en perfecto inglés, Tawakul alababa “el carácter pacífico de un levantamiento que es un ejemplo para todo el mundo árabe y que hará de Yemen un país mucho mejor”.

Casada y madre de tres hijos, Tawakul es hija de un antiguo ministro de Justicia, licenciada en Administración de Empresas y pertenece al partido islámico Al Islah (el más importante dentro de la oposición). Pero su verdadera pasión es el periodismo, y por ello fundó la ONG Mujeres periodistas libres de cadenas. El régimen no podía ni verla y la envió a prisión al comienzo de las movilizaciones, pero tampoco podían tolerarla los islamistas radicales, que le echaban en cara haber dejado de usar el niqab (velo que cubre todo el rostro excepto los ojos) para optar por el hijab (que cubre solo el pelo y el cuello).

Tawakul pasó en ocho meses de la tienda de campaña al Nobel de la Paz, galardón que en 2011 compartió con las liberianas Leymah Roberta Gbowee y Ellen Johnson Sirleaf. Fue la primera mujer árabe en conseguirlo. Su ascenso se fraguó a lo largo de un año marcado por las protestas, los enfrentamientos entre el Ejército y las milicias del jeque Sadiq Al Ahmar (uno de los líderes tribales más poderosos del país), y las intensas negociaciones lideradas por la ONU y el Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico (integrado por Arabia Saudí, Kuwait, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Bahrein), que acabaron con la salida del poder de Saleh. Fue una salida puramente formal, ya que en la práctica nunca dejó de ser la persona que mandaba gracias a sus conexiones políticas y militares en su partido, el Congreso General del Pueblo, y a sus familiares y amigos colocados a dedo en puestos clave del sistema.

Transición imposible

Puesto de control coordinado por la milicia hutí y el Ejército yemeni en el norte del país.Natalia Sancha

Mientras la comunidad internacional aplaudía el plebiscito del 27 de febrero de 2012 por el que Saleh cedía el asiento presidencial a su número dos, Mansour Hadi, tan solo en los despachos de Saná se leía la hoja de ruta con la que el país debía llevar adelante un diálogo nacional, formar un nuevo gobierno en el que cupieran todas las sensibilidades y organizar un referéndum constitucional. Pronto se vio que los problemas se acumulaban en la mesa del presidente Hadi y los conflictos internos impedían cualquier avance.

El nuevo dirigente quería unidad para hacer frente a los hutíes, con los que el Gobierno central había librado seis guerras desde 2004 que causaron miles de víctimas y decenas de miles de desplazados, y a los yihadistas de AQPA, movimiento que integra a las facciones saudí y yemení de Al Qaeda, que ha logrado elevar el grado de amenaza de Yemen hasta la calificación de “global” gracias a sus operaciones internacionales. Desde el día de la toma de posesión de Mansour Hadi se incrementaron los ataques selectivos de aviones no tripulados estadounidenses contra los insurgentes y se envió al Ejército a combatir a “lugares donde antes había una especie de pacto no escrito por el que las autoridades permitían la presencia de yihadistas a cambio de que no actuaran dentro del país”, reconocían expertos en seguridad consultados aquellos días en Saná.

Pero los planes de Hadi en la lucha antiyihadista se truncaron a medida que las fuerzas hutíes avanzaban desde su bastión en el norte del país hacia la capital y daban un auténtico golpe militar en septiembre de 2014, con la colaboración de una gran parte del Ejército que permanecía leal a Saleh. Fue una unión entre viejos enemigos que obligó a Hadi a abandonar su palacio en Saná y buscar refugio en su Adén natal, la segunda ciudad del país, situada en la costa del sur. Con ello intentaba buscar la protección del movimiento separatista del sur, su última oportunidad.

Lo que los hutíes —que se inspiran en los libaneses de Hizbulá y cuentan con la mejor milicia de Yemen después de sus largos años de guerra— calificaron de “momento histórico” se convirtió en “golpe de Estado” en boca de las monarquías petroleras del Consejo de Cooperación del Golfo, algunas de las tribus más importante del país y la Nobel de la Paz Tawakol Karman. Ella se exilió en Estambul huyendo de los hutíes y desde allí pidió “repudiar el golpe y combatirlo hasta liberar la ocupada Saná”. A la tradicional fragilidad del Estado para llegar a las remotas zonas tribales se le sumaba desde ese momento el conflicto sectario abierto entre la minoría zaidí (confesión derivada del chiismo que literalmente se traduce como ‘partidarios de Dios’, aunque se les conoce como hutíes por el clan que lidera al grupo desde 2004) y la mayoría suní, a la que pertenecen dos tercios de los 24 millones de yemeníes. Este esquema se reproduce a lo largo de todo Oriente Medio: los chiíes son apoyados por Irán y los suníes por Arabia Saudí, lo cual convierte al país de turno en un tablero en el que las dos grandes potencias ajustan cuentas.

“He perdido la esperanza en las revoluciones en Oriente Medio porque siempre acaban provocando un mayor caos”, confiesa un periodista yemení.

El grupo yihadista Estado Islámico dio la bienvenida a los hutíes con una cadena de atentados contra mezquitas chiíes que dejaron 137 muertos. Fue la tarjeta de presentación del brazo yemení de EI, que se sumaba al caos de un país en descomposición. La respuesta de los rebeldes, que para entonces ya controlaban siete provincias, fue lanzar una ofensiva hacia el sur con el objetivo de llegar a Adén, objetivo que lograron en apenas una semana de ataque relámpago que obligó de nuevo a Hadi a escapar, esta vez a Arabia Saudí.

La casa de la familia de Ibn Ghanem después de un bombardeo de la coalición liderada por Arabia Saudí. En el ataque murieron tres menores. Julio de 2015.Natalia Sancha

El avance chií no pasó desapercibido para Riad, que ante la inminente caída de Adén lanzó la Operación Tormenta Definitiva y en marzo de 2015 se metió de lleno en la guerra yemení a base de bombardeos aéreos que no han cesado hasta hoy. Es una guerra en la que “no se respeta nada, ni siquiera los hospitales, y eso a pesar de que las estructuras médicas están explícitamente protegidas por el Derecho Internacional Humanitario”, según una reciente denuncia de la organización Médicos Sin Fronteras (MSF), que en los últimos tres meses ha sufrido tres ataques en sendos centros de salud que apoyaba. Más de 6.000 personas han perdido la vida, la mitad de ellos civiles, según los datos de Naciones Unidas, y todos los intentos diplomáticos realizados hasta el momento para frenar la violencia han resultado estériles.

La “Plaza del Cambio” de Saná está hoy “desierta, nadie se atreve a manifestarse porque los hutíes no lo permitirían”, responde un periodista yemení consultado con motivo de este quinto aniversario revolucionario y que pide mantener el anonimato. “Tengo sensaciones enfrentadas, pero sinceramente he perdido la esperanza en las revoluciones en Oriente Medio porque siempre acaban provocando un mayor caos”, lamenta este informador, que ha cubierto día a día la caída al abismo de un país en el que figuras como Tawakul Kerman “han desaparecido” y otras como Saleh “son más fuertes que nunca, y no se rinden jamás”.

Manifestación en Saná convocada por los hutíes. Julio de 2015.Natalia Sancha

 

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