Eva Parey

Chatarra, colchones y desalojos

La mirada de la fotógrafa Eva Parey al éxodo europeo de la comunidad gitana de Rumanía

Eva Parey

Fotoperiodista
11 de Mayo de 2017

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Ioana tiene 68 años y trece hijos, pero solo cuatro viven en su Rumanía natal. Es la matriarca del clan gitano de los Marin.

Desde hace más de una década, la familia de Ioana vive moviéndose por Europa, en una permanente provisionalidad. En las estadísticas, los Marin forman parte de los entre diez y doce millones de romaníes que se encuentran en el continente. Van de ciudad en ciudad, atravesando fronteras, en una diáspora histórica perpetuada por la crisis, las dificultades legales y el estigma que acompaña a la población gitana.

El modo de vida de esta comunidad atrapó a la fotógrafa Eva Parey: lo que en 2009 comenzó como un reportaje sobre la búsqueda de chatarra y los efectos devastadores de la crisis en Barcelona se convirtió en Vientos del este, un proyecto de larga distancia sobre el éxodo romaní. Desde aquel año, la cámara de Eva Parey ha acompañado a varios miembros del clan Marin por su largo e incierto periplo europeo. “Vencer el recelo y ganarme la confianza de algunos de ellos fue un proceso de muchos meses”, dice.

Sus primeras imágenes están tomadas en la Barcelona de 2010 y traen ecos de un pasado no tan lejano: “Encontré un paralelismo entre su modo de vida y el movimiento migratorio que la ciudad de Barcelona experimentó a partir de la década de 1950; puntos en común entre la Barcelona informal y su asentamiento en pleno siglo XXI. Por eso empecé la serie en blanco y negro: para resaltarlo, partiendo de la idea de que no hay tantas diferencias entre ellos y lo que nosotros vivimos”.

Una pregunta atraviesa este proyecto fotográfico: ¿Por qué los gitanos rumanos viven así? La respuesta la encontramos en esta selección de quince imágenes comentadas por la fotógrafa, que nos adentran en chabolas y en campamentos de caravanas sin agua, sin higiene ni acceso a la educación; en matrimonios concertados a una tempranísima edad; en dificultades legales, discriminación y problemas de adaptación; y en una vida sostenida por la venta de chatarra o la mendicidad.

1) BARCELONA: Diciembre de 2009

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Ioana, la matriarca de la familia, descansa en un sofá mientras su hijo Gigel se prepara para ir a buscar chatarra. Son las siete y cuarto de la mañana, están en la chabola que se construyeron ellos mismos en el barrio barcelonés de Sant Andreu. Es un espacio de unos nueve metros cuadrados en el que viven entre once y quince personas, distribuidas en dos habitaciones.

Gigel sacaba unos 15 euros al día chatarreando en jornadas en las que llegaba a caminar unos 30 kilómetros rastreando la ciudad. En aquel momento tenía 28 años.

Ioana vivía de ir a pedir limosna a una parada de metro. Tenía entonces 61 años y, como matriarca, su palabra iba a misa. Dio a luz a dieciocho hijos, de los que hoy sobreviven trece. Algunos se trasladaron de Rumanía a Barcelona en 2003 y ella, que enviudó a finales de la década de 1980, se les unió seis años más tarde. Regresó a Rumanía poco después de esta foto por problemas de salud. En Rumanía el sistema sanitario es público pero bastante corrupto, aunque para la gente edad avanzada funciona relativamente bien.

2) BARCELONA: Marzo de 2010

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Grina, una de las hijas de Ioana, se dirige a una chatarrería en el norte de Barcelona a vender lo poco que ha recogido: algo de aluminio, hierro y cobre. Ha sacado doce euros después de unas diez horas de trabajo. En el campamento viven al día.

En esta fotografía Grina tenía 35 años. Es una excepción en la familia, porque no ha podido tener hijos. Para ella es un estigma. Cuando llegan a un país, si tienen hijos pueden solicitar ayudas: tienen libro de familia, cheque de comida, pueden buscar piso con alquiler social... La ausencia de hijos la ha marcado, aunque dentro del propio clan no está relegada. Ha adoptado a uno de los hijos de sus hermanas y, aunque el joven está en Rumanía, ella se encarga a distancia de su manutención.

3) AFUERAS DE LILLE, FRANCIA: Agosto de 2010

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Grina y su marido dejaron Barcelona porque los iban a expulsar del terreno que ocupaban. Se trasladaron a un campamento de caravanas en Lille (Francia) para reunirse allí con otra de las hijas de Ioana, Maslina, y su familia. En aquel momento, el entonces presidente Sarkozy estaba anunciando los planes de expulsión de gitanos rumanos o búlgaros acampados ilegalmente.

En la foto aparecen los hijos de Maslina jugando al pilla-pilla; al fondo Stefan, de diez años, se toma una cerveza. Los padres se pasan todo el día fuera buscando chatarra. Los niños se quedan en el campamento y no van a la escuela. Son dos mundos paralelos: los adultos y los niños que imitan la vida de los adultos.

En el campamento no tienen ni siquiera agua. La van a buscar a una salida de bomberos de la calle, a un kilómetro. Viven con veinte litros de agua al día para 21 personas.

4) CAMINO A RUMANÍA: Agosto de 2010

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Esta foto es una despedida. Las autoridades francesas desalojan campamentos colindantes. Las opciones para Grina —que acaba de llegar un par de días antes—, Maslina y su familia son dos: acatar la orden de expulsión y dejar el país por sus medios en 24 horas, o aceptar la deportación y una ayuda de 300 euros, pero quedar fichados de por vida sin poder regresar. Optan por lo primero. Vacían como pueden las caravanas, cargan rápidamente la furgoneta y parten hacia Rumanía: cuatro adultos y siete niños dentro del vehículo, atiborrado de muebles y bultos. Viajan durante 48 horas sin ni una botella de agua. Con lo puesto.

5) VASLUI, RUMANÍA: Noviembre de 2012

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Ioana vuelve a su Vaslui natal desde Barcelona, y empieza a cuidar a algunos de sus nietos. Aquí no hay casi adultos, la mayoría está fuera. Los niños van a la escuela hasta que se casan. Contraen matrimonio cuando tienen entre doce y dieciocho años. Los matrimonios son concertados. Se habla literalmente de vender y comprar novias. Hay una transacción económica real. 

Ioana vive de las ayudas estatales en Rumanía por tener nietos a su cargo y por viudedad. Todo lo que tienen viene del éxodo: desde los colchones hasta la ropa.

6) VASLUI, RUMANÍA: Diciembre de 2010

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Esta fotografía responde a la pregunta que ha dotado de sentido a este proyecto: ¿Por qué emigran, si en el éxodo viven en condiciones tan precarias? La respuesta es que en Rumanía están peor. Aquella noche, en esta cama dormimos siete personas: cinco nietos de Ioana (cuatro en la foto), una de sus hijas y yo. El pequeño de la izquierda tenía seis meses.

7) VASLUI, RUMANÍA: Diciembre de 2010

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David, de trece años, es el único nieto varón que está con Ioana, al margen de los pequeños. Aquí se defiende de perros salvajes en una calle que hay que atravesar para llegar a casa de su tío. Al fondo se ve un palacio: lo construyó un hombre que trabajó en Francia de chatarrero mucho tiempo y ahora es tratante de animales y usurero. Hace préstamos con unos intereses del 300 %. Mucha gente de la zona está en deuda con este hombre. Ioana también.

El joven David es como el hombre de la casa de su abuela. Se quedó en Vaslui porque su madre, Maslina, se casó con otro hombre y este rechazó al niño por ser fruto de otro enlace. Por eso fue adoptado por su tía Grina, que no podía tener hijos. Desde Barcelona, Grina le envía constantemente dinero. Ahora David está casado. A finales de 2015, con dieciocho años, fue padre.

8) AFUERAS DE LILLE, FRANCIA: Diciembre de 2013

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Estamos de nuevo en Lille. Una parte del clan tiene que desalojar la chabola de Barcelona y se instala en otro campamento ilegal en Francia, tras una breve estancia en Rumanía. Al fondo, frente a la caravana, se ve a Ramona, de ocho años. Acaba de llegar de Barcelona. Allí iba a la escuela; había empezado a hablar español y catalán. Entre ellos hablan el romaní con alguna incorporación de la lengua rumana. Aquí no puede ir al colegio. Pasa el día en el campamento y a veces acompaña a su madre a mendigar: está fascinada con lo que se puede recaudar pidiendo limosna.

En este campamento viven unas ochenta personas que se ganan la vida recogiendo chatarra. Dos veces a la semana pasa una persona de una organización solidaria que les lleva comida.

9) AFUERAS DE LILLE, FRANCIA: Diciembre de 2013

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Nicolae, hijo de Ioana, llegó a Francia pensando que estaría mejor que en Barcelona. Su decepción fue enorme. Tienen dificultades para encontrar agua, lo han expulsado de otro campamento y está haciendo solicitudes para ver si puede instalarse en un piso. La recogida de chatarra a pie en territorio francés es inviable y, como Nicolae no conduce, tiene que contratar a un chófer. Aquí lo vemos junto a su hija pequeña en la caravana, esperando a que amanezca para irse a trabajar.

10. DORTMUND, ALEMANIA: Enero de 2015

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De jugar al pilla-pilla en un campamento francés, a ir a la escuela en Alemania. La familia de Maslina se ha instalado a las afueras de Dortmund, donde un albanokosovar que han contactado les alquila un pequeño piso. Por primera vez, tienen acceso a empadronamiento y ayudas estatales. El padre trabaja a media jornada en mantenimiento en una inmobiliaria.

En la imagen, es primera hora de la mañana. Los niños están esperando el tranvía que les va a llevar al colegio. La familia lleva un año viviendo en Alemania, pero todavía lo hace con temor. El Gobierno alemán acaba de anunciar unas políticas de acogida más restrictivas. Saben que, si el padre se queda seis meses sin empleo, serán expulsados.

11. DORTMUND, ALEMANIA: Enero de 2015

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Maslina, madre de los pequeños, está aprendiendo a escribir. La familia lleva una vida más ordenada y con otros hábitos higiénicos: se pueden lavar los dientes, las manos con jabón...

Han pasado de recoger la ropa en contenedores y vivir de la caridad a ser consumidores. Han comprado un coche de segunda mano en un concesionario. La foto representa este cambio: Maslina, con una colega rumana, en un mercadillo de las afueras de Dortmund al que han ido de compras.

12. BARCELONA: Febrero de 2015

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Desde Francia, con una breve estancia en Rumanía, Grina y su marido regresan a Barcelona, al lugar que conocían, al mismo descampado que tuvieron que abandonar hace años. Este es el último reducto de la familia de Ioana en Barcelona. Grina y su marido habían estado viviendo en un piso, pero con lo poco que recogían de la chatarra no podían pagar el alquiler.

Grina ya no puede chatarrear porque en una de sus salidas tuvo un accidente al desmontar el tubo de un televisor. Estalló en mil pedazos y su córnea quedó dañada.

13) CAMINO A VASLUI, RUMANÍA: Julio de 2016

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Gigel, hijo de Ioana, acaba de fallecer en Rumanía con 35 años. Él también había estado un tiempo en Alemania pero, al no conseguir trabajo por sus problemas de salud, tuvo que volver. Su muerte causó un retorno temporal de gran parte de la familia desde diferentes puntos: Barcelona, Francia y Alemania.

La foto está tomada en el coche en el que viajan algunos familiares de Ioana, a punto de llegar a Vaslui después de toda la noche en carretera. Esta es la mañana del funeral.

14) VASLUI, RUMANÍa: Julio de 2016

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Este es un momento del entierro, después de velar el cuerpo cinco días en la habitación donde vivía el propio Gigel. Cuando alguien fallece, se reúne toda la familia y los vecinos participan. Es un momento de dolor colectivo. El hermano de Gigel y otros miembros del clan llevan el féretro. Tres pastores evangelistas leen salmos de la Biblia.

Muchos gitanos rumanos son evangelistas. La religión desempeña un papel fundamental en sus vidas.

15) VASLUI, RUMANÍA: Julio de 2016

Eva Parey

El entierro de Gigel pasó.

Al fondo se ve a Diamanta, una mujer del clan, con su marido. Es muy joven y se ha casado seis veces. Su último esposo aceptó a los hijos que tuvo con sus anteriores parejas. Aquel día me explicaron que se iban a Francia. Ahora viven allí.

En primer plano está la pequeña Maritza. Dejó la escuela para llevar la casa en la que vive con su abuela Ioana y otros niños. Tenía diez años.

Cada vez que viajo a Rumanía pregunto a los menores qué quieren ser de mayores. Las niñas responden que casarse, ser tratantes de ganado o mendigas, también chatarreras. El niño que aspira a más quiere ser albañil en Francia, Inglaterra o Barcelona. No les gusta la escuela, tienen problemas de comprensión porque allí les hablan en rumano —no romaní— y muchos faltan a clase. Las escuelas no están adaptadas al mundo romaní.

Los niños solo aspiran a ser lo que ven en sus mayores.

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