Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Elecciones en Líbano: una mirada por dentro

Hezbolá y sus aliados ganan terreno en un país que reclama una identidad más allá de la rivalidad entre Irán y Arabia Saudí

Diego Ibarra Sánchez / MeMo

Fotoperiodista
09 de Mayo de 2018

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Un país geoestratégico en el corazón de Oriente Medio. El escenario de la lucha entre Irán y Arabia Saudí, entre el bloque chií y suní, por la hegemonía de la región. Este es invariablemente el enfoque que se usa para llamar la atención sobre Líbano, un país de algo más de cuatro millones de habitantes que celebró elecciones el pasado día 6 de mayo.

El fotoperiodista Diego Ibarra Sánchez, uno de los fundadores del colectivo fotográfico MeMo, vive en Beirut desde hace años, ha seguido la campaña electoral y nos invita a ir más allá de los tópicos a través de sus imágenes. Líbano es un país que resurgió de las cenizas de una guerra civil sangrienta y que en su patio trasero tiene en marcha el peor conflicto del siglo XXI: Siria. Tiene 17 confesiones religiosas y vive en una eterna búsqueda de identidad, tal y como refleja el escritor franco-libanés Amin Maalouf en su libro Identidades asesinas. Líbano es mucho más que un teatro de la guerra fría a pequeña escala entre Irán y Arabia Saudí.

Según los resultados provisionales, Hezbolá (el partido de Dios), su otro aliado chií (Amal) y el partido del presidente Michel Aoun, cristiano, se han impuesto al bloque suní encabezado por el primer ministro, el discutido Saad Hariri.

La campaña electoral ha estado llena de propaganda y de vida. Este es el recorrido, relatado en primera persona, que Ibarra ha hecho para seguirla, y que nos ayuda a conocer algo mejor el país de los cedros, que a menudo solo ha sido interpretado en función de sus vecinos.

La campaña electoral tuvo una inversión millonaria en anuncios publicitarios, pero eso no ha evitado que la participación no llegue ni al 50%. Este es un cartel electoral del partido del presidente Aoun en el barrio cristiano de Geitawi, llamando al voto y exaltando la grandeza del país. El día de las elecciones, al comprobar que había una baja participación, el presidente Aoun tuvo incluso que salir a media tarde a pedir que los libaneses ejercieran su derecho democrático. Son las primeras elecciones parlamentarias en nueve años y el recuerdo de la guerra civil aún está fresco. Eso hace que sean importantes, pero la ciudadanía percibe que el país está en manos privadas, que lo público no funciona, que todo se lo reparten entre las mismas familias. Mandan las dinastías políticas de siempre y el mismo clientelismo.

Este es el omnipresente líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, en uno de sus habituales mítines retransmitidos a través de una pantalla, que se han convertido en marca de la casa. Este tiene lugar en Baalbek, uno de los feudos de los chiíes. Hezbolá fue considerado por Estados Unidos como un grupo terrorista tras los dos atentados contra intereses norteamericanos en Líbano en plena guerra civil en 1983. Nasralá apenas aparece en público y es un enemigo declarado de Israel, que no está contento con estos resultados. La guerra entre Israel y Líbano de 2006 sigue en la memoria colectiva: ayudan a recordarla los cientos de minas de racimo sin explotar, la presencia de una misión de la ONU que vigila el cese de hostilidades y la construcción de un nuevo muro en la frontera. Pese a que una parte de la sociedad libanesa quiere restarle poder a Hezbolá, otra la recuerda aún como los salvadores que derrotaron a las tropas israelíes y reconoce su intensa labor social ante la dejadez del gobierno.

¿Qué papel desempeña la mujer en un país con un sistema patriarcal, donde todo está hecho por y para el hombre, incluidos los negocios y la guerra? Hay un dicho libanés que cuenta que solo las viudas entran en el Parlamento. Paula Yacubian es presentadora de la televisión Future, propiedad de Hariri. Yacubian entrevistaba precisamente al primer ministro cuando estaba en Arabia Saudí y anunció su dimisión, aunque acabó regresando a Beirut. Yacubian concurrió a estos comicios como independiente y consiguió un escaño. La mayor participación de las mujeres ha marcado un hito y, sin embargo, en el nuevo Parlamento solo habrá una mujer más que en el anterior, a pesar de que más de un centenar de candidatas se presentaron.

Este es un puesto de partidarios de Hariri en una gasolinera. En estas elecciones ha habido un voto de castigo contra Hariri por la estrategia orquestada con Riad, en virtud de la cual dimitió y después intentó volver al país como hijo pródigo. No funcionó. Hariri tenía la fuerza política de ser el hijo de un mártir, Rafic Hariri, que también fue primer ministro, pero nunca lo ha sabido aprovechar porque no tiene el mismo carisma que su padre y los libaneses no le toman en serio. Es la metáfora de la política dinástica y de la corrupción, dos de los grandes problemas de Líbano.

Esta es Kholoud Mouwafak Kassemes, fundadora de Madres de Líbano, una organización de apoyo a las madres jóvenes. Se presentó a los comicios como independiente. Es autora de un libro sobre la mujer en la vida política libanesa, que define como “un área reservada a los hombres: a los que han participado en la guerra”. No logró el escaño, pero quiere seguir luchando contra el patriarcado y romper con las dinastías que dominan el país. “El poder es un negocio, y los negocios, como la guerra, son para los hombres”.

Me costó mucho sacar esta fotografía. Frente al fast food informativo y la falta de interés hacia lo desconocido, es importante intentar crear imágenes que trasciendan al olvido. ¿Cómo resumir algo, en este caso unas elecciones, a través de un icono visual? Esta noria en el Luna Park, con carteles electorales, es una metáfora de Líbano. De su lujuria y opulencia, de su elitismo a golpe de talonario, de las familias que lo dominan, de las millonadas que se gastan en publicidad… Es un carrusel. Es curioso que el cartel con el rostro del padre de Hariri esté iluminado y el del hijo esté en la oscuridad. Mi objetivo es que esta fotografía invite a pensar y contribuya a crear memoria, a crear historia.

Líbano es el país del mundo que acoge a más refugiados per cápita. Según la ONU, un millón de refugiados sirios viven en el país. Otras fuentes aseguran que son muchos más. En todo caso, suponen al menos un cuarto de la población de este pequeño país mediterráneo. Aquí a los refugiados solo se les permite trabajar en la construcción y en el campo. Son ciudadanos de tercera, pero como no mueren intentando cruzar el Mediterráneo, nadie habla de ellos. ¿Qué pasará cuando llegue la paz a Siria? ¿Volverán los refugiados a casa? Será difícil, porque muchos son suníes que tienen miedo a las represalias del régimen de Bashar al Asad. En la campaña electoral libanesa apenas se ha hablado de este aspecto, pero la pregunta está en el aire para los próximos meses y años.

En unas elecciones hay mucho color, vida, canciones que resuenan en los altavoces de las furgonetas que recorren las calles. Y mucha, mucha  luz. A priori esta fotografía es simplemente el retrato de un libanés con un póster de Hariri detrás, pero esconde mucho más. Es una persona orgullosa de posar ante su líder, que se siente un dandi, que tiene dinero, conciencia de clase. Y en ese momento se crea una complicidad interesante entre el sujeto fotografiado y el fotógrafo. Él hace propaganda de su líder y presume de lo que es; yo intento arañar un pedazo de la burbuja que es Líbano.

Un niño enarbola la bandera de Hezbolá durante un mitin en la localidad de Baalbek. Hezbolá ha desempeñado un papel importante en la lucha contra Estado Islámico y Al Qaeda en la frontera con Siria. Desarrolla además un programa social que le ha granjeado mucho apoyo popular. En estas elecciones ha habido incluso jóvenes suníes que han votado a Hezbolá, porque no lo perciben como un partido corrupto. Hezbolá tiene una alianza con Amal (también chiíes) y el Movimiento Patriótico Libre del presidente Aoun (cristiano, la fuerza más votada) que ha logrado castigar a Hariri.

Voluntarias electorales trabajan en un colegio electoral en las afueras del barrio de Hamra durante el día electoral. Estos comicios se convirtieron en un laboratorio para probar el cambio de un sistema electoral mayoritario a uno proporcional. No obstante, las listas electorales apenas mantienen una cohesión política, el clientelismo se usa para comprar votos y las leyes electorales siguen favoreciendo y protegiendo a la clase dominante.  

El presidente Michel Aoun en el Día de la Independencia de Líbano. Su partido, el Movimiento Patriótico Libre, es el que ha obtenido el mayor número de escaños en las elecciones: 28, según los resultados provisionales. Cuando el primer ministro Hariri volvió a Beirut tras anunciar su dimisión y luego retractarse, el presidente Aoun lo recibió fríamente y las cámaras captaron cómo apenas habló con él. Aoun, aliado ahora con Hezbolá y otros partidos en la órbita iraní, continuará siendo una figura importante en el panorama político libanés.

Al final del día me trasladé a los barrios donde se votaba a Hezbolá: la gente iba a votar a cuentagotas en todos los colegios electorales, como en este del barrio de Dahie. Hay analistas que decían que en algunas circunscripciones iban a pedir escaños, pero no ha sido así. Según los resultados provisionales, han conseguido 14 escaños (cuarta fuerza), uno más que hace nueve años. Más allá de su presencia en el ámbito político, la comunidad chií en Líbano no se puede entender sin el protagonismo de Hezbolá.

Marcado por la corrupción, la crisis humanitaria siria y la energética, la presencia de las élites y las heridas abiertas de la guerra civil, a veces se olvida una obviedad de Líbano: pertenece al Mediterráneo y sus aguas dan forma a su presente y futuro. Es esa bisagra en el corazón de Oriente Medio donde se resumen todas las contradicciones de la región: laboratorio improvisado de la guerra fría entre Irán y Arabia Saudí y encrucijada entre tradición y modernidad. Las elecciones libanesas han vuelto a poner a prueba el frágil equilibrio del país. O como dice la reportera Ethel Bonet, arabista especializada en Oriente Medio, han vuelto a mostrar la sangre fenicia que recorre las venas de los libaneses y que forja su identidad. 

“La idiosincrasia libanesa sigue siendo vivir cada momento como si fuera el último”.

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