Anna Surinyach

Las migraciones también son femeninas

Doce fotografías para luchar contra la invisibilización de las mujeres en los movimientos de población

Anna Surinyach

La fotografía
07 de Marzo de 2019

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Las voces de hombres son mayoritarias en las coberturas periodísticas sobre migraciones. Durante toda mi carrera como fotoperiodista, me he obsesionado por luchar contra la invisibilización de las mujeres en los grandes movimientos de población. No habita en mí un ánimo de alterar la realidad, sino todo lo contrario: la mitad de las personas desplazadas del mundo son mujeres (la gran mayoría de ellas, racializadas), y eso significa que la información publicada está distorsionada.

No se trata de abundar en el cliché de “dar voz” a un colectivo, sino de dar naturalidad a la presencia de las mujeres, en este caso en las migraciones. Como editora gráfica de Revista 5W, siempre he intentado que la perspectiva de género sea transversal: que cuando abordamos algunos de los grandes temas que hemos publicado, como las guerras, las consecuencias de las leyes en las personas, la diversión o nuestra forma de habitar el mundo, el relato sea plural. Esto no debería ni siquiera ser comentado o destacado, pero desgraciadamente aún es necesario.

He elegido la historia de ocho mujeres desplazadas por la violencia para contar cómo es la migración para ellas: en el mar Mediterráneo, en República Centroafricana, en Nigeria, en Bangladesh. En todo el mundo.

 

Una barcaza navega a la deriva en el mar Mediterráneo. Hay más de 140 personas hacinadas en ella. Se oyen voces femeninas, pero solo veo hombres. Pregunto por ellas. Ellos no contestan. ¿Dónde están? Siguen sin responder. Hasta que los hombres empiezan a apartarse y veo, debajo de ellos, sesenta mujeres sentadas con la cabeza gacha. Algunas viajan con niños, otras están embarazadas. Viajan aplastadas y en el peor lugar de la barcaza: al lado del motor. Si no hubiéramos preguntado, no las habríamos visto hasta el final.

 

Unas 40.000 personas han muerto en el siglo XXI intentando cruzar el Mediterráneo para llegar a Europa. Es la ruta más peligrosa del mundo. Las mujeres son las que más sufren a lo largo del viaje. Muchas han padecido maltratos, agresiones sexuales y violaciones, y son víctimas de redes de tráfico de personas.

 

Sara Traoré es una niña de Costa de Marfil de dos años y medio que estuvo a punto de morir en el mar. Tres días antes de que la conociera, Sara estaba saliendo de una playa libia en un bote inflable con más de cien personas hacinadas. Iba acompañada de su madre y su hermano de nueve años. Ambos perdieron la vida en el trayecto: su madre murió aplastada en la embarcación. Su hermano se fue al fondo del mar.

 

Fátima tenía quince años cuando la conocí. Había huido siete meses antes de su país, Somalia. No avisó a nadie. Me contó que alguien, no sabía muy bien quién, le había pagado el viaje a ella y a algunas de sus compañeras, también menores. Me dijo que en Europa trabajaría para pagar su deuda y conseguir traer a su madre y a sus hermanas a través de vías legales y seguras.

 

Las condiciones de vida en los campos a los que huyen mujeres junto a sus hijos son a menudo deplorables. En la República Centroafricana me encontré con decenas de mujeres que habían pasado un tiempo refugiadas en Chad, huyendo del conflictose habían refugiado en Chad. Al volverLuego volvían a su país, y se veían atrapadas en campos de tránsito sin la posibilidad de regresar a su hogar.

 

En el aeropuerto internacional de M’Poko, en Bangui (capital de República Centroafricana), llegaron a vivir hasta 100.000 personas. Muchas se refugiaron allí a finales de 2013, cuando empezaron los combates en la ciudad. Era el lugar más seguro al que podían acudir. Martine huyó de su casa el 5 diciembre de 2013 a causa de la violencia. Su marido desapareció ese mismo día. Cuando la conocí, en 2016, todavía estaba viviendo en uno de los hangares del aeropuerto con sus hijos.

 

Habiba Umaru regresó de Chad a República Centroafricana con decenas de compañeras. La ayuda en los campos de refugiados del país vecino se estaba acabando. Se encontró la frontera de su propio país cerrada. Tuvo que pagar por entrarvolver. La conocí en el campo de tránsito que Naciones Unidas había instalado en la frontera. Llevaba meses compartiendo la misma tienda con un centenar de mujeres y niños. Estaba embarazada de ocho meses.

 

El lago Chad está dividido entre Nigeria, Níger, Camerún y Chad. En los últimos años, el conflicto entre Boko Haram y los ejércitos de la región ha tenido un efecto devastador en la población. Muchas personas escaparon de las islas de este lago o de sus pueblos en tierra firme. Volver a casa es peligroso; el conflicto afecta a más de 17 millones de personas.

Inna nació huyendo. La conocí a ella y a su madre, Fátima, en Pulka, una localidad del norte de Nigeria donde se refugian muchas de las personas que huyen del conflicto. Cuando Boko Haram atacó su aldea, Fátima tuvo que huir embarazada de Inna y con cinco hijos más. Tenía 27 años. Se puso de parto mientras escapaba y dio a luz en el bosque. Inna tenía el día que la conocí tres años; siempre ha vivido en el exilio. ¿Dónde está el padre? Había huido del ataque de Boko Haram y fue asesinado.

 

Adama Bagana fue secuestrada por Boko Haram. Era adolescente, pero no recordaba su edad. La conocí en Gwoza, una localidad del norte de Nigeria, el mismo día que escapó. Todavía sin ser muy consciente de dónde estaba, contaba cómo Boko Haram había atacado Madagali, la aldea donde vivía, y cómo la habían secuestrado junto a decenas de mujeres. La obligaron a casarse con un granjero al que habían forzado a unirse a Boko Haram. Huyeron juntos al bosque. Allí estuvieron hasta que el Ejército los encontró. Su idea ahora es empezar un negocio y reunirse con su familia.

 

Yande Omar vivía en el campo de Diameron, en Chad. Huyó de las islas y se fue al desierto. “Boko Haram nos atacó en plena noche. Para hacerlo usaban a niños que quemaron nuestras casas. Vivíamos en una isla del lago Chad. Huimos a este campo. Tomé a mis hijas de la mano y vinimos caminando, con el equipaje en la cabeza. Tardamos dos días”. Como la mayoría de las mujeres que viven en este campo, no tiene idea de dónde está su marido.

 

Más de 700.000 rohinyás se han refugiado en Bangladesh desde el 25 de agosto de 2017 huyendo de los ataques de las fuerzas de seguridad birmanas. Se instalaron en asentamientos precarios, improvisados y densamente poblados de la ciudad de Cox’s Bazar. La falta de acceso a la salud de la población rohinyá en Birmania les ha convertido en víctimas de la mayor epidemia de difteria del siglo XXI.

 

“El ejército de Birmania atacó la casa de mi familia. En Bangladesh no nos atacan, me están cuidando, no quiero regresar”. Nour Solima llegó a los asentamientos hace varios meses. Su hija la cuidaba en el hospital.

Sean familiares o no, las mujeres tejen en el exilio redes de solidaridad entre ellas. Se insiste en el relato de ellas como víctimas, pero a menudo son las que dan una respuesta colectiva a crisis humanitarias desatendidas por gobiernos del mundo entero.

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