Nariman El-Mofty/AP

Yemen, la guerra silenciada

Las imágenes de la fotoperiodista Nariman El-Mofti viajan al corazón de una de las peores crisis humanitarias del mundo

Nariman El-Mofty

Fotoperiodista
20 de Junio de 2019

Comparte:

Con más de dos millones de desplazados, Yemen es uno de los países que explican por qué estamos en el momento de la historia reciente con más personas fuera de sus hogares a causa de la violencia.  

Para la ONU, esta es “la peor crisis humanitaria” del planeta. La brutal guerra civil que sacude Yemen desde hace más de cuatro años ha dejado decenas de miles de muertos y 24 millones de personas (casi el 80% de la población) necesitadas de asistencia debido a la violencia y al hambre. Hay numerosas facciones enfrentadas y la economía del país, que ya antes del conflicto era la más débil de Oriente Medio, está en ruinas.

Es una población atrapada, que tiene pocas vías de salida. Con motivo del Día de los Refugiados, Acnur ha denunciado que 70,8 millones de personas están fuera de sus hogares a causa de la violencia. Muchas —la mayoría, 41,3 millones— no son refugiadas, sino desplazadas internas, porque siguen dentro de su propio país. Como los yemeníes. Son los refugiados olvidados.

Esta es una guerra que, salvo sucesos puntuales, se desarrolla en gran parte fuera de los focos de la actualidad internacional. Por la implicación de Arabia Saudí, por el bloqueo intencionado de las potencias implicadas, porque los desplazados son internos y no pueden atravesar fronteras, porque hay otros conflictos más cercanos y mediáticos y porque es muy difícil para los informadores internacionales trabajar en el terreno: son pocos los que logran acceso. La fotoperiodista egipcio-canadiense Nariman El-Mofti es parte del equipo reconocido este año con el premio Pulitzer por su cobertura del conflicto. Junto con la reportera egipcia Maggie Michael y el videoperiodista yemení Maad al-Zikry —quien no pudo acudir a Estados Unidos a recoger el premio porque no obtuvo el visado—, el equipo, de la agencia estadounidense Associated Press, recorrió a lo largo de 2018 distintas zonas de Yemen para relatar las atrocidades y el sufrimiento causado por la guerra.

El conflicto que desde finales de 2014 enfrenta a los rebeldes hutíes —minoría chií apoyada por Irán— y a las fuerzas gubernamentales —respaldadas por una coalición árabe que lidera Arabia Saudí con apoyo de EEUU y otros países occidentales— sigue abierto. En la actualidad, buena parte del norte del país, incluida su capital, Saná, está dominada por las milicias hutíes, mientras que el sur lo controlan principalmente las fuerzas leales al Gobierno.

“Se informa menos de lo que se debería porque es muy difícil acceder al país. Y una vez allí, estar en el terreno es muy duro. No hace falta ir al frente para que sea peligroso: hay muchos grupos enfrentados, es muy complicado”, dice Nariman El-Mofty.

Las imágenes de la fotoperiodista profundizan en distintos niveles del desastre: desde el reclutamiento de niños soldado hasta los desplazados, la hambruna y la corrupción, los mutilados de guerra o las torturas perpetradas en prisiones. Recorremos, a través de una selección de fotografías comentadas por ella misma, las consecuencias de una guerra que  no muestra, por ahora, perspectivas de llegar a su fin.

 

NIÑOS SOLDADO

Nariman El-Mofty/AP

 

Tomé esta fotografía en julio de 2018 en un campo de desplazados a las afueras de la ciudad de Marib, en medio del desierto. En ella Kahlan, un exsoldado de doce años, muestra cómo utilizar un arma. Él y sus compañeros de clase fueron captados por un grupo de rebeldes hutíes con la promesa de que recibirían carteras escolares nuevas. En cambio, fueron entrenados como soldados; su tarea era la de llevar provisiones a la línea de combate, para lo que debían evitar bombardeos aéreos que dejaban muchas víctimas.

En el mismo campo había otros niños que habían sido soldados, pero él era el más pequeño. Tenía unos ojos grandes e inocentes. Muchos de los menores que han combatido no parecen niños, en sus ojos hay mucha dureza, pero Kahlan seguía siendo un niño en su forma de mirar, en su manera de hablar. En un momento dado le pregunté si sabía utilizar el arma. La miró, la agarró y en menos de dos segundos la cargó. La foto es de ese momento, cuando en tan solo dos segundos pasó de niño a hombre. Fue muy impactante.

 

Nariman El-Mofty/AP

Esta es una presa de la provincia nororiental de Marib; es un lugar al que van las familias a tomar el aire, a bañarse. Yo fui a dar un paseo para caminar y despejarme un poco, con las imágenes de niños soldado aún en mi mente. Entonces vi a estos dos chicos, muy jóvenes: uno de ellos estaba con un arma, un AK-47, mirando hacia la presa.

Quizá no era un soldado, pero se le veía habituado a coger armas: sin duda estaba acostumbrado a proteger a su familia. Tenía unos quince años. Incluso en un lugar como este, al que las familias van a relajarse y los pequeños a nadar, hay niños armados.

 

Nariman El-Mofty/AP

En Marib hay un centro de rehabilitación para niños que han combatido. Aquí les ayudan a superar los traumas causados por la violencia. Esta foto la tomé después de la oración, durante una sesión en la que los menores se reúnen para cantar y recitar versos religiosos.  

Los niños que han estado en el frente describen combates y muertes; muchos quedan traumatizados después de ver cadáveres destrozados. Aquí solo hay chicos; las niñas se quedan en casa, ellas no son reclutadas. En algunas zonas rurales se puede ver a mujeres armadas, pero no es algo habitual.

 

Nariman El-Mofty/AP

Esta foto está sacada en el mismo campo de desplazados en el que vivía Kahlan, en las afueras de Marib. El niño que salta sobre este rifle de asalto AK-47 tenía unos ocho o nueve años. Con esta imagen quería mostrar lo cerca que están los pequeños de las armas. Durante todo el tiempo que estuvimos aquí la zona era sobrevolada por un dron.

En esta guerra las dos partes cuentan con niños soldado, pero parece una práctica más habitual entre los hutíes: se calcula que han reclutado a unos 18.000 menores para combatir durante los más de cuatro años de conflicto, según la cifra ofrecida por un oficial hutí.

 

DESPLAZADOS

Nariman El-Mofty/AP

Esta es una escuela reconvertida en refugio para desplazados en la región de Ibb, en el suroeste del país. Es una zona bajo control de los hutíes. Todo está en condiciones muy precarias, no hay medicinas, ni siquiera electricidad. La mayoría de los desplazados no tiene nada, vive con lo básico. Los hombres buscan un trabajo para intentar ganarse la vida. No hay escuelas.

La ayuda internacional que llega aquí es muy poca: hay una enorme corrupción. Las facciones armadas se quedan los alimentos destinados a la población y los desvían a la línea de frente, o los venden en el mercado negro para hacer negocio.

 

Nariman El-Mofty/AP

Esta es la misma escuela de Ibb. Al fondo de esta imagen se ven, apiladas, las sillas y  mesas de las aulas. En este rincón vivía una mujer con su hijo: el espacio era minúsculo, más pequeño incluso de lo que parece en la foto. Se extendía poco más de lo que ocupaba la manta. Su marido había muerto y ella no tenía absolutamente nada. Sin esposo, sin espacio, sin ayuda.

En esta zona —como en muchas otras— no hay ningún periodista occidental, solo algunos reporteros yemeníes. De vez en cuando se oían disparos de mortero y drones. El principal frente de batalla estaba en la zona de Hodeida (puerto estratégico en el sur del país). Pero hay muchos otros focos y también bombardeos aéreos, sobre todo contra el territorio controlado por los rebeldes hutíes.  

 

Nariman El-Mofty/AP

Esta fotografía la tomé en uno de los campos para desplazados en Lahj, en el sur, una zona controlada por la facción gubernamental apoyada por los saudíes. En esta habitación vivía una mujer con sus siete hijos. Su marido la había abandonado y ella sola tenía que sacar adelante a los pequeños. Estaba muy enfadada con él por haberlos dejado solos.

Guardaban la comida en esas tres bolsas, colgadas de la pared para que estuvieran seguras. Esos eran todos los alimentos de los que disponían para varios días. En lugar de fotografiar a la familia, quise enseñar la falta de comida para describir hasta qué punto era difícil para ellos sobrevivir. Muchos mercados en Yemen tienen alimentos, pero cada vez menos gente puede pagarlos ante el colapso de la economía y la corrupción a la hora de gestionar la ayuda alimentaria.

 

HAMBRUNA

Nariman El-Mofty/AP

En esta imagen Umm Mizrah, una mujer de 25 años, enseña ante la cámara sus clavículas demacradas para mostrar las consecuencias de su grave desnutrición. Se encontraba casi en su segundo trimestre de embarazo y pesaba solo 38 kilos. Estaba en el hospital de Al-Sadaqa, en la ciudad de Adén, en el sur de Yemen. Se había estado alimentando solo una vez al día para poder dar de comer a su hijo pequeño, que también sufría desnutrición.

Para mí es una foto muy especial. En Yemen [país donde las mujeres van totalmente cubiertas] es prácticamente imposible fotografiar esta parte del cuerpo de una mujer. Mientras hablábamos con ella, en la habitación del hospital, nos enseñó a Maggie (Michael) y a mí sus costillas, muy visibles por la desnutrición. Cuando terminamos nos fuimos de la habitación, pero decidí volver y preguntarle si podía fotografiarla. Esperaba un no, pero ella dudó unos momentos y luego accedió. Me dijo que quería enseñar al mundo lo que les estaba pasando. Pidió cubrirse el rostro, y entonces me permitió sacar algunas fotografías.

 

Nariman El-Mofty/AP

Awsaf, una niña yemení de cinco años, come pan y bebe té junto a su madre al lado de su choza en la región meridional de Abyan. En todo el sur del país se ve un paisaje de desesperación. En aldeas, pueblos y campos de desplazados las familias apenas se pueden permitir alimentos.

La madre de Awsaf era una mujer muy valiente. Había sacado adelante y mantenido a salvo a ocho hijos. No comía para que lo hicieran ellos. Estaba muy enferma, pero a pesar de ello conseguía que su familia tuviera pan. Su marido también estaba allí, pero no tenía trabajo. El único alimento diario para toda la familia era la hogaza de pan acompañada de té. Pese a ello, no quería que la viéramos como una víctima: siguiendo la tradición de la hospitalidad, nos ofreció pan y no nos dejó marchar hasta que aceptamos la invitación.

 

HERIDOS DE GUERRA

Nariman El-Mofty/AP

Esta foto la tomé en una sala del hospital general de Marib, donde varios mutilados de guerra practicaban con sus prótesis. En el país hay muchísimos hombres a los que les faltan extremidades por los combates, minas y bombardeos; se está convirtiendo en algo normal. En una ocasión vimos una boda —aquí se celebran en la calle— y entre los invitados había un buen número de hombres mutilados. También se ven niños con las extremidades amputadas.

El hombre de la imagen había perdido su pierna derecha en el frente combatiendo contra los hutíes. Acumulaba mucha ira, no había ningún perdón en su mirada. Esta guerra puede dar lugar a la generación del odio, de la ira contra los hutíes.

 

Nariman El-Mofty/AP

El chico de la imagen se llamaba Ahmed Mohsen, era muy joven. Había perdido una pierna por una mina terrestre. En la foto se ve cómo su hermano le limpia la cara con gesto cariñoso en una habitación del hospital de Marib.

En esta ocasión no quise enseñar en la fotografía su pierna mutilada. A veces no son necesarias imágenes explícitas para contar lo que ocurre. Este niño ya lo mostraba en su cara, no hacía falta una imagen impactante. Preferí capturar la dignidad del niño y el gesto del hermano. Era suficiente para expresar el dolor.

 

TORTURAS

Nariman El-Mofty/AP

Esta foto muestra a Monir al-Sharqi, un técnico de laboratorio y activista que desapareció durante un año. Apareció en un arroyo, semidesnudo y con terribles marcas de tortura. Tenía quemaduras de ácido en la cabeza, espalda y hombros, tan graves que la ropa se había pegado a su piel deshecha.

Algunos miembros de su familia creen que lo capturaron los rebeldes hutíes y lo torturaron por su activismo político. Pero él no hablaba. Hasta hoy, no sabemos exactamente qué ocurrió.


Nariman El-Mofty/AP

El médico yemení Farouk Bakaar fue una de las miles de personas encarceladas por las milicias hutíes durante la guerra civil. Muchas de ellas sufrieron formas extremas de tortura. Él pasó dieciocho meses en prisiones de la zona controlada por los rebeldes hutíes. Sufrió quemaduras, golpes y estuvo encadenado durante 50 días hasta que lo dieron por muerto. Tras su liberación, regresó al hospital general de Marib y ahora atiende a otras víctimas del conflicto.

Lo entrevistamos en nuestro hotel. Cuando terminó la entrevista le pedí que me acompañara para hacerle fotografías en un lugar tranquilo, una sala dedicada a la oración. Pensaba hacerle un retrato, pero al hablar y recordar los peores momentos de su encarcelamiento representó, con gestos, la forma en la que lo tuvieron encadenado. Eso es lo que muestran estas tres fotos: la posición en la que permaneció durante cincuenta días.

 

Nariman El-Mofty/AP

Esta fotografía está tomada en la playa de Adén en febrero de 2018. Osama Ahmed y Ahmed Saleh, ambos de 21 años, aparecen mirando sus móviles y mascando qat. Los dos son muy amigos y combatieron en la batalla de Adén de 2015 contra los hutíes. Osama me contó que antes de combatir no tenía ninguna experiencia con armas. Muchos de sus amigos perdieron la vida, y también él vio morir a mucha gente.

La imagen forma parte de un pequeño ensayo fotográfico sobre los jóvenes yemeníes. El problema es que no tienen ningún futuro. No tienen dinero ni trabajo, y por tanto tampoco pueden contraer matrimonio. En su tiempo libre mascan qat y fuman shisha. Están estancados. Ellos mismos lo dicen: “No combatimos, pero sentimos que estamos en una prisión”.  

 

 

Comparte:

Yemen: de la esperanza al caos

Podcast: Refugiados

Las 5W para entender los movimientos de población del último año