Gustavo Garello / AP

Alberto Fernández, el arquero del kirchnerismo

Tras la caída de Macri, el nuevo presidente de Argentina será un político propuesto por Cristina Fernández de Kirchner que aspira a aliviar la crisis económica

Andrés Fidanza

Periodista

Sonia Budassi

Periodista
28 de Octubre de 2019

Comparte:

La coalición de centroizquierda Frente de Todos cerró la campaña electoral en Mar del Plata, el balneario más popular de Argentina. El candidato Alberto Fernández, en el escenario, bajo la mirada de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, sentada a pocos metros en el mismo escenario, contó:

—Un día me llamó Cristina y me dijo: “Alberto, es tu turno”. Uno, que es un militante, se sacó el saco [chaqueta] del que operaba por la unidad y se puso el saco del que tiene que conducir este tiempo.

La decisión de Cristina Kirchner fue un shock para todo el sistema. De entrada, el dedazo de la senadora rompió las reglas no escritas de la política: la dirigente con mayor intención de voto, aunque con un techo que parecía infranqueable, se corrió al papel de aspirante a vicepresidenta. Alberto Fernández salió del clóset del burócrata, del gris operador. Saltó al escenario principal, a la cartelera de protagonista. Los electores le dieron la oportunidad el 27 de octubre: la fórmula Fernández-Kirchner —la expresidenta será ahora su vicepresidenta— sacó más de 48 puntos. El histórico operador entre bambalinas fue elegido presidente sin la necesidad de pasar a una segunda vuelta. 

Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner en el mitin de cierre de campaña. 24 de octubre de 2019.Natacha Pisarenko / AP

¿Quién es Alberto Fernández?

A sus sesenta años, Alberto Fernández parecía destinado a la rutina de un político clase B. Era profesor en la facultad de Derecho en la Universidad de Buenos Aires (UBA), mantenía reuniones y llamadas con todo dirigente que trabajara para derrotar al Gobierno de Mauricio Macri y estaba siempre disponible para llenar el aire de un programa de cable. Aunque lo convocaran a último minuto y por la cancelación de algún político más relevante, Fernández estaba a mano. A principios de 2019, el futuro presidente de la Argentina no tenía demasiadas veleidades. 

Su último cargo público lo había ocupado hacía más de diez años: jefe de gabinete del expresidente Néstor Kirchner (entre 2003 y 2007) y durante la primera administración de Cristina Fernández de Kirchner, hasta julio de 2008. Su salida había derivado en una pelea pública con la expresidenta y en diez años de silencio en esa relación. 

Su vida privada también había entrado en una dinámica satisfactoria y sin sobresaltos. Tenía su oficina sobre la avenida Callao, en Recoleta, el barrio de la aristocracia porteña. Y vivía en Puerto Madero, el barrio de los nuevos ricos de la década de 1990 o de los aspirantes a serlo. Su departamento, ubicado en el piso 12 del edificio River View, en realidad no era suyo. Se lo prestaba un amigo de hace más de treinta años: el empresario Enrique “Pepe” Albistur, exsecretario de Medios durante la presidencia de Néstor Kirchner. El millonario Albistur se lo concedió bajo la única condición de que Fernández se ocupara de los gastos. 

Alberto Fernández con su perro Dylan antes de votar en Buenos Aires. 27 de octubre de 2019.Natacha Pisarenko / AP

A principios de 2019 la vida de Fernández parecía plácida: paseaba dos veces por día a su perro, un collie llamado Dylan en homenaje a Bob. En sus ratos libres, tocaba la guitarra: preferentemente, rock de los setenta, aunque también se animaba a interpretar su propio repertorio de canciones. Nada hacía pensar que unos meses después sería elegido presidente.

Eduardo Valdés, amigo suyo desde hace 42 años, dice: “Él nunca trabajó para esto. Es más, yo siempre le decía que tenía que ser candidato a presidente, pero él me decía que no. Los amigos de toda la vida le planteábamos que fuera él, pero Alberto no quería. La única vez que se postuló para algo fue en 2000, para legislador porteño”. Valdés es diputado del Parlamento del Mercosur y exembajador en el Vaticano durante la última etapa de la presidencia de Cristina Kirchner. Se conocieron cuando estudiaban en la facultad de Derecho de la UBA.

Fernández venía de militar dentro de la amplia familia peronista en el Mariano Moreno, un colegio tradicional de la clases medias porteñas ubicado en el barrio de Almagro. Había sido delegado de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), y en 1981 había formado el Frente de Orientación Nacional (FON): todavía bajo la dictadura militar que asoló la Argentina entre 1976 y 1983, las agrupaciones peronistas evitaban incluir a Perón en los nombres de sus facciones. Después sería profesor adjunto en la cátedra de derecho penal del exprocurador y respetado académico Esteban Righi, y funcionario técnico durante la presidencia de Raúl Alfonsín (1983-1989). 

En la UBA compartió militancia, charlas, salidas y hasta partidos de fútbol con Valdés. Fernández iba siempre al arco. Ese seguiría siendo su puesto a lo largo de los años, incluso en los partidos que Néstor Kirchner organizaba en la Quinta presidencial de Olivos. La ambición de Fernández era evitar goles ajenos antes que celebrar los propios. 

Quienes trabajaban con él en la jefatura de gabinete dicen que Néstor era muy “calentón”. Y recuerdan que Alberto, con inteligencia, moderaba sus arranques: cuando el presidente planteaba medidas extremas, sin contradecirlo, Alberto lograba demorar la cosa hasta que se calmaran los ánimos. Un chiste circula por entre los suyos: dice que, por ejemplo, si Tabaré Vázquez, expresidente de Uruguay, criticaba a la Argentina en la prensa, entonces Néstor arremetía: “¡Viste lo que dijo! ¡Invadamos Uruguay!”. Y Alberto le decía: “Dale, está bien, ya arreglo con el Ministerio de Defensa”. Y al rato volvía y decía: “Vamos a invadir Uruguay, quedate tranquilo, pero por logística vamos a tener que esperar una semana”. Y así lograba disuadirlo. Si Néstor se enojaba con el diario Clarín porque publicaba información falsa sobre que en vez de haber comprado vacunas a Suiza lo habían hecho a Sierra Leona, Fernández le decía: “Por lo menos dijeron que compramos vacunas”.

Eduardo Valdés cuenta que “últimamente él militaba para que Cristina Kirchner fuera candidata porque creía que los votos de ella no se pasaban tan fácilmente” al peronismo en general. En mayo de 2019, ella lo hizo cambiar de opinión a la fuerza con ese tipo de ofrecimiento “difícil de rechazar”.

La maniobra de ajedrez de Cristina Kirchner se reveló como una jugada maestra. Al menos en términos del resultado electoral. Al correrse del primer plano, Cristina Kirchner tercerizó la ampliación del peronismo en su compañero de fórmula. Y Fernández lograría lo que a ella, a esta altura, ya le resultaba imposible: reconstruir puentes rotos con gran parte del peronismo no kirchnerista. De golpe, gobernadores, intendentes, sindicalistas y viejos adversarios de Cristina Kirchner, como el excandidato a presidente Sergio Massa, empezaron a dialogar con Fernández. Hubo cafés, desayunos, almuerzos y cenas, tanto en el departamento de Puerto Madero como en la oficina proselitista de San Telmo. Charlas vía WhatsApp. Guiños y mensajes indirectos, miles a lo largo y a lo ancho del país. Fernández repartió promesas de cargos y protagonismo a sus interlocutores: la posibilidad de ganar la presidencia, más la gobernación de la provincia de Buenos Aires y muchas intendencias, encerraba incentivos múltiples en favor de la unidad. 

Salido de su statu quo de segunda línea, logró dar el primer paso: aglutinó al 90 por ciento del peronismo en torno a su postulación. De las 19 provincias que a partir del 10 de diciembre estarán gobernadas por no macristas, el albertismo cuenta con el respaldo de 18. 

Hasta antes de las elecciones, sin embargo, subsistía un interrogante: ¿la acumulación de dirigentes y representantes políticos se traduciría en votos? 

Sí que se tradujo.

—Mi gratitud es hacia cada dirigente y militante que llevó nuestro mensaje para convencer argentinos —dijo Fernández en su primer discurso como presidente electo.

Lo escuchaba una muchedumbre que coreaba su nombre y el de Cristina. Minutos antes, ella había intentado moderar las expectativas: “Hoy Alberto es presidente de todos los argentinos y tiene enfrente una inmensa tarea y responsabilidad, una tarea ciclópea, que va a requerir de esfuerzos inimaginables”.

Cerca de la medianoche del domingo electoral, Fernández sentenció: “Hace cuatro años venimos escuchando que dicen ‘no vuelven más’, pero una noche volvimos y vamos a ser mejores”.

Pero existe un enigma aún no resuelto. ¿Cómo será la convivencia entre las distintas tribus, egos y agendas que componen el llamado Frente de Todos? ¿Fernández será un títere de Cristina Kirchner? ¿Ganó el peronismo o perdió Mauricio Macri? ¿Cuál será la prioridad en la presidencia de Fernández? ¿Qué recetas económicas aplicará para revertir la crisis? 

Durante el debate presidencial, Alberto Fernández buscó definirse: “Yo no soy un dogmático. Van a ver en mí soluciones ortodoxas y heterodoxas. Lo que nunca van a ver es que haga algo en contra de los que producen y los que trabajan”. Así, buscó alejarse de la segunda presidencia de Cristina Kirchner, marcada por su radicalización ideológica. 

“Las crisis económicas no generan necesariamente recambios presidenciales. Los cambios se producen según el tipo de oferta política. Esta elección tuvo rasgo diferente a las anteriores: el peronismo se presentó unido. Fracciones que en el pasado compitieron entre sí ahora fueron parte de un mismo espacio. Desde el llano y la oposición, la unidad fue eficaz. Desde el Gobierno y la gestión cotidiana del Estado, surgirán otras exigencias”, opina el doctor Ariel Wilkis, sociólogo especializado en economía y director del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. 

Para Wilkis, será clave analizar la composición del Gobierno: desde los ministros hasta el resto de las líneas; ver qué actores salen fortalecidos y cuáles debilitados. “La ventaja del próximo Gobierno es que tendrá a la cabeza un negociador, un armador y alguien muy consciente de la heterogeneidad de actores e intereses que conviven en el Frente de Todos. Pero el próximo Gobierno camina en un sendero muy estrecho. No está claro que la sociedad vaya a otorgarle una luna de miel, pero sí creo que su propio espacio se la va brindar, a la espera de resultados en materia económica y social”.

La propuesta que cambió todo

Desde el surgimiento de los partidos de masas, circula un mandato implícito entre los políticos argentinos, en especial los peronistas. Según este axioma, un político con vocación de poder y que se precie de gustarle el contacto con la gente recuerda los nombres de las personas y de sus familiares con facilidad. Si repite la visita, por ejemplo, a un hospital, recordará a esa enfermera que le contó que su hijo no conseguía trabajo. A pesar de que a su clase solo asistan 30 estudiantes, cifra no tan grande por tratarse de una universidad pública, Alberto Fernández se jacta de no acordarse de sus nombres con facilidad. Por eso, práctico, les pide que se sienten en el mismo lugar durante todo el cuatrimestre. Dicta la materia optativa Teoría General del Delito y Sistema de la Pena en la facultad de Derecho de la UBA en el aula 235 durante el segundo cuatrimestre de cada año. En los debates presidenciales Fernández hizo referencia varias veces a esta profesión en el marco de sus defensas a la educación pública. El miércoles después de las elecciones primarias (PASO), en las que participan todos los partidos para saber cuáles están habilitados para comparecer a las nacionales, los estudiantes pensaron que su profesor no iría al aula: algo frecuente en cualquier plantel docente que incluya un candidato en campaña. Y aún más en este caso: Fernández acababa de salir primero en las primarias. Pero, minutos más tarde, llegó como siempre, sin custodia. Antes de entrar, casi en la puerta del aula, algunos jóvenes le pidieron sacarse selfis.  

—¿Cómo andan, bien? Disculpen la demora, pero me retuvo el club de fans —dijo ya en el claustro y sus alumnos se rieron, según cuenta Isabel, estudiante de la carrera. Al rato, les pidió permiso para chequear el celular.

—Quiero constatar si la Argentina sigue existiendo —dijo, y el alumnado volvió a reír. Dos días antes, el lunes siguiente a las PASO, todo era desconcierto: una corrida cambiaria había generado la subida del dólar más fuerte desde la primera “megadevaluación” de diciembre de 2015. El viernes previo a la elección, el dólar costaba 46,20 pesos; el domingo a la noche se vendía a 48,50 en las plataformas que operan las 24 horas y el lunes saltó un 35 por ciento y llegó a costar 63. El banco central subió ese día la tasa al 74 por ciento. Eso se traduce en una inflación anual de alrededor del 50 por ciento y los sueldos ni llegan a incrementarse la mitad.

Si bien en clase su actitud corporal es descontracturada —se sienta en la mesa, no en la silla—, sus métodos de enseñanza son tradicionales: comienza cada encuentro con un repaso de la clase anterior, explica un concepto y luego lo ejemplifica con casos concretos y, de manera inevitable, suele filtrarse la política. Por ejemplo, cuando la materia plantea el tema de la baja de edad de imputabilidad en menores. 

Alberto Fernández se hace un selfi con alumnos tras un examen en la UBA. 16 de octubre de 2019.Natacha Pisarenko / AP

Meses antes de las PASO, un miércoles del mes de mayo, entre esas mismas paredes del aula sonó su celular y esa llamada lo marcó para siempre: era Cristina Fernández de Kirchner. Ella le preguntó si podría reunirse después de las tres de la tarde, sin anticiparle el motivo. Alberto terminó su clase y manejó su Toyota Corolla gris unas quince cuadras hasta el departamento de la expresidenta, ubicado en la esquina de Uruguay y Juncal, en Recoleta, uno de los barrios más elegantes y aristocráticos de la ciudad, y cuyo cementerio alberga los restos de Eva Duarte de Perón. Allí le hizo el ofrecimiento. Cuando terminó la reunión, Alberto llamó a su pareja y le pidió que fueran al departamento que comparten; quería darle la noticia. Cristina lo hizo público recién el sábado 18 de mayo, en un video grabado por el cineasta Tristán Bauer que ella posteó en sus redes.

—Esta fórmula (...) es la que mejor expresa lo que en este momento de la Argentina se necesita para convocar a los más amplios sectores sociales y políticos, y económicos también, no solo para ganar una elección, sino para gobernar.

Los medios publicaron que solo un puñado de personas (su hijo Máximo Kirchner y sus allegados políticos Oscar Parrilli, Eduardo “Wado” De Pedro, Andrés Larroque y Axel Kicillof) sabía de esa decisión que ella tomó en soledad. Ni los precandidatos de su espacio estaban al tanto.

El 9 de mayo se los había visto juntos luego de años de enemistad en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, cuando ella presentó Sinceramente, su primer libro. Alberto se había acomodado cerca del escenario: Cristina le agradeció en público por haberle dado la idea de escribir sus memorias. Él, autor de siete volúmenes, algunos académicos, en coautoría con el prestigioso Esteban Righi; otros de divulgación como el publicado en 2010, Pensado y escrito. Reflexiones del presente argentino y dilemas de una sociedad fragmentada, y un perfil de Néstor Kirchner, Políticamente incorrecto. Razones y pasiones de Néstor Kirchner, publicado en 2011. En ese libro confiesa que, a pesar de sus diferencias, había votado para que Cristina fuera reelegida ese mismo año. Su círculo íntimo comenta que no solo escribe libros y canciones, sino también poemas. El sábado antes de las elecciones, posteó un video donde toca en el salón de su casa junto al músico ganador de un Óscar Gustavo Santaolla. 

“Lee todo lo que se le cruza y eso también puede ser un problema”, dice al teléfono un amigo, ahora con una beca en Europa, con quien trabajó desde sus épocas en la jefatura de gabinete hasta hace cuatro años. “Es malarriado pero sabe admitir cuando se equivoca. En su momento, él promovió a Juan Manuel Abal Medina en el gabinete, y luego me admitió que había sido una gran equivocación”. Durante la campaña, un video lo mostraba pecheando a un comensal que lo insultó en un restaurante (él dijo que había sido “en defensa propia”), y también discutió con un par de periodistas. 

—Además de escuchar, tratá de leer —le dijo a la periodista Mercedes Ninci en la calle, rodeado de micrófonos y cámaras. Ella había admitido no conocer un escrito publicado por el diario Clarín, donde Alberto Fernández hablaba jurídicamente sobre el caso del atentado a la AMIA de 1994. Solo había escuchado un reportaje radial.

¿Por qué perdió el macrismo?

El incumbente Macri obtuvo el 40% de los votos en las elecciones del día 27 de octubre: insuficiente para seguir en el cargo.

Desde sus comienzos en 2003, el partido de Macri representa a la centroderecha, con hincapié en la liberalización de la economía y una base electoral conservadora.

Su líder no perdía una elección desde 2005. Solo había fracasado una vez: en 2003, en la primera votación que protagonizó tras su salto hacia la política desde la empresa (el Grupo Macri, fundado por su padre, Franco Macri) y la presidencia del club Boca Juniors. Le ganó en primera vuelta a un alcalde de centroizquierda, Aníbal Ibarra, pero perdió en la segunda por 53 a 47 puntos. Desde aquel momento, su carrera solo se movió hacia adelante. Logró un encadenado de éxitos envidiable, coronado en 2015 con la presidencia.

En la campaña de 2019 el panorama parecía más sombrío que en cualquiera de las elecciones anteriores. Cuatro años después del revoleo festivo de globos y promesas ambiciosas como la de Pobreza Cero de 2015, el 35,4 por ciento de los argentinos está por debajo de la línea de pobreza y el 7,7 por ciento por debajo de la línea de indigencia, según datos oficiales del primer cuatrimestre. Macri llegó al poder con un nivel de pobreza del 29 por ciento, según los cálculos del Observatorio de la Deuda Social de la UCA (ligeramente diferentes a los oficiales), y terminará su mandato con un nivel de alrededor del 38 por ciento. Con esa decadencia generalizada de la economía, el oficialismo ya no conseguía volver a seducir desde la épica de la alegría y la gestión.

Durante su mandato, tampoco consiguió reducir la inflación: fue del 47,6 por ciento en 2018, y superará el 50 por ciento en 2019. No se daban cifras semejantes desde 1991, el último año de la llamada hiperinflación. Macri también hizo crecer el desempleo: alcanzó al 10,6 por ciento de la población activa, y fue la desocupación más alta desde 2006. El macrismo empeoró casi todos los rubros de la economía, sin siquiera acercarse a la avalancha de inversiones que el gabinete de los CEO daba por descontada. Sin demasiadas soluciones a mano, el oficialismo se jugó un pleno: que el miedo a la vuelta del kirchnerismo fuera apenas mayor a la desilusión actual con el Gobierno. 

Protesta contra las políticas económicas de Macri en Buenos Aires. 13 de febrero de 2019.Claudio Santisteban / dpa / AP

Tampoco resultaría tan sencillo persuadir a los votantes enojados con Macri. Esta vez, el rechazo ya no encerraba un prejuicio de origen plebeyo y visceral hacia su apellido, vinculado con la patria contratista del Estado y los negocios siempre al filo de la ley. Se trataba de una decepción puramente racional, atada al derrumbe cotidiano de los que ganaban en pesos. La figura de Macri, desgastada, no tenía nada nuevo para ofrecer, salvo el rechazo a la fórmula “populista” de los Fernández: Alberto y Cristina.

Así de pesimista fue el propio Jaime Durán Barba, asesor estrella del presidente Macri, en abril pasado. “Se metieron con la heladera de la gente”, le dijo al ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, y al presidente del Banco Central, Guido Sandleris. En marzo de 2019, Durán Barba había estado en un hotel cinco estrellas de Miami. En el lobby, una pareja de argentinos le hizo un reproche similar. 

El arranque del ecuatoriano Durán Barba respondió, una vez más, a la información provista por su socio: el español Roberto Zapata. En marzo pasado, el asesor y psicoanalista había conducido una tanda de grupos focales sobre la imagen de Macri y el Gobierno. Los resultados fueron alarmantes. De arriba hacia abajo de la escala económica, los entrevistados se quejaban de su gestión. El malestar era extraideológico. “No les importa el imperialismo o el FMI. Les importa comprarle un pancho a sus hijos. ¡Y ahora no pueden!”, interpretó Durán Barba.

El 9 de abril, Zapata visitó a Macri en su despacho de la Casa Rosada. A diferencia de Durán Barba, cultiva y defiende su perfil bajo. Por fuera de la cúpula VIP de Cambiemos (la coalición política que llevó a Macri a la presidencia, ahora llamada “Juntos por el cambio”), resulta un personaje absolutamente desconocido. Vive en España, y se lo requiere solo para situaciones especiales. Era el arma secreta de Durán Barba. Esa tarde aprovechó su anonimato para pasar desapercibido entre los periodistas acreditados. Macri lo recibió expectante. Quería escuchar su análisis de primera mano. ¿Qué le dijo el socio del consultor estrella? Que existía mucha decepción y desesperanza. Demasiada, si la intención de Macri era ser reelecto. 

Las encuestas lo confirmaban. Entre el 75 y el 80 por ciento de los consultados reivindicó la utilidad de una política opuesta al ADN macrista: implementar algún tipo de control de precios. Con ese aval, Durán Barba sacó una conclusión profana para el credo liberal: congelamiento de precios o perder las elecciones. La idea, al principio, no gustó nada a Macri, cuyo Gobierno había recibido el mayor préstamo en la historia del FMI: 57.000 millones de dólares destinados a pagar la deuda y evitar la suspensión de pagos.

Pero Macri acabó aceptando a regañadientes la idea de Durán Barba de congelar los precios. Su asesor lo forzaba a ser el político que no era, a implementar medidas que él rechazaba desde las tripas de su ideología. La mera imagen del brazo del Estado distorsionando la dinámica de precios le revolvía el estómago. Lo implementó de todas formas. A mediados de abril anunció el congelamiento de precios en unos cincuenta productos. 

Pintada en un escaparate de Buenos Aires.Claudio Santisteban / dpa / AP

En sus efectos prácticos, el control de algunos pocos productos fue completamente neutralizado. La rodada cuesta abajo del consumo y los salarios se lo llevó puesto. Casi no tuvo impacto: ni bueno ni malo. De derecha a izquierda, los economistas no esperaban otro resultado. Ni siquiera Durán Barba tenía expectativas sobre la utilidad de ese anuncio hecho a desgana. Su apuesta era de otro orden: ese populismo de brazos caídos podía servir para mostrar interés y actividad por parte del presidente. 

Entre esos anuncios y el buen trato de los principales medios de comunicación, el Gobierno instaló la sensación de que tenía posibilidades de ir por la reelección. Era un relato indulgente y, a la larga, un autoengaño. Pero los protagonistas terminaron creyendo su propia ficción. La puesta en escena voló por los aires el domingo 11 de agosto: en las elecciones PASO, Macri perdió por 17 puntos ante la fórmula de Alberto Fernández-Cristina Kirchner. 

Tal fue el desconcierto, que el presidente reaccionó atolondrado, torpe. Aquella noche, antes de que se conocieran, como indica la ley, los primeros resultados oficiales, admitió la derrota. Mientras la población aún no tenía la información que sin dudas el presidente sí, remató: “Duele que hoy no hayamos tenido todo el apoyo que esperábamos… A dormir y a empezar a trabajar desde mañana a la mañana”. 

Y si aquel domingo mandó a la gente a acostarse, el lunes trastabilló una vez más: salió enojado a retar a quienes no lo habían votado. 

Un día después, asesorado, pidió disculpas por su reacción y anunció otro paquete de medidas como el que había presentado en abril: reducción del impuesto a las ganancias, aumento del salario mínimo vital y móvil, bonos, pagos extras de asignación universal por hijo y el congelamiento del precio de la nafta (gasolina). 

La derrota apuró una serie de fracturas y tensiones internas que habían permanecido acalladas mientras Cambiemos ganaba las elecciones. Durán Barba y el poderoso jefe de gabinete Marcos Peña fueron señalados como culpables por varios sectores del oficialismo: la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal y el alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta se ensañaron con él. También el ala política de Propuesta Republicana (PRO), compuesto por el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, y el jefe del bloque PRO, Nicolás Massot. 

“Pasamos de ser antikirchneristas a ser antiperonistas. Con el envión del triunfo en las legislativas de 2017, tendríamos que haber implementado un pacto de cogobierno en varias provincias. Un acuerdo con algunos gobernadores habría permitido aprobar reformas en el Congreso, sumar gobernabilidad y evitar esta crisis”, especula Massot, uno de los dirigentes macristas que reivindica la política y desdeña el uso abusivo del marketing y el coaching, hiperpresente en la cultura del Gobierno. 

Si bien el discurso de campaña de Fernández tuvo la premisa de "encender la economía" frente a un gobierno que la había "apagado", es probable que esto no pase si no se resuelven otras cuestiones. El especialista en economía Ariel Wilkis señala la cuestión de la inflación. “La apuesta a un acuerdo social entre empresarios y sindicalistas apuntará a contener la demanda de los segundos y avidez de obtener ganancias o evitar pérdidas de los primeros. Es una apuesta cortoplacista. Funciona las primeras semanas o no funciona. Esta política debe mostrar resultados las primeras semanas para generar confianza entre quienes acuerdan y mostrar autoridad por parte del Gobierno, quien además deberá estar enfrentando vencimientos de deudas de una suma muy significativa. Este es el segundo asunto: el próximo Gobierno no puede resolver el tema de la deuda sin que se corra el riesgo de una corrida cambiaria y tal vez bancaria. Su solvencia está puesta en juego en esa negociación que buscará ‘patear’ para adelante los vencimientos de deuda, que son muy pesados para el resto de 2020 y 2021”. 

El operador en la escena

Camino a su quinta en Pilar, suburbio del norte de la capital argentina, o en algún café del Hotel Sheraton de allí o en el paseo Champagnat, Alberto Fernández solía distraerse observando los pájaros: intentaba identificarlos y comentaba sus características —¿es un hornero, una tijereta, un pecho colorado? Su perro border collie, Dylan, fue uno de los grandes protagonistas de la campaña; tiene su propia cuenta de Instagram, donde posteó el domingo de la elección junto a su dueño, que no recurre a paseadores. Sale con él dos veces por día. La estrategia de Alberto parece ser la de mostrarse como un vecino más, un “hombre común”, aunque no le dejan manejar las redes para evitar sus exabruptos. Pero todos confirman su aversión histórica por los autos oficiales y los choferes. Desde que era jefe de gabinete, todas las mañanas llevaba a su único hijo, Estanislao, a la escuela Nuestra Señora de Guadalupe, donde cursó la primaria y parte de la secundaria, en un Peugeot 308 plateado. Estanislao lo contó en una de las pocas entrevistas que dio, y así lo recuerdan quienes trabajaban en Casa Rosada. Y si Alberto asistía al estadio de Ferro donde el kirchnerismo solía armar sus actos, manejaba su propio auto; prefería dejarlo a unas cuadras a que lo dejara un chofer en la puerta. “Manejar era como una terapia para desenchufarse”, dicen en su entorno. 

En los días posteriores al anuncio de su candidatura, en una entrevista en horario central en la emisora Radio con vos, los periodistas Reinaldo Sietecase y Ernesto Tenembaumn comentaban cómo estaría expuesto a críticas de distinto tipo al ser candidato.

—Por ejemplo, el tema de tu hijo, seguramente va a aparecer…

—Ya apareció.

—Pero quizá se profundice...

—¿Cuál es el problema?

—Yo te quiero preguntar por la historia...no tengo idea de quién es tu hijo y te quería preguntar si te jodía o no...

—¿Como me va a joder que me preguntes por mi hijo? Siento profundo orgullo por él.

Le preguntan si es cierto que es “dragqueen”; él cuenta que Estanislao —quien se crió entre visitas a la Quinta de Olivos y la Casa Rosada— es de las personas “más creativas” que conoce; estudia ilustración y diseño gráfico, se metió en el mundo de los cómics y el manga, y “empezó a disfrazarse”, dice. Al candidato no le sale la palabra exacta, hasta que alguien le dice “cosplay” (costume play, interpretar disfrazado) y asiente; ese era el término que quería usar. Cuenta que varias veces fue invitado al Festival Comic Con y empezó a montarse como mujer; su personaje, Dyzyhx, tiene una exitosa cuenta en Instagram. Hace dos años vive con su novia en “un departamentito” que alquilan en el barrio de Belgrano. Estanislao tiene 24 años y desde hace cinco trabaja en una compañía de seguros; todos los días toma el subte para llegar a la oficina del centro de la ciudad. Durante la campaña solo dio un par de entrevistas; una al youtuber Pablo Agustín. En esa nota, “Tani” como le dicen en confianza, confirmó que Fernández nunca quiso tener custodia oficial pero sí la tenía su madre y él mismo durante la escuela primaria y parte de la secundaria. “No viviría en la quinta presidencial”, dijo. Se quejó, risueño, de sus deudas: “No pagué la tarjeta de crédito”. También le dio una entrevista a Franco Torchia, un periodista especializado en diversidad. Tomó la candidatura del padre “con preocupación”, según Alberto. Faltaba una semana para otro Comic Con, pero su padre le dijo: “Hacé lo que hacés siempre”. Fernández también lo define como un “militante de los derechos para la no discriminación sexual”. En esas entrevistas, contó que hoy se define como bisexual. 

Los retos de Alberto Fernández

El debate sobre la legalización del aborto y la economía son dos de los principales retos para el nuevo Gobierno. 

Si durante el kirchnerismo Argentina legalizó el matrimonio igualitario, ahora el debate en la agenda, en un país movilizado por los derechos de la mujer con el movimiento Ni Una Menos, entre otros colectivos, es la legalización del aborto. Según cifras de Amnistía Internacional, se estima que se realizan unos 450.000 clandestinos al año. 

En 2018 se aprobó un proyecto de ley en la Cámara de Diputados y fue rechazado luego en la de senadores. Fernández está a favor de la interrupción voluntaria del embarazo —aun cuando invocó a Dios al momento de votar—, pero prefiere ir por el paso previo: el de la despenalización. Así lo dijo en público varias veces. También se lo comentó al presidente del Episcopado, Oscar Ojea, en una reunión que mantuvieron en 2018. 

Consultado sobre el tema, el exministro de Salud kirchnerista Ginés González García dice: “Proponer un nuevo proyecto de legalización inmediato no me parece oportuno”. Pionero en incluir el debate del aborto en la agenda política, ahora tiene una posición más moderada. “Empezó un debate muy interesante hace unos años. Pero terminó siendo un combate. Hay candidatos que lo único que dicen es que están en contra. Es una falta de responsabilidad y utilización política en algo resuelto por las sociedades contemporáneas evolucionadas. Hay que esquivar esos temas. En la Argentina necesitamos sumar y unirnos, y evitar las confrontaciones dentro de lo posible”, opina.

Protesta feminista en Buenos Aires, organizada por el movimiento 'Ni una menos'.Natacha Pisarenko / AP

¿Qué otros desafíos le esperan a Alberto Fernández? ¿Quién será el mediador del mediador? ¿El operador que necesita otro operador? ¿Quién ocupará de manera eficaz el rol que él cumplía junto a Néstor Kirchner?¿O la coyuntura exige otra cosa? En privado, algunos allegados dicen que la indefinición del gabinete trasluce cierta tensión, aunque él sigue reuniéndose con sus compañeros y amigos de siempre; en su casa, el día de la votación estuvo su núcleo duro. Pero quienes lo conocen y años atrás compartieron con él, por ejemplo, reuniones con un joven y poco conocido especialista en cambio climático participante de encuentros en la ONU, o con artistas como Eliseo Subiela, aseguran que lo seducen los perfiles técnicos e intelectuales. A pocos días de las elecciones, no había definido nada entre sus ministeriables, y algunos esperan sorpresas.

Pero la mayor preocupación, siempre, está puesta en la economía, talón de Aquiles argento. El especialista Wilkis señala que el FMI dejó de tratar con el macrismo y que el nuevo será un “Gobierno negociador”. El desafío consiste en buscar la mejor negociación sin que sea sancionado por los mercados financieros internacionales. “Una reestructuración con quita puede ser una opción de máxima, pero también puede volver a dejar a la Argentina con tasas de interés altísimas o sin ningún tipo de financiamiento. Al mismo FMI y a los acreedores privados no les conviene que la Argentina se caiga, necesitan que pague, pero para que se cumplan las obligaciones hay que generar condiciones. Y con los niveles de endeudamiento actuales son muy negativas”. ¿Lograrán los Fernández un acuerdo rápido, que financieramente le dé aire y políticamente no lo ahogue si se le imponen, por ejemplo, condiciones como reformas laborales o una reducción drástica del déficit fiscal?

“Los tiempos que vienen no son fáciles”, sostuvo el presidente electo desde su búnker, cuando ya estaba confirmado el triunfo. Fernández ya había charlado con Macri por teléfono. Pasada la medianoche del domingo, el Gobierno anunciaba un cepo casi total para la compra de dólares: solo se podrán comprar 200 dólares per cápita al mes. Una medida de ese tipo representa un sacrilegio para la ideología macrista, que se jactó de quitar el “cepo kirchnerista” apenas asumió.

“Siempre recuerdo que cuando Néstor le pagó al FMI y nos liberó de la política del fondo no fue Néstor, sino que fue el pueblo”, recordó un Fernández con euforia. El domingo 27 de octubre, el mismo día de las elecciones, se cumplieron nueve años desde la muerte del expresidente Kirchner. Acostumbrado a ser un artesano de los protagonismos ajenos, en adelante será, por primera vez, su propio jefe. Pero esa sensación de estar emancipado será una mera ilusión: su presidencia estará minada por condicionantes económicos y políticos, tanto externos como internos. Fernández retomará su puesto habitual en una cancha de fútbol: el de arquero. Pero esta vez, de sí mismo. 

Comparte:

El solista de Caracas

Erdogan o la desmesura

Los vecinos de Bolsonaro