Jordi Matas

Desmond Tutu, el hombre que hace reír a Dios

Perfil del arzobispo sudafricano y Premio Nobel de la Paz

Xavier Aldekoa

Océano África
22 de Septiembre de 2015

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En la parte superior del bastón, Desmond Tutu lleva una cinta negra para atárselo a la muñeca. No la usa. Se apoya en la empuñadura en forma de “T” para andar pero, en cuanto me estrecha la mano, el bastón le estorba y se lo pasa a un ayudante treinta o cuarenta años más joven. “Ten, tú lo necesitas más que yo”, dice. Y suelta una carcajada.

En el año 1995, el arzobispo sudafricano y Nobel de la Paz pensó por primera vez en retirarse de la vida pública. Dos décadas después, a sus 83 años, sigue riéndose del cansancio y la vejez. “Me voy a tener que retirar de nuevo. Si no, mi mujer me dejará”, bromea de nuevo. Si no ha cumplido su palabra es por amabilidad. “Tengo que aprender a decir que no, pero la gente se molesta si no la atiendes”. Esa preocupación por los demás, incluso por encima de su propio bienestar, forjó su alma de líder y le llevó a convertirse en uno de los principales activistas de la lucha antiapartheid. Hizo más aún: cuando Sudáfrica zozobraba moralmente y se hundía en el odio del régimen racista blanco, se convirtió en la conciencia de Sudáfrica. “El líder es un sirviente. El liderazgo no es hacer tu propio camino, no es algo para engrandecer tu figura, sino para servir”, dijo una vez. Unos meses después del último encuentro con este periodista en el Palau de la Generalitat, en verano de 2014, el sacerdote anglicano canceló su participación en un encuentro de los Premios Nobel en Roma porque debía iniciar un nuevo tratamiento contra el cáncer de próstata, que le fue diagnosticado en 1997. Este año, Desmond Tutu ha sido hospitalizado hasta en tres ocasiones. La última vez que apareció en público fue el junio pasado para celebrar sesenta años de matrimonio con su mujer Leah. En las fotos, Tutu no llevaba bastón.

Más que optimista, Desmond Tutu es desde siempre prisionero de la esperanza. Cree en los demás incluso cuando hay menos motivos para hacerlo. Cuando era un niño, su padre lo mandaba a la ciudad de Ventersdorp —ellos vivían en el gueto negro de Klerksdorp— a comprar los periódicos y él iba feliz pese a que era una de las ciudades más racistas de Sudáfrica. No es un decir: en Ventersdorp se fundó el grupo neonazi Movimiento de la Resistencia Afrikáner. Pero el pequeño Desmond no solo compraba los diarios, sino que se ponía de rodillas y desplegaba las hojas en el suelo para leerlas antes de regresar a casa. Y, donde la mayoría veía desprecio y una colisión de razas diaria, Tutu veía la esperanza de que, en una ciudad netamente racista, los blancos tuvieran la deferencia de no pisarle los periódicos. “Estamos hablando de una ciudad muy racista. Pues no puedo recordar ni un solo día en que lo que en teoría debía de haber pasado ocurriera: que un tipo blanco caminara sobre mis diarios. Aún estoy perplejo de que todos esquivaran los periódicos y a ese niño negro de rodillas que leía cuando se podría haber esperado que me hicieran la vida un poco más incómoda”. Quedaban varias décadas de lucha antiapartheid por delante y el pequeño Tutu ya creía en el cambio. “Creo en la gente que se plantea un objetivo y tiene el valor de no abandonar cuando hay obstáculos —me dijo una vez—; en el mundo ocurren muchas cosas malas, horribles, así que si no creyera que la bondad al final triunfará, querría parar el mundo y gritar: ¡dejadme ir!”.

Desmond Tutu durante el acto de lanzamiento de su biografía autorizada. Ciudad del Cabo (Sudáfrica), 2011. Jordi Matas

Sus ídolos de la infancia estaban en la escuela. Primero su padre, que era maestro, y le llenaba la casa de los instrumentos de un grupo de boy scouts o le llevaba a pescar en bicicleta, y luego un profesor de inglés que le enseñó a admirar a Shakespeare. Tutu mantiene desde entonces ese amor por lo británico, de la literatura al acento o los modales. Era un chico normal, que devoraba cómics y fruncía el ceño cuando veía a niños negros rebuscar en la basura para recoger la merienda escolar que los niños blancos habían tirado sin abrir. Aquellos chicos rubísimos preferían los bollos que habían horneado sus madres en casa a la merienda insulsa que les daban en las escuelas de blancos.

Tutu sufría, sin apenas percibirlo, las inconsistencias y contradicciones de aquella Sudáfrica de su niñez. También entonces crecieron dentro de él los primeros brotes de conciencia política. Antes de que una tuberculosis le postrara varios meses en la cama a los doce años, Tutu descubrió a los nueve que sentía orgullo de ser negro gracias al béisbol y a una casualidad. Un día llegó a sus manos un número viejo de la revista Ebony Magazine donde se describían los éxitos en la liga de béisbol estadounidense de un tal Jackie Robinson. A Tutu ni siquiera le gustaba el béisbol —su deporte favorito es el críquet—, pero saber que un negro había superado las dificultades hasta llegar a lo más alto hizo un clic en su cabeza. Y, sobre todo, en su autoestima.

Cuando escucha, Tutu apoya las palmas de la manos abiertas en las rodillas. En cuanto empieza a hablar, se vuelven incontrolables. Su habilidad de fino orador y su eterno sentido del humor, salpicado de una carcajada fresca cada dos por tres, destrozan la distancia con el interlocutor. A Tutu no le escuchas, le crees. Incluso cuando cita la Biblia, algo que hace constantemente, y habla de Dios, lo hace como quien habla de un amigo cercano, con quien tiene un café pendiente la semana que viene. El periodista y escritor John Carlin, que fue corresponsal en Sudáfrica a principios de los años 90, escribió que no había nadie que pudiera poner tan a prueba nuestra falta de fe como Desmond Tutu.

Tutu recuerda a Mandela en la Fundación Nelson Mandela de Johannesburgo. Diciembre de 2013. Jordi Matas

Esa calidez le permite lanzar críticas como dardos y cerrar sus palabras con una carcajada que invita al abrazo. En una ocasión, le pregunté por el drama de los refugiados e inmigrantes clandestinos. Cómo se sentía al ver las imágenes de miles de personas que saltaban las vallas de Melilla o Ceuta o arriesgaban su vida en lanchas de juguete para llegar a Europa. Bajó la mirada y lamentó la falta de memoria de la humanidad. “Es horrible y espantoso. Siempre ha sido así, la Biblia explica cómo Abraham o Jacob huyeron con su pueblo por el hambre o las persecuciones. Las familias siempre han huido para buscar un futuro”, señaló. Pero cuando pensaba que me estaba regateando la pregunta, contraatacó. “Muchos países europeos marginan a minorías o a inmigrantes porque buscan chivos expiatorios. Ocurre cuando la economía no va bien. Cuando la economía iba bien, esos mismos inmigrantes eran mano de obra necesaria, los gobiernos los querían para que hicieran ese tipo de trabajos incómodos. ¿Podemos recordar que esa mentalidad fue lo que llevó al poder a Hitler? Hitler llegó al poder cuando había recesión; entonces buscaron chivos expiatorios y los encontraron. El resultado fue el Holocausto. Así que tengan cuidado”. Me quedé tan atónito por su hostia a mano abierta a las autoridades europeas que se hizo un silencio de un par de segundos. Él, consciente del tono de su declaración, utilizó su mejor arma para rebajar su crítica sin cambiar una coma: se rio. “Eso es peligroso, ¿eh? —añadió—. Te congela de miedo”. Y soltó una carcajada.

Tutu quería ser químico pero fue profesor. Durante cuatro años, vivió en primera línea el ninguneo del gobierno racista blanco, que relegaba a los negros a una educación muy básica y deficiente, en ocasiones con materias pensadas para preparar al negro como sirviente del hombre blanco y con aulas de hasta 80 alumnos. Cuando el régimen del apartheid intentó imponer la educación en lengua afrikáner, algo que desembocó en protestas estudiantiles, disturbios y la matanza de Shaperville, Tutu lo dejó y arrancó su vida religiosa:

“Decidí que no sería colaborador de aquello”.

Como Tutu tiene la lengua afilada y sabe trenzar bien las palabras, puede dar la sensación de que su liderazgo es espiritual y nace del discurso. De hecho, durante los años en los que los líderes antiapartheid estaban en prisión o en el exilio, Tutu utilizó su atril como líder religioso para convertirse en portavoz del movimiento y en defensor de los derechos humanos en su país. Posiblemente su posición religiosa le protegió de la represión. Pero en realidad la consistencia de su liderazgo surge del ejemplo. Si la renuncia a su trabajo de profesor fue un grito político, también lo fue su rebeldía en 1975. Aquel año, Tutu fue nombrado el primer obispo negro de Johannesburgo. Como los barrios estaban segregados según el color de piel, el religioso debía pedir un permiso para vivir con su familia en el centro de la ciudad, reservada para los blancos. No lo hizo: decidió establecerse directamente en Soweto, precisamente en la calle Vilakazi, donde vivió Nelson Mandela. Si hubiera pedido ese permiso, con toda seguridad se lo habrían concedido, pero su protesta fue no ceder a una norma que consideraba degradante e injusta.

Pero posiblemente el mayor acto de valor, y uno de los más desconocidos, lo realizó cuando lo más fácil habría sido mirar hacia otro lado. Porque ya era una celebridad. Un año después de ganar el premio Nobel por su lucha antiapartheid, Tutu salvó de una muerte segura a un chico al que una multitud estaba a punto de linchar. “Eran tiempos turbulentos —recuerda su amigo y obispo Paul Verryn— y en Duduza, una barriada a 40 kilómetros al este de Johannesburgo, acusaron a un chico de ser un informador de la policía; y eso en aquellos días tenía una sola condena posible: a los chivatos o traidores les colocaban un neumático en el cuello y le prendían fuego”. Los ánimos estaban caldeados y la caza al chivato se desencadenó después del funeral de cuatro vecinos, que habían sido asesinados en unas protestas. Verryn, que conoce a Tutu desde hace décadas y comparte su espíritu desobediente y combativo, recuerda cómo el arzobispo se abrió paso a empujones entre la multitud y rescató al chico, a quien la turba ya había colocado un neumático empapado en gasolina por collar. “La gente gritaba ‘¡matadle!, ¡quemadle!’ y Tutu les detuvo. Fue un acto valiente porque podrían haberle matado a él también. Cuando se lo llevaba, seguían pegándole patadas y puñetazos. Le salvó la vida”.

Jordi Matas

Tutu es de ese tipo de personas que siempre están presentes en los momentos en los que cambia la historia. El 11 de febrero de 1990, invitó a dormir a su residencia como arzobispo de Ciudad del Cabo a un recluso que vivía su primer día de libertad después de 27 años en prisión: Nelson Mandela. Se hicieron grandes amigos. Al preguntarle por el expresidente sudafricano meses después de su muerte, Tutu pone por primera vez el semblante serio. “Madiba fue un amigo cercano y amado. Dios fue bondadoso al enviarnos un regalo como él”, dice.

A Tutu le quedaba por protagonizar una de las páginas más importantes de la historia de Sudáfrica. Fue nombrado responsable de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, una suerte de ceremonia de expiación colectiva donde, quienes habían cometido un crimen, podían pedir (y recibir) perdón de las familias de sus víctimas e incluso quedar libres de condena según el tipo de crimen y si se arrepentían de verdad. No fue fácil. Tutu manejó con delicadeza y desde unas profundas convicciones religiosas un proceso que destapó las esencias del horror. “Fue como mirar la bestia de nuestro pasado a los ojos”, describió. Personas comunes confesaron algunos de los crímenes más brutales y horrendos del pasado reciente de un país que aún tenía las heridas abiertas y sangrando. Pero Tutu volvió a sacar al optimista que ha guiado siempre su vida:

“Perdón es la palabra más difícil de decir. Si es complicado decírsela a tu esposa en privado cuando nadie mira, imagínate cuando lo decíamos en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación tras el apartheid, ante los ojos del mundo, en público. Pedir perdón es lo más difícil, porque viene detrás de una decepción: darse cuenta de que has cometido un error”.

Cuando preguntas a Tutu sobre cualquier cuestión, da la sensación de que ha vivido tanto, y se ha enfrentado a tantos demonios, que nada le pesa. Si así lo siente, critica al partido en el poder de Sudáfrica por sucumbir a las presiones chinas y no conceder el visado a su amigo el Dalai Lama, al que invitó a su 80 cumpleaños, y lo compara con el régimen del apartheid. Si tiene opinión, la suelta con gesto grave, porque habla en serio, y luego libera una risa estridente, casi de niño pillo, para relajar el ambiente. Cuando estuvo en Barcelona para recoger el XXVI Premi Internacional de Catalunya, no dudó en posicionarse sobre el derecho a decidir la independencia del pueblo catalán. “Muy pocas veces la verdad es neutral. No quiero provocar enfado o rabia en un bando, pero me parece obvio que es mejor que la gente se siente y hable. Y si uno de los dos dice que quiere que le reconozcan su diferencia, ¿por qué no debería poder hacerlo? ¿No es mejor que se hable a que la gente salga a la calle y la rabia aumente? Es peligroso entrar en un escenario en el que reine la amargura”.

En su 80 cumpleaños, su amigo y cantante de U2, Bono, le dedicó una canción a capella junto a un coro de gospel sudafricano. Dijo algo más. “En esta sala solo hay una estrella de rock y está sentada aquí delante. A tus 80 años, eres más punk-rock que nadie que conozca. Feliz cumpleaños, jefe”.

Risas durante la presentación del libro 'Tutu: un retrato autorizado', de Allister Spaks y Mpho A. Tutu. Ciudad del Cabo (Sudáfrica), octubre de 2011. Jordi Matas

Su carácter lenguaraz le ha generado enemistades. En el funeral de su amigo Mandela, en diciembre de 2013, fue borrado de la lista de invitados para la ceremonia familiar que se celebró en Qunu, la aldea natal del icono antiapartheid. Sus críticas a la avaricia de los familiares del héroe de la causa negra, que se peleaban para repartirse su legado cuando Madiba aún estaba en el lecho de muerte, le costaron la invitación para despedirse de su amigo. Solo el escándalo nacional e internacional que provocó su ausencia en la lista obligó al gobierno a tomar cartas en el asunto y mandarle una invitación especial en el último momento.

Tutu no reaccionó con rencor. Como siempre, tendió la mano. A sus 83 años y a pesar de los primeros achaques persistentes en su salud, sigue combatiendo por el entendimiento entre pueblos. Con la palabra y con los gestos.

Antes de despedir la charla con un “Graciaaaaasssss” en castellano y regalar un abrazo, Tutu deja una respuesta que es un consejo para todos los conflictos. “Por favor, escuchad el llanto de la gente. Porque si no lo hacéis, intensificaréis esas lágrimas y más gente tendrá motivos para llorar. Solo con la palabra se puede acabar con la rabia. Si se da una oportunidad a la razón, muchas cosas malas no suceden”.

Justo cuando Tutu va a salir por la puerta, se gira abruptamente hacia mí, que iba justo detrás, y me pilla a contrapié. “Por favor, los ancianos primero”, me vacila. Hace el ademán de dejarme pasar y suelta una carcajada.

Me fijo y veo que, apoyado en la pared, se ha dejado olvidado el bastón.

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