Anders Pettersson

Doctor Congo

Perfil del premio Nobel de la Paz Denis Mukwege

Xavier Aldekoa

Océano África
05 de Octubre de 2018

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Este perfil aparece en el número 2 de Revista 5W, Las reglas del mundo, a la venta aquí.

El médico Denis Mukwege —premio Nobel de la Paz 2018 junto a la activista yazidí Nadia Murad— ha dedicado su vida a operar a mujeres y niñas violadas en la República Democrática del Congo. Sus denuncias de la impunidad de los responsables, la inacción del Gobierno y el uso del cuerpo de la mujer como arma de guerra le han reportado enemigos poderosos: ha sobrevivido a varios intentos de asesinato y vive con escolta en su hospital Panzi de Bukavu. Cuando le preguntamos por qué no abandona, ni siquiera pestañea: “Queda mucho por hacer”.

***

A los trece años, y como no podía pagarse la escuela, Kasigwa optó por ser un asesino. No era nada personal, simplemente quería un empleo. Junto a seis amigos, abandonó su aldea de Luve, en el este de la República Democrática del Congo, se internó en el bosque y se unió a la milicia Mai Mai Nyatura, formada por hutus ruandeses. Lo recibieron con un puñetazo en la cara que lo derribó. Como Kasigwa soportó bien las palizas de sus superiores, demostró estar preparado para matar. Al principio asesinó con cuchillos. “Mataba a los cabezotas. Si sabía que un tipo tenía 20 dólares y no me los daba, tenía que matarlo. Y luego, claro, a su familia”.

Kasigwa viste un polo azul, tiene la cara redonda y luce un bigote quinceañero. Dice que hoy, seis meses después de huir de aquello e iniciar un programa de reinserción con una oenegé local, aún tiene dentro restos del demonio. “Tengo una cólera extraña en mi cuerpo. Dura poco, pero en ese rato puedo matar sin problemas, sin pensármelo. Ahora me pasa menos”. Kasigwa solo sonreirá una vez durante toda la conversación y será porque la pregunta le parece una estupidez. “¿Que si he violado alguna vez? Pues claro [se ríe]. Violaba durante los pillajes o en los controles de carretera. Parabas el autobús, sacabas a las chicas y lo hacías. Era lo normal. Lo hacían todos. A veces el deseo me empujaba a hacerlo, pero otras solo quería burlarme de ellas”.

La risa inconsciente de Kasigwa, su confesión despreocupada y su falta de empatía con las víctimas conectan con un hilo invisible las montañas donde habitan más de cuarenta grupos rebeldes y los pasillos del hospital Panzi de Bukavu. Son pasillos abarrotados. Decenas de mujeres, algunas con sus hijos a la espalda, otras tapándose el rostro con las manos, guardan turno frente a una puerta marrón con un pomo dorado. No hay nada que indique quién está detrás de la puerta, pero no hace falta. Todos saben de quién es la consulta. Sentada en un banco, Neema, de diecisiete años, lo descubre con un gesto de mentón: “Ahí dentro hay un buen hombre”. A su lado, una anciana octogenaria rechaza dar su nombre y jura que ha venido porque le duele la barriga. En el pasillo hay una docena de mujeres de edades diferentes, desde adolescentes hasta otras que rozan los cincuenta. Cuando se abre la puerta, la anciana anónima se apoya en una muleta de madera y las otras mujeres la ayudan a entrar. Dentro, sentado detrás de una mesa llena de papeles, la espera el doctor Denis Mukwege, el hombre que ha dedicado su vida a decir basta.

La anciana mira al doctor con veneración, como si en lugar de un médico fuera un chaleco salvavidas en mitad del mar. Quizá lo es. Desde hace dos décadas, Mukwege (Bukavu, 1955) opera gratuitamente a mujeres y niñas violadas. Algunas de las pacientes, desde ancianas a bebés, han sido torturadas tan brutalmente —sus agresores les introducen en la vagina bayonetas, cristales o productos tóxicos como pegamento, disolvente o lejía— que es necesario reconstruirles el aparato reproductor, el urinario o incluso el digestivo. Después de operar a miles de ellas, Mukwege se ha convertido en el mayor experto mundial en tratar a mujeres agredidas sexualmente. También en su principal altavoz. “Estas son violaciones diferentes: usan el cuerpo de la mujer como campo de batalla. La crueldad ejercida resulta inhumana. La violación en una zona de conflicto es la voluntad de destruir al otro y a las generaciones futuras a través de la mujer. Si el mundo comprendiera así la violación, no reaccionaría como si fuera un problema sexual; es una agresión contra la humanidad”.

Víctimas o supervivientes

Anders Pettersson

La primera vez que Mukwege recibe a una mujer en su consulta, la deja hablar. Él escucha, pregunta algún detalle y mira a los ojos. Es un gesto, el de mirarlas a los ojos, intencional: no quiere tratarlas como víctimas, sino como supervivientes. Desde fuera puede parecer un matiz insignificante, pero hay una diferencia crucial: mientras que la víctima sufre por su pasado, la superviviente mira hacia el futuro. Y para mujeres que han tocado fondo, cuyas vidas han sido destruidas, no es solo una cuestión de esperanza; es una cuestión de dignidad. “Llegan rotas y humilladas, no solo físicamente, también psicológicamente. Hay que reconstruir su amor propio, así que lo primero que necesitan es sentirse respetadas. Por eso escucho”.

Mukwege se ha convertido en una celebridad maldita en el Congo. Mientras que las autoridades se revuelven incómodas por sus críticas al Gobierno y a la impunidad de los culpables, ha sido reconocido con los principales premios internacionales —la Legión de Honor de Francia o el premio Sájarov, entre otros— y cuando hablamos con él ya era un firme candidato al Premio Nobel de la Paz, que hoy ha obtenido. Él, aseguraba, no perdía el sueño con ello. “El Nobel solo tiene sentido porque quien da el premio reconoce que hay un problema por resolver. Solo tiene valor por eso. Si no ayuda a resolver el problema, no es nada”.

Únicamente cuando avanza entre las 450 camas de su hospital, enfundado en una bata blanca inmaculada, Mukwege pierde el semblante serio que lo acompaña en sus discursos o durante las citas con los medios. En las tres entrevistas realizadas para escribir este perfil —dos en Francia y una en el Congo—, Mukwege nunca llegó a desembarazarse de un aire de urgencia, de una pizca de molestia por perder el tiempo hablando cuando aún queda mucho trabajo por hacer.

Con sus pacientes, el reloj desaparece. Se relaja, sonríe discreto y aprieta las manos de los muchos que lo saludan. Como lo rodean los niños y les acaricia la cabeza, adopta una pose casi mesiánica a la que se aferran sus críticos para golpearle. Él se revuelve. “Yo no quiero que me sigan ni me admiren, quiero que peleen a mi lado. Yo lucho para reparar la dignidad de las mujeres”.

Quiero ser médico

Mukwege (con gafas) participa en una operación quirúrgica en su hospital Panzi de Bukavu.Anders Pettersson

Su batalla empezó hace años con una frase: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén”. Esa oración, su decisión de no conformarse con ella, lo convirtió en doctor. A mediados de la década de 1960, Denis era el más inquieto de sus nueve hermanos. Él era el tercero, pero el primer varón, así que su padre, pastor pentecostal, dejaba que lo acompañara en sus visitas a las aldeas de la zona. Un día los llamaron para visitar a un niño enfermo y rezar por su alma. No había mucho que hacer por el chaval. Tras recitar sus oraciones y santiguarse —“en el nombre del Padre”, etcétera—, el padre de Denis recogió sus cosas. Lo detuvo una voz aguda. “¿Ya te vas, papá? Cuando yo estoy enfermo, rezas por mí, pero también me das medicinas”, le dijo Denis. “No puedo hacer nada, hijo; no soy médico”. El niño enfermo murió horas después y aquella respuesta de su padre se grabó a fuego en el pequeño Denis. “Recuerdo perfectamente aquel día. Su respuesta fue como un clic en mi interior. Me abrió los ojos. Me dije que estudiaría Medicina para hacer lo que mi padre no había podido hacer”.

Y lo hizo. Con la ayuda de una misión pentecostal sueca establecida en el Congo en 1920, Mukwege viajó a la vecina Burundi para estudiar Medicina. Se especializó en Pediatría y regresó a su tierra para trabajar en el hospital de Lemera, una pequeña localidad montañosa a cien kilómetros de Bukavu. En aquella época era un joven doctor dispuesto a comerse el mundo y se acababa de enamorar: cada fin de semana recorría esa distancia para ver a su esposa Madeleine. No siempre era fácil continuar. Cuando regresaba al hospital, se horrorizaba ante la alta mortalidad maternal e infantil durante el parto en zonas rurales, así que decidió ser parte de la solución. Con veintinueve años y 2.000 dólares en el bolsillo, viajó a Angers (Francia), se especializó en Obstetricia y Ginecología y regresó a Lemera a finales de la década de 1980. Ni siquiera sospechaba que su vida estaba a punto de dar uno de los dos giros que más han marcado su futuro. Fue un giro doloroso: la guerra entró en su hospital. A principios de octubre de 1996, un grupo rebelde atacó el centro sanitario y mató en sus camas a 33 pacientes y enfermeras. Mukwege salvó la vida porque ese día había ido a acompañar a un trabajador con una infección en el pie. “Ese fue mi primer gran drama. Trabajaba para salvar vidas y vi cómo los masacraron en sus camas sin que yo pudiera protegerlos. Fue muy difícil. Tardé dos años en reaccionar y en sentirme de nuevo fuerte para curar a la gente. Fue un trauma”.

Cuando reunió de nuevo valor suficiente, fundó en Bukavu el hospital Panzi, para el tratamiento de mujeres embarazadas. O eso creyó al principio. La visita de una mujer lo cambió todo. “Me acuerdo muy bien de aquella primera chica. Me impresionó, era la primera vez que veía algo así. Había sido violada por seis soldados, y el último le había disparado en sus órganos sexuales. Pensé que era pasajero, que era el acto de un bárbaro, pero después me di cuenta de que era algo que me iba a cambiar el resto de la vida”. Después de aquella primera víctima, llegaron miles. Una ola de violaciones masivas arrasó el este del Congo. Mukwege calcula que en Panzi han curado a más de 45.000 mujeres, aunque la cifra incluye también las operaciones de madres con problemas físicos tras dar a luz y que no han sido agredidas sexualmente. A él le fastidia que los medios occidentales le pregunten siempre por números. “Una sola mujer violada ya es demasiado. Detrás de cada cifra hay una persona que sufre, deberíamos ser más sensibles con las personas y no con los números”.

La raíz de esa epidemia de violaciones está en el conflicto. Dos guerras en el Congo entre 1996 y 2003 han dejado el este del país sumido en el caos y la violencia. Decenas de grupos rebeldes se han adueñado de territorios ricos en minerales y usan el terror para controlar las zonas mineras de difícil acceso donde el Ejército, mal pagado y peor organizado, ni siquiera se atreve a entrar. Para las milicias, el pillaje es un modo de subsistencia y el asesinato o la violación masiva una herramienta de control territorial. También una forma de pagar a sus guerrilleros: la violación de mujeres es una parte más del negocio. Aunque se firmó la paz en 2003, la guerra y sus consecuencias no han terminado.

De médico a activista

Fue otra paciente la que provocó un nuevo giro en la vida de Mukwege. Una mañana llegó a Panzi una adolescente violada a quien el doctor congoleño reconoció enseguida: era la hija, fruto de una violación, de una madre que él mismo había tratado en el hospital unos años antes. “Una nueva generación de mujeres estaba siendo violada ante mis ojos. No podíamos tratar solo a las mujeres en el hospital; había que hacer algo más”. Aquel día, Mukwege decidió convertirse en abogado de los derechos de las mujeres y explicar al mundo la barbarie de la que era testigo. Y sus palabras llenas de valor, de denuncia ante la impunidad, empezaron a molestar. Estuvo a punto de pagarlo con su vida.

El jueves 25 de octubre de 2012, tras regresar a Bukavu después de dar una conferencia en la sede de la ONU en Nueva York y unas charlas en varios países europeos, cinco hombres armados lo esperaban en su casa. Los asaltantes retenían a Lisa y Denise —dos de sus tres hijas—, además de a una prima, y esperaban con el dedo en el gatillo. Mukwege tiene aquella tarde grabada en la memoria. “Eran profesionales e iban a matarme. Mi centinela Joseph intentó evitarlo y le dispararon en la cara. Pensé que era el fin y me tiré al suelo, pero vi que no estaba herido. Lamentablemente, mi pobre amigo Jeff murió”. Tras los disparos —la casa está a cincuenta metros de una base de la ONU y a doscientos de una comisaría de policía—, los atacantes huyeron a la carrera. No se investigó el ataque y nadie fue detenido.

Aquel día, Mukwege estuvo más cerca de abandonar que nunca.

Cuando me atacaron, huí, porque tuve el reflejo de proteger a mi familia. Pero entonces esas mujeres hicieron una cosa increíble”. Quizá sea más exacto decir que hicieron lo imposible. Durante semanas, cientos de mujeres se manifestaron en las calles de Bukavu para pedir el retorno del doctor, escribieron cartas al presidente Joseph Kabila e incluso, pese al bolsillo humilde de la mayoría, reunieron el dinero para pagar su viaje de vuelta al Congo. “¡Mujeres pobres vendieron tomates y frutas en el mercado para ahorrar y pagar mi billete! Me quedé sin argumentos para abandonarlas. Comprendí su grito. Abandonarlas significa aceptar que los violadores han ganado”.

Hoy Mukwege vive dentro del recinto del hospital Panzi, escoltado por un guardia de seguridad las veinticuatro horas del día. Cuando tiene que ir al aeropuerto, se desplaza en un vehículo blindado de la ONU. Mukwege, con muy buenas relaciones con políticos y famosos estadounidenses o con la élite francesa y sueca, podría haber optado por un trabajo tranquilo y bien pagado en cualquier capital occidental. Pero no quiere. “Las necesidades son enormes. Yo no estoy solo, somos muchos haciendo este trabajo. Si hubiera optado por una vida tranquila y cómoda en Europa, creo que habría tomado una mala decisión para todas las mujeres que han sufrido violencia sexual y no tienen ayuda”. Además de conseguir ayudas económicas para poder atender gratuitamente a mujeres violadas y a niños—el presupuesto del hospital, de 5 millones de euros anuales, sale de donaciones internacionales y del pago de quienes son atendidos en el hospital general por otros problemas —, Mukwege debe esquivar las trabas gubernamentales, que le reclaman impuestos inventados para empujarle a cerrar el centro sanitario. Pese a las dificultades, no se piensa rendir. Ahora, dice, las violaciones perpetradas por guerrilleros han descendido, pero la impunidad ha llevado a cientos de civiles a violar sin miedo al castigo. La creencia en espíritus y magia negra ha originado otro horror: “Llegan muchos casos de bebés violados de forma salvaje; es inquietante. Los violan porque creen que así se curarán de enfermedades o conseguirán riquezas”.

Durante su última visita del día a los pacientes, Mukwege se detiene junto a una mujer tumbada en la cama y bromea con su hijo, recostado junto a ella. Mukwege sonríe y el chaval se desternilla. La madre tiene buen aspecto, así que el doctor le informa de que pronto le darán el alta. “Asante sana, doctor”, dice ella. Muchas gracias. Cuando más tarde pregunto a Mukwege por qué no se rinde, recuerda a esa madre. “¿La has visto? Mujeres como ella me cambian la vida. Ver cómo esas mujeres destruidas resurgen y se convierten en defensoras de sus familias y luchan por los derechos de los demás… Eso es formidable. Esas mujeres no luchan por ellas, sino por la humanidad”.

Antes de regresar a su despacho, una habitación desordenada, con cientos de libros y retratos en las estanterías, Mukwege me estrecha la mano con energía para despedirse. No solo le quedan fuerzas, también le sobra optimismo. “El mundo ha empezado a tejer redes solidarias. Cada vez hay más hombres como tú y como yo dispuestos a movilizarnos para oponernos con fuerza a que violen a una mujer. No lo duden, vamos a ganar”.

Mukwege camina rápido. Antes de doblar la esquina al final del pasillo y desaparecer, inclina levemente el cuerpo hacia adelante, como si tuviera prisa porque debe retomar su trabajo. O porque lo esperan. O porque aún queda mucho por hacer.

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