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El hombre que perdió el miedo

La historia del contable chadiano que lideró la lucha para llevar ante la Justicia al dictador Hissène Habré

Xavier Aldekoa

Reportero en África
20 de Julio de 2015

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Esta es una historia de mil hombres y mujeres sin miedo. Una movilización civil incansable y sin precedentes en África ha llevado frente a la justicia al dictador de Chad Hissène Habré. Durante las terribles torturas en prisión, el expreso Souleymane Guengueng prometió a Dios que, si sobrevivía, lucharía toda la vida para llevar ante la justicia a los responsables. Lo ha conseguido. Habré, que vivía exiliado en una mansión de lujo en Dakar, será juzgado ahora por jueces africanos en Senegal. Para Souleymane, su lucha es un mensaje al mundo: "No os rindáis nunca".

— Kam maatu?

Cada mañana, los guardias de La Piscine, una cárcel de Yamena (Chad) construida en 1987 en el agujero de una antigua piscina de tiempos coloniales franceses, calculaban si el esfuerzo valía la pena. Habían tapado la piscina con cemento y dispuesto varias celdas debajo, donde se hacinaban cientos de presos sin luz y en unas condiciones inhumanas, así que la pregunta era rutinaria.

— Kam maatu? (¿Cuántos muertos?)

Si solo había tres o cuatro cadáveres, esperaban unos días más para que el viaje a la fosa común fuera más productivo. Los reclusos, tan amontonados que ni siquiera podían tumbarse en el suelo, debían comer y dormir durante días encima de los cadáveres en descomposición de sus compañeros.

Esta es la historia de un juramento ante dios y de mil hombres sin miedo. Esta semana en Dakar se ha iniciado el juicio contra el dictador de Chad entre 1982 y 1990, Hessène Habré, por torturas, crímenes de guerra, de genocidio y contra la humanidad. Es la primera vez que los tribunales de un país (Senegal) juzgan al jefe de Estado de otro (Chad), pero sobre todo es la primera vez que la tenacidad de los supervivientes del horror, incansables durante 25 años de lucha sorda, llevan a uno de los déspotas más sanguinarios del continente africano ante la justicia. Durante los tres meses previstos para el juicio, más de cien personas viajarán a la capital senegalesa para testificar contra Habré, quien se enfrenta a cadena perpetua y multas millonarias.

El Tribunal Penal Internacional no podía juzgar este caso porque solo tiene jurisdicción en crímenes cometidos después de julio de 2002, así que será juzgado por jueces africanos de las Cámaras Africanas Extraordinarias, creadas ex profeso por la Unión Africana y el presidente senegalés Macky Sall, que tras su victoria electoral en 2012 se comprometió a desencallar el caso. Habré estaba exiliado en Senegal desde 1990 y vivía en una mansión de lujo en uno de los barrios más exclusivos de Dakar. Esa impunidad está a punto de acabar. Al frente de los testigos, empuñando su inseparable bastón y detrás de unas gafas gruesas redondas, estará el excontable Souleymane Guengueng, el hombre que decidió no tener miedo:

"Quiero mirar a los ojos a Habré, preguntarle por qué nos lo hizo".

El dictador de Chad Hissène Habré. ILUSTRACIÓN DE PITX

El último día de sol

Entonces Guengueng no lo sabía, pero el germen de esa pregunta nació el 3 de agosto de 1988. Aquella mañana, cuando vio aparecer a su mujer Ruda en su despacho de la Comisión de la Cuenca del Lago Chad, Guengueng sospechó que algo iba mal. Ruda nunca iba a verle al trabajo. Embarazada de su séptimo hijo, su esposa temblaba de miedo y lloraba, así que a duras penas pudo balbucear que agentes de paisano de la Dirección de Documentación y Seguridad (DDS), la temible policía secreta del gobierno, habían ido a buscarle a casa. Casi no tuvo tiempo de pedirle que se escondiera. Cuando los policías irrumpieron en su despacho para detenerle, a Guengueng le entró la risa. "Le dije a mi mujer que no se preocupara, que esa misma tarde o al día siguiente estaría en casa. La abracé y ya no volví a verla en dos años y medio", cuenta al otro lado del teléfono. Durante una época especialmente violenta en Chad, todo el personal de la Comisión donde trabajaba Guengueng había sido recolocado en Camerún, así que sus continuos viajes al otro lado de la frontera levantaron las suspicacias de la paranoica policía secreta, que le acusó de dar refugio y apoyo a miembros de la rebelión contra Habré.

"Era ridículo, no tenían ni una sola prueba, pero les dio igual", dice.

Durante los siguientes 28 meses de su vida, Guengueng pediría tres veces a Dios que se apiadara de él y le dejara morir.

Su primer recuerdo del infierno es una celda, oscura y maloliente, atestada de hombres y mujeres esqueléticos. Luego, se le grabaron los gritos por las torturas. A las descargas eléctricas, palizas hasta la muerte y simulacros de ahogamiento, se sumó el arbatachar, un antiguo método de tortura que consiste en atar firmemente los cuatro miembros del reo a su espalda. La víctima, que adopta una posición similar a la de un feto al revés, sufre un dolor espantoso mientras el pecho empuja hacia fuera y llega incluso a deformarse. A veces, con el prisionero atado, arrancaban un vehículo y le colocaban la boca a la altura del tubo de escape.

"Nos envenenaban con comida podrida o en mal estado. Si te enfermabas, nadie te curaba. Yo mismo tuve malaria dos veces, dengue y hepatitis. Nos trataban peor que a los animales", explica. Atrapados a oscuras bajo el asfalto, a merced del ardiente sol chadiano y temperaturas endiabladas, la sed era otra forma de tortura. Una vez al día, los guardias lanzaban agua al aire y, para no morir deshidratados, los reclusos tenían que lamer las paredes o las gotas que resbalaban por sus cuerpos como si fueran perros. A los seis meses de reclusión, Guengueng estaba tan enfermo que vomitaba pus y sangre todos los días.

La dictadura de Habré

Para entonces, las cárceles y las fosas comunes de Chad estaban llenas. Poco después de alcanzar el poder por las armas, Hessiène Habré inició una de las peores represiones de la historia del país centroafricano. Habré azuzó las históricas rivalidades tribales y las diferencias entre el norte de mayoría árabe y musulmana y el sur negro y cristiano para controlarlo todo. Cualquier chadiano del sur con estudios era sistemáticamente arrestado y ejecutado, y las aldeas cuyos líderes eran vistos como opuestos al nuevo régimen eran incendiadas y arrasadas. La pertenencia a un grupo étnico que cuestionaba su autoridad era motivo suficiente para ser arrestado y sufrir torturas. Miles de hadjaraï y zaghawa desaparecieron en olas de detenciones masivas. La Comisión de la Verdad de Chad estimó que las DDS fueron responsables de 40.000 asesinatos políticos y torturaron a más de 200.000 personas en un país de poco más de cinco millones de habitantes.

A Habré le será difícil defender ante el juez que ignoraba aquellas atrocidades. Los cuatro directores de las DDS en tiempos del dictador eran de su pequeño grupo étnico —goran o toubou, un grupo no árabe originario del norte del país— y uno de ellos era incluso su sobrino. Un golpe de suerte será clave para intentar demostrar este extremo ante el juez. En 2002, en uno de sus frecuentes viajes a Chad para investigar el caso, el abogado estadounidense Reed Brody, "cazador" también de otros dictadores como Pinochet o Duvalier, entró en la sede abandonada de la policía secreta. En una habitación, encontró documentos por el suelo y llenos de telarañas. Brody tuvo que frotarse los ojos para creerlo. A sus pies había miles de informes de prisioneros, certificados de muertes de reos, resultados de interrogaciones o carnets de identidad.

"Todos los registros de la policía secreta de Habré estaban allí, aparentemente abandonados durante más de una década. Acabábamos de encontrar un olvidado y desaliñado, pero meticulosamente detallado, archivo del período más oscuro de Chad". En uno de los papeles, la dirección de las DDS hacía prácticamente una confesión: "(Las DDS) son los ojos y oídos del presidente de la República, cuyo funcionamiento está bajo su control y a quien informan de sus actividades". También se jacta de haber

"tejido una tela de araña en todo el territorio nacional que controla de forma extraordinaria la seguridad del Estado".

Pero antes del hallazgo de Brody, el destino de Habré había empezado a escribirse en una de las celdas lúgubres de La Piscine. Allí, Guengueng, cristiano ferviente, se había refugiado en Dios para resistir. Desde el principio de su reclusión, el excontable dirigió los rezos entre los reclusos. "Nos ayudaba a no desesperar", subraya. Cuando los guardias lo descubrieron, le castigaron con saña. Le acusaron de rezar para que Dios matara a Habré y lo colgaron durante horas de los testículos. "El sufrimiento fue tan grande que recé para morir rápido". Ni murió ni se rindió. Siguió con sus plegarias clandestinas hasta que fue descubierto de nuevo. Le acusaron junto a otros cuatro presos de ser líderes cristianos y no tuvieron piedad: les encerraron a los cinco en una celda para una persona durante tres meses, a oscuras y sin poder salir.

La cárcel de 'La Piscine'. Imagen de 2001.CORTESÍA DE HUMAN RIGHTS WATCH

"Teníamos que hacer nuestras necesidades en el suelo. Fue muy difícil. Cada ocho o diez días nos hacían salir cinco minutos para que limpiáramos los orines y las defecaciones y volvíamos a entrar. Fue una situación más que salvaje. Ni siquiera los cerdos podrían haber sobrevivido allí". Aquel sufrimiento propició un juramento que iniciaría una de las mayores luchas por la justicia de la historia de África.

"Juré ante dios que si sobrevivía, no me rendiría hasta ver ante la justicia al responsable de todo lo que nos estaban haciendo. Fue como si, de repente, hubiera perdido el miedo", dice.

El régimen de Habré no apareció del desierto. Su ascenso al poder está ligado a guerras frías y contra el terror coordinadas desde despachos de Washington. Estados Unidos aupó al poder a Habré por interés: el chadiano era el aliado que la administración de Reagan necesitaba para derrotar los sueños expansionistas hacia Chad y Sudán del libio Muammar Al Gadafi, que gozaba de simpatías y apoyos soviéticos. Estados Unidos armó y entrenó en secreto a Habré, hombre educado en Francia y buen guerrero, y a sus servicios secretos para que hicieran retroceder a las tropas libias, que habían ocupado el norte chadiano. En aquellos años, en los archivos de la CIA se apodaba a Habré como "el guerrero por excelencia del desierto".

Aunque el líder chadiano ya había demostrado su crueldad cuando, aún como rebelde, secuestró a una antropóloga francesa y asesinó al militar galo que fue a negociar su rescate, el gobierno estadounidense le aupó al poder e hizo oídos sordos a las denuncias de tortura y matanzas de las organizaciones de derechos humanos. "Habré era un hombre extraordinariamente capaz, con un brillante sentido de cómo funcionaba el mundo", confesó un oficial estadounidense a The Washington Post. Pero dijo más:

"También era un tirano sanguinario y torturador. Es justo decir que lo sabíamos y que escogimos hacer la vista gorda".

La conjura contra el dictador

A Clement Abaifouta, aquellos intereses geopolíticos de Estados Unidos le convirtieron en enterrador. Cuando acabó arte moderno en la Universidad de Yamena y quiso irse a Alemania a seguir sus estudios, le acusaron de querer ir a la rebelión y le encerraron cuatro años. Fue compañero de celda de Guengueng. "En los guardias no había humanidad. Mataban a gente a palos y violaban a las mujeres. Algunas llegaban con sus bebés en brazos y las violaban con ellos encima", recuerda. Cada día enterraba entre diez y treinta personas a las afueras de Yamena, en un lugar ahora conocido como La Llanura de la Muerte. "He enterrado a miles de personas con mis manos, a amigos, compañeros de celda; miles de seres humanos".

Clement y Guengueng pasaron de ser compañeros de celda y sufrimiento a cómplices en una misión mayor. A sus casi 65 años, Guengueng aún recuerda emocionado aquella mañana de diciembre de 1990 en la que empezó el objetivo al que dedicarían el resto de sus vidas. Cuando las tropas rebeldes de Idriss Déby, actual presidente de Chad, entraron en Yamena, los guardias huyeron y un amigo vino a abrirles la celda. En ese momento, Habré huía a Senegal a bordo de un Lockheed L-100 Hercules de fabricación estadounidense y con los bolsillos llenos de millones robados del tesoro nacional. Prácticamente ciego y en los huesos, Guengueng regresó a casa.

"Cuando me vieron pensaron que era un fantasma. ¡Creían que había muerto! Mis padres, mis tíos, todos llorábamos de alegría. ¡Estaba vivo!".

Como Clement y Guengueng, en los días siguientes las calles de la ciudad se llenaron de prisioneros liberados, víctimas de torturas y testigos de asesinatos, fosas comunes y los peores abusos de los derechos humanos. Empezaba la misión. Fundaron la Asociación de Víctimas de la Represión Política y, durante años, entrevistaron a miles de supervivientes o familiares de desaparecidos para dejar testimonio de la atrocidades cometidas. "Al principio la gente no quería hablar por miedo", dice Guengueng. En el patio trasero de su casa de Yamena, recopiló 792 casos de antiguos prisioneros que detallaban castigos colectivos, brutales prácticas de tortura y daban testimonio de la brutalidad del régimen de Habré. Su lucha pronto se volvió incómoda para algunos. Antiguos aliados del dictador y miembros de la policía secreta o guardias seguían en activo y empezó a ser peligroso preguntar tanto. Guengueng decidió forrar con plástico los informes que había acumulado y los escondió en un armario gris de su casa hasta que llegara el momento oportuno.

Llegó dos veces.

El milagro de Guengueng

El 16 de octubre de 1998, el juez español Baltasar Garzón emitió una orden de detención en aplicación de la Jurisdicción Universal contra el dictador chileno Augusto Pinochet, que a sus 82 años se recuperaba de una operación en una clínica de Londres. Los cargos contra el sátrapa chileno incluían 94 denuncias de tortura de ciudadanos españoles, el asesinato en 1975 del diplomático español Carmelo Soria y conspiración para cometer tortura. Cuando la Cámara de los Lores resolvió que Pinochet no tenía inmunidad y podía ser juzgado, un mensaje llegó a cientos de rincones del mundo: los dictadores ya no gozan de impunidad. El mensaje también llegó a Chad.

El segundo momento llegó un año después, cuando Guengueng abrió la puerta de su casa con una gran sonrisa a dos jóvenes abogados de Human Rights Watch. El belga Nicolas Seutin y la española Genoveva Hernández habían viajado a Chad, en una misión secreta camuflada en un análisis de un conflicto petrolero con el vecino Camerún, para recopilar pruebas contra Habré. "Les dije que había estado muchos años esperando su visita y sabía que Dios me los enviaría", recuerda Guengueng. Los informes del excontable, de una meticulosidad admirable, se convirtieron en una de las pruebas clave para iniciar el juicio contra Habré. Ese día empezó un proceso largo y arriesgado —Guengueng recibió amenazas y tuvo que exiliarse en EEUU y la abogada principal del caso sufrió un atentado en 2001— que ha llevado al tirano de Chad frente a los tribunales.

Hoy Guengueng vive en Nueva York, donde se ha operado de cataratas en los dos ojos y disfruta como un niño de largas partidas al Monopoly. Ahora solo quiere llegar hasta el final. "¿Si he tenido miedo alguna vez? —se pregunta Guengueng—. No, hace tiempo que ya no tengo miedo. Ahora solo quiero que se sepa la verdad y mandar un mensaje a todas las víctimas: no os rindáis nunca". 

Durante los últimos 25 años, Guengueng ha luchado sin descanso por la justicia. También por rehacer su vida. Seis años después de salir de la cárcel, y aunque pensaba que había quedado impotente por las secuelas de las torturas, volvió a ser padre. A su octavo hijo lo llamó Assing-Li.

En lengua kim, la etnia de Guengueng, el nombre significa: "Es un milagro". 

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