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Hun Sen, el eterno comandante supremo de Camboya

El autócrata que llegó tras los jemeres rojos aún sigue en el poder. Esta es su historia.

Mónica G. Prieto

En Asia
26 de Octubre de 2016

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Treinta años después de su ascenso, Hun Sen, el gobernante del Sureste Asiático que más tiempo ha permanecido en el poder, consolida su régimen mediante la represión de activistas y opositores y la instrumentalización de la Justicia. La comunidad internacional, que lo apoyó durante décadas a cambio de jugosos contratos a costa del expolio de Camboya, se aleja de sus formas mientras China suple el papel de padrino. Encarna el nuevo modelo de autócrata asiático, garante del desarrollo económico a costa de los derechos humanos.

Mediados de septiembre de 2016. Bajo el húmedo calor tropical, cientos de estudiantes camboyanos asisten a su ceremonia de graduación en los jardines del Instituto Nacional de Educación de Phnom Penh con el entusiasmo propio de quien asiste a un hito en su vida.

Ataviados con togas y birretes, algunos posan ante sus móviles haciendo muecas mientras otros se revuelven en sus asientos esperando al discurso oficial. A través de la megafonía, les envuelve una voz más que conocida, la misma que arrulla y asusta, a partes iguales, a los camboyanos desde que la mayoría de ellos tiene memoria. La misma voz que suele acompañar cada graduación, cada acto público, cada fiesta nacional y cada informativo desde la década de 1980.

—Dicen que cuando hablé de eliminar a mis oponentes políticos estaba lanzando una amenaza —bramó la voz, tranquila y monocorde, como siempre alejada de temas académicos—. No era una amenaza, era mucho más que una amenaza. Era casi una orden para eliminar a cualquiera que pretenda destruir la seguridad y el orden social.

Así es Hun Sen, primer ministro plenipotenciario, el único e indiscutible hombre fuerte de Camboya, un líder tan aferrado a su puesto que recurre a cada oportunidad —ya sea en un mercado o en su muro de Facebook— para intimidar a sus adversarios y a cada instrumento, legal o ilegal, para consolidarse en un poder que no ha abandonado desde hace 32 años.

Semanas antes de aquel acto, el líder en funciones de la oposición, Kem Sokha, había optado por atrincherarse en el cuartel general del Partido para el Rescate Nacional de Camboya (CNRP) ante una condena de cinco meses de prisión por mantener una relación disfrazada de turbio asunto de prostitución (una presunta infidelidad aireada por Hun Sen con una joven peluquera que derivó en múltiples querellas): temía que las autoridades se burlasen de su inmunidad parlamentaria y terminase siendo arrestado pese a ser el jefe de la oposición parlamentaria. Nadie en Camboya duda de que la sentencia es una simple estratagema para librarse de Sokha, como ya hizo el primer ministro con el secretario general del CNRP, Sam Rainsy, exiliado en París para evadir varias condenas (la última, dos años de cárcel por difamación) y una ristra de cargos con tufo político, pero esta vez la oposición aprovechó la proximidad de dos citas electorales y el cúmulo de malestar social para lanzar un pulso a Hun Sen, amenazando con convocar manifestaciones masivas en todo el país para responder a la afrenta. Y el primer ministro no reaccionó precisamente con calma.

El 31 de agosto, transportes de tropas cargados de uniformados enmascarados se desplegaban en torno al cuartel general del CNRP para rodear al líder opositor, al tiempo que cinco helicópteros militares sobrevolaban el lugar y cinco lanchas rápidas surcaban el Mekong. La flagrante intimidación congeló la respiración de muchos camboyanos, para sorpresa de Hun Sen, quien se excusó con este cínico discurso en la ceremonia de graduación:

—Solo quería saber el tiempo de reacción de nuestras fuerzas: en 36 minutos, todas las fuerzas terrestres, aéreas y marítimas pueden desplegarse. El Gobierno tiene derecho a ordenar ejercicios militares en cualquier momento, ante la amenaza que conlleva el terrorismo. Tenéis derecho a manifestaros. ¿Por qué no tengo derecho yo a responder? Vosotros tenéis derecho a apoyar a la oposición y yo, a apoyar al Gobierno.

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Las maniobras militares ordenadas por Hun Sen lanzaron un mensaje que a pocos ha pasado desapercibido: el primer ministro está dispuesto a cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder. “No podemos decir que fuese un tono radical: en sus parámetros, el discurso fue bastante suave”, explica Ou Virak, director del Foro Futuro, el centro de análisis más reputado del país, y uno de los intérpretes más valorados de la política camboyana. “Desde la Primavera Árabe, hace cinco años, Hun Sen recurre a la paranoia antiterrorista continuamente porque no se puede quitar de la cabeza la posibilidad de que Occidente se quiera librar de él mediante la oposición política y las oenegés”, continúa el analista, ganador del Premio Reebok de Derechos Humanos por sus incansables campañas.

Aunque la proximidad de cualquier cita electoral las incrementa, las amenazas son rutina para el primer ministro de un país en teoría democrático como Camboya, la pequeña y castigada nación del Sureste Asiático que congeló la respiración del mundo en la década de 1970 con la demencia de los jemeres rojos: el primer caso de autogenocidio registrado en el mundo, ya que el grupo que creó la Kampuchea Democrática exterminó a su propia comunidad sin más criterios que su propia locura. Desde que el régimen de terror de Pol Pot fuera desarticulado por la intervención de Vietnam —pese al respaldo de China, Tailandia o Estados Unidos, que entonces veían en los jemeres rojos una forma de contrarrestar al Vietnam comunista respaldado desde la URSS—, el mundo lavó su conciencia destinando enormes fortunas en concepto de ayudas y, ante el mal mayor de la inestabilidad y la violencia, arropó a un ambicioso individuo, Hun Sen, con ínfulas de grandeza que aprendió pronto a manejar a la comunidad internacional. Ahora, tres décadas después y ante la proximidad de un doble proceso electoral clave para el futuro del país —en 2017, elecciones locales y un año después, nacionales— Hun Sen no está dispuesto a abandonar el poder: más bien se consagra como un nuevo modelo de autócrata regional, capaz de garantizar cierto desarrollo económico a costa de las libertades más básicas.

Las provocaciones son legión en un curriculum forjado por la ambición y la violencia pero también por décadas de trabajo que no da por terminado. Nacido en 1952 en una familia humilde en la aldea de Peam Koh Sna, en la provincia de Kampong Chan, recibió el nombre de Hun Bunnal. Tercero de siete hermanos, la inestabilidad política lo sorprendió cuando era un adolescente. El Partido Comunista, liderado por Pol Pot y Nuon Chea, inició en 1968 una insurrección repelida por las tropas del general Lon Nol, máximo responsable militar del príncipe Sihanouk, en la que fueron detenidos conocidos y familiares de Hun. En el contexto de la época, con una Vietnam en llamas debido a la intervención norteamericana que pretendía impedir la victoria de los comunistas del norte, muchos vietnamitas de extrema izquierda huyeron por la frontera camboyana. El joven Bunnal —en Camboya, el apellido precede al nombre— se dejó cautivar rápidamente por su discurso.

Tras ser derrocado por un golpe de Estado a manos de su propio general Lon Nol, el príncipe Sihanouk pidió a la nación que tomara las armas contra los usurpadores y eso fue exactamente lo que hizo Bunnal con dieciséis años. Solo dos después, en 1970, ya tenía hombres a su cargo: la alfabetización era tan escasa en la época que la educación básica que había aprendido en la escuela budista le valió el puesto y apodo de ‘El Maestro’. Con solo diecinueve años, ascendió a responsable de la Liga Juvenil del Partido Comunista de Kampuchea —cuyos miembros son más conocidos como jemeres rojos— y comenzó a ascender en el ámbito militar de la organización. En 1972 fue designado comandante de una compañía de fuerzas especiales con 130 miembros, y un año después, fue nombrado miembro de la troika que comandaba el Batallón 55. En 1974 ya tenía a 500 hombres a sus órdenes y pocos meses después fue nombrado jefe de regimiento, lo que implicaba 2.000 uniformados a su cargo. Ese era su nivel de implicación en los jemeres rojos cuando, en 1975, tomaron el poder tras la caída de Phnom Penh lanzando una campaña de deportaciones masivas hacia los llamados campos de la muerte.

Tras el genocidio, el mundo lavó su conciencia destinando enormes fortunas a Camboya

Hun Sen —entonces se hacía llamar Hun Samrech— siempre relativizó su nivel de implicación en las matanzas. En 1975, cuando contaba con 23 años, perdió un ojo a consecuencia de un impacto de metralla que lo dejó una semana inconsciente y una temporada convaleciente. Eso le sirvió para argumentar que no tomó parte de las decisiones que llevaron al desplazamiento forzoso de población en las dos provincias que controlaba (de 24 en todo el país) ni sobre las ofensivas contra comunidades indígenas como los cham, masacrados a cientos por las tropas jemeres, aunque muchos testimonios, entre ellos testigos citados en un metódico informe de Human Rights Watch (HRW), cuestionan su ausencia de responsabilidades.

“En 1989, Thach Saren, antiguo comandante del Ejército de Lon Nol, escribió una carta al diario estadounidense The Washington Post acusando a las tropas de Hun Sen de lanzar granadas de mano contra casas y de degollar a los pacientes de dos hospitales de Kampong Cham en 1973. También acusó a Hun Sen de tomar parte en las masacres de musulmanes cham en septiembre de 1975 y de liderar las masacres transfronterizas de civiles vietnamitas en 1977”, se cuenta en el libro La Camboya de Hun Sen, del periodista Sebastian Strangio. El primer ministro siempre lo negó rotundamente.

Con veinticinco años, en 1977, Hun Sen abandonó Camboya en dirección a Vietnam como hicieron otros muchos desertores de los jemeres asustados por las purgas generadas por la locura de Pol Pot, que comenzaba a ver fantasmas entre sus propios hombres de confianza. Aprendió vietnamita en tiempo récord antes de regresar en 1979, tras la invasión vietnamita de Camboya que colocó en el poder a excomunistas formados por Hanoi y a antiguos jemeres rojos, entre ellos un jovencísimo Hun Sen de veintiséis años hecho a medida de los intereses del país vecino. “Las habilidades políticas de Hun Sen eran cruciales para un Gobierno vietnamita que intentaba construir un Estado clientelista viable en Camboya. A cambio, le entregaba a su ambicioso protegido lo que más quería: poder”, escribió Strangio en su libro.

En 1979 fue nombrado ministro de Exteriores, convirtiéndose en el más joven del mundo en semejante cargo; en 1985, accedió a la jefatura del Gobierno con el apoyo de Vietnam en una jugada que parecía imposible de intuir años atrás. “Parecía incómodo en los actos públicos, con su ojo de cristal barato ajustado en la cuenca izquierda, que le daba un cierto aire de confusión”, describía uno de sus correligionarios, el exjemer rojo Ouk Bunchhouen. “Nunca pensé que fuera un hombre importante. Nunca creí que pudiera hacer nada significativo”. Su antiguo compañero de filas no contaba con la mayor virtud de Hun Sen: su capacidad para reinventarse y su instinto de supervivencia política. “Hun Sen es un hombre que puede adaptarse a cualquier situación, siempre que saque algo en su propio beneficio”, explicaba a Strangio un responsable del Partido Popular de Camboya (CPP), encabezado por el primer ministro. “No tiene ninguna ideología: solo cree en sí mismo y en sacar provecho de cada situación”, proseguía el correligionario.

La bendición recibida por Vietnam le ganó muchos descalificativos —sus enemigos lo tacharon de marioneta de Hanoi— pero Hun Sen supo sacar provecho de su privilegiada situación. Se rodeó de diplomáticos asiáticos y asesores que completaron su educación política; se esforzó en aprender el arte de la retórica, comenzó a confeccionar sus propios discursos ensayando el ritmo y la entonación, trabajó la memorización de sus textos… Cualquier cosa con tal de ser reconocido como el hombre político en el que se había convertido, a pesar de su inseguridad. “No tenía diplomas, pero tenía cerebro”, escribió sobre él Voeuk Pheng, quien trabajó con él en el Ministerio de Exteriores en 1980.

“Hun Sen es muy sensible a las críticas, especialmente cuando vienen de poderes extranjeros. Hay que recordar que llegó al poder con los jemeres rojos en 1979, ayudó a derrocarlos y después, durante los siguientes años, su Gobierno fue aislado diplomáticamente mientras los jemeres rojos disfrutaban del apoyo de China, Tailandia, Asia, y de forma tácita, de todo Occidente. Y ese doble rasero fue muy doloroso y una fuente de agravios para Hun Sen y sus acólitos. Terminó siendo aceptado, pero quiere ser visto como el gran líder que cree que es, y desea que se reconozcan sus logros, especialmente en Occidente”, explica Sebastian Strangio en conversación telefónica.

Antes de cada proceso electoral, decenas de opositores eran asesinados por escuadrones de la muerte

En 1991, Hun Sen ya era otra persona: su constitución enclenque era de pronto recia, su ropa humilde había sido sustituida por trajes de chaqueta de firmas francesas y un ojo artificial encargado a Japón pasaba mucho más desapercibido que el rústico órgano de cristal que usaba antaño. En la prensa internacional se alababa su evolución de “marioneta vietnamita” a actor vital para el problema camboyano. El líder camboyano se acomodaba en su nueva condición de estadista sin abandonar los dejes autoritarios que le permitirían desembarazarse de la oposición ya en la década de 1990. Antes de cada proceso electoral, decenas de opositores eran asesinados por escuadrones de la muerte y otros muchos eran sobornados para cambiar de bando político; si pese a todo no obtenía apoyo suficiente para gobernar mediante las urnas, recurría a las amenazas y la violencia interna para dejar clara la disyuntiva: o él, o el caos.

El mejor ejemplo sucedió entre el 5 y el 6 de julio de 1997: tropas camboyanas bajo las órdenes de Hun Sen tomaron el aeropuerto y rodearon bases militares a cargo de comandantes afines a la oposición en un golpe de Estado destinado a decidir el destino de las urnas. “El nombre de FUNCIPEC [partido en la oposición] no existirá nunca más, como no existirán más partidos políticos en Camboya”, tronó la única voz, a la vez que conminaba a la comunidad internacional a pagar los daños causados por su propio asalto. Un enviado europeo describió la petición como “insultante”; los conservadores norteamericanos comenzaron a tacharle de Sadam Hunsen e incluso del nuevo Pol Pot, pero el primer ministro logró su objetivo: el príncipe Ranariddh se exilió temporalmente en París, como se marcharon otros muchos líderes de la oposición para regresar semanas antes de la cita electoral, sin apenas haber realizado campaña. El CPP de Hun Sen ganó las elecciones con el 41% de los votos. Muchos observadores denunciaron las irregularidades, la violencia política, las intimidaciones —cuarenta opositores fueron asesinados en los meses previos— y el ‘secuestro’ de los medios a manos del primer ministro. La oposición denunció una victoria obtenida mediante urnas previamente rellenas y organizaron protestas enfrentadas por “espontáneas” manifestaciones de policías y matones a sueldo hasta que la oposición se cansó de luchar. Hun Sen confirmó que en su intransigencia radicaba su éxito.

Los delirios de grandeza de Hun Sen se ven reflejados en pequeños detalles. En 1993, tras recuperar el trono, el rey Sihanouk concedió al primer ministro el título de samdech o señor pero, como todo es susceptible de mejorar, la nomenclatura evolucionó hasta Samdech Akka Moha Sena Padei Techo Hun Sen, que podría traducirse como el Señor Glorioso Primer Ministro, Comandante Militar Supremo Hun Sen, una forma de legitimarse ante la nobleza local y resaltar su liderazgo militar pese a que, en 1999, renunció a su puesto de comandante en jefe. En mayo de 2016, medios locales e internacionales fueron convocados por el Ministerio de Información camboyano en Phonm Penh: se les solicitó emplear el título completo cada vez que se refiriesen a Hun sen, bajo amenazas de retirar sus credenciales de trabajo. Su generosidad —o el ridículo generado por la medida, ignorada por los medios escritos en inglés— le llevó a retractarse semanas después en su muro Facebook, su juguete favorito desde que lo descubriese, este mismo año. “En cuanto al uso de títulos de los líderes gubernamentales, no es obligatorio escribirlos si los periodistas no lo desean”, señaló el glorioso líder.

El noviazgo con los militares

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Desde hace más de una década, la estrecha alianza entre el Ejército y el Gobierno ha quedado sellada mediante el interés económico. “Hay demasiado riqueza y poder en juego para el régimen y el sector militar, y van a hacer lo posible por protegerlo. En la mente de muchos políticos y de muchos camboyanos no hay margen para un cambio real de Gobierno en el seno del régimen”, explica el analista Ou Virak.

Para el Ejército camboyano, su intimidad con el poder es garantía de recursos, como ocurre en países como Irán o Egipto, donde el control económico de ciertos sectores militares garantiza su lealtad. “Las Fuerzas Armadas de Camboya no tienen mucha utilidad estratégica y su capacidad operativa es cuestionable. Están fuertemente involucradas en negocios de alto nivel relacionados con activos públicos, especialmente a través de una cartera no revelada relativa a ‘zonas de desarrollo militar’ que cubre 700.000 hectáreas, un 4% de las tierras del país. Los altos cargos de las Fuerzas Armadas juegan un papel clave en actividades ilegales como la tala y el tráfico de drogas, y generan grandes sumas de dinero mediante la extorsión”, escribía en un informe reciente Global Witness, ONG especializada en sacar los trapos sucios de Hun Sen, sus familiares y sus generales. 

Detrás subyace la maquinaria de corrupción que engrosa el Estado camboyano. “En Camboya, la corrupción tiene la característica de ser democrática: se propaga desde la mesa del conserje hasta el jefe del departamento. Uno termina pagando para obtener sus simples derechos”, escribía el investigador Julien Cheverny en su libro Elogio del colonialismo. En la clasificación de Transparencia Internacional sobre corrupción percibida elaborado en 2015, Camboya ocupaba el puesto 150 de 168 países, la peor posición de un país de la región.

La explicación llega en forma de informes de Global Witness que demuestran cómo la familia del primer ministro camboyano controla, directa o indirectamente, la mayor parte de las compañías de los sectores más lucrativos del país: comercio, finanzas, energía, turismo, minas, construcción o incluso el sector de las apuestas. En algunos casos, denunciaba la ONG, dichas empresas han ejercido “un impacto devastador para las vidas de los camboyanos y el medio ambiente, incluida la expropiación de tierras, que ha causado desplazamientos masivos y miseria entre los más pobres de Camboya”. Y no hablamos de una minoría: se estima que seis millones de camboyanos, el 40% de la población, viven rozando o por debajo del umbral de la pobreza, mientras el país ha sido convertido en un cortijo privado donde los familiares del primer ministro y sus colaboradores se benefician del expolio de sus recursos naturales e históricos: tierra, bosques, minerales, acuíferos e incluso lugares considerados patrimonio de la humanidad. “Un buen ejemplo de la superposición entre política y negocios es que seis de los más importantes empresarios han sido recientemente nombrados senadores por el CPP”, se leía en un informe de Global Witness.

“En Camboya, la corrupción tiene la característica de ser democrática: se propaga desde la mesa del conserje hasta el jefe del departamento”

Mediante adjudicaciones dudosas y flirteos con el poder empresarial, la família de Hun ha amasado 180 millones de euros, según la citada organización. “Es sin duda una fracción del valor real de los recursos empresariales de la familia”, acotaba el cofundador de la ONG Patrick Alley, para quien la cifra real se sitúa más bien “entre 450 y 3.500 millones de euros”. Una cifra muy alejada de los ingresos del primer ministro, quien solo declara un salario de 1.030 euros al mes y quien, en 2011, lamentaba: “Más allá de mi salario no tengo ingresos; pero creo que mis hijos me ayudarán, no me dejarán morir de hambre”.

En su último informe, Global Witness describía cómo la élite que rodea a la familia del primer ministro se ha hecho con el control de las empresas más lucrativas y de los sectores más influyentes: la hija de Hun Sen, Mana, controla junto a uno de los senadores la radio, la televisión y los periódicos del país. “Las compañías locales a las que se han vinculado han sido acusadas de una ristra de abusos, incluido el robo de tierras y de recursos naturales, la violencia y la intimidación contra la población local”, se leía en el mismo. Para Strangio, no se puede decir sin embargo que sea responsabilidad exclusiva de Hun Sen. “Él es el escalón mayor de una red de mecenazgo en todo el país, pero eso no implica que sea un dictador que pueda tener lo que quiera. Está rodeado de militares y empresarios poderosos, y son todos esos individuos quienes apoyan a Hun Sen. Pero creo que eso lo tiene atrapado: depende de mucha gente que está talando árboles, robando tierra, provocando problemas sociales y profundizando en la corrupción que denuncian los camboyanos”.

La temida Unidad de Guardaespaldas

En 1995 se creó un elemento imprescindible para comprender la actual Camboya de Hun Sen y sus éxitos electorales: la unidad de guardaespaldas personales del primer ministro, más parecida a un ejército propio que a una brigada de protección personal. En 1996 contaba con un millar de hombres independientes de la cadena de mando militar, extraídos de la temible Brigada 70 —acusada de controlar el tráfico ilegal de madera—, con carros de combate, transporte de tropas y helicópteros a su disposición. Sus hombres cobraban unos 275 euros mensuales de la época, muy por encima de los once euros que recibía un soldado regular. Hoy en día son unos 3.000 efectivos con atribuciones variadas: se los ha vinculado a ataques con granadas contra miembros de la oposición política y otros muchos casos de acoso; tres de sus miembros fueron condenados a un año de prisión por liderar el salvaje apaleamiento de dos diputados de la oposición. También fue esa guardia pretoriana quien patrulló, embozada, en torno al cuartel general de la oposición hace unas semanas en aquellas curiosas maniobras militares improvisadas por Hun Sen ante las amenazas de movilizaciones opositoras.

“Lo hacen para crear miedo —dice Naly Pilorge, directora para temas jurídicos de la ONG Licadho—. En Camboya es posible contratar a policías y militares para uso privado, a diferencia de otros países. Con esto ocurre igual: entiendo que un líder necesite guardaespaldas, pero no miles de ellos. Aquí puedes ver literalmente batallones militares protegiendo empresas particulares, concesiones económicas en forma de tierras, policía que protege fiestas, funerales… Es como si las instituciones estuviesen en alquiler”.

Campaña del Lunes Negro

Lo sorprendente es que los camboyanos sigan lanzándose a las calles para reclamar sus derechos. Cada lunes desde el pasado 9 de mayo, miembros de la sociedad civil se lanzan a las calles vestidos de negro para protestar por la detención de cinco activistas y por el incremento de presos políticos: 31 nuevos casos el pasado año. La Campaña del Lunes Negro ya ha costado 25 nuevos arrestos, represión armada y nuevas amenazas. “La campaña consiste en gente vestida de negro, solo que el número de activistas por quienes pedir la liberación ha ido en aumento. No hay nada ilegal en salir, cada lunes, vestidos de negro, y no pretenden emprender una revolución ni emplear la violencia, sino exigir la liberación de los activistas. Se trata de un concepto básico y muy importante porque se están arriesgando a largas estancias en prisión, pero lo peor es ser olvidados, y lo segundo peor es ser silenciados”, dice Naly Pilorge. “Las elecciones y que el pueblo lo intente derrocar son parte de su paranoia. Vestir ropa negra o pedir su dimisión equivalen en la mente de Hun Sen a amenazas. Puede manipular muchas elecciones, pero no puede manipular la mente del pueblo, y eso es lo que le hace sentir inseguro”, añade Ou Virak.

No solo son arrestos arbitrarios. A la larga ristra de crímenes políticos se sumó hace algunas semanas el asesinato a plena luz del día del activista Kem Ley, un homicidio cuya investigación fue torpedeada por las autoridades, que impidieron revelar las grabaciones de las cámaras de seguridad.

No es nuevo que Hun Sen se ría de los derechos humanos: aún resuena su famosa respuesta cuando alguien lo acusó de burlarse de ellos. “No hay criterios internacionales salvo en el deporte”, contestó. El pasado septiembre, 36 países del Consejo de Derechos Humanos de la ONU trasladaron su “profunda preocupación por la escalada de tensión política en Camboya, que amenaza las actividades legítimas de la oposición y de las oenegés”: una nueva legislación endurece las normas para la creación de organizaciones no gubernamentales y pone a las existentes en la cuerda floja en una nueva estrategia para desembarazarse de voces disonantes. Las amenazas contra la oposición se hacen cada vez más palpables: el 24 de octubre se supo que el jefe de la oposición, Sam Rainsy, no podrá regresar a Camboya a hacer campaña, tras una orden del Gobierno que le prohibe cruzar cualquier paso fronterizo. 

El abrazo del gigante chino

Una vez más, a Hun Sen le vence el temor a perder el poder de un país con casi el 70% de la población menor de treinta años, que se alimenta de información mediante internet y tiene ganas de cambio. Al mismo tiempo, le resbalan las críticas, sobre todo ahora que tiene el respaldo de China: su financiación, sus ayudas y su cómplice silencio ante la represión interna. Pekín se ha convertido en los últimos años en el principal inversor extranjero en Camboya —9.000 millones de euros destinados a la diminuta nación asiática entre 1994 y 2013, especialmente en agricultura, minas, infraestructuras, presas hidroeléctricas y producción de textil— y casi supera en ayudas y créditos al volumen total de donaciones extranjeras. El desarrollo de Camboya, argumenta el Ejecutivo de Hun Sen, “no puede desconectarse” de las ayudas chinas. “Sin China, no vamos a ninguna parte”, admitía el portavoz del Consejo de Ministros camboyano Phay Siphan hace unas semanas. Camboya no es un caso aislado, sino un modelo regional para regímenes que han encontrado en los brazos y las arcas de Pekín la comprensión y la legitimidad de las que carecen en el extranjero: Filipinas, Vietnam, Malasia y Tailandia se alejan del mecenazgo occidental para estrechar sus lazos con el gigante asiático.

“Sin China, el régimen nunca sobreviviría. Sin China tendría que cambiar su enfoque rápidamente, porque la antigua guardia está completamente desconectada de la realidad”, opina el analista Ou Virak. “China ha logrado comprar tiempo para Camboya y para Hun Sen. La cuestión es cómo nos va a transformar. Camboya podría aprender a ser un estado satélite de China, pero manteniendo sus relaciones con el resto del mundo”, prosigue.

“Mientras el Gobierno de Camboya intensifica su represión contra las oenegés y la oposición, trabaja duro para persuadir a otros gobiernos, y en especial a los donantes, de quedarse al margen alegando que una suerte de ‘mayoría silenciosa’ de Estados lo apoyan”, asegura Phil Robertson, subdirector en Asia de HRW. “Es a la vez un farol y un guiño a China como aliado, un país al que no le importa las violaciones de derechos humanos”, sostiene.

Y si no, siempre puede recurrir a su nuevo mantra, la infalible y siempre efectiva amenaza invisible del terrorismo, como ya hicieron tantos dictadores árabes. Esto dijo Hun Sen en enero de 2011, cuando alguien le preguntó si debería preocuparse por la caída del dictador Ben Alí en Túnez:

—No solo voy a debilitar a la oposición. Los voy a matar. Y si queda alguien lo bastante fuerte para convocar una manifestación, apalearé a los perros que participen y los meteré en una jaula.

Puro Hun Sen.

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