Invisible

Meterse en la droga era la única manera de sentirse vivo al lado de tanta muerte en México

Rodrigo Hernández

Muzungu
30 de Julio de 2020

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La primera vez que Pablo vio a su familia fue en la Sierra Tarahumara. Montañas desérticas, árboles frondosos y un puñado de chicos con armas largas en el hombro y granadas en la cintura. Una familia distinta, pero por fin una familia. Después de tantos años, Pablo había dejado de ser invisible.

Esa cualidad de pasar desapercibido le había acompañado desde pequeño. A veces en forma de trauma y en ocasiones como recurso para salvar el pellejo. Quizá conociendo esta capacidad, sus jefes le encomendaban tareas complicadas en las que la alternativa a pasar inadvertido era acabar bajo tierra. Pero esta vez su superpoder tenía que acompañarlo durante varios días. Si salía todo bien, Pablo sabía que ganaría todo lo que necesitaba: dinero, droga y respeto.

Pasar la droga a un lado y regresar con el dinero. No parecía tan difícil. Y cuando lo parecía, un pericazo apaciguaba el miedo. Una semana de trabajo. Todo estaba pensado. Él era un simple peón en un movimiento que se realiza cada día en las interminables ciudades del tablero en la frontera mexicana con Estados Unidos. Nada tenía por qué salir mal. La “organización” lo tiene todo atado. Y si algo falla, cerraría los ojos esperando que, una vez más, nadie lo viera.

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