Amr Nabil / AP

La esperanza egipcia

Egipto vuelve a la Copa del Mundo tras 28 años de ausencia y con un sueño: el de Mohamed Salah

Nuria Tesón

Periodista
19 de Junio de 2018

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Las miradas fijas en el televisor. Los respingos en la silla. Las discusiones con los hombres del silbato en la pantalla. Los gritos de júbilo. Los abrazos con extraños. El gol… Apenas queda nada en lo que los egipcios sean capaces de ponerse de acuerdo. En los últimos comicios presidenciales la participación fue inferior al 45%: todos sabían quién se alzaría vencedor y acudir a las urnas era como asistir a un partido de Nadal en el Roland Garros, pero mucho menos idílico y sin un oponente real. El exgeneral Abdel Fatah al Sisi renovó su mandato como mandaban los cánones: contra un candidato de paja que obtuvo menos sufragios que los que se contaron en blanco. ¿La oposición? Amenazada o encarcelada. Los potenciales candidatos desaparecieron antes de empezar la campaña.

En los taxis, en los mercados, en los cafés… ya no hay debate porque nadie se atreve. Al que opina distinto se le encarcela. Aunque decir esto, o escribirlo, puede acarrear las mismas consecuencias: al menos 60 informadores permanecen tras las rejas, según la Red Árabe para la Información de derechos humanos (ANHRI en sus siglas en inglés). La inflación se dispara, la economía no reflota, los turistas no acaban de llegar.

Aficionados egipcios viendo la final de la Copa Africana de Naciones en una gran pantalla al aire libre, en el barrio Mohandeseen de El Cairo.Thomas Hartwell / AP

En abril, una ola de calor disparó los termómetros por encima de los 50 grados. Dos días antes un diluvio dejó áreas de El Cairo incomunicadas, sin luz ni electricidad. Esa misma semana, en un barrio acomodado de las afueras, se repartieron octavillas alertando de una tormenta de arena. Por falta de previsión tras las inundaciones, todos clamaban contra el Gobierno. La respuesta del Ejecutivo: diseñar una ley para encarcelar a quienes publiquen partes meteorológicos no autorizados.

Ni de política, ni de economía… ni siquiera del tiempo se puede hablar en Egipto. Pero el fútbol... Los faraones han vuelto a enamorarse como colegiales. Y lo han hecho de un local: Mohamed Salah. El jugador que los ha llevado a Rusia, a un Mundial, por primera vez en 28 años. La anterior participación de Egipto en un Mundial sucedió antes de que el propio Salah, de 25 años, hubiera nacido. Es el hombre que el Washington Post describe como “la fuerza unificadora que el mundo necesita”. Ni siquiera Sisi se atreve a censurarlo, o a criticarlo. En las últimas elecciones, miles de papeletas nulas se introdujeron en las urnas con su nombre, pese a que obviamente no concurría. Tiempo al tiempo. El futbolista es más popular que el presidente.

Vuvuzelas para protestar o animar

La selección de Egipto se prepara para el partido clasificatorio del Grupo E de la Copa Mundial 2018 contra el Congo en el estadio Borg El Arab de Alejandría, Egipto.Nariman El-Mofty / AP

El día de la hazaña clasificatoria, el país entero se paralizó frente a las pantallas. Las banderas y las vuvuzelas que acompañaron a los egipcios en los días de protestas volvieron a venderse en las inmediaciones de la plaza de Tahrir, la misma que fue testigo de aquellos días de revolución de 2011 y de la contrarrevolución que vino después. En el minuto 63 el delantero del Liverpool conseguía adelantar a los suyos en el marcador. Pero a tres minutos del final, Congo lograba empatar. Muchos egipcios se vieron entonces incapaces de contener las lágrimas. Se consolaban en el estadio de Alejandría, que albergaba el encuentro, y en cafés a lo largo y ancho del país. La fantasía mundialista se les escapaba de las manos. No fue hasta el tiempo de descuento, a punto de sonar el pitido final, cuando el árbitro señaló penalti y Egipto contuvo el aliento. Salah les devolvió el sueño del fútbol encajando la bola entre los tres palos. El Cairo se echó a la calle con gritos de “¡Viva Egipto!”. Aunque fuera de penalti, los faraones se iban a Rusia.

Desde aquel domingo 8 de octubre de 2017 en que Salah se convirtió en el rey, su leyenda no ha dejado de crecer. Egipto se ha colado en el Mundial y lo ha hecho a lo grande, con un jugador que ha cobrado fama internacional por su humildad y buen juego. A finales de abril batía el récord de goles de la Premier League con 32 tantos, superando los 31 que coronaban a Cristiano Ronaldo desde la temporada 2007-2008. Representa aquellos valores con los que identificamos el deporte, pero también algo más. Para los egipcios es el sueño, es la esperanza, es el chico de barrio que imagina a sus ídolos de los estadios europeos, se esfuerza en los entrenamientos y acaba codeándose con las estrellas del deporte rey. No, no se codea, se convierte en uno de ellos. Lleva la bandera y el nombre de Egipto a lo más alto. Además, también fuera de sus fronteras Salah es un ídolo de masas. Lo que ocurre con Mohamed, Mo, Salah, es inaudito: ha conseguido que, en un tiempo de islamofobia, hasta los británicos del Liverpool entonen cánticos como “Yo también seré musulmán” y le denominen “regalo de Alá”.

La popularidad del delantero egipcio es tal que recién llegado a Rusia, mientras sus compañeros entrenaban, fue secuestrado del hotel en el que echaba la siesta por el dictador checheno Ramzan A. Kadyrov. El gobernante se esfuerza en limpiar su imagen de tirano y represor de derechos y libertades arrimándose a las estrellas de la sociedad y el deporte. El líder checheno, fan declarado de Salah, no pudo aguantar que el delantero no estuviera practicando con su equipo y decidió llevarlo al campo. Turko Daudov, un consejero cercano a Kadyrov, explicó más tarde que Salah estaba echando una siesta y que le habían despertado y llevado al estadio en el coche del dictador checheno. Se publicaron imágenes de ambos en el estadio, y muchos lamentaron que el egipcio hubiera sido utilizado como herramienta de propaganda por Kadyrov.

Mohamed Salah en un grafiti pintado en el interior de un café del centro de El Cairo.Gehad Hamdy / AP

Una imagen poco habitual de Salah, que ni siquiera en Egipto se casa con el poder, que recibe iguales o peores acusaciones que las de Kadyrov. En su tierra Salah ha conseguido poner de acuerdo a defensores y detractores del régimen, se ha convertido en un ídolo sin mácula al que al Sisi tendría difícil desacreditar: es generoso con sus donaciones y ha hecho declaraciones en defensa de la igualdad de las mujeres. Y no se deja tentar: poco después de la clasificación para el Mundial, un conocido empresario le ofreció una lujosa villa en Egipto como recompensa. Declinó el regalo y pidió que en su lugar se hiciera una donación para su pueblo natal. Sin pronunciarse políticamente, está siendo un modelo para aquellos hartos de corrupción, represión y una dictadura que va apretando la soga en torno a unas gargantas que ya no se atreven a alzar la voz. El regalo era un símbolo más de la corrupción, la especulación y el tráfico de intereses en un país en el que se prevé que el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza, con menos de dos dólares al día, puede llegar al 35%. La inflación alcanzó el 32% a finales de 2017. Y muchas localidades viven sin alcantarillado, recogida de basuras u otros servicios públicos.

Ni siquiera otro ídolo futbolístico, Mohamed Aboutrika, exiliado en Catar, se había librado de la campaña de descrédito del Gobierno de Sisi. En su campaña de persecución contra los ahora ilegalizados Hermanos Musulmanes, se incluyó al deportista como uno de sus presuntos financiadores. Egipto ha establecido un comité encargado de identificar e intervenir los intereses económicos de la Hermandad en el país. En noviembre de 2016, dicho comité aseguró haber incautado los activos de más de 1.500 personas y 1.125 empresas, con un total de al menos 340 millones de dólares en activos de los Hermanos Musulmanes confiscados. En lo que muchos consideraron un intento de distracción, en plena crisis sobre las islas de Tiran y Sanafir y su cesión a Arabia Saudí, un tribunal penal de El Cairo añadió el nombre de la estrella Aboutrika a esa lista negra de financiadores, que cuenta con 1.500 nombres, entre ellos figuras públicas y políticas. Uno de los hombres más adorados de Egipto fue vilipendiado y las redes sociales ardieron con etiquetas como #SiTrika_es_terrorista_yo_soy_terrorista o #AbouTrika_no_es_un_criminal.

También se revolvieron las redes el día que a un columnista se le ocurrió recomendar a Mo Salah que se afeitara la barba porque se parecía a la de los islamistas. Los fans del delantero, que se cuentan por millones, exigieron en Twitter que rectificara.

Prisión y represión

Al tiempo que la histeria colectiva del fútbol se extendía, algunas de las voces de la revolución que ven cada vez menos espacio y oportunidad de cambio ironizaban desde ese campo de batalla que son las redes sociales. “En medio de la felicidad por la clasificación, permitámonos recordar a los muchos jóvenes aficionados al fútbol que son objetivo del régimen de al Sisi: asesinados, arrojados a prisión, privados de placeres sencillos como ver un partido y privados de la oportunidad de expresarse libremente”, tuiteaba el bloguero y periodista Wael Eskandar tras la clasificación.

Son cada vez más. Tanto Amnistía internacional como Human Rights Watch y oenegés egipcias denuncian detenciones y desapariciones forzosas, torturas, juicios militares a civiles. En estas semanas previas al Mundial se está llevando a cabo una campaña de arrestos contra cualquiera que pueda suponer una amenaza al régimen.

En mayo, el bloguero y periodista Wael Abbas fue arrestado en su casa y llevado en pijama y con los ojos vendados a una localización desconocida, hasta que fue trasladado para ser interrogado por la Seguridad del Estado. Shady Abu Zeid, un cómico y bloguero con decenas de miles de seguidores que no comenta directamente sobre política pero que usa la sátira para mofarse de los abusos del régimen, también desapareció y su arresto se sigue renovando a la espera de ser juzgado. Como ellos, los académicos, abogados o investigadores Shady al-Ghazaly Harb, Amal Fathi, Haitham Mohammadain, Hazem Abdel Azim, Waleed Salem, Mohamed Radwan (conocido como Mohamed Oxygen), Sherif El Rouby…

Son solo algunos de los nombres que se van sumando a una larga lista, la de los opositores políticos encarcelados, que los defensores de derechos humanos cifran en al menos 60.000 desde la llegada de Sisi al poder, según ANHRI. A casi todos se les acusa de terrorismo, de intento de desestabilizar al país, de colaborar o financiar o difundir ideas afines a grupos terroristas. Muchas de las leyes aprobadas recientemente en el Parlamento van en esa dirección: afianzar en el poder a Sisi y usar la lucha contra el terrorismo como excusa para seguir encarcelando. Tras las rejas hay también al menos 60 periodistas, según datos de ANHRI, incluido Shawkan, fotoperiodista que en agosto cumplirá cinco años en prisión, enfermo de hepatitis y cuyo caso, vinculado con terrorismo y que podría costarle una condena a muerte, espera sentencia el próximo 30 de junio.

Periodistas sostienen la imagen de los fotoperiodistas Mahmoud Abu Zied "Shawkan" y Ahmad Jamal Ziyadah para protestar contra su detención durante una manifestación frente al edificio del Sindicato de Periodistas en El Cairo.Hassan Ammar / AP

¿Anestesia o balón de oxígeno?

Los goles de Mo Salah y el Mundial de Rusia son un balón de oxígeno para una sociedad asfixiada por las malas noticias. Pero también una distracción valiosa para un régimen que prefiere tener a los suyos entretenidos mientras arresta a opositores y planea una subida de precios de bienes básicos como el agua, la electricidad y los combustibles para el mes de julio. Le funcionó al dictador Jorge Rafael Videla en Argentina durante el Mundial de 1978, que mantuvo distraídos a los argentinos de lo importante: las desapariciones y muertes de un régimen represor. Y también como una poderosa arma de propaganda, algo que no le ha funcionado de momento a Egipto: la principal compañía de comunicaciones del país tuvo que retirar una campaña en la que usaba la imagen del futbolista.

En medio de este clima, los egipcios se han acostumbrado a sobrevivir. El día de la clasificación, entre el maremágnum de banderas y griterío, una imagen ilustraba la situación del país: con una bandera sobre las rodillas y el escobón apoyado en la acera, un barrendero, gremio que en Egipto dignifica escoba en mano su realidad de mendicante, comía los restos de un bocadillo de falafel que había encontrado en un poyete. Esa dicotomía, la de la lucha diaria y la de la felicidad por la victoria, es la que estos días viven los egipcios.

La pasión futbolística y, en concreto, la veneración por Salah hizo que lo más comentado en las últimas semanas fuera la final de la Liga de Campeones. El central madridista Sergio Ramos llevó al suelo a Salah con una especie de llave y le causó una lesión en el hombro. La ira de la hinchada egipcia (y árabe) no se hizo esperar. El mundo árabe se volcó contra Ramos por su acción, copó tendencias regionales en las redes sociales con todos los insultos habidos y por haber en árabe, inglés y español, para que el jugador se enterara. Aquel momento fatídico en el que Salah se retiraba del campo entre lágrimas rompió el corazón de aquellos que jaleaban a su faraón desde el país del Nilo. No por el orgullo que habría supuesto ganar una Liga de Campeones, sino sobre todo porque Salah era duda para el Mundial y de hecho, aunque va convocado, vio el primer partido contra Uruguay desde el banquillo.

Aficionados egipcios viendo la final de la Liga de Campeones entre el Real Madrid y el Liverpool en un café del pueblo natal de Salah: Nagrig.Gehad Hamdy / AP

Ramos y Salah se han convertido en antitéticos. Durante estas tres semanas no se ha hablado de otra cosa. La salud del delantero es un asunto de Estado: hasta el presidente le ha deseado una pronta recuperación. Y él mismo ha hecho lo posible por tranquilizar a los suyos, estaría en Rusia, inshallah, si Dios quiere. La suerte y las ganas de no defraudar lo han llevado a Rusia, aunque aún no ha disputado ni un minuto. En el partido contra Uruguay, los faraones aguantaron con el marcador empatado a cero casi hasta el final; en el minuto 89, los charrúas se impusieron con un gol a balón parado. El rostro de Salah en el banquillo hablaba por sí mismo: había faltado su magia.

Lejos de su país, muchos de los activistas, periodistas, blogueros o artistas egipcios que intentan no acabar en la cárcel se reúnen para ver el encuentro. En las redes sociales se enorgullecen de que los suyos hayan mantenido el tipo. El problema es que se les ha visto dubitativos y sin contundencia ofensiva. Observando a su selección en la gran pantalla, uno de ellos recuerda una anécdota del Mundial de Argentina que un superviviente narraba en un libro. Los presos políticos y sus torturadores solían ver los encuentros de la albiceleste. Durante un partido, las ataduras en las manos de uno de los presos se aflojaron. No hubo lugar para la huida, porque cuando Argentina marcó celebró el gol abrazando a su carcelero. Al terminar el partido, le volvió a inmovilizar las manos. “¿Crees que ocurrirá lo mismo en Egipto?”, se pregunta. Y, meditando en voz alta sobre Salah, remacha: “Tal vez lo que debemos preguntarnos es si Salah aguantará. Es un símbolo, pero es solo un hombre”. No se refiere a la Copa del Mundo, sino a ese icono que se ha erigido frente a la tiranía y por encima del poder; esa figura que desafía, por el mero hecho de su magnitud e integridad, a la dictadura. Es solo un hombre, pero es la esperanza de muchos egipcios. ¿Aguantará Salah?

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