Anna Surinyach

Bajo la máscara

Tuvieron miedo, pero nunca abandonaron. Esta es la historia, en casa y en el trabajo, de seis sanitarios durante los casi cien días de estado de alarma en España.

Anna Surinyach

La fotografía

Agus Morales

A la fuga
22 de Junio de 2020

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El día que se decretó el estado de alarma en España, la doctora Belen Garcés supo que la COVID-19 no era una gripe. Salió del hospital por la mañana, después de una guardia nocturna, angustiada por el estado de los pacientes que había tratado en la UCI. El mismo día 14 de marzo, Noemí Picazo y Gerard Martínez, enfermeros y pareja, intentaban anular las vacaciones que habían planeado a las islas Azores. El mismo día 14, la enfermera Lourdes Cereceda, que tiene dos hijos, reorganizaba su vida familiar, en medio de la ansiedad provocada por el cambio de protocolos sanitarios. El mismo día 14, por la tarde, el doctor Guillem Cuatrecasas recibió una llamada para acudir como voluntario a un hospital de Igualada, uno de los principales focos del virus en Cataluña. El mismo día 14, el doctor Esteban González Albiol ya estaba enfermo.

Empezaba el confinamiento. Para ellos, empezaba el caos. Un caos que se puede reconstruir a partir de sus palabras, de las palabras apuntadas en la libreta durante las semanas que los seguimos: desconcierto, miedo, avalancha, ansiedad, satisfacción, frustración.  

No salen indemnes de esta crisis: salen con heridas imborrables. No fueron héroes. Por suerte para todos, fueron humanos.

Belen Garcés en la UCI

La doctora Belen Garcés, de 34 años, hizo otra guardia en la UCI el domingo 15 de marzo. “Fue una vorágine”, recuerda. Hasta entonces, compatibilizaba su trabajo en el hospital Clínic de Barcelona coordinando la donación de tejidos con algunas guardias en el hospital Germans Trias i Pujol, en Badalona (afueras de Barcelona). Ante la emergencia y la llegada de pacientes, se ofreció a entrar de forma permanente en los turnos de la UCI en el segundo hospital. Durante las primeras semanas del estado de alarma, el centro, como tantos otros, improvisó nuevas unidades para atender a las decenas de pacientes en estado crítico: se habilitó incluso una biblioteca como UCI. Profesionales sanitarios de otros ámbitos —anestesia, endocrinología...— entraron en esas unidades para echar una mano. Hicieron un máster acelerado de la especialidad intensivista, la de la doctora Garcés. Ella asumió el cargo de adjunta en la UCI principal: asumió, también, una responsabilidad profesional y moral que impregna cada una de sus palabras.

—Al principio todo el mundo tenía mucho miedo —contaba la doctora a principios de abril—. Hay incertidumbre en los derechos laborales: si a eso le sumas el estado de enfado, la saturación por trabajo…. Hay una sensación de descontrol. Esto te saca lo peor y lo mejor. Estamos al límite, emocionalmente también. Es lo que toca.

Conocí a Belen  —prefiere que escriba su nombre de pila así, sin tilde— el 2 de abril en la UCI principal del hospital Germans Trias i Pujol, en plena reorganización logística: en ese momento había ocho unidades abiertas. Habían pasado solo diecinueve días desde la declaración del estado de alarma. Hablamos en un despacho que daba a su UCI. No había demasiado tiempo, tenía que seguir trabajando. 

—Hemos sacado de intubación a algunos pacientes que luego han empeorado y los han vuelto a subir. ¿Lo estamos haciendo mal? Porque ya no sabes si la presión asistencial hace que hagas las cosas mal sin saberlo. La angustia que tenemos es no cagarla. 

Todo ha ido muy rápido, pero parece que empezó hace mucho. A los sanitarios les cuesta asumir la nueva situación. A los pacientes, más aún. Pero todos son conscientes: hay un estado de hiperconciencia.

—No sabes la cara de miedo que ponen los pacientes cuando los vamos a intubar. Y se lo explicas, les dices que tranquilo, que todo irá bien, que haremos todo lo posible... Antes de todo esto, los pacientes acostumbraban a exagerar [los síntomas para entrar en la UCI]. Ahora pasa al revés. Los pacientes son conscientes de que, si acaban intubados, quizá no sobrevivan. 

Dice la doctora que se lucha por la vida de todos, pero que la presión es insoportable. Lo que peor lleva es procesar las decisiones médicas más difíciles. Antes de la pandemia, cuando tenía un paciente con el cual no se podía hacer nada, primero llegaba a esa conclusión mediante el análisis y luego, quizá unos días después, lo asumía emocionalmente. Ahora no puede: dice que solo tiene “un cuarto de hora para procesarlo”, que cuando llega a casa se dice a sí misma: “He dicho que no a tantas personas”. 

—Hay uno que aún no se ha enfriado y ya entra otro. Espero que estemos en un pico. Hace tres días que creo que la locura se está estabilizando. Pero me cuesta mucho decirlo.

La pregunta tan repetida: ¿Cómo es posible, con los precedentes de Italia y China, que la pandemia tomara por sorpresa a España? Esta es la respuesta de una médica trabajando a destajo en una UCI a día 2 de abril, con la emergencia desatada:

—La desinformación que tuvimos los médicos al principio fue una pasada, se nos había dicho que esto es una gripe con un poco más de mortalidad. Pasé en tres días de ir a una clase de yoga a no salir de casa. No teníamos ni idea. 

Antes de concluir la entrevista y de que vuelva al trabajo —cristales empapelados con mensajes y documentos médicos, equipos sanitarios dando la vuelta en su cama a los pacientes, boxes llenos de enfermos con COVID-19, muchos de ellos jóvenes—, le pregunto a la doctora por el futuro. 

—En tres meses la presión en la UCI se habrá acabado. El coronavirus quizá no, pero serán casos más leves y más tratables en planta, y esta locura se habrá acabado. Y creo que se habrá olvidado. 

 

***

 

Once días después, vuelvo a la UCI para hablar con Belen y verla trabajar. En el ascensor que tomo en el hospital, de la marca Orona, alguien ha escrito “c” por delante y “virus” por detrás: obsesión que todo lo invade. En la UCI, que sigue llena, se nota un ambiente más relajado. Vemos a pacientes que ya estaban allí al principio. Y que seguirán durante semanas: los enfermos en estado crítico se cronifican, y ese es uno de los motivos por los que las UCI en toda España han tardado más tiempo en vaciarse de lo que sugería la evolución de la epidemia. 

Hoy no estamos en el despacho, sino en una pequeña sala que sirve de comedor para el personal que atiende a los pacientes en estado crítico. Hay un monitor con toda la información sobre ellos: su edad, sus constantes vitales, si están conectados o no a ECMO, una máquina que sustituye el pulmón, que saca la sangre del paciente, la oxigena y la vuelve a introducir en el sistema. Hay varios en esa situación: los casos más complicados.

—Estamos todos convencidos de que de aquí a una semana habrá otro pico —dice Belen—. Seguro. 

La doctora está indignada por la vuelta parcial al trabajo cuando apenas ha pasado un mes desde la declaración del estado de alarma. No es la única: casi todo el mundo con quien hablo en este y otros hospitales pronostica un rebrote que finalmente no se produjo.

—¿Habéis tenido altas durante esta semana?

—Sí, hemos tenido cinco o seis altas, pero también tres muertos. 

En la anterior conversación, a principios de abril, se notaba la adrenalina del momento: ahora el cansancio empieza a abrirse camino.

—Todos estamos más cansados, necesitamos un recambio. Ahora esperamos que vengan los que se han puesto enfermos para que nos den un poco de descanso a los que hemos estado desde el principio. Hoy nos han hecho una prueba para ver si habíamos pasado la COVID-19 los que no nos hemos enfermado. Es la primera prueba que me hacen. 

El test dio negativo. 

Le pregunto por otro de los debates de aquellos días: si el sistema de salud se ha colapsado o no.

—Está colapsado desde el primer día. Estamos colapsados... ¿Cuáles son los indicadores para medirlo? ¿Que la gente muera en la calle? Hombre, la gente no se va a morir en la calle, porque tú abrirás lo que haga falta para que no pase. 

La doctora vuelve al trabajo. La sigo. Lleva bata y pijama verdes y unos zuecos color verde fluorescente. Organiza los turnos y discute con su equipo. De repente, algo ocurre. La doctora se viste para entrar en el box, hay mucha gente, hay una urgencia. “Lo quieren despierto”, oigo decir. “El problema es que está muy despierto”. “Lo van a dormir ahora”. Desde la distancia, veo el pecho del paciente inflarse y desinflarse a un ritmo casi de convulsión, como si fuera animado por un motor gripado. 

 

***

 

Cuatro días después, el 18 de abril, recibo un mensaje de Belen en el móvil: “Hola, Agus, desde ayer estoy en casa, me he puesto enferma, tengo fiebre y diarrea. Estaré en casa hasta el martes, cuando me repetirán el test PCR (el primero salió negativo, pero creen que es un falso negativo). Lo digo porque mañana o el lunes, si me encuentro mejor, podríamos hablar, ya que ahora tendré tiempo libre, jeje. Ya me dirás algo. Un abrazo”. 

 

***

 

Hablo con ella por teléfono al día siguiente: 

—Estoy eufórica hoy porque ya no me encuentro mal. El viernes sufrí porque ya me veía ingresada, me cago en todo… Estaba trabajando y me empecé a encontrar mal por la mañana, me mareaba pero no tenía fiebre, pero sí la sensación de que en un rato me subiría. Cogí el coche, bajé a casa y a la media hora me empezó a subir la fiebre. Tenía dolor articular. No dormí nada, deliraba, soñaba cosas raras… Cuando me enfermé me enfadé mucho, me puse a llorar del enfado, porque me daba rabia caer después de cinco semanas.

 

***

 

21 de abril. Día de lluvia. Vamos a la zona de consultas para personal del hospital, donde la doctora, que ya se encuentra mejor, se va a hacer el test. Allí la veo por primera vez vestida de calle: llega con un abrigo y con pantalones vaqueros de tiro alto. En la sala de espera, habla con un compañero. “¿Tú también has caído?”, le pregunta. Su pareja ha dado positivo y ahora él viene a hacerse la prueba. 

—¿Belen Garcés?

La doctora pasa a la consulta. Sale tras una breve charla. Se desinfecta las manos. La vuelven a llamar: ahora sí, para hacerse el test. 

—Me salió negativo, pero estaba en una fase muy precoz, después tuve síntomas —dice mientras se preparan para pasarle el bastón por la garganta. 

—Me mareaba, he tenido gastroenteritis y diarrea, creo que por eso salió negativo. 

Se pone el abrigo y se va a casa. Luego nos informará del resultado de la prueba: negativo otra vez. 

 

***

 

No vuelvo a ver a Belen hasta el 9 de mayo. La visito en su piso, en Barcelona. Vive con su pareja, Ángel Martínez, fotógrafo. Durante estas semanas, por precaución, casi no se han tocado y han dormido separados. Ahora se están empezando a relajar. Han dormido juntos algunas noches. Lo echaban de menos. 

Nos sentamos en el patio para charlar. Dice Belen que acordó con su jefa descansar cuatro días, y que también le hicieron la prueba serológica y dio negativo. No se lo acaba de explicar. 

—A partir del cuarto día ya no tenía diarrea y no estaba tan cansada. Aproveché para descansar antes de volver a todo.

En su breve ausencia, la actividad en la UCI había bajado mucho. También se habían reincorporado compañeros que habían enfermado. Los horarios se relajaron un poco.

—El pico ya ha… Peor de lo que hemos pasado ya no va a pasar. No puede ser. 

¿Qué harás ahora, Belen? ¿Seguirás un tiempo así, solo en la UCI? ¿Volverás a tu rutina anterior, cuando tenías como trabajo principal la coordinación de las donaciones de tejido en otro hospital?

—Quiero volver a mi vida de antes. 

Pero, entrado mayo, aún no sabe cuándo será eso. 

La doctora se queja de las condiciones laborales del personal sanitario. Dice que nunca se han sabido movilizar. Que no han sabido luchar por sus derechos. Es discreta y no quiere darse importancia, pero Ángel, su pareja, interviene para expresarlo de forma más directa:

—La imagen de los médicos siempre ha sido la de unos privilegiados. Llevamos catorce años juntos, desde muy jóvenes. He visto toda la evolución: estudiante, residente, la putada de estudiar Medicina, la putada de ser residente... y no he entendido nada desde el principio. ¿Por qué no os quejáis?

 

***

 

Hablo por teléfono con Belen unos días antes de publicar esta crónica. Está trabajando: hace una guardia en el servicio de emergencias médicas del hospital Germans Trias i Pujol. Ya no está siempre en la UCI. También ha retomado su otro trabajo en el hospital Clínic, que es más de despacho.

Dice que solo quedan cinco pacientes en estado crítico por coronavirus en el hospital Germans Trias i Pujol. Ya no llegan tantos casos —y tampoco son tan graves. El último paciente en ingresar, dice, lo llevó ella. Fue el 18 de mayo. 

—En junio he vuelto a mi vida normal. 

Belen Garcés entra en el box 11 de la UCI general del hospital Germans Trias i Pujol para intubar a un paciente.Anna Surinyach

La doctora hace días que tiene síntomas compatibles con el coronavirus. Le hacen un test. Anna Surinyach

Durante los días que Belen Garcés tuvo síntomas, se aisló en su habitación. Su pareja durmió separado de ella.Anna Surinyach

Tras una semana de descanso, la doctora volvió al hospital y se encontró con una situación mucho más controlada. Se empezaban a hacer las primeras cirugías que se habían retrasado.Anna Surinyach

Primer encuentro en su casa de la doctora y su pareja, Ángel, con sus amigos más íntimos.Anna Surinyach

Noemí Picazo y Gerard Martínez: reivindicación de la enfermería

—No nos lo tomábamos en serio —dice Gerard Martínez.

—No nos lo tomábamos como una realidad —confirma Noemí Picazo.

Hablamos mediante videollamada a principios de abril. Aunque he estado varias veces en su hospital (Germans Trias i Pujol, el mismo de la doctora Garcés), aún no he podido hablar con ellos allí.

—Me acuerdo del primer día —dice Noemí—. Llevábamos unos días con posibles casos, y acababan siendo negativos, hasta que llegó el primer positivo el día 10 de marzo. 

—No le teníamos miedo —dice Gerard—. No éramos conscientes de lo que se nos venía encima. 

—Salían como champiñones. El viernes 13 ya había tres boxes con pacientes con COVID-19. Y allí dije: esto empieza a subir y es un no parar. 

El 15 de marzo, esta pareja de enfermeros de 26 y 27 años —también intensivistas, como Belen Garcés— tenía previsto irse de vacaciones a las islas Azores. Lo habían planeado con tiempo. Tuvieron que suspenderlas y llamaron al hospital para ofrecerse a trabajar. Al final tardaron una semana en volver: cuando lo hicieron, el 23 de marzo, “ya estaba todo lleno”, dice Gerard. 

—No había ningún control, era una situación desbordante, a nivel de médicos, de material... La gente no estaba acostumbrada —dice Noemí—. La sensación era de supervivencia. 

Les pregunto por los aplausos de las ocho. Por la reacción social. Por cómo se sienten. ¿Sois héroes?

—No somos héroes —dice él—. Hacemos lo que hasta ahora estabámos haciendo. Con más presión, con los sentimientos a flor de piel, con las familias, con todo el contexto social… Pero estamos haciendo nuestro trabajo. Necesitamos que la gente recuerde lo que ha pasado.

La ventaja de compartir trabajo —ella casi siempre está en la UCI principal, él está en una u otra según el día— es que no tiene sentido que se aíslen. Se apoyan, se comprenden y, cuando pueden, se relajan en casa. La serie que más han visto durante la pandemia es Hijos de la anarquía

—Momentos de desconexión total —dice él. 

 

***

 

Es 14 de abril. Después de hablar con la doctora Garcés en la pequeña salita-comedor de la UCI principal, pocos días antes de que se enfermara, hablo también allí con la enfermera Noemí Picazo. Llevo la bata al revés: me siento ridículo frente a ella, llena de determinación. Solo tiene unos minutos. Hace una semana que hicimos la videollamada.

—Todo ha cogido un poco de control —dice—. No tenemos ese punto de adrenalina constante tan alto. Pero tenemos mucho trabajo, hay ingresos, los pacientes están muy jodidos, hay que girarlos, algo que antes de esto era muy puntual…

A Noemí le da miedo que se relaje el confinamiento. Cree que si llegara un rebrote, la situación sería insostenible, justo ahora que se está tomando el control. 

—He empezado a dormir más, a no soñar con cosas de aquí. Llevaba semanas soñando en bucle, me despertaba por la noche, me volvía a dormir y soñaba lo mismo. O soñaba que entraba al box sin mascarilla. Cosas así, muy raras. 

Aunque en este mes han visto muchas muertes, no se acostumbran. Sobre todo cuando son pacientes que han recibido muchos cuidados, que llevan semanas en la UCI y que a veces no se recuperan. O cuando comprueban que no pueden hacer nada más.

—Hemos tenido que desconectar a un par de personas, porque no había más opción. Ha sido un poco duro, porque llevábamos muchos días llevándolos. 

Nos interrumpen. Noemí tiene que volver a trabajar.

 

***

 

Durante las siguientes semanas, no los veo.

Quedamos el 14 de junio en nuestra casa para comer. Les preparamos una paella y charlamos en el balcón. Cuentan que, cuando volvieron al trabajo tras la semana de vacaciones, se encontraron de golpe con la crisis.

—Fue llegar y... Tú a la UCI, tú a la UCI de la biblioteca que tienes que abrir, y al día siguiente te vas a otra planta, que estamos abriendo otra unidad —dice Gerard—. Era…

—Un caos —completa Noemí—. Y cada vez fue avanzando más hacia la normalidad. Fue nuestra nueva normalidad. 

—Al principio pensabas: esto no puede ir a más. Pero iba a más. Decían que la curva se tiene que aplanar [con el confinamiento], que habrá menos ingresos, y veías que no. En la televisión decían una cosa pero desde dentro ves que no.

—Cada vez teníamos más casos, y forzabas altas para ingresar a gente que estaba más jodida. 

—Vivimos también lo de no aceptar a personas en las unidades. 

Gerard cuenta el caso de un chico de menos de 40 años con sobrepeso que se había descartado en un principio para la UCI, pero que acabó ingresando. Murió. 

¿Cuándo fue el momento en que empezó a cambiar la situación en las UCI?

—Me acuerdo de que estaba en una de las unidades que se habían abierto y dijeron que había que trasladarlos a otra unidad.

—Fue ver la luz en ese momento —dice ella.

¿Cuándo fue?

—Aún estábamos con el estado de alarma y el confinamiento —dice él.

Ella calcula que fue con la vuelta parcial al trabajo, a mediados de abril.

—Pensamos que vendrían más ingresos. No pasó.

—Para sorpresa nuestra, no. 

—Y al tiempo fue cuando dijeron: fase 1. Buá, será horrible. Y no. 

Servimos el café. 

—Después fue progresivo —dice ella. 

—La situación era complicada, pero lo hemos dado todo. Si hubiera un rebrote, hay algunos compañeros que quizá no están tan animados para…

—Pero lo sacaríamos igual.

—Lo sacaríamos igual, porque en nuestro trabajo no puedes no trabajar. 

—Ni decir “hasta aquí”. Es hasta lo que necesite el paciente. 

Hablamos también sobre sus condiciones laborales: critican que el Instituto Catalán de Salud haya decidido dar una paga extraordinaria por trabajar durante la parte más intensa de la epidemia que se divide por categorías profesionales. Sienten que el trabajo de enfermería, que ha sido esencial durante estos meses, no está suficientemente valorado.

—Te llamaban porque te necesitaban [durante la crisis]. “Tienes que venir” —dice Gerard—. Y después eres el mismo número de siempre. Te sustituyen y cogen otro número. 

Noemí y Gerard, enfermeros intensivistas del Hospital Germans Trias y Pujol, salen del hospital a las 22:45 tras su turno de tarde. Llevan más de un mes y medio atendiendo a pacientes con COVID-19.Anna Surinyach

Noemí y Gerard descansan durante uno de los pocos días libres que han tenido durante la pandemia. Para desconectar han elegido ver 'Hijos de la anarquía'.Anna Surinyach

La madre de Gerard es asistente de enfermería en el hospital Germans Trias i Pujol, pero está de baja. Sus padres están preocupados por los riesgos y el cansancio que acumula la pareja.Anna Surinyach

Gerard y Noemí son los últimos en salir del box de la UCI esta noche. Ella ha estado más de siete horas enfundada en el traje de protección tratando a pacientes en estado crítico.Anna Surinyach

La pareja celebra el cumpleaños de Miguel, el padre de Gerard Martínez. Tras meses sin verse, por fin pueden compartir una comida en familia.Anna Surinyach

Lourdes Cereceda: recuperar a la familia

Hoy vamos a cubrir el servicio de hospitalización a domicilio. Es 4 de mayo. Al llegar al hospital Germans Trias i Pujol, por primera vez no encontramos sitio para el coche: perdemos más tiempo en aparcar que en llegar al hospital. 

Dentro se nota más trasiego: colas de pacientes, batas de médicos. 

Nos reunimos con el equipo de hospitalización a domicilio. Se programan visitas a los pacientes, que están en sus casas y no en el hospital, y se les da el alta cuando llega el momento: se intenta hacer la misma labor que se hace en el centro sanitario. En un contexto como el de la pandemia, este servicio —que llegó a tener hasta 190 pacientes— es esencial.

Acompañamos a las enfermeras Lourdes Cereceda y Maria Pons a una visita a domicilio. Es en el barrio badalonés de La Salud. Llaman al timbre.

—¿Sí?

—Del hospital.

—¿Sí?

—¡Del hospital!

Abren. 

Subimos en ascensor. Nos abre una señora muy simpática, Ana Jiménez: ella no es la paciente. 

—Hoy le han quitado el oxígeno ya —dice Ana. 

—Después de comer es cuando más se necesita —comenta Lourdes. 

El paciente está sentado en el salón. Le pregunto a Ana si es su marido. 

—Si no fuera mi marido, no estaba yo aquí. 

Él se contagió de COVID-19, fue ingresado y ahora está hospitalizado a domicilio. Ana está confinada por indicación del hospital. No puede salir. 

—Quiero salir ya un día. Para la compra me ayuda un vecino. No nos dejan salir a ninguno de los dos, yo quiero salir ya. A ver si nos liberan. 

—Les llamarán por teléfono —dice Lourdes. 

Y ahora se dirige al paciente:

—Le llamará la doctora Bonet para darle los resultados de la analítica. 

Lourdes entiende la impaciencia —sobre todo de Ana— y le dice que, aunque ella no toma la decisión, seguramente les quedará “una semanita más”. 

 

***

 

Visitamos a Lourdes Cereceda en su casa casi dos semanas después, el 17 de mayo. En la entrada del piso está el calzado de la familia: perfectamente dispuesto el de su pareja y sus hijos, desordenado el suyo. Dentro suena La revolución sexual de La Casa Azul. La enfermera acaba de empezar las vacaciones: lleva semanas durmiendo en la habitación de su hijo mayor, evita el contacto con la familia y ahora, como podrá descansar y dejar de tener contacto con pacientes con COVID-19 durante un tiempo, se prepara para retomarlo. 

Hablamos con ella en la habitación. Se sienta con las piernas cruzadas sobre la cama. 

—Como es mi trabajo, no veo que esté exponiéndome o poniéndome en riesgo. Pero sí tengo la sensación de que puedo traer algo a casa, y eso es lo que realmente me da miedo. 

El marido de la doctora con la que hacía las visitas a domicilio enfermó en los primeros compases de la crisis, así que Lourdes se aisló en casa por precaución: fue cuando empezó a dormir en esta habitación. Es una de las cosas que más le ha hecho sufrir.

—Supongo que hay gente para la cual esto del aislamiento o la cuarentena en casa habrá sido un suplicio, pero estar en casa todos juntos es el nuestro día a día. No nos supone un problema. Cuando empecé a pensar que tenía que venir a casa y no podía tener contacto con mis hijos, que no podía abrazarlos y no podía darles besos… 

Dice que su hijo menor ha cogido miedo durante estas semanas al contacto. 

—Era un niño extrovertido. Noto que ahora tiene más vergüenza... Si hacemos videollamadas con la familia, se esconde y no quiere salir —dice—. Me preocupa que le esté cambiando el carácter a mi hijo. 

Le pregunto si se ha sentido protegida trabajando. Me contesta que los protocolos cambiaban constantemente. 

—Tanto yo como los compañeros no nos hemos sentido cuidados. Nos hemos sentido como en Chernóbil. Como los primeros que fueron a Chernóbil, a los que les dijeron: “¡Vosotros id! ¡Id, que tenéis que parar todo esto! Pero no os damos nada”. No os damos nada y después que pase lo que tenga que pasar.

Hay una mezcla de alivio y cansancio en su rostro y sus palabras. Cuando pasen unos días vivirá su particular desconfinamiento. 

—Podré ayudar a los niños a hacer los deberes, el pequeño podrá venir cuando quiera a darme besos y abrazos… Porque antes se ponía aquí en la puerta y me decía: “Mamá, un abrazo”. 

Y hacían el gesto en la distancia. 

¿Ha sufrido Lourdes ansiedad durante estas semanas?

—El viernes tenía hora a las once en el fisioterapeuta. Cuando salí de casa en la moto, miré la calle y me empezó a coger un ataque de ansiedad. Me faltaba aire. Había tanta gente en la calle… Gente sin mascarilla, gente en grupos, me cogió… Tuve que parar la moto, tuve que respirar y decirme: calma. 

En el salón, hablo con su pareja, Carles Avalós. A esto le llaman el comedor-oficina-gimnasio: porque él teletrabaja desde aquí —es informático— y porque el perchero tiene un saco de boxeo casero hecho con una botella de plástico y con cinta adhesiva. Carles hace una breve demostración y golpea el invento.

—¿Cómo afrontas que Lourdes abandone el aislamiento? —le pregunto.

—Con mucha ilusión, lo hemos hablado y hemos decidido que si hay alguien que reacciona de forma extraña o se aparta, no lo tengamos en cuenta; es normal después de dos meses. 

En la televisión hay un combate de boxeo de Terence Crawford. No tengo mucha idea de ese deporte, así que le pregunto —balbuceo— por los que yo creo que son más famosos, porque a este no lo conozco. Pacquiao, Mayweather. Me cuenta su impresión sobre cada uno. 

Ella sale de la habitación y Carles le dice:

—Echo de menos aquellas caminatas, cuando nos perdíamos por la montaña. 

 

***

 

Hablo por teléfono con Lourdes cuando está a punto de acabar el estado de alarma. Dice que disfrutó de las vacaciones y después volvió al trabajo. Que, aunque podía salir, solo quería quedarse encerrada en casa con la familia. Que no salieron casi ni a pasear. Que los primeros días en los que salió del aislamiento familiar fueron “increíbles”. 

—Cuando volví al trabajo, estaba todo muy calmado. Había cambiado mucho. Íbamos a ver a pacientes que no tenían COVID-19. 

Lourdes no se ha vuelto a aislar. 

La enfermera Lourdes Cereceda en la habitación de su hijo, donde durmió prácticamente desde el principio de la crisis.Anna Surinyach

Los abrazos a su hijo, al menos en aquel momento, tenían que ser a distancia.Anna Surinyach

Las enfermeras Lourdes Cereceda y Maria Pons descargan el coche antes de una visita domiciliaria.Anna Surinyach

Cereceda comunica a Just Prats, paciente de COVID-19 que estuvo ingresado en el hospital Germans Trias y Pujol, que su prueba ha dado negativo. Ya no tiene la enfermedad. Sin embargo, le hacen un segundo test para estar seguros.Anna Surinyach

Durante sus vacaciones, Lourdes pudo volver a tener contacto estrecho con sus hijos.Anna Surinyach

Guillem Cuatrecasas: de Igualada a una clínica privada

El doctor Guillem Cuatrecasas, de 49 años, cerró su consulta privada de endocrinología en la clínica Sagrada Familia de Barcelona con la declaración del estado de alarma. Recibió una llamada para trabajar en el hospital del municipio de Igualada, a unos 60 kilómetros de Barcelona, el sábado 14 de marzo: un día después ya estaba allí. Recuerda que en los días anteriores había “un clima prebélico”. En Igualada, “directamente bélico”. Allí estuvo más de una semana: salió de Barcelona el 15 de marzo a las cinco de la mañana; no sabía ni qué se encontraría, solo llevaba un correo electrónico del director del centro autorizándole a que se desplazara. Porque Igualada estaba bajo confinamiento especial tras un brote que se había propagado a gran velocidad. Recuerda la sorpresa que le causó ver muchos camiones en la autopista incluso en aquel momento, recuerda el cordón de los Mossos d’Esquadra a la entrada de Igualada. Todo desértico: el párking del hospital con las barreras levantadas, pocos coches dentro. 

A pesar de la frialdad, de los muertos, Guillem tiene buenos recuerdos de aquellos días. Se sintió útil. Sintió la satisfacción de ayudar a pacientes en un momento crítico, de crear un vínculo con ellos. Es crítico con la respuesta del sistema sanitario: la falta de material, “órdenes médicas difíciles de entender”, el desastre de las residencias para mayores. Pero describe un ambiente de camaradería entre sanitarios que normalmente no se da con esa intensidad. 

—Es una medicina que tiene un punto de atractivo. Supongo que a los periodistas os pasa un poco lo mismo cuando estáis en una situación de guerra o de mucha adrenalina.

 

***

 

Tras algo más de una semana en Igualada, volvió a Barcelona. La clínica Sagrada Familia —en la que tiene su consulta, temporalmente cerrada— le pidió ayuda. Se montó un equipo: su experiencia en Igualada le sirvió para asesorar la formación de circuitos. Una palabra técnica para referirse a un hospital, quizá abstracta: circuitos. Pero separar zonas “limpias” de “sucias” —ausencia o presencia del virus— fue algo fundamental que salvó muchas vidas. Que podría haber salvado muchas más vidas, sobre todo en residencias que tardaron en recibir una formación básica. 

Algo más de dos semanas después de empezar a trabajar en Sagrada Familia, el 2 de abril, el doctor se puso enfermo. 

Positivo por COVID-19. Aislamiento domiciliario.

Guillem sabía demasiado sobre la enfermedad. Porque es doctor y porque había visto el daño que hacía el virus a los pacientes. No tenía miedo a morir —“ya has asumido que estás en una situación en la que te arriesgas”—, pero sí sentía incertidumbre. Sabía que al principio, durante la primera semana, no notaría demasiados síntomas. Que la evolución clínica a partir de entonces sería clave. Recordó los pacientes que habían empeorado a partir de ese momento y habían sido ingresados en la UCI. El séptimo día volvió a tener fiebre tras unos días tranquilos. Sensación de ahogo. Pero salió adelante. No tuvo que ser ingresado. 

Al cabo de dos semanas se hizo de nuevo el test. 

Negativo. 

Los compañeros de la clínica le dijeron que descansara, pero volvió al trabajo enseguida. Después de todo por lo que pasó, no se habría sentido cómodo en casa mientras al hospital seguían llegando pacientes. 

—Habría sido un deshonor total —bromea. 

 

***

 

El 27 de abril vamos a la clínica Sagrada Familia para seguir el trabajo de Guillem. 

—Desde hace una semana o diez días, tenemos la sensación de que esto está bajando —nos dice nada más vernos. 

Se cambia en el vestuario: pijama y zuecos verdes, gorro. Nos dirigimos hacia la planta con enfermos hospitalizados por COVID-19. En el punto de control, donde todo se organiza, se suceden palabras amables, órdenes, calma, nervios. Durante unos instantes suena una canción de Marea. 

Cuatrecasas llama a una residencia para gestionar el traslado de un paciente que ha superado el coronavirus. Se están dando muchas altas. Visitamos a varios ingresados: el doctor irradia optimismo con todos. 

Comentan en el punto de control que hay un paciente de la UCI que está a punto de ser trasladado a planta. No es uno cualquiera: es un doctor de la casa, el cirujano Esteban González Albiol, que ha estado más de un mes en cuidados intensivos. Se le espera con impaciencia.

Guillem recuerda que Esteban ingresó en la clínica el 20 de marzo. Lo vio en urgencias. Ya llevaba una semana con síntomas. Llegó casi fuera de tiempo. 

El doctor sigue trabajando. Hace una llamada. 

—Buenos días, le llamo de la clínica. Vamos a dar el alta a su madre hoy. Está bien, respira muy bien. 

Cuando cuelga, dice:

—Se me ha puesto a llorar al teléfono. 

 

***

 

El 20 de mayo volvemos a ver al doctor Guillem Cuatrecasas. Ya no está en la planta con pacientes de COVID-19: está en su consulta de endocrinología. La ha reabierto hace poco y, para su sorpresa, ha recuperado el 80% de los pacientes que tenía antes. 

En su consulta hay libros de anatomía humana, de biología molecular, de endocrinología. Atiende a una paciente. Repasa su analítica. Le hace una ecografía. No hay problema con las tiroides. 

—Esto de las mascarillas… —dice ella durante la consulta.

—Es un rollo —dice él.

Conversan sobre la pandemia: él dice que ya casi no hay casos, que no tiene nada que ver con antes. Ella le explica su situación laboral. 

Cuando la paciente se va, el doctor nos explica cómo ha vivido las últimas semanas. 

—Se fue acabando poco a poco. A lo máximo que se llegó en la clínica es a 102 pacientes —dice—. La vida en el hospital ya es bastante normal. La situación de principios de abril era un drama. Ahora no tiene nada que ver, pero es muy curioso, porque tampoco hemos hecho tan bien las cosas como sociedad. 

Reflexiona sobre las medidas de confinamiento. 

—Yo al principio era muy radical. Cerremos, cerremos, es la única forma de salvar la situación —dice—. Pero ahora tenemos que empezar a abrir, porque esto no tiene ningún sentido. 

No sabe si puede pasar algo igual.

—Es posible que haya un rebrote, pero no me quiero imaginar uno en el mes de noviembre con la organización actual. 

Su opinión es que el confinamiento y las pruebas deben hacerse muy al inicio. Siente que en caso contrario se pierde el tiempo. 

—Ahora se están haciendo cosas de cara a la galería. 

 

***

 

Hoy es la primera vez que veo a Guillem fuera del trabajo. Estamos en su casa, en la terraza, charlando con él y su mujer, Mònica Peitx, que forma parte de su mismo equipo, pero que es endocrinóloga pediátrica. 

—¡Hola, Aina! —dice Guillem desde la terraza cuando su hija entra en casa, justo cuando empezamos la entrevista. 

Aina viene a saludar.

—Se va normalizando la vida —dice el doctor—. A ella le van poniendo prácticas de coche… Se tiene que sacar el carnet de conducir. 

Cuenta que cada vez tiene más pacientes que vienen a su consulta. Reflexiona sobre el cambio que puede producirse en el campo de la medicina, sobre todo a partir de las consultas a través de videollamada. Más que su consulta, que es privada, le preocupa lo que pueda pasar en el sector público. 

Pero lo que más le duele de la pandemia es que tantas personas se hayan quedado sin el último adiós a sus seres queridos.

—Se tiene que reflexionar sobre cosas que se han hecho mal por falta de material. Tener o no a un familiar allí era tan fácil como haber tenido mascarillas y equipos. Al cabo de dos o tres semanas se permitió en el momento de la muerte, en las horas antes, pero se podría haber hecho más. Fue un error inicial que se fue corrigiendo.

Su pareja interviene: dice que se han hecho muchas cosas bien, destaca la buena relación con enfermería; ambos elogian la labor de enfermería, de auxiliares, de celadores.

—Hemos sido felices como médicos —dice Guillem. 

Han estado trabajando durante la pandemia y su negocio sigue en marcha. Las cosas les van bien.

—Yo he cumplido 50 años durante el confinamiento… —dice Mònica. 

—Si hubierais venido el martes [hoy es jueves], habríais visto globos por aquí aún. 

El doctor Cuatrecasas (centro) junto al equipo antes de entrar en la planta con hospitalizados por COVID-19.Anna Surinyach

Cuatrecasas acomoda a una paciente en una unidad de COVID-19 de la clínica Sagrada Familia.Anna Surinyach

El doctor Cuatrecasas en la habitación de su hijo, donde se aisló durante su enfermedad.Anna Surinyach

La consulta de endocrinología de Cuatrecasas reabrió sus puertas el día 11 de mayo.Anna Surinyach

Esteban González Albiol: vivir vale la pena

Es 13 de marzo. El cirujano Esteban González Albiol, de 72 años, se encuentra mal. Conoce su cuerpo. Conoce la medicina. Se va al hospital de Sant Pau, en Barcelona. Tras “una hora y media dando vueltas”, le dicen que se vaya a casa. Que se tome paracetamol. 

El mismo 13 de marzo, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, anuncia que se declarará el estado de alarma, algo que se acabó haciendo al día siguiente. 

Pasan unos días y González Albiol se siente peor. Llama a su mutua y se va a la clínica Sagrada Familia, donde trabaja desde hace muchos años. Lo ingresan. Solo recuerda que entró en el hospital a pie. Que lo atendió una doctora —y compañera— que se dio cuenta enseguida de que estaba mal, aunque no se lo dijo para no asustarlo. No recuerda nada más, salvo visiones —o más bien, versiones— de la película Ghost, la última que había visto. 

 

***

 

Conocemos a González Albiol justo en el momento en que lo suben a planta tras más de un mes en la UCI. Queremos hablar con él pero nos sentimos culpables: quizá no es el mejor momento. O quizá no haya otro momento. Lo intentamos. Está muy débil, pero enseguida nos atiende. Relata desde la cama lo que recuerda con una mezcla de humor y emoción. Ya se siente vivo. Habla sobre los fármacos que le dieron, sobre las pesadillas, sobre Ghost

—Veía un caballo que venía a llevarse a los muertos malos, y luego venía el caballo blanco que se llevaba a los buenos, y siempre venían varios y me rescataban. Alucinaciones.

Habla de sus compañeros y compañeras. De los que han estado a su lado. De los que ya no están. Menciona al doctor Sánchez Ortega, “un grandísimo cirujano”, que murió con COVID-19. 

—Era muy majo, finito como un torero de Valladolid. Venía con el casco amarillo y la vespa [a trabajar] y parecía la hormiga atómica. 

Bromea. Se le quiebra la voz. Humor. Emoción.

—Yo no tenía ninguna esperanza de que esto me dejara libre si me enganchaba con 72 años. No me fiaba nada de nada. 

Hace hipérboles con el cóctel de fármacos que le han administrado. Sabe que le han puesto de todo. Ha perdido muchos kilos. Se toca el muslo para mostrar su falta de musculatura. 

—Tengo que hacer ejercicio para tener fuerza y para recuperar la capacidad de hacer cosas finas. 

Hace el gesto de la pinza. Su gesto: el de cirujano. Le tiemblan las manos. Lo miro y no me lo imagino recuperando la firmeza pronto. 

 

***

 

Tras doce días en planta, Esteban volvió a casa. Lo visitamos algo después, el 13 de mayo. Nos abre la puerta su mujer, Maite. Nos saludamos sin tocarnos. Pasamos al salón y allí está el doctor, más guasón que nunca. Ha ganado algunos kilos. 

—Me han rellenado como a una oca —dice. 

En su biblioteca hay muchos libros de medicina. También novelas. Pero dice que no lee mucha ficción. Antes de empezar la entrevista, me dice:

—Si digo bobadas, las adornarás, ¿no? He visto vuestra revista. 5W. Es guapa. Es científica. 

—Científica no sé —le respondo—, pero intentamos que sea…

—Nepal, África… 

Con científica no quiere decir que sea dedicada a la ciencia: quiere decir que es seria. Me lo paso en grande hablando con él. No paro de reír. A veces intento contenerme, pero no puedo. Luego, de repente, cuando aún no he borrado la sonrisa de mi cara, una frase que va a lo más hondo me desconcierta. 

Cuenta que durante la convalecencia se sentía mal porque había gente que, obviamente, tenía miedo a tocarlo, aunque ya no era contagioso. El castigo emocional del virus.

—De repente entra una compañera que te conoce desde hace veinte años. Se sienta en tu cama, charla contigo, se quita la mascarilla, te dice que ya no contagias y te da un amor que no te habían dado —dice—. Los sanitarios pasan mucho miedo. No se les paga por el trabajo que hacen. Eso no se paga con dinero. Porque eso es el corazón, y hay quienes lo tienen tan grande, que no les cabe en el pecho.

Recuerda toda su enfermedad. Cuando lo iban a ingresar y hablaba —según le dijeron luego— como un loro. El sonido de la UCI al despertar, cuando la enfermera Edurne le dijo: “Estás en la UCI, cariño, estás con nosotros, en Sagrada Familia. Has tenido COVID-19, rey, pero estás bien, te has curado”. Cuando salió de la unidad y le aplaudieron. Pero no se recrea en el dolor. 

—Me tira más la alegría de lo que vendrá que la tristeza de lo pasado.

Le pregunto cómo están sus manos.

—Ahora te podría arreglar un reloj. Ya no tiemblo. 

Dudo si hacerle la próxima pregunta. No sé cómo se lo tomará. Quizá es demasiado pronto para planteárselo. 

—¿Quiere volver a trabajar?

—¡Claro! A mí la petanca no me gusta. Y el dominó tampoco. Si puedo ayudarles, aunque sea para llamar a las familias y decirles cómo va la cosa... Cuando esté bien, porque ahora, con las piernas que tengo…

 

***

 

Volvemos a casa de Esteban González Albiol el 9 de junio. Estoy deseando escuchar sus ocurrencias. Hoy es él quien abre la puerta: yo llevo mascarilla y le saludo con la mano.

Hau! —me dice a modo de saludo indio, y cuando paso me da la mano, me dice no pasa nada, mira, te las puedes lavar, y me sirve gel hidroalcohólico. 

Lleva una camiseta (“Menorca”, “Port Maó”...) que habla de sus intenciones veraniegas. Me lo confirma luego: este verano quiere ir a la isla de Menorca. Hiperactivo, encadena un tema con otro: el primero es si tenemos configurado en nuestros móviles las llamadas de emergencia con toda nuestra información médica por si nos pasa algo. 

—Bueno, yo ya estoy recuperado —dice cambiando de tema.

Está leyendo Y ahí lo dejo de Gonzalo Boye. Lo tiene sobre la mesita del salón. Hay música rock de fondo. Hoy tiene sesión con el fisioterapeuta, que en cuanto llega se pone manos a la obra. 

—Aprieta… Una, dos…. ¿Hace daño?

—No.

Hacen algunos ejercicios para que mejore su musculatura en los brazos: tríceps, bíceps…

—El primer día no hacía nada. Ahora esto está como un caballo potranco —dice Esteban. 

Pasan a la habitación. Ahora toca piernas. El doctor se tumba. Lleva pantalones cortos. 

—Ahora haré como Piqué —dice mientras se sube el pantaloncito y muestra todo el muslo, como hace a menudo el defensa del F.C. Barcelona.

Vuelven al salón. Hacen ejercicios de equilibrio. El fisioterapia le obliga a caminar en diferentes direcciones.

—Maite, me quiere enseñar a caminar de lado —le grita Esteban a su mujer, que no está en el salón: se lo dice porque ellos saben bailar, así que esto es pan comido. 

—No te hagas el chulo, que te vas a caer —le dice ella. 

—Esta semana pillo el coche —le dice ahora Esteban al fisioterapeuta, para buscar su aprobación.

—Lo que diga el médico —dice él con prudencia. 

Se va el fisioterapeuta. 

Su mujer, Maite, está ahora con nosotros. Aún tengo una sonrisa en diferido por las últimas bromas del doctor. Y otra vez me pilla a contrapié: se pone emotivo. 

—Ella me ha salvado —dice mirando a Maite—. Mientras yo dormía, había una persona que estaba todo el día sufriendo. Ella veía en el móvil “Clínica Sagrada Familia” y pensaba que era la llamada para informar de mi muerte. Ha sido un suplicio para ella y para mi hija.

Llora. Se gira. 

—Te has recuperado —dice ella. 

—¡Contigo! Hemos sufrido. Hasta se nos caía el pelo —dice él. 

—¡Que ya estás aquí!

—Tenía mucho miedo de noche y dormía durante el día.

Aún con lágrimas en los ojos, el doctor nos dice: 

—¿Queréis café?

El doctor González Albiol el día que salió de la UCI y fue hospitalizado en la sexta planta, la misma en la que trabajaba Cuatrecasas.Anna Surinyach

Ejercicios con el fisioterapeuta para recuperar musculatura tras pasar 38 días en la UCI.Anna Surinyach

González Albiol en el salón de su casa el 13 de mayo de 2020.Anna Surinyach

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