Elena del Estal

La vida después del odio

Christian Picciolini ayuda a supremacistas a salir de una espiral de violencia que él conoce desde dentro. Fue uno de los primeros 'skinheads' norteamericanos.

Elena del Estal

Fotoperiodista

Víctor M. Olazábal

Reportero
31 de Agosto de 2017

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Las antorchas alumbraban la noche de Charlottesville.

Los supremacistas blancos ondeaban banderas confederadas y marchaban al son de cánticos hitlerianos. Sacaban a relucir todo su arsenal de simbología nazi en nombre de la libertad de expresión.

Cuando se desató la violencia en aquella ciudad, Christian Picciolini sintió un golpe en el corazón. Lamentó, una vez más, haber ayudado a fortalecer los cimientos del supremacismo blanco. “Siempre que algún miembro del movimiento neonazi hace daño a alguien, me siento muy responsable. Aunque no conozca a ese tipo, aunque yo saliese de eso hace 22 años, sé que en aquel momento planté las semillas de lo que está ocurriendo ahora”.

Picciolini, de 43 años, perteneció a la primera generación de skinheads en Estados Unidos. Organizó a grupos neonazis, difundió su propaganda por todo el país, aborreció y golpeó a los que no pensaban como él y se tatuó su ideología en el cuerpo. Ahora ayuda a extremistas a abandonar el camino del odio, un giro de 180 grados que sabe que se puede dar. Él es el ejemplo.

Christian Picciolini posa para un retrato en su casa de Chicago.Elena del Estal

De la soledad al poder

Su infancia se desarrolló en Blue Island, una localidad obrera al sur de Chicago absorbida por la expansión de la gran ciudad. Desde mediados del siglo XIX este suburbio fue un punto de entrada al país para migrantes alemanes, italianos o polacos. En 1900 la mitad de su población ya tenía ascendencia extranjera. Es el caso de Picciolini, cuyos padres italianos se habían asentado allí en la década de 1960.

Picciolini se recuerda como un chaval desorientado. “No sabía si era italiano o estadounidense, o quizá ninguna de las dos cosas. Durante años me sentí solo y abandonado”. Apenas veía a sus padres porque en el trabajo echaban más horas que las que tiene el día.

Una tarde de 1987 estaba fumándose un porro en un callejón del barrio cuando, según cuenta, se le acercó Clark Martell, líder de un grupo neonazi de la zona. Picciolini, que tenía 14 años, no estaba buscando una vida de odio y violencia, sino a alguien que le hiciese caso, que le hiciese sentir que valía para algo, que le aceptase. Y ese nazi, aquel día, le inculcó que debía sentirse orgulloso de sí mismo. Su reclutamiento había empezado. Pronto aprendió a señalar a sus nuevos enemigos, los culpables de sus problemas: los comunistas, a los que antes solo conocía por las películas de Rocky, y los judíos, amos del mundo en la sombra.

Por aquel entonces el movimiento skinhead en Estados Unidos era incipiente. La Liga Antidifamación calcula que en 1988 había unos 2.000 cabezas rapadas en pocas ciudades; solo cinco años después ya se habían expandido a prácticamente todos los estados del país.

Los grupos supremacistas, como el White Aryan Resistance, usaban a los skins como peones de asalto y estos no tardaban en hacerse notar: los Hammerskin en Dallas, The Fourth Reich Skinheads en California, East Side White Pride en Portland… Cada banda se encargaba en su zona de decorar con esvásticas los barrios de inmigrantes y las sinagogas, al tiempo que imponían a golpes —y con asesinatos— el poder del hombre blanco.

Picciolini se unió a los temidos Chicago Area Skinheads (CASH), que en solo un año ya habían ocupado titulares en la prensa gracias a su historial de agresiones. Según el Southern Poverty Law Center, organización de referencia en el seguimiento del extremismo, esta era “la banda skinhead más importante en los inicios del movimiento”.

Una vez dentro del mundo skin, la vida de Picciolini se aceleró a ritmo de peleas y música Oi!. Abandonó la soledad, la incertidumbre sobre sí mismo, y se metió en una rueda de adrenalina y agresividad. Martell, su mentor, no tardó en entrar en prisión, y Picciolini terminó por convertirse en el líder del grupo. “Para alguien de 16 años, pasar de sentir una extrema debilidad a sentirse tan poderoso es muy embriagador, es como una droga”.

Fotografía de un concierto en el que Christian Piccioloni, líder entonces de la banda Final Solution, canta frente a más de 4.000 personas en Weimar, Alemania, en 1992.

Lideró también dos grupos de música racista. Sus nombres lo dicen todo: White American Youth y Final Solution. Con este último dio un concierto ilegal en Weimar, Alemania, en una sala repleta de esvásticas, cabezas rapadas y brazos en alto. Era la primera banda nazi norteamericana que tocaba en Europa. “A través de la música yo le decía a la gente cómo reclutar a más miembros y cómo hacerles violentos. Encontrábamos jóvenes que estaban cabreados con algo y dirigíamos su odio hacia donde queríamos. En el fondo queríamos odiar a otras personas para acabar con el dolor que sentíamos por odiarnos a nosotros mismos”.

Su reputación como líder skin fue creciendo más allá de Chicago. La manera en que dirigía a los CASH hizo que su nombre llegara a oídos de los nazis más conocidos del país, con los que tejió redes para fortalecer sus organizaciones. Querían construir, dice, “un imperio invisible”.

Humanizar al enemigo

Todo cambió en 1994 cuando Picciolini, que a pesar de su juventud ya era padre de un hijo y tenía otro en camino, abrió una tienda de música cerca de Blue Island. Se llamaba Chaos Records.

“La revolución empieza aquí”, decía una pintada al fondo del local. El lema tenía otro propósito, pero lo cierto es que ahí comenzó la revolución personal de Picciolini porque, aunque la tienda originalmente estaba dirigida a la venta de música supremacista, decidió ampliar el negocio para mejorar sus ingresos e incorporó en sus estantes hip-hop, punk, rockabilly y otros estilos. Aquella decisión atrajo a clientes nuevos, diversos, que tenían la piel más oscura, el pelo largo o un kipá en la cabeza. Acudían incluso skinheads antifascistas.

Una pistola de nueve milímetros escondida bajo el mostrador le tranquilizaba frente a esa extraña gente que, sin embargo, se fue convirtiendo en su clientela habitual. Hablar con ellos, conocer sus pasiones y sus problemas, encontrar similitudes entre aquellas vidas y la suya cambió su forma de ver el mundo; un mundo que comenzó a desmoronarse tras la marcha de su mujer con sus hijos, lo único que había amado en todo este tiempo. “Recibí compasión de quienes no la merecía. Así humanicé a quienes creía que eran mis enemigos”.

Christian Picciolini hace el saludo nazi frente al campo de concentración de Dachau (Alemania) en 1992.

Empezaba a sentir que toda la violencia que le rodeaba no tenía sentido cuando, el 19 de abril de 1995, un supremacista llamado Timothy McVeigh explotó un camión bomba contra un edificio federal en Oklahoma y mató a 168 personas. Picciolini se aterrorizó al darse cuenta de que compartía ideología con ese terrorista. Les guiaban los mismos libros, los mismos discursos. Poco después, tras ocho años de odio, Picciolini abandonó el movimiento neonazi.

Arrancar las malas hierbas

Hoy, cuando se mira en el espejo, aborrece su pasado, pero se siente orgulloso de quién es ahora. Se ha reconciliado con sus padres, con los que la relación se había deteriorado, y se ha cubierto casi todos los tatuajes del cuerpo, aunque todavía conserva una Cruz de Hierro y unas runas nórdicas en el brazo. Sigue amando la música (es devoto de The Clash) y devora libros de historia del siglo XX e investigaciones sobre el fanatismo en el mundo. Le gusta su vida en Chicago.

Como alguien que quiere redimirse de sus pecados, el ex skinhead se dedica a combatir el extremismo norteamericano que él mismo propagó. Publicó su historia en un libro (Romantic Violence: Memoirs of an American Skinhead) y fundó la organización Life After Hate junto a otros antiguos miembros de la extrema derecha que decidieron reconducir su vida.

A través de ese grupo, afirma, ha ayudado a salir de movimientos neonazis y supremacistas a más de 200 personas. Con ellas no discute ni se enfrenta, sino que busca los “baches emocionales que les desviaron en el camino” para trabajar sobre esos puntos en un proceso dialéctico, introspectivo, en el que juegan un papel fundamental los grupos de apoyo. “La gente no se vuelve extremista por la ideología, sino porque busca una identidad, una comunidad y un propósito. Y si tú te sientes roto por algo, te unes a quien te acepte, y eso pueden ser neonazis, bandas callejeras, drogadictos o el mismo Estado Islámico”.

Portada del libro 'Romantic Violence: Memoirs of an American Skinhead' por Christian Picciolini.Elena del Estal

Picciolini cree que la inmensa mayoría de los extremistas ni siquiera conoce a miembros de los grupos y comunidades que consideran sus enemigos. Su trabajo se basa en construir ese puente. “A alguien que niega el Holocausto le hago pasar el día con un superviviente de aquel genocidio, a un islamófobo le presento a un imán o le invito a cenar con una familia musulmana, a un homófobo lo pongo a trabajar un día con una organización LGBT. Y lo que sucede es que eso les da la capacidad de humanizar a las personas a las que creen odiar”.

En las conferencias que da por todo el país, el ex skinhead se asemeja a un entrenador motivacional especializado en nazis, un rol que en una sociedad como la estadounidense cuaja a la perfección. “El odio nace de la ignorancia; el miedo es su padre y el aislamiento es su madre”, “es fácil culpar a otros de un problema que tienes tú” o “actúa tal y como quieras que sea el mundo” son algunos de los mantras que repite allá donde va.  

Él prefiere verse como un “jardinero” que está arrancando las “malas hierbas” que en su día sembró. Una a una. Recientemente viajó hasta Kentucky para acompañar a un joven a cubrirse unas SS hitlerianas que tenía tatuadas en la cara.

El odio en Estados Unidos

 

Manifestantes supremacistas entran en el Lee Park rodeados de antifascistas en Charlottesville. 12 de agosto de 2017. Steve Helber / AP

A Picciolini le da miedo la senda que está tomando su país. En Estados Unidos hay 917 grupos que incitan al odio, los denominados hate groups, según la organización Southern Poverty Law Center (SPLC). Alaska y Hawái son los únicos estados ‘limpios’ en el mapa elaborado por esta entidad independiente. Estos grupos, entre los que se incluyen el Ku Klux Klan, bandas skinheads, los supremacistas blancos, los antimusulmanes o los separatistas negros, han ido creciendo cada año desde 1999, cuando había la mitad de los que hay en la actualidad. Únicamente se vio un rayo de esperanza entre 2011 y 2014, periodo en el que la curva descendió de 1.018 a 784. Desde entonces se ha reanudado el ascenso. Hoy, solo el KKK tiene 130 grupos repartidos por todo el país, mientras que los neonazis, los supremacistas y los anti-islámicos suman otros 300.

 

Estos últimos han aumentado de una forma drástica en los últimos cinco años, como lo han hecho los crímenes hacia ellos, según el FBI. “Los musulmanes son retratados como irracionales, intolerantes y violentos”, señala la SPLC.

A pesar de que en general las formaciones extremistas han ido creciendo, las bandas de skinheads han disminuido en los últimos cinco años. Picciolini no cree que sus antiguos colegas hayan desaparecido. Piensa, más bien, que se han adaptado a los nuevos tiempos. “El movimiento neonazi se ha expandido como una metástasis. Es la misma ideología: la supremacía blanca. Lo que ha cambiado es la apariencia. Los skinheads aprendieron que debían dejarse crecer el pelo, quitarse las botas, ir a la universidad, instruirse, conseguir un empleo, cumplir la ley, recibir formación militar y empezar a llevar traje y corbata”. En definitiva, pasar desapercibidos entre la ciudadanía pero mantener vivo el mismo objetivo: levantar “un imperio invisible”.

Los años de Obama en la Casa Blanca, y su tratamiento mediático, llevaron a muchos a pensar erróneamente que la elección de un presidente negro era un salto definitivo en la construcción de unos Estados Unidos antirracistas. Por supuesto, dice Picciolini, no fue así. “El supremacismo blanco es un asunto que metimos bajo la alfombra durante años, lo escondimos porque no queríamos enfrentarnos al problema. Hay gente que piensa que si no hablamos de un problema, este desaparece, pero no”.

La llegada de Donald Trump a la presidencia fue un espaldarazo a las corrientes de extrema derecha de Estados Unidos, que encontraron en el líder republicano al hombre capaz de dar un guantazo a la élite de Washington y de recuperar su ideal de una América blanca. “Trump usa el mismo lenguaje que usábamos nosotros hace 30 años pero más digerible para que al estadounidense medio no le parezca algo extremo”, afirma Picciolini, que asegura que su organización recibe muchos más casos desde el pasado noviembre.

Solo en los tres meses siguientes a la victoria electoral de Trump se registraron 1.372 incidentes motivados por el odio hacia inmigrantes, negros, homosexuales, mujeres y musulmanes, según la SPLC, que a la hora de hablar de los sucesos vividos el último año no duda en señalar a “una campaña presidencial que flirteó insistentemente con ideas extremistas”.

Por eso, cuando el 11 y el 12 de agosto los ultraderechistas invadieron la ciudad de Charlottesville en una demostración de fuerza bajo el disfraz de la Primera Enmienda, cuando encendieron las antorchas propias del KKK y cantaron consignas utilizadas en la Alemania nazi (“sangre y tierra”), cuando la manifestante antirracista Heather Heyer fue arrollada por un neonazi con su coche, Picciolini no se sorprendió. Era cuestión de tiempo que volviese a morir alguien a manos del supremacismo blanco. Entonces, como a muchos otros, le vinieron a la mente las masacres de Oak Creek y Charleston y el largo historial de muertos que la extrema derecha ha provocado en Estados Unidos.

Marissa Blair junto a su pareja, Marcus Martin, que evitó que el vehículo que mató a Heather Heyer la atropellara. Andrew Shurtleff / AP

En mayo el FBI detalló que los supremacistas blancos han sido responsables de 49 muertes en 26 ataques desde el año 2000, “más que ningún otro movimiento extremista autóctono”, afirmaba su informe. Un estudio de 2012 del Combating Terrorism Center, una institución de investigación militar, iba mucho más lejos y apuntaba que en la década posterior al 11-S la violencia de extrema derecha llevó a cabo una media de 337 ataques al año que causaron un total de 254 muertes.

Picciolini tiene claro que la violencia de los ultraderechistas debe considerarse “terrorismo” por el daño que está causando al país, un debate que se ha generado entre la ciudadanía a raíz de las categorías establecidas por el FBI en estos ataques. El alcalde de Charlottesville, Mike Signer, afirmó lo mismo tras los sucesos ocurridos en su localidad y culpó al presidente de dar alas a los grupos extremistas con su retórica.

La respuesta tibia, tardía y ambigua de Trump solo avivó las críticas en todo el mundo, incluidas las de la ONU. Especialmente cuando comparó la actitud de los supremacistas blancos con la de los manifestantes antirracistas que les plantaron cara.

El mensaje de Picciolini a Trump es rotundo.

“Hubo un momento en la historia en que un gran grupo de supremacistas blancos fue vencido por unos antifascistas. Se llama Segunda Guerra Mundial. Hoy construimos estatuas de aquellos que combatieron a los nazis. Les llamamos héroes”.  

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