Abir Abdullah

La vida secreta del colectivo homosexual en Bangladesh

Nos adentramos en un baile de 'drag queens', un encuentro de activistas y una clínica para descubrir a los gais bangladesíes

Revista 5W

Crónicas de larga distancia
02 de Febrero de 2016

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Reuniones en las que la localización se anuncia en el último momento, improvisados desfiles del orgullo gay, pseudónimos digitales y dobles vidas. La comunidad homosexual de Bangladesh avanza con sigilo. Gracias al activismo de un puñado de personas, ha conseguido ciertos espacios de libertad tolerada a pesar de la profunda discriminación que sufre.

Sueñan con el día en que puedan dar la cara públicamente en un país en el que la homosexualidad es delito y en el que temen convertirse en objetivo de radicales islámicos, para quienes su amor es pecado. Nos adentramos en la vida secreta de los gais bangladesíes en tres ambientes diferentes: un baile de drag queens, una reunión de activistas y un chequeo médico.

UN BAILE DE ‘DRAG QUEENS’

Sobre el suelo hay prendas de ropa y maletas abiertas. En una mesilla, yacen desordenados rímel, juegos de lápices de ojo y coloretes. La habitación, en la que minutos antes había mucho trajín, ha quedado vacía. Todos, o todas por una noche, han subido apresurados al piso superior: al salón de actos de un hotel de un barrio acomodado de Dacca en el que se celebra un inusual baile de drag queens. La ciudad está en alerta. En las últimas semanas se han producido algunos atentados atribuidos a los islamistas en Bangladesh, un país de 160 millones de habitantes que sobre el papel es secular aunque tiene el islam como religión de Estado.

Esa noche cerrada de octubre el colectivo homosexual se apunta una simbólica y modesta victoria. Un centenar de personas han acudido a la velada. Se sientan en torno a mesas redondas y el ambiente es muy relajado: dos hombres van vestidos de marinero, hay algún extranjero y los invitados menos atrevidos han venido con traje y corbata. Por el pasillo que dejan las mesas desfilan una veintena de travestidos con exuberantes pelucas y trajes coloridos, brillantes y ceñidos. Suenan melodías de la industria cinematográfica de Bangladesh y del Bollywood de la vecina India. Las estrellas del show hacen muecas; la gente aplaude, grita y a veces se levanta.

—¿Cuál es tu postura sexual favorita? —pregunta el presentador a uno de los asistentes.

—Me gustan todas —bromea el inquirido.

El espectáculo transcurre entre risotadas. Cuando se calma el furor, el presentador del acto recuerda lo importante. Están allí para recaudar fondos para que Roopbaan, la primera revista de la comunidad LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y transexuales) bangladesí, nacida en 2014, pueda seguir adelante con su labor de normalizar la situación de un colectivo que todavía gatea con pies de hierro en el país. La ilusión es enorme. La precaución que impone el realismo, también. El grupo proyecta un power point con un diseño muy cuidado que gira en torno a la letra uve. Uve de visibilidad, de voz, de ventilar. Uve de amor (loVe). De amor libre.

 

Desfile en Dacca. Shams Suhaib / Roopbaan

No es fácil enterarse de cuándo se celebra en Dacca un evento como el DragOn Ball. No aparece anunciado en ningún periódico local, ni en revistas. Tampoco la radio o la tele hacen referencias. La información se transmite en círculos reducidos, grupos privados en redes sociales y la localización exacta se guarda en secreto hasta el último momento. Como muchas otras cosas que tienen que ver con la comunidad homosexual, ya sean fiestas u actos sesudos. Lejos de cualquier foco, en la sombra del anonimato y del pseudónimo, aparece una maquinaria pequeña, aunque bien engrasada con la regular constancia de un grupo de activistas y amigos.

REUNIÓN DE ACTIVISTAS

Muchos de los que a modo reivindicativo introdujeron sus pies en tacones aquella noche de octubre están citados una tarde de noviembre en un barrio residencial de clase media de la capital bangladesí. Jehangir (su nombre y el del resto de los entrevistados son ficticios) es uno de ellos. Queda con el periodista en un punto cercano a la casa.

—Con la situación actual de asesinatos estamos siendo precavidos. Damos el teléfono a poca gente. Creo que estamos en la lista negra —justifica. Tras el intercambio de saludos, el anfitrión guía al invitado por unas callejuelas con pequeños comercios hasta el lugar. Allí esperan otras dos personas.

El temor siempre está presente. Los gais en Bangladesh nunca han sido directamente objetivo de un ataque terrorista, pero los activistas están convencidos de que eso se debe a su escasa visibilidad pública. El pasado otoño, Boys of Bangladesh (BoB), la principal organización en torno a la cual orbita el activismo homosexual del país, presentó una campaña de concienciación que se valía de un personaje de cómic lésbico que descubre su sexualidad en la infancia. Lo hicieron en un entorno seguro y frente a una audiencia que empatizaba con ellos. Días después, varios miembros recibieron amenazas a través de Facebook y llamadas de desconocidos. No pueden, no deben bajar la guardia. La de ese día es una de las últimas reuniones de 2015 y tienen que ir preparando los pasos a seguir en el año que pronto comenzará. Para tomar decisiones vinculantes tiene que haber un quórum de al menos siete miembros del comité ejecutivo. Mientras esperan al resto de socios, los presentes se introducen en la máquina del tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

—Yo crecí sin saber que existía la palabra homosexual —dice Jehangir, de 40 años—. Cuando estaba en la escuela me di cuenta de que era diferente. Me ponía maquillaje, uñas... Lo acabé dejando porque en realidad la feminidad no iba del todo conmigo. En el instituto estuve física y mentalmente enfermo, mientras que la universidad supuso un cambio positivo. Acepté que era un tío y que me gustan los tíos. Se lo dije a algunos amigos. Y entonces empezó el mejor momento de mi vida. En esa época tuve cuatro enamoramientos e incluso intenté tener una relación con una mujer... que duró un día. A comienzos de la década de 2000 había internet, aunque no era muy accesible. Durante un tiempo crecí creyendo que era el único así, pero en cuanto supe que había otros intenté conocerlos. Quedaba para hablar en parques con gente que se odiaba a sí misma. Pensaban: 'soy un delincuente, un pecador'. Cuando llegó mi edad de matrimonio, mi hermano se casó y mi madre empezó con la cantinela hasta que llegó un momento en el que mi relación con un chico era bastante evidente... Pese a que nunca hemos hablado de ello, creo que más o menos lo aceptó.

Jehangir tiene un fino bigote. Habla un inglés impecable que sin duda le ha valido para trabajar en un organismo extranjero bien situado. A su lado escucha atento Mumtaz, más efervescente, cándido y que a sus 27 años pertenece a una generación más joven y, quizá por eso, más atrevida. Su historia también es la de un naufragio inicial en el desconocimiento, de aprender a nadar por la fuerza y salir a flote con más intuición que ayuda. La diferencia es que cuando él comenzó a madurar se encontró de frente una revolución tecnológica gracias a internet y un mundo de información a sus pies.

—De pequeño no me gustaba jugar al críquet como al resto de chicos. Prefería las muñecas y era más próximo a mis primas que a mis primos. Pensé que si no cambiaba estas inclinaciones arruinarían mi vida, así que me concentré en mis estudios, pero en la universidad tuve una relación con un chico cinco años mayor. Entonces ya había comprendido que era homosexual. Abrí una cuenta de Facebook con pseudónimo solo para encontrar a gente como yo y empecé a reunirme con algunos.

—Y se convirtió en un playboy —le interrumpe Jehangir. Mumtaz, que no lo niega, sonríe.

Si uno entra al portal Grindr, la red social más popular entre homosexuales en Occidente, lo fácil es toparse con varias decenas de personas conectadas. La mayoría son de la zona metropolitana de Dacca. Casi todos se conocen entre sí. Los nuevos en llegar causan sensación enseguida. La plataforma no permite localización exacta para evitar incidentes, que sí han ocurrido por ejemplo con Facebook, cuando algún homosexual ha quedado con alguien que conoció en la esfera virtual y al encuentro acudieron varias personas que lo extorsionaron. También son muy visitadas páginas web como Planet Romeo, que en realidad son más democráticas pues no requieren de smartphone, un producto fuera del alcance de la mayor parte de la sociedad bangladesí.

—Al principio la vida como homosexual era complicada —prosigue Mumtaz—. Luego empecé a darle al me gusta de páginas especializadas... y dejé de lado la crisis de identidad de la adolescencia en la que solo quería que este mal se marchara. Comprendí que esto no es una enfermedad. Todavía no he tenido la valentía de decírselo a mis amigos ni a mis padres porque prefiero no causar problemas. Con mis amigos homosexuales puedo compartir mis cosas, mantengo una doble vida y estoy cómodo de momento. Puede que mi familia sospeche, pero no me dicen nada. Todavía no me presionan para que me case. Creo que me casaré. Tengo un hermano mayor que está felizmente casado.

En Bangladesh, el patrón social manda casarse. Por eso todo es una doble vida de principio a fin. Una vida burocrática y otra virtual. Y la realidad queda suspendida entre ambas guardando un equilibrio propio de funambulista, siempre precavido ante el qué dirán del vecino, del compañero de trabajo. Mucha gente tiene segundas y hasta terceras identidades en las redes sociales en las que cuentan con, quizá, unos quince amigos. Hay quienes para sortear la presión familiar y guardar mejor las apariencias recurren a matrimonios cruzados: es decir, un gay y una lesbiana que se casan entre ellos por interés.

—En este país no es normal expresar los sentimientos entre hombres y mujeres públicamente. Irónicamente resulta más sencillo hacerlo entre hombres —explica Jehangir—. Los hombres pueden mostrar afección hacia otros hombres. Ir cogidos de la mano es muy habitual y no está mal visto, no se interpreta como un gesto homosexual. Nos aprovechamos de ello. Si trajera una chica a casa sonarían las alarmas y si me la llevo a la habitación ni te cuento. En cambio, si traigo a un amigo, nos vamos a mi habitación y nos quedamos allí unas horas, nadie dirá nada. Si lo continuamos haciendo varios días sospecharán que estamos haciendo algo como tomar drogas. Lo primero que se les ocurrirá no será que somos homosexuales.

La red de homosexuales en Bangladesh se ha expandido y ha conseguido ciertos logros en los últimos años. Sin embargo, la homosexualidad, como en la mayoría de países musulmanes, sigue constituyendo un delito. Según la ley, sancionada durante la época colonial británica sin que Bangladesh la haya cambiado desde entonces, "cualquiera que tenga relaciones sexuales contra natura" puede ser condenado a cadena perpetua, aunque en la práctica los tribunales no admiten querellas a trámite. Existe una cierta tolerancia mientras no haya ruido. En la comunidad les gusta recordar que se estima que en una sociedad en torno al 10% de la población pertenece a las minorías sexuales. De ser cierto ese cálculo significaría que en Bangladesh habría unos 16 millones de gais y lesbianas. Pero aquí, la realidad del activismo es cruda. Los más comprometidos con la causa creen que cuanta más gente sepa de su existencia, menor espacio de libertad tendrán. Suena contradictorio, pero no lo es.

 

El llamado tercer sexo ('hijra').Abir Abdullah

—Si te soy franco... yo he vivido 40 años y no he visto cambios sustanciales. Lo que menos deseo es que se nos quite esta pequeña parcela de felicidad que tenemos ahora. Es un escenario complicado. ¿Qué pasaría si saliéramos de frente? Podríamos dejar de estar bien. Necesitamos 15 o 20 años. Una generación que se adapte a este tipo de información. De la manera en que nos adaptamos a los móviles. Los que nacen ahora ya tienen móviles y piensan que siempre existieron.

A la habitación donde se celebra la reunión siguen llegando personas paulatinamente. Muchos estaban también en el DragOn Ball, pero cualquiera podría reconocerlos. Los homosexuales bangladesíes se conforman de momento con victorias modestas como esta o como la del Año Nuevo bengalí. Conocido como Pohela Boishakh, se trata probablemente de la festividad más celebrada, un acontecimiento que a mediados de abril cada año une a musulmanes, hindúes y fieles de otras religiones. En 2014 y 2015, los activistas aprovecharon para plantar los colores del arcoíris en medio del gentío, con una manifestación camuflada entre la festividad sin dar aviso de su esencia reivindicativa. La prueba se superó con éxito.

—Nos beneficiamos de la ignorancia —reflexiona Jehangir—. Mucha gente no sabe qué significa el arcoíris en nuestro país. La próxima vez que salgamos a la calle tendremos más problemas por culpa de Mark Zuckerberg y el filtro que ha puesto de moda. Nosotros organizamos el desfile, algunas personas sabían de qué iba y los medios publicaron notas después hablando de un desfile del orgullo gay. El Gobierno no dijo nada... Hacemos cosas por intervalos, sin pisar demasiado el acelerador para evitar problemas. Algo similar nos sucedió con la revista Roopbaan. Fue lanzada en un evento muy visible. Hubo bastante debate social en blogs y algunos medios impresos sobre por qué hay homosexuales, por qué tienen la valentía de salir... Pero no fuimos a la tele para no poner a la gente en problemas.

¿Hay alguien dispuesto a ser la cara pública del movimiento? ¿Necesita Bangladesh un líder? Se hace un silencio incómodo. Dudan por segundos. Hasta que Tahir, un veinteañero con convicciones, fuerte y seguro de sí mismo, da un paso al frente.

—Nunca he pensado que haya que ocultarlo. El principal problema es que el islam lo prohíbe y que la mayoría de la población de este país es musulmana. Para muchos sería complicado aceptar algo que está prohibido en su religión. Si no hubiera gente que está siendo asesinada por expresar su opinión como los blogueros ateos, quizá podríamos habernos movilizado más. Si me expongo demasiado es posible que sea asesinado. No tengo miedo a la muerte, pero si soy asesinado el trabajo que estamos haciendo no se hará.

—Tahir es nuestra hijra king —interviene Jehangir.

Hijra es el nombre que se concede a un colectivo con mucha solera en el sur de Asia que integra desde eunucos a travestis o transexuales. En las cortes de los emperadores mogoles las hijras eran bailarinas y hoy deambulan generalmente en las calles, mendigando entre los vehículos. Pertenecen en su mayoría al estrato bajo de la sociedad, aunque en cierta manera son respetadas, o al menos aceptadas, y el Gobierno las reconoce como tercer sexo.

—Son la única parte visible del movimiento LGBTQIX... o como quieras llamarlo —bromea Jehangir.

 

Revista 5W

Sigue sonando el timbre. Llegan los últimos asistentes a la reunión. La última en llegar es la única lesbiana del grupo. A ellas sí que no se las ve. "Si las cosas son difíciles para los gais, imagina para las lesbianas en un país tan patriarcal como Bangladesh". Tahir lee la agenda del día. Recuerda los progresos alcanzados con un libro de poemas con treinta cartas de autores gais que pretenden publicar, y avisa de la inminencia de una campaña de atención médica a jóvenes homosexuales. Todos hablan y dan su opinión. Existe algo de insatisfacción porque creen que no están llegando al público objetivo en los últimos meses. Dos horas después, la sesión acaba. Hacia el final de la misma, Mumtaz se acerca a un amigo. Se sientan abrazados durante varios minutos.

UN CHEQUEO MÉDICO

Días más tarde, en diciembre, casi todos los protagonistas se encuentran en una clínica de un barrio céntrico de Dacca. Tahir coloca carteles en las paredes. Una foto muestra a dos gais de piel clara en una ducha. La persona abrazada es rodeada por ocho brazos de cuatro personas distintas. "Cada vez que te acuestas con alguien, te acuestas con su pasado. Hazte la prueba", reza el cartel.

"Aquí pueden estar con un doctor que no les juzgue por ser gais y por tener relaciones múltiples. Mucha gente lleva una doble vida y el tipo de relaciones que tienen, esporádicas y a menudo sin precauciones, les ponen en situación de riesgo. No tienen oportunidad de hacerse pruebas", argumenta Jehangir.

La imagen muestra a hombres caucásicos porque "es lo que está disponible en la red", ironiza. La gente espera. El ambiente es distendido. Muchos se conocen entre ellos. Gafas de pasta, barbas recortadas y camisas de flores. Las pruebas pueden ser para detectar el sida y enfermedades de transmisión sexual, o simplemente para consultar asuntos de preocupación médica. Sobre una mesa hay algunos lubricantes. El producto solo está disponible en Bangladesh bajo una marca y es difícil encontrarlo. Al final de la sesión, los participantes rellenan un formulario y pueden hacer una sopa de letras. Suena música clásica en la sala. Mientras, en la calle, hay un ruido estridente fruto del denso tráfico. Un asistente ha subrayado dos palabras: amor y libertad. Es más fácil encontrarlas en ese papel que en la jungla de las calles de Dacca.

 

Abir Abdullah

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