Jordi Pizarro

Laxmi, un icono de la lucha contra el machismo en la India

Desfiguraron su cara con ácido y la sociedad la rechazó. Acabó liderando un movimiento contra la violencia de género.

Igor G. Barbero

Asia de cerca
08 de Marzo de 2016

Comparte:

No se considera una víctima. La de Laxmi es una historia de coraje, de salida del ostracismo social. Es la historia de una joven de 16 años a la que un cobarde de 32 truncó sus sueños con un ataque con ácido. Perdió amigos y sufrió la soledad durante muchos años, pero salió del agujero, abrazó la felicidad personal y profesional, y terminó convirtiéndose en voz e inspiración de las supervivientes de una lacra que no cesa.

—Recibí un mensaje de móvil en el que me dijo: te amo y quiero casarme contigo. No respondí. Envió otro después exigiéndome que le diera pronto una respuesta. Días más tarde me llamó por teléfono y me preguntó si quería llegar a ser algo en la vida, convertirme en el orgullo de mis padres. Dije que sí, que quería ser un orgullo para ellos, y colgué.

Después de esa conversación abruptamente interrumpida ya no hubo más llamadas, mensajes ni peticiones, pero sí una visita inesperada. Una mañana de abril de 2005, mientras se dirigía a una librería de Khan Market, una zona céntrica de Delhi, Laxmi fue rociada con ácido por este acosador y por otra persona. Un producto de precio bajo y fácilmente accesible en mercados locales cambió la vida de Laxmi, como la de cientos de mujeres cada año en la India. Solo en 2014 hubo al menos 309 víctimas de agresiones con productos químicos en el país, según datos oficiales. Un termómetro inexacto, pues muchos casos nunca llegan a denunciarse.

—Estos pirados que se creen que pueden cambiar la cara de la gente son peores que los animales, lo hacen pese a tener uso de razón. Uno no se puede casar con todo el mundo que se lo proponga. Si alguien no responde a una petición, habrá algún motivo. No se puede forzar a nadie.

El agujero

Las palabras de Laxmi se me clavaban como puñales en el primer encuentro que mantuvimos. Era verano de 2013. Hablaba con desparpajo, mezclando el inglés con el hindi, al que añadía el universal lenguaje de los gestos. De pronto, no pudo seguir recordando y rompió a llorar. Pese a estar nublados por las lágrimas, sus hermosos ojos negros transmitían fuerza. No eran unos ojos indefensos. No eran los ojos de una víctima.

Había dejado atrás un rosario de nueve operaciones en manos, cara, orejas, nariz y ojos. Había desembolsado más de 16.000 dólares y no veía luz al final del túnel. Durante mucho tiempo se había sentido muy sola. Su vida se había detenido. Un parón de ocho años: "Nadie quería ser mi amigo, mis compañeros de escuela dejaron de hablarme". Soñaba con cantar, con ser artista, pero ni siquiera había podido completar estudios básicos por culpa del ataque.

Laxmi, antes y después del ataque.Jordi Pizarro

Era una de esas tardes indias en las que el húmedo calor se pega en la piel, los olores se despliegan y los sentidos se aturden. Una parte del público indio estaba conmocionado por la aberrante violación que una joven estudiante había sufrido meses atrás por un grupo de seis hombres en un autobús de la capital y que finalmente acabó con su vida. El debate ponía sobre la mesa lo mejor y lo peor de un país con 1.200 millones de habitantes totalmente dividido. Una sección conservadora culpaba a las mujeres y pedía incluso que se limitaran sus movimientos y horarios; otro segmento de la población decía basta ya y tomaba las calles en protesta por la deplorable situación de la mujer.

Y allí, en medio de esa efervescencia social, estaba Laxmi. El encuentro sucedió en una destartalada oficina de un barrio humilde que curiosamente lleva su nombre, Laxmi Nagar, situado en el este de Delhi, al otro lado del ennegrecido y pestilente río Yamuna. El lugar: la sede de Stop Acid Attacks, una ONG dirigida por periodistas con más ilusión que recursos, y gracias a la cual Laxmi comenzó a recobrar confianza en sí misma. Vestía pantalones morados ajustados, llevaba un reloj blanco en la muñeca y el pelo recogido en una coleta. Sonreía mucho y estaba esperanzada: "Hablo con las víctimas, intento conocerlas y escucho sus historias. Estar aquí me da energía positiva, me lo da todo".

El camino

Desde aquel encuentro no ha dejado de escuchar historias. Por la ONG han pasado unas 300 mujeres de diversos puntos del país con relatos que giran en torno a amantes despechados, pretendientes cobardes y agresores que a menudo son familiares. Historias de familias que abandonan a sus hijas o que las esconden por vergüenza social.

Laxmi ya no es la recién llegada. No solo es ahora una líder para ellas, sino que se ha convertido en un icono de la cruzada contra el machismo en la India. Por el camino han sucedido unas cuantas cosas positivas: una sentencia histórica del Tribunal Supremo, premios y reconocimientos, y hasta un programa de televisión. Ha encontrado el amor y ha sido madre. Se ha convertido en el rostro de una firma de moda y la organización ha lanzado varias campañas para recordar la vergüenza de los ataques con ácido con actos en los escenarios de los crímenes. En Agra, ciudad cercana a Delhi que alberga el Taj Mahal, ha abierto sus puertas el café Sheroes, regentado por supervivientes, y otros establecimientos del estilo puede que lo hagan en un futuro próximo en distintos lugares.

Laxmi junto a otros compañeros de su ONGIgor G. Barbero

El pasado febrero, casi tres años después de conocernos, volví a ver a Laxmi, ahora con 27 años. Seguía con una sonrisa tatuada en la cara. Con menos tiempo libre debido a la maternidad, aunque "muy a gusto" y "feliz". Había "expulsado" el sufrimiento y rabia que arrastraba, una carga a la que se unió el hecho de perder a dos referencias familiares tan importantes como su padre y su hermano.

—La gente te llama víctima porque te retratas como víctima. Pero, si uno cree de verdad, se puede pasar de ser víctima a luchadora —subraya, con el mismo espíritu de los primeros días—. Han cambiado muchas cosas. Antes las supervivientes no solían aparecer en público, se quedaban recluidas en casa. Estar juntas nos ha dado valentía. Los ataques con ácido siguen sucediendo. La diferencia es que ahora el asunto se ha convertido en un tema de debate en los medios que antes no existía. Ni siquiera se presentaban denuncias. Mi vida dio un giro radical tras el ataque, me afectó a mí y a mi familia. A raíz de ese episodio me volví una persona positiva en lugar de negativa. Intento rectificar mis errores. Solo puedes convertirte en líder reflexionando y aprendiendo sobre tus fallos.

Laxmi llegó un par de horas tarde a la cita, aunque ese “plantón” tuvo que ver poco con su nueva condición mediática. Su hija tenía fiebre y había tenido que ir al hospital con ella. Alok Dixit, su pareja y fundador de Stop Acid Attacks, la persona que le tendió la mano cuando se encontraba en el agujero, me atendía durante la espera. Alok mira atrás en el tiempo y se sorprende de haber llegado tan lejos. Él y los compañeros con los que se embarcó en la causa son unos jóvenes inquietos que ya habían probado otros campos de batalla como la defensa de la libertad en internet. Sentado junto a una pared con retratos de decenas de supervivientes, con ese halo de bonachón que le da una poblada barba negra y el pelo revuelto, el activista señaló la causa de la prolongación de la aventura: "El veredicto del Supremo en julio de 2013 fue determinante".

Tras años de audiencias, consultas, órdenes a instancias regionales en búsqueda de información y respuestas vagas, el máximo tribunal dio un paso al frente en relación a un proceso judicial que Laxmi había iniciado en 2006 en paralelo al caso criminal sobre su ataque. El Supremo endureció entonces la regulación para vender sustancias químicas -como el ácido sulfúrico- utilizadas en este tipo de ataques. Estableció que las tiendas debían tener existencias limitadas y registrar siempre la identidad del cliente para luego notificarla en una comisaría. También ordenó indemnizaciones mínimas de 300.000 rupias (unos 4.090 euros) para cada víctima, una cantidad que los activistas siguen considerando muy baja, pues la rehabilitación médica de las víctimas llega a tener un coste hasta diez veces superior.

El futuro

Fue un hito. Pero Alok, que habla sin rodeos, rehúye triunfalismos —"en realidad no estamos consiguiendo leyes por parte del Gobierno, todo se deriva de decisiones judiciales"— y pone los pies en el suelo, porque "la notoriedad no lo es todo". Compara el activismo con una empresa, aunque la suya no esté orientada al beneficio: "Esto es como un mercado. Si no haces cosas nuevas, la gente se aburre y te olvida. Requiere constancia. El café Sheroes pronto se convirtió en una carga porque no teníamos modelo de negocio. Hay que atraer a la gente, hacer publicidad", dice.

Alok mira atrás y reflexiona sobre la ascensión de Laxmi: “Ha aprendido muy rápido. Empezamos a grabar vídeos con el iPad y a colgarlos en las redes sociales. Entonces la llamaron para moderar un programa de televisión. Yo soy periodista, pero no podría hacerlo. Sin embargo, ella pudo”.

Fueron precisamente los días en torno al fallo del Supremo cuando el liderazgo de Laxmi se reveló con toda su fuerza. Lejos quedan ahora los nervios de las primeras entrevistas.

—Hay tantas cosas que vienen a tu mente cuando la gente te hace preguntas. ¡Y he llegado a conocer aspectos sobre mí a través de la prensa que ni siquiera sabía! —bromea ahora.

Eso sí, Laxmi admite que las causas que conducen a los crímenes siguen sin ser abordadas. El cambio es muy lento. Hoy, la mujer sigue sufriendo una terrible discriminación desde antes incluso de nacer hasta la muerte. Cada año se registran miles de feticidios femeninos (pese a que está prohibido conocer el sexo del bebé durante el embarazo), y las viudas siguen sufriendo un terrible ostracismo.

—Todo empieza con la educación de los niños en la escuela y en nuestros hogares y es amparado luego por la ley. Los chicos tienen derecho a escoger con qué chica se quieren casar. Sin embargo, las chicas no tienen derecho. Si rechazan a un chico, el chico cree que es por ego. Lo más valiente de una chica es que tiene que abandonar a su familia tras el matrimonio sin saber si será aceptada en la nueva casa —lamenta Laxmi.

Quizá por eso lo que hay entre ella y Alok es diferente. No están casados, aunque a ella no le importaría, y esto es algo atípico en la India, donde el matrimonio es casi una obligación incluso en las zonas urbanas que abrazan cierta liberalidad. "Nos fortalecemos el uno al otro, de manera que, si en el futuro nos quedamos solos, podamos sobrevivir, pero decidimos no casarnos", justifica Alok. Critica que los matrimonios en la India sean concertados y no movidos por el amor: "Muchas veces los propios agresores se casan tras los ataques".

Laxmi junto a su pareja y su bebéIgor G. Barbero

El que desfiguró a Laxmi, por ejemplo, contrajo matrimonio antes de ingresar definitivamente en prisión tras ser condenado por un tribunal a diez años de cárcel. Una pena que a ella le parece escasa: Laxmi considera un “asunto pendiente” que la India cree tribunales especiales para celebrar juicios rápidos para estos ataques, de manera que los culpables no queden libres e impunes durante tanto tiempo, como sucede a menudo ahora.

Lamentablemente, las agresiones con químicos continúan en el país, pero hay un colectivo dispuesto a seguir luchando para que no sean silenciadas y para que una revolución feminista, que aún parece muy lejana, acabe con ellas.

—La sociedad tiene que ver lo que nos hacen. Solo así nos apoyará. Hay quienes creen que solo con hablar de manera correcta con nosotras ya han hecho una gran cosa. A menudo nos miran como si hubiéramos cometido un crimen —decía Laxmi en 2013.

Hoy, mientras coge a su hija y la prepara para una vida nada sencilla como mujer, afirma: “Los cambios son lentos en el Gobierno, en la sociedad... pero acaban llegando. Hay que seguir empujando y empujando. Se necesita creer. Creer en que algún día habrá justicia”.

 

Comparte:

La isla que se extingue

Refugiadas