Iván Castaneira

No todos son iguales en la última hora

La muerte de dos hombres de diferente clase social en Guayaquil, una de las ciudades más afectadas por la COVID-19 en América Latina

Iván Castaneira

Fotógrafo

Soraya Constante

Desde Ecuador
16 de Abril de 2020

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Esta es la historia de dos hombres cuyos pulmones empezaron a apagarse casi al mismo tiempo en Guayaquil, la segunda ciudad más poblada de Ecuador. Son dos de los cientos de muertos por COVID-19 en uno de los lugares más afectados por la pandemia en América Latina. La historia fue narrada por sus hijas, quienes a pesar del esfuerzo que hicieron para salvarlos tuvieron que vestirse de luto un día de abril.

 

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Los Arroyave empezaron a hablar del coronavirus cuando se supo que una mujer que había regresado de España había dado positivo por COVID-19 el último día de febrero. Noris, la primera hija del matrimonio, pidió a sus padres que tomaran todas las precauciones y compraran suficiente comida. Le preocupaba sobre todo su papá, Alfredo, un ingeniero petrolero retirado de 69 años, que padecía de diabetes e hipertensión. Pero la enfermedad tocó primero a su madre, Elizabeth, una abogada en libre ejercicio que se movía por los juzgados de la ciudad portuaria.

—Mi mamá pensaba que era dengue y fue a hacerse la prueba en el dispensario de salud, pero salió negativo y la mandaron a casa. No había pruebas para el virus en ese dispensario, porque era de atención básica.

La muerte de una amiga de su madre preocupó aún más a Noris, que resolvió pagar los 250 dólares que un laboratorio privado cobraba por la prueba de COVID-19: ninguno se ceñía a los 120 dólares que el Gobierno había fijado por el test. Estaban en espera de los resultados —que acabaron dando positivo— cuando el mal empezó a apretar los pulmones de la enferma. Noris quiso llevarla a una clínica privada, pero le dijeron por teléfono que no recibían a pacientes sospechosos de coronavirus. Entonces hizo otras llamadas para que la recibieran en alguno de los hospitales públicos.

 —Pensamos que tendría una cama, pero luego supimos que la tenían sentada en una silla de ruedas. Cuando veían que le faltaba oxígeno, le conectaban uno de los tanques que rotaban entre todos los pacientes —cuenta Noris, que muestra su enojo soltando tacos y pide omitirlos en la entrevista—. Mi madre intentó escapar del hospital porque vio a mucha gente morirse y no quería terminar así.

Eran los últimos días de marzo y los hospitales públicos estaban desbordados. Los médicos respondían con lo poco que tenían a su alcance. La madre de Noris pudo respirar por sí misma en poco más de una semana. Sus hijos consiguieron por su cuenta medicamentos para sus pulmones que médicos particulares les recomendaron, según relatan. Cuando finalmente recibió el alta, volvió a su casa a seguir recuperándose y encontró a su esposo contagiado. Para no repetir la experiencia en el hospital, la familia había confiado su cuidado a una doctora y una enfermera que lo atendían en casa. 

Noris consultaba con otros médicos amigos de la familia que le decían qué fármacos conseguir —aunque la COVID-19 no tiene de momento una vacuna o un tratamiento efectivo. Cada día tramitaba un salvoconducto y salía a las cinco de la mañana a comprar las medicinas. No era fácil, los especuladores ocultaban todo lo que la gente buscaba. El listado incluía concentrados de vitamina, cloruro de sodio, paracetamol intravenoso, dexametasona o fluimucil, entre otros medicamentos.

 

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Familias de diferentes partes de Guayaquil hacen filas de horas e incluso días fuera del cementerio Parque de la Aurora para que sus familiares fallecidos puedan ser enterrados.Iván Castaneira

Por las calles del barrio El Suburbio en Guayaquil se han abandonado ataúdes vacios tras el levantamiento de un cadaver —solo se llevan los cuerpos.Iván Castaneira

El grupo de la Policía Nacional encargado de hacer el levantamiento de cadáveres muestra un mapa de calor con los lugares donde ha habido más muertes.Iván Castaneira

Guayaquil tenía papeletas para convertirse en un foco del virus. Por su puerto ingresa el 85% de las mercancías al país y por su aeropuerto pasan más de 330.000 pasajeros cada mes. Cuando la mujer que había vuelto a Ecuador dio positivo de COVID-19 el 29 de febrero, se buscó a los más de 280 pasajeros que viajaron con ella en el avión de Iberia y a los familiares que estuvieron en la fiesta de bienvenida que le hicieron. Como en tantos otros lugares, parecía que las autoridades nacionales tenían todo controlado: se prohibieron las eventos masivos en las dos ciudades donde había estado. Pero escaparon de su control eventos sociales, bodas y fiestas de graduación que se celebran entre febrero y marzo, los meses de vacación en la costa ecuatoriana. Tampoco pudieron detener un partido de la Copa Libertadores de América, que se jugó con público el 4 de marzo tras la autorización del gobernador de la provincia del Guayas, Pedro Pablo Duart. Este funcionario, además, animó a los hinchas a asistir con un tuit: “El virus más peligroso es el miedo, pero no nos vencerá. El país debe continuar”.

La emergencia nacional por la pandemia se declaró el 11 de marzo. Se informó de que había 28 personas contagiadas y de que al menos cinco casos habían llegado de Italia. Poco después Ecuador cerraba sus fronteras y prohibía la libre circulación de las personas. El 17 de marzo empezaba un toque de queda desde las 21:00 horas hasta las 05:00 del siguiente día, que se fue endureciendo hasta llegar a ser de quince horas.

Guayaquil, con sus 2,3 millones de habitantes, se convirtió en uno de los principales focos de la pandemia en América Latina. La provincia de Guayas, que además de Guayaquil tiene otras 25 demarcaciones territoriales, fue declarada zona de seguridad nacional el 22 de marzo. El Ejército pasó a ocuparse de las restricciones de movilidad, con vejaciones tan propias de un cuartel como someter a los infractores a ejercicios físicos o cortarles el pelo de un tajo. La Fiscalía anunció que iban a investigar estos delitos contra la integridad personal, pero esa noticia se perdió en medio de la pandemia.

 

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Los Vera estaban convencidos de que el virus lo tenían las personas que venían de otros países, y ese no era su caso. Sabían que no podían salir de su casa, pero Orlando, jefe del hogar, de 72 años, no podía dejar de recorrer la ciudad con el taxi que alquilaba para trabajar. Él se ocupaba de la manutención de toda su familia con los 20 o 30 dólares que ganaba a diario. Pensaba además que no tenía tanto riesgo, porque no sufría ninguna otra patología. Pero enfermó de un rato a otro.

—Le dio fiebre, le dolía el cuerpo, estaba cansado y no se podía levantar —cuenta Evelyn, la hija mayor, que creía que su padre no tenía el virus—. En el dispensario médico le dijeron que no tenía coronavirus y más bien si entraba a un hospital se iba a contaminar, pero no le hicieron ningún examen, solo un doctor le puso una máquina en la cabeza [en aparente alusión a un termómetro láser].

La familia de Orlando tuvo su cadáver durante cuatro días en casa.Iván Castaneira

Orlando y sus familiares creyeron que no tenía COVID-19 por lo que les dijeron en el dispensario. Ni siquiera tomaron las medidas de precaución. Lo trataron como una gripe y esperaron que mejorara pronto para que volviera a traer dinero a casa.

—Yo le daba agüita caliente y le compraba pastillas, de esas de paracetamol, pero no le hacían nada —dice Evelyn, que se ocupó de su cuidado.

La situación de la familia era y es muy precaria. La esposa de Orlando, con casi 60 años, no conseguía trabajo desde hace mucho tiempo. Evelyn había perdido su trabajo en un comedor, su otro hermano solía emplearse como estibador en el puerto, pero no le habían llamado y con el tercer hermano no se podía contar porque está metido en la droga. Fuera de eso, solo quedaban las dos hermanas pequeñas y las tres hijas de Evelyn.

—Mi papá me decía que, si le lleva la huesuda, nos íbamos a quedar con las manos cruzadas. Por eso nos pedía que oremos mucho.

 

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Los muertos en las casas pobres de Guayaquil coparon los medios de comunicación a finales de marzo. Ante la falta del servicio que prestaban la funerarias privadas —muchas prefirieron la sanción al riesgo de contagiarse del virus—, la gente llamó al 911 y esperó varios días la respuesta. Como una medida desesperada sacaron los cuerpos de sus seres queridos a las aceras. Todo esto en una ciudad que bordea los 30 grados de temperatura y una humedad del 80%.

A finales de marzo, el Gobierno ecuatoriano reconoció un número inusual de fallecidos en domicilios particulares, pero no ligó estas muertes con la COVID-19. La Policía habló en ese momento de al menos 400 cuerpos que esperaban ser recogidos. Para el 31 de marzo se encargó esa tarea a Jorge Wated, hasta entonces director de una entidad financiera estatal. Este funcionario aseguró que hasta el 10 de abril se han recogido 1.800 cadáveres y se ha sepultado a 600 personas en los camposantos de La Aurora y Pascuales en Guayaquil. Son fallecidos recogidos en casas y en hospitales. Las autoridades aseguran que no todos murieron por el coronavirus.

Los familiares en las casas entregan los cuerpos a las morgues móviles y deben buscar en los días siguientes cuál fue el destino final de sus seres queridos en una página web. En esa espera están ahora muchas familias, algunas de las cuales denuncian extravío de cadáveres. Wated, en una reciente rueda de prensa virtual, dijo que hay personas que deben ser identificadas, pero se negó a dar números.

El coronel Javier Rosero, coordinador nacional de criminalística de la Policía, tampoco da números, pero habla constantemente de la misión encomendada por el Gobierno. Durante los primeros días, la Policía trabajó sin parar, con el tiempo justo para recoger los cadáveres y nada más.

La Policía Nacional hace un levantamiento de cadáver.Iván Castaneira

Este hombre falleció debido a problemas respiratorios. Iván Castaneira

La familia de un hombre que falleció en la medianoche del día 8 de abril. Iván Castaneira

 

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Alfredo, el ingeniero petrolero retirado, empezó a empeorar el 2 de abril. Era un jueves. Su hija recuerda que la fiebre no cedía y no podía respirar. Entonces compró un tanque de oxígeno, que se vendía a 1.800 dólares, más la válvula, que costaba 400 dólares. También compró un pulsioxímetro cuyo precio se había multiplicado por tres. Eso le ayudaría a medir la saturación de oxígeno que tenían los pulmones de su padre: menos de 90 ya era una mala señal, le dijeron los amigos médicos. Así logró resistir parte del fin de semana, pero el domingo el aparato marcó entre 80 y 83. Padre e hija tuvieron una conversación sobre lo que iba a ocurrir.

—Si te va bien, bien —le dijo ella a su padre—. Pero quiero que sepas que si te pones mal no me van a llamar a decir que estás a un minuto de morir. Vas a morir solo y es muy probable que me vaya a demorar para sacar tu cuerpo, como está pasando. Quiero que lo sepas, no quiero mentirte.

El padre de Noris escogió morir en casa. Aun así, cuando amaneció el lunes, su hija se comunicó con un contacto en un hospital para ver si había respiradores y la respuesta fue negativa. Entonces se resignaron a mantener a su padre con el oxígeno que quedaba. Cuando se acabó, intentaron rellenar el tanque, pero con el toque de queda ya fue imposible hallar un sitio abierto. También trataron de conseguir más medicamentos para los pulmones, pero tampoco los consiguieron. Entonces todos los hermanos volvieron a la casa paterna para pasar con su padre las últimas horas.

—Habló con todos nosotros, nos dijo lo que esperaba de nosotros de aquí en adelante. A mí me dio instrucciones de lo que quería que haga cuando se muera —cuenta Noris—. Me dijo cómo quería vestir y me pidió que no me olvidara de su sombrero. También me hizo buscar en una funda el número de un pintor, el señor Párraga, para que le pida que arregle la bóveda de su padre [donde quería ser enterrado].

Luego pidió comunicarse con sus hermanos en Estados Unidos y otros familiares. A todos les comunicó su decisión de morir en casa y les pidió que no lloren por él.

—Respiró como cuatro horas sin oxígeno y nosotros nos sentíamos desesperados porque él quería vivir y nosotros estábamos sentados esperando que a que muriera. Hubo un momento en que empezamos a llamar como locos al 911 y les pedimos que nos mandaran una ambulancia para que le dieran oxígeno, y nos dijeron que ya nos devolverían la llamada. Fueron unos minutos de querer creer, de que era posible que el Estado nos pudiera ayudar, pero no.

Cuando todos sus hijos se volvieron a resignar, le pidieron que ya descansara, que no se esforzara más por respirar, pero todavía tuvo fuerzas para beber un jugo de naranja y pellizcar un pedazo de torta de calabacín. Cuando llegó la hora solo se acostó, dijo chao, y dio las gracias a todos un par de veces.

 

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En menos de dos meses, Ecuador ha escalado hasta los 8.000 casos confirmados y 800 muertos. La estadística, como en otros países, distingue los fallecidos por COVID-19 de los que mueren sin hacerse la prueba. El país no ve el final de la cuarentena. Las autoridades han anunciado que establecerán el sistema de semáforo para la segunda quincena de abril, que establecerá medidas diferenciadas para las provincias con menos contagios. Guayas, sin embargo, se mantendrá con la luz roja, porque concentra más del 70% de los casos.

Las cifras nacionales indican que apenas unas 320 personas están hospitalizadas. La gran mayoría está peleando contra la enfermedad en casa. Los tratamientos aplicados van desde el paracetamol hasta medicamentos para las vías respiratorios e inmunológicos. “Aquí se da de todo, todos son tiros al aire. No hay tratamiento, no hay evidencia científica que diga este es el camino”, explica Marcelo Espinel, director de salud del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social.

Los trabajadores de la salud son los que llevan la peor parte, como ocurre en todo el mundo. Al menos 1.600 trabajadores están contagiados, según la última estadística del Ministerio del ramo, y se cuentan al menos 10 fallecidos. Sus jornadas son extenuantes. Así lo cuenta Rodolfo Zevallos, jefe de emergencias de un hospital en Guayaquil que solamente recibe a pacientes de COVID-19: “Trabajamos todo el día desde hace seis semanas, desde seis de la mañana hasta las tantas de la noche”.

El servicio de emergencias de esa casa de salud recibe entre 400 y 600 todos los días. “La mayoría está llegando en estado crítico y requiere un manejo individualizado, más tiempo”, dice el jefe de emergencias. “La enfermedad es muy agresiva, tenemos pacientes que tienen mucha dificultad para respirar y hay que dormirlos para entubarlos. En ese momento, les decimos que digan las últimas palabras, eso nos toca como seres humanos. Siempre tratan de dar un mensaje para su esposa o sus hijos, algunos hacen notas, otros dejan audios, luego tratamos de entregar todo a la familia”.

A las afueras del hospital Los Ceibos, decenas de personas esperan noticias sobre el estado de salud de los familiares ingresados.Iván Castaneira

Una familia llora a las afueras del hospital Los Ceibos unos minutos después de haberse enterado que su padre ha muerto. Iván Castaneira

En uno de los barrios más humildes de Guayaquil, Monte Sinaí, la Policía Nacional levantó un cadáver que llevaba cinco días en casa.Iván Castaneira

Después del levantamiento del cuerpo, la familia prendió fuego al ataúd vacío.Iván Castaneira

 

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Orlando, el taxista que no pudo dejar de trabajar, murió el 2 de abril. Sus pulmones empezaron a fatigarse esa tarde y conseguir oxígeno estaba fuera de sus posibilidades.

—Mi papá se levantó, nos hizo prender el equipo para que se vaya el mal ambiente y se puso a escuchar su música, luego se tomó una sopa y se quiso bañar, mi mamá lo metió a bañar, y allí ya se comenzó a ahogar —dice Evelyn, y añade que su padre se quiso ir limpio y lleno.

Eran las siete pasadas cuando la hija mayor pidió a un vecino que condujera el taxi para llevar a su padre a un hospital. Alcanzaron a llegar a una maternidad, pero no los atendieron y llamaron a la Policía para ahuyentarlos. Luego fueron a otros hospitales y clínicas y nadie los recibió.

—Recorrimos con mi papá todo Guayaquil, como hasta las dos de la mañana. Fuimos a esas clínicas, pero no nos recibieron por el bajo recurso que teníamos. Yo lo llevaba en mis piernas y sentía que se ponía helado, pero pensaba que era por la falta oxigeno o algo. Yo le decía: “Viejo, espera un ratito, ya nos van a atender”.

Finalmente, en un hospital que no conocían salió un médico a examinar al paciente, pero solo pudo certificar el deceso y les dijo que lo llevaran nuevamente a su casa y pidieran a las autoridades que recojan el cuerpo. 

 

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Alfredo Arroyave fue enterrado en uno de los cementerios de Guayaquil sin dilaciones. Noris movió sus contactos para que la atendieran un día después del deceso y pagó los 500 dólares que le pidieron para exhumar los restos de su abuelo y enterrar allí a ambos. Tal y como este le ordenó, llamó al pintor y arregló la tumba, y le pagó más para que también la sellara. Los panteoneros estaban desbordados: de la decena de muertos que enterraban cada día, pasaron a tener más de 100. La familia solo tuvo dificultades para encontrar un ataúd, pero dio con un grupo de venezolanos que se pusieron a construir cajas mortuorias y cobraban según las posibilidades de los clientes. La familia Arroyave pagó los 500 dólares con gusto. Para llevarlo hasta el cementerio alquilaron una camioneta y pagaron a un par de personas para que les ayudaran a cargar los restos de su padre. Desde el cementerio hicieron una videollamada con sus familiares para que todos puedan darle el último adiós.

Orlando Vera aún no tiene sepultura. Su familia pide a los vecinos que consulten la página web donde el Gobierno publica los nombres de los fallecidos y su ubicación en los nuevos cementerios que ha construido. La hija mayor cuenta que la espera les mata, que ya esperaron cuatro días hasta que la Policía fuera a recoger el cuerpo. Durante ese tiempo el cadáver permaneció en la sala, tapado con una sábana, y luego lo envolvieron en un plástico negro. La familia tuvo que dormir en la calle porque el olor de la descomposición era insoportable. Cuando finalmente se llevaron los restos de su ser querido, tuvieron que hacer una colecta para comprar cloro y desinfectar todo. También quemaron eucalipto para ahuyentar todo lo malo.

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