Agus Morales

Osama bin Laden: holograma muerto en acción

Se cumplen cuatro años de la muerte del líder de Al Qaeda

Agus Morales

A la fuga
02 de Mayo de 2015

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— ¿Bin Laden? ¿Bin Laden? —grité desde la ventanilla del coche a los vecinos de Abbottabad.

— Por ahí —señaló un amable paquistaní de sonrisa picarona.

Parece el comienzo de una obra del teatro del absurdo. Un corresponsal en Pakistán se pierde entre las calles de una pequeña ciudad montañosa del norte del país y pregunta por el que hasta pocas horas antes era el hombre más buscado del planeta. Supuestamente, el más peligroso.

Pero el 2 de mayo de 2011 no había ficción. En teoría. Pronunciar su nombre a pleno pulmón en Pakistán no solo era posible, sino una especie de liberación. Como lo es todo tabú roto, sobre todo con la solemnidad del anuncio de un presidente de los Estados Unidos.

Tropas de elite norteamericanas habían matado al líder de Al Qaeda en una operación especial. Habían acabado con la representación del mal para Occidente, con el fanático que justificó una década de países invadidos y aviones teledirigidos matando por control remoto, con el responsable de la muerte de miles de personas y de atentados organizados por todo el planeta. El malo que justificó el diseño de un miedo espectral permanente e intercambiable —ese que ahora ubicamos en los encapuchados del Estado Islámico— desapareció por la cubierta de un portaaviones en el Pacífico y pasó a la historia.

Escuchar su nombre entonces fue todo un alivio para una población que lo consideraba mitad mito islamista, mitad invento de Estados Unidos. El fin de Bin Laden tuvo lugar en Abbottabad, una ciudad de clima plácido situada a unas dos horas y media en coche de Islamabad y sede de la academia de cadetes de Kakul, el West Point paquistaní. Un pueblo rodeado de colinas con el que el viajero tropieza cuando la carretera del Karakórum, una de las más altas del mundo, empieza a empinarse de verdad.

La gente del lugar miraba de reojo el televisor y no acababa de dar crédito a la noticia del asesinato de tan célebre vecino. Al principio, nadie quería hablar. A medida que la sorpresa iba dando paso al escepticismo, algunos se animaban a quitarle hierro al asunto e insistían en que todo era una “mentira” de Estados Unidos.

“¿Cómo va a vivir aquí un hombre tan importante?”, dijo un vecino.

Tras dar muchas vueltas en coche, me acerqué por fin a la última morada de un hombre conocido en todo el mundo pero cuya existencia física era un enigma. Un soldado paquistaní me cerró el paso. “Algunas cosas tienen que mantenerse en secreto”, se excusó. A unos escasos 500 metros, el ejército eliminaba todas las pruebas de la operación. Pakistán no quería dejar ni rastro de una operación norteamericana que había tenido lugar en su propio territorio y sin su conocimiento. O al menos eso decía la versión oficial.

C. Fosch

Historia de un delantero centro

Detrás de algunos nombres hay una bruma espesa de semiverdades, leyendas urbanas y mitología que esconden la realidad e impiden saber cómo fue la muerte de alguien a quien tampoco se conoció en vida. Bin Laden pertenece a la literatura, a la cueva, a los personajes construidos en torno a símbolos y narrativas maniqueas. En Occidente, encarnó la palabra terrorismo en la entrada del siglo XXI. En el mundo islámico, se presentó como la kriptonita de la hegemonía estadounidense. Formó parte de esa sustancia oscura (poder, ideología, muerte) que configura la historia, que moldea los grandes acontecimientos y que sin embargo permanece secreta, inaccesible, inescrutable.

De padre yemení y madre siria, Osama bin Laden (Riad, 10 de marzo de 1957 — Abbottabad, 2 de mayo de 2011) tuvo más de 50 hermanastros y pasó buena parte de su infancia y juventud en Arabia Saudí. Se ha escrito sobre su hipotética pasión por el Arsenal, el club de fútbol londinense. Se han publicado fotografías en las que un supuesto Bin Laden (hay que tener imaginación para identificarlo) posa en Oxford junto a dos jóvenes españolas. Pero relatos biográficos bien documentados como los de Peter Bergen o Lawrence Wright refutan la idea de que Osama hubiera vivido en Europa o hubiera tenido ese contacto tan estrecho con las costumbres occidentales propio de la acaudalada elite saudí. No combinó el desenfreno de la noche marbellí con la visión rigorista del islam. Creció en un barrio obrero y fue a la escuela y la universidad en Yeda, donde recibió la influencia de los Hermanos Musulmanes pero sobre todo destacó por su discreción y recato.

Cuando el maestro preguntaba, Osama nunca levantaba la mano. “Se quedaba sentado, con una sonrisa confiada, pero no quería hacer gala de sus conocimientos. Por supuesto, si le preguntaban normalmente acertaba”, cuenta Brian Fyfield-Shayler, profesor de inglés en la escuela a la que iba Bin Laden. “Cuando el sol se ponía, alrededor de las cuatro o las cinco de la tarde, jugábamos a fútbol –recuerda un vecino de Yeda–. Yo era el capitán aunque Osama fuera mayor. Como él era alto, solía jugar de delantero para marcar goles de cabeza. Era un buen soldado: le pedías lo que fuera y seguía tus órdenes”. Bin Laden tenía entonces 16 años pero el recuerdo de este compañero de equipo casa con los abundantes testimonios que lo describen como un hombre taciturno.

¿Cómo pasó de jugador sin influencia en el juego a capitán de la red terrorista Al Qaeda? ¿Con qué mimbres simbólicos se construyó la figura larguirucha y barbada de Osama? ¿Cómo encaja su papel de malo en la narrativa occidental del terrorismo con su biografía personal? ¿Qué significaron sus actos para el mundo islámico? ¿Por qué el mismo personaje fue terrorista para unos y héroe para otros? Escurridizo y omnipresente, susurrando soflamas desde cuevas y valles angostos, Bin Laden se instaló en la imaginación de millones de personas.

La silenciosa ambición de Osama no puede entenderse sin la figura de su padre, Mohamed bin Laden, un yemení de la región de Hadramut que llegó a Arabia Saudí en 1931 y que poco después empezó a trabajar como albañil para la Arabian American Oil Company (Aramco). Tenía un ojo de cristal a causa de los maltratos que recibió en la escuela. Para sus hijos, fue una figura remota e impersonal que intentaba un reparto emocional equitativo. A Osama le inculcó su sentido de la austeridad, el rigor y el trabajo. La historia del ascenso social de Mohamed Bin Laden discurrió en paralelo alboom de la construcción y el petróleo que tuvo lugar en la península arábiga sobre todo a partir de la década de 1950. El escaso pedigrí de su tribu no impidió que la familia real se fijara en él: empezó construyendo una rampa para que el anciano rey Abdul Aziz, ya inválido, pudiera llegar en automóvil hasta su dormitorio; y acabó creando una compañía (Saudi Binladen Group) que le auparía a ministro de Obras Públicas, algo casi banal al lado del honor que supone para un musulmán el encargo de restaurar la gran mezquita de La Meca.

Los Bin Laden no tuvieron problemas para asumir el ascenso en la escala social que suponía pasar de un modesto origen inmigrante a una vida de nuevos ricos afianzada sobre el cemento. En medio de las contradicciones de una sociedad hipócrita y necesitada de reglas para comprenderse a sí misma, Osama apostó por el dogma, por la negación del progreso y de cualquier debate. No bebía ni fumaba. Huía de los placeres carnales. Comía frugalmente. En un viaje por carretera a Siria, causó estupor entre sus familiares al ordenar de forma vehemente que el conductor detuviera el radiocasete, en el que sonaba una canción romántica de la diva egipcia Umm Kalthoum.

“Te pagamos nosotros. Si no quitas ahora mismo esa música, ¡volvemos a Yeda!”, bramó

Durante la década de 1970, el llamado resurgimiento islámico estaba reinterpretando el sentimiento religioso, bajo la premisa de que Occidente había corrompido las raíces del islam y los regímenes autoritarios del mundo árabe eran lacayos de Washington. El intelectual egipcio Sayyid Qutb, ideólogo de esta corriente y una de las fuentes fundamentales del pensamiento islamista del siglo XX, era una de las lecturas de cabecera de Osama. En sus años universitarios, Bin Laden entró en contacto con los Hermanos Musulmanes, que en aquel momento aún no habían salido de la marginalidad política, de las catacumbas, de la clandestinidad: eran más bien un movimiento underground islámico.

La sucesión de acontecimientos que llevarían a Bin Laden a convertirse en el hombre más buscado del mundo empieza a través de ese contacto con los Hermanos Musulmanes. El palestino Abdul Azzam, una figura destacada del movimiento y el primer maestro de Osama, visitaba Yeda a menudo para ganar prosélitos y empujar a los jóvenes a que ayudaran a los hermanos afganos, que sufrían la invasión soviética desde 1979, un conflicto cuyo eco se deja oír aún hoy. A Osama le fascinó la idea de unirse a los muyahidines en la lucha contra el imperio ateo de los soviéticos, quizá porque el conflicto trascendía fronteras y alentaba la invocación de conceptos panislámicos como la umma o comunidad de creyentes. En un principio se comprometió a apoyar a la insurgencia desde Pakistán. “Ni siquiera me acercaré a Afganistán”, prometió a su familia.

Mintió.

 

El nacimiento de Al Qaeda

Bin Laden empezó a fraguar su leyenda en la guerra que, según el relato islamista, hizo que la URSS se desmembrara. Pakistán fue la base desde la cual los muyahidines, financiados con dólares norteamericanos y riyales saudíes, organizaron una yihad contra los kafir (infieles) soviéticos. Bin Laden vivió durante la década de 1980 en la ciudad paquistaní de Peshawar, trampolín cercano a la frontera afgana convertido en cuartel general de la resistencia. Al principio, de la mano de su maestro Azzam, se volcó en socorrer a los refugiados afganos. Allí coincidió con el doctor egipcio Ayman Al Zawahiri, que trabajaba para la Media Luna Roja de Kuwait. Pronto entablaron amistad. Al Zawahiri se convirtió en el médico de confianza de Osama. Su historia era la de un islamista torturado y encarcelado por el régimen egipcio. En la guerra antisoviética, su ideología absorbió también el concepto elástico de la violencia como herramienta política: los límites entre la acción armada y el terrorismo se derrumbaron en el caos afgano.

Ambos se complementaban a la perfección. Al Zawahiri, ideólogo sin predicamento, necesitaba dinero e influencia. A Bin Laden, un radical universalista, le faltaba una dirección intelectual. Encarnaban la conexión egipcio-saudí, imprescindible para elaborar un mensaje panislámico. En agosto de 1988, al filo del final de la guerra antisoviética, nació Al Qaeda (La Base). El nombre aludía a un campo de entrenamiento de jóvenes yihadistas creado para luchar contra los rusos y habilitado por Abu-Ubaydah al-Banshiri, un policía egipcio convertido en muyahidín que fue número dos de Al Qaeda.

Según el acta de la que supuestamente fue la reunión inaugural, para entrar en el club era necesaria una recomendación que avalara la fidelidad del recién llegado, asumir un compromiso a largo plazo, obedecer las instrucciones del grupo y tener “buenos modales”, algo fundamental para devotos circunspectos como Osama. Pero lo más importante era que la organización nacía con la intención de convertirse en una internacional de la yihad más allá de Afganistán. Para Bin Laden, era el momento de las grandes ideas, de aglutinar las causas del pueblo islámico (Afganistán, Palestina, Cachemira) y armar una guerra santa contra el nuevo imperio de los infieles: Estados Unidos. Caía el Muro de Berlín, se descomponía el bloque soviético y alguien debía ocupar el lugar del enemigo perfecto. Bin Laden estaba allí para ofrecerse voluntario.

Esta expansión global de Al Qaeda, tan en armonía con la posguerra fría y el entonces llamado nuevo orden mundial, estuvo a punto de apagarse poco después de su inicio. En los círculos islamistas, la euforia desatada por la derrota de la URSS se fue diluyendo. Después del espejismo afgano, Bin Laden volvió a Arabia Saudí, cuya familia real cada vez se sentía más incómoda con sus soflamas. Cuando las tropas iraquíes invadieron Kuwait en 1990, Arabia Saudí aceptó el despliegue de tropas estadounidenses para detenerlas. Todavía mareado por los efluvios de la victoria afgana, Bin Laden prometió al príncipe Sultán: “Puedo alistar a 100.000 guerreros en tres meses. No necesitáis a los americanos. No necesitáis tropas no musulmanas”. A lo que el príncipe contestó:

“No hay cuevas en Kuwait”.

Osama fue uno de los primeros en lanzar una cruzada particular contra el régimen baazista de Sadam Husein, de inspiración secular. Pero poca gente se lo tomaba en serio por aquel entonces. Por sus lazos con la familia real y su proyección cada vez más antiamericana, para el régimen saudí Bin Laden era una piedra en el zapato con el que salía a pasear junto a sus aliados de Washington. Osama se dio cuenta entonces de que si quería una base para Al Qaeda, solo un país podía ofrecerle amparo: Sudán, tomado por los islamistas en 1989 tras un golpe de Estado liderado por Omar al-Bashir, un dictador que sigue en el poder y que protagonizó la guerra de Darfur.

La vida en el campo

Tras alguna que otra visita nostálgica a Afganistán, Osama bin Laden, ya conocido como El Jeque en su organización, llegó a Jartum en 1992 con sus cuatro esposas y 17 hijos. Allí, el saudí se dedicó a a agasajar a sus anfitriones sudaneses con obras públicas de gran calado, imitando así a su difunto padre. También se llevaba a sus hijos de picnic a las orillas del Nilo. Algunos viernes, después de la oración islámica, los guerrilleros de Al Qaeda se dividían en dos equipos para jugar un partido de fútbol. Bin Laden se volcó en el cultivo: era uno de los mayores latifundistas de Sudán y se dedicó a la exportación de sésamo, maíz y goma arábiga, una pasión agrícola que le acompañaría hasta el final, como ilustró el jardín que tenía en su última morada de Abbottabad.

Pero las granjas no eran la única ocupación de Bin Laden. En los albores de la posguerra fría, Sudán se había convertido en un santuario de movimientos salafistas que mezclaron sus ideas y programaron el futuro de la yihad. El 29 de diciembre de 1992, dos bombas estallaron en Adén (sur de Yemen) cerca de sendos hoteles. Su objetivo eran soldados estadounidenses que se dirigían a Somalia para participar en la desastrosa operación militar Restaurar la Esperanza, disfrazada para la ocasión de misión humanitaria. Perdieron la vida dos turistas australianos y un empleado yemení del hotel. Bin Laden reivindicó el atentado.

¿Cómo justificó Al Qaeda la muerte de civiles? El consejero religioso de Osama, Abu Hajer, sancionó dos fatuas (edictos islámicos) para autorizar los ataques contra tropas norteamericanas y contra civiles. El argumento era que los kafir o infieles no eran solo los no musulmanes, sino también aquellos musulmanes que apoyaran al enemigo: una línea de pensamiento que llega hasta el Estado Islámico hoy en día. La elasticidad de esta definición legitimó, a los ojos de un Bin Laden con escasos conocimientos de jurisprudencia islámica, el ataque indiscriminado contra civiles. Fue el comienzo de una carrera nihilista. El terrorismo en su definición más pura y mezquina: la sangre como medio para enviar un mensaje político.

En este proceso fue fundamental la decisión de Arabia Saudí de retirarle la nacionalidad en 1994. Osama ya no tenía motivos para contemporizar. El repudio saudí le dio alas para imponer su visión idealista y totalitaria: si algunos de sus lugartenientes, como Al Zawahiri, continuaban empeñados en el derribo de regímenes árabes como el de Egipto, Bin Laden tuvo claro desde muy pronto que la misión de Al Qaeda era más amplia, pasaba por derribar fronteras y presentar la yihad en su forma más simplificada para que el mensaje llegara con más facilidad a sus destinatarios.

Otros se encargaron del barniz ideológico y religioso, y el jeque, permanentemente atento a los medios de comunicación y a los resultados de su actividad propagandística, hizo suyo aquello que los anglosajones llaman think big. Al Qaeda ya no podía pasar desapercibida. En 1995, la CIA creó una unidad especial para seguir al saudí. Washington aún no lo percibía como una amenaza real y directa, sino como un peligroso financiador del terrorismo. Estados Unidos presionó al Gobierno de Omar al-Bashir para que lo expulsara de Sudán. Lo consiguió, pero los resultados de aquella maniobra fueron aún más nefastos. En su estatus de paria, Bin Laden no podía regresar a su país natal, así que volvió a lo que, de alguna forma, había sido su casa durante muchos años: Afganistán.

Bin Laden aterrizó en 1996 en Yalalabad y montó un campamento en las montañas afganas de Tora Bora. El movimiento talibán, de inspiración nacionalista pastún, justo había tomado Kabul y el mulá Omar, un tuerto que se enfundó el manto del profeta Mahoma, se había instalado en el poder. Contra la extendida idea de que ambos formaron un matrimonio perfecto, lo que en realidad se forjó fue una joint-venture. Bin Laden aprovechó el paraguas talibán para reorganizar Al Qaeda: casi sin músculo financiero porque se habían cortado sus lazos con Arabia Saudí, el terrorista suplió esta carencia con la propaganda. Declaró la guerra a Estados Unidos. “No ignoráis la injusticia, la represión y la agresión que han sufrido los musulmanes a causa de la alianza de los judíos, los cristianos y sus agentes; tanto es así que la sangre musulmana es la más barata del mundo”, clamó. Abundó en el mito de la cueva: la estética neomedieval no la inventó el Estado Islámico. Jugó con la simbología islámica para presentarse como un desposeído y que los fieles comulgaran con sus ideas, enraizadas en el resentimiento y el fanatismo.

Atentado y fuga

El aura de su figura siguió creciendo. Su prestigio en el mundo islamista atrajo a guerrilleros parias de diverso pelaje (cachemires, chechenos, árabes, centroasiáticos, uigures) que ya habían luchado por la causa islámica en varios puntos del globo y necesitaban nuevas causas y trincheras. Al Qaeda ya funcionaba con el llamado sistema de franquicias: un núcleo duro muy jerarquizado con una capacidad de decisión relativa sobre células deslocalizadas por todo el mundo y que conservaban cierta autonomía en sus operaciones. La verdadera presentación en sociedad de Al Qaeda fueron los atentados simultáneos contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania el 7 de agosto de 1998, que acabaron con la vida de 224 personas.

Fue una matanza de civiles que hizo sonar las alarmas en Washington. Bill Clinton respondió lanzando un misil de crucero contra el escondite de Bin Laden en Afganistán, que por algún motivo difícil de explicar los norteamericanos localizaron en la provincia de Khost. El barbudo, que comenzaba a convertirse en holograma, estaba muy lejos de allí.

Después llegaron los atentados terroristas del 11-S, que mataron a casi 2.996 personas. La sobreinformación nos ha abrumado desde entonces, pero hay dos detalles que nadie debería olvidar porque ayudan a entender una historia que se repite.

El primero, más allá de los detalles operativos sobre el secuestro de los aviones, es la importancia real de la célula de Hamburgo, creada por el célebre Mohamed Atta, precursora de una tendencia que retumba en los análisis de todos los expertos actuales. Sus miembros fueron musulmanes con educación europea o estadounidense, como lo son los voluntarios que parten desde casi todas las esquinas del mundo para sumarse al Estado islámico y su combate en Siria o Irak. Reverso de los integrados en el mundo occidental, Al Qaeda fue pionera en pescar entre las camadas de jóvenes hundidos en una crisis de identidad religiosa y en una incapacidad manifiesta para amoldarse al sistema de valores occidental.

El segundo detalle importante es que Al Qaeda estuvo interesada desde el principio en que Estados Unidos invadiera Afganistán y fracasara. Una prueba de ello es que, apenas 48 horas antes del 11-S, dos terroristas se hicieron pasar por periodistas árabes y mataron a Ahmad Shah Masud, legendario comandante afgano de etnia tayika. Pese a su negro historial de violación de los derechos humanos, Masud era el único pilar desde el que podía comenzar una operación de derribo del régimen talibán, pero Estados Unidos no pudo aprovecharse de ello.

Lo que pasó tras el 11-S ya es historia: bajo la bandera de la Operación Libertad Duradera, unos 40.000 soldados extranjeros invadieron Afganistán y, temporalmente, barrieron de talibanes el territorio sin renunciar al apoyo de los señores de la guerra. Bin Laden, tras una persecución retransmitida por los grandes canales de noticias, cruzó la accidentada frontera, seguramente a pie, en burro o motocicleta, al igual que los miles de yihadistas que instalaron su nueva base de operaciones en Pakistán, y su pista se esfumó durante una década.

¿Cómo es posible que pasaran tantos años sin que nadie supiera dónde estaba Bin Laden? El rumor más persistente era que el saudí se escondía en las montañosas áreas tribales de Pakistán que colindan con Afganistán, el nuevo epicentro del terrorismo internacional. ¿Parachinar? ¿Mohmand? ¿Peshawar? Después de la huida de Tora Bora, Bin Laden tiró una bomba de humo. Su fuga era ya legendaria. Pero quizá su pericia para escurrirse entre las manos de sus perseguidores no deba adscribirse a habilidades mágicas sino a la colaboración de actores con intereses geoestratégicos y políticos de una profundidad difícil de adivinar.

¿Cómo explicar esta desaparición? En 2011 entrevisté a Mian Abdul Sattar, un diputado del gobernante Partido Popular de Pakistán (PPP), la formación de la difunta ex primera ministra Benazir Bhutto. Sobre el papel, el PPP es uno de los partidos menos religiosos de Pakistán. Este diputado me contó que a principios de 2002, cuando era el vicealcalde de Rahim Yar Khan, un distrito del este de Pakistán, recibió una llamada. Era el superintendente de la Policía local. “Me dijo que tenía noticias de que el hombre más buscado del mundo podía pasar por nuestra zona”. Osama bin Laden acababa de burlar a los norteamericanos en las montañas afganas.

“Por aquel entonces era un héroe –opinó el diputado–. Si hubiera llamado a mi puerta, lo habría acogido en mi casa”.

Lo dijo sin remordimientos, aunque de inmediato aclaró: “Ahora la gente lo odia”. Su testimonio es revelador, porque habla del grosor del cordón que un día protegió al líder de Al Qaeda y que se fue adelgazando a medida que la organización perdía credibilidad en el mundo islámico, a pesar o a causa de atentados como los de Madrid y Londres.

 

Una operación magistral

Era una noche de luna nueva. Pasada la medianoche, dos Black Hawk estadounidenses llegaron a Abbottabad, cerca de la capital paquistaní. Veintitrés Navy SEALs tenían la misión de matar a un espigado saudí que se había refugiado en un lugar vigiladísimo: la ciudad donde se formaban los cuadros militares de Pakistán. Una semana antes, el jefe del Ejército de Pakistán, Ashfaq Pervez Kiyani, había pronunciado en la academia de cadetes de Kakul, muy cerca de la casa de Osama, una frase que sería premonitoria: “Nuestras fuerzas han roto la espina dorsal de los terroristas”. El jeque, por el momento, miraba desde la ventana.

Aquella noche, las fuerzas de elite estadounidenses tenían una única orden: matar a Bin Laden. Llevárselo con vida no entraba en los planes de Washington. Así lo corroboran numerosas fuentes de inteligencia occidentales y paquistaníes. Lo mataron ante la presencia de una de sus esposas, la yemení Amal al-Fatah, que además recibió un disparo en una pierna. “Una vez que se infringe la soberanía de un país, una vez que se comete un crimen, lo demás ya es automático”, protesta una fuente de los servicios secretos de Pakistán (ISI). “Fue una operación magistral. Si hubieran querido, habrían bombardeado Islamabad”, reflexiona una fuente de inteligencia occidental. Los manuales de derecho internacional solo se abrieron en algunas redacciones europeas: La Haya era un destino improbable para el líder de Al Qaeda. Todo salió tal y como Hollywood lo hubiera planeado. “Geronimo E.K.I.A. (enemy killed in action)”, dijo por radio el comando que liquidó a Bin Laden. Gerónimo (nombre en clave de Bin Laden), muerto en acción.

Los alrededores de la última morada de Bin Laden se inundaron de prensa y curiosos. En febrero de 2012, la casa fue demolida. 3-5-2011.AGUS MORALES

Osama había estado viviendo en la misma casa, de tres plantas, al menos durante cinco años. Fuentes estadounidenses la tasaron en un millón de dólares, algo a todas luces exagerado, aunque la finca era de 3.500 metros cuadrados. El jardín adyacente al edificio principal era tierra quemada cuando los periodistas pudimos acercarnos a la casa. Un cojín desangelado colgaba de la alambrada que protegía la finca. Un pobre agricultor abroncaba a la gente por pisar sus misteriosos cultivos, a unos metros de la casa del terrorista más buscado del planeta. La marihuana asilvestrada crecía alrededor, al igual que en amplias zonas de Pakistán. Un timbre destartalado de la marca Commax, con una pintada ininteligible (¿quizá el número del inmueble?), esperaba a ser pulsado, pero unos soldados paquistaníes que custodiaban la entrada principal lo evitaban.

Detalles del entorno de la casa donde vivía Bin Laden.Detalles del entorno de la casa donde vivía Bin Laden.Agus Morales

Los vecinos no se lo creían. “Es todo una comedia montada por Obama para sacar a sus tropas de Afganistán”, opinó Faisal Ilyas, un funcionario de Abbottabad que vivía a pocos kilómetros de la casa del jeque. La reacción más generalizada era de escepticismo. “Me he enterado por la televisión —repetían invariablemente los vecinos—. No es verdad, es un cuento de América”. A medida que las horas pasaban, los testimonios perdían autenticidad. Los servicios secretos de Pakistán adiestraron a los vecinos para que supieran lo que contestar en caso de ser preguntados por los periodistas. Los niños que jugaban en el campo que rodeaba la finca chillaban “¡talibán, talibán!”, en una especie de burla-reclamo a los reporteros ávidos de información sobre el icono terrorista de la era post-11S. Abbottabad fue durante una semana un parque temático de la irrealidad. Los espontáneos buscaban fragmentos de chatarra que pudieran corresponder al Black Hawk que se accidentó durante la operación y dejó su cola de recuerdo en un rincón del jardín. Los periodistas se daban codazos para hacer directos desde la terraza más cercana a la finca. El personal se hacía fotos.

Bin Laden o la telerrealidad

Para cualquier informador con una mínima vocación internacional, era una de las noticias más esperadas de la última década, pero la muerte de Bin Laden, espejo de nuestro tiempo, fue retransmitida desde Washington. La anunció Obama. El Pentágono y la CIA se divirtieron con las filtraciones. Publicaron un vídeo mudo en el que un envejecido Bin Laden, con gorro de lana y mesándose la barba, hacía zapping cuando aparecía Obama en pantalla. Fuentes estadounidenses filtraron a la prensa la existencia de películas porno en los discos duros de la finca.

Solo se recuerdan dos scoops o exclusivas informativas desde Pakistán. La primera, las únicas imágenes tomadas dentro de la casa: una cama ensangrentada y botes de medicina (Nick Schiffrin, ABC News). La segunda, la revelación de que la CIA había organizado una campaña de vacunación para comprobar si Osama bin Laden y su familia se escondían en aquella finca (Saeed Shah, The Guardian), algo que ha puesto en peligro al personal humanitario en medio mundo.

¿Lo sabían los paquistaníes? “Creo que un par de paquistaníes sí que lo sabían. Alguien en el Ejército e incluso quizá el presidente, Asif Alí Zardari”, especula el analista Imtiaz Gul, autor de la obra Pakistan: Before and After Osama. ¿Por qué tiraron su cadáver al mar Arábigo y no mostraron imágenes? “Querían evitar que la casa se convirtiera en un lugar de peregrinación islámico”, replica una fuente de inteligencia. ¿Qué habría pasado si la operación hubiera fracasado? “Una catástrofe”, remacha otra fuente de seguridad. Y la pregunta más incontestable: ¿Quién era Bin Laden?

Ilustración de C. Fosch

El escepticismo está justificado, no sobre su existencia sino sobre lo que significó Bin Laden. El asesinato del líder de Al Qaeda, hace cuatro años, fue un quicio simbólico que cerró en falso la era post 11-S y se fundió con la Primavera Árabe. Al Qaeda se quedó fuera de juego en unos movimientos sociales que cambiaron el mundo islámico. Y a los que siguieron la irrupción del Estado Islámico.

Unas horas después de la muerte de Osama, las furgonetas con antenas parabólicas circulaban por Abbottabad para apagar la emergencia informativa. Los comerciantes no sabían si bajar las persianas o seguir trabajando. Nadie sabía cómo comportarse. El desconcierto inicial de la gente dio paso a la indignación por haber visto la soberanía territorial de Pakistán violada. Las fuerzas de seguridad acordonaron la finca de Bin Laden y no dejaron entrar a la zona a los periodistas hasta un día después. Ajenos al tumulto, unos chavales jugaban a críquet a tan solo unos kilómetros de la casa del terrorista más buscado del mundo.

 

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