Samuel Aranda

Pau Gasol fuera de la pista

¿Qué responsabilidad social tienen los deportistas de élite?

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Samuel Aranda

Fotoperiodista

Xavier Aldekoa

Océano África
14 de Octubre de 2018

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¿Deben pronunciarse los deportistas de élite sobre los grandes problemas de nuestro tiempo? Su posición social les hace tener un gran altavoz, pero saber usarlo no es fácil. Tras regresar de los campos de refugiados rohinyás en Bangladesh, Pau Gasol (Barcelona, 1980) acepta el reto de enfrentarse a preguntas que van mucho más allá del deporte. Una charla sobre el hambre, las migraciones, el control de armas, el racismo… y una pizca de baloncesto.

 

No es habitual mirar hacia fuera. Hay muy pocos deportistas de la NBA con fundaciones, por ejemplo. Tras 17 temporadas en la NBA, ¿qué es lo que más observas en el deporte de élite? ¿Indiferencia? ¿Xenofobia? ¿Solidaridad?

Hay un poco de todo. El perfil de jugador es el de una persona joven y poco formada. De repente, tienes muchísimo dinero y es muy difícil de gestionar, porque no estás preparado para ello. Es un perfil muy volcado en el deporte, porque al final lo que quieres es subir, crecer, y prima el espíritu competitivo y ambicioso: estás centrado en el baloncesto. Luego hay jugadores que son más sensibles a ciertas causas o situaciones. Yo intento hacer ver a los jugadores esa capacidad de impacto que tienen, ya sea en sus comunidades, en su barrio, en su ciudad o en todo el país. Impulsar ese espíritu filantrópico o humanitario me parece importante, porque tener éxito en una liga como la NBA te abre puertas que pueden ser importantes no solo para ti, sino para los demás.

Has jugado en los estados de California e Illinois, tradicionalmente demócratas, y en Tennessee y ahora Texas, históricamente republicanos. ¿Tener la oportunidad de vivir desde dentro diferentes partes de Estados Unidos te hizo ver de otra forma la irrupción de Trump?

La irrupción de Trump me sorprendió, como a mucha gente. Vivir en diferentes estados, con diferentes bases políticas, no me afectó tanto, porque tampoco estoy tan expuesto a ello. Texas es un estado republicano, pero la ciudad de San Antonio no lo es tanto y además yo vivo en un círculo pequeño, en la burbuja de la NBA, así que no estoy muy expuesto a la política pese a vivir en un estado republicano. En el tema de las armas sí que estás un poco más expuesto. En Texas, por ejemplo, como ciudadano puedes llevar el arma en la cintura, a la vista, aunque yo eso no lo he visto. Cuando nos dan las charlas de seguridad nos dicen que no nos sorprendamos si vemos a alguien con su revólver al cinto o incluso con su rifle. De política no suelo hablar. Tengo otros intereses que me enriquecen y me aportan mucho más.

Pero el deporte también es política y en Estados Unidos está muy ligado a las reivindicaciones. En la NFL los jugadores negros se arrodillan al sonar el himno en señal de protesta por la opresión racial por parte de la policía; la mayoría de tus compañeros en la NBA son negros. ¿Cómo has vivido la irrupción del fenómeno Black Lives Matter?

Me parece muy bien utilizar las plataformas que tenemos para hablar del Black Lives Matter, de las armas o incluso de política. LeBron James se ha posicionado mucho, incluso formó parte de la campaña de Hillary Clinton, cosa que en España sería algo inédito y muy criticado también. Me parece bien que aprovechen para reclamar o hacer ruido sobre las injusticias sociales y el racismo que atraviesan Estados Unidos. Y también es importante que los deportistas —no solo los afroamericanos, sino todos— nos unamos, por ejemplo, en cuestiones como los problemas psicológicos y emocionales de los deportistas y de la sociedad. Que no sean un tabú la depresión, la ansiedad o los desórdenes psicológicos. Abrirse en ese tipo de cosas, desnudarse y hablarlo de forma abierta, no es fácil. Sobre todo cuando estás en el deporte profesional: parece que eres un superdotado físicamente, un Supermán, y que nada te tiene que afectar. Tienes que jugar, hacer veinte puntos por partido y nada te tiene que afectar, porque te pagan muy bien. No, perdone, yo soy una persona y esta situación no es fácil. Es verdad que soy un privilegiado porque hago lo que me gusta y me pagan mucho dinero; vivo una vida privilegiada, pero tiene sus dificultades, y como soy persona me afectan.  

Samuel Aranda

El baloncesto te ha empujado a posicionarte, a veces sin esperarlo. El 5 de noviembre de 2017, un chico de 26 años entra en la iglesia Sutherland Springs y abre fuego contra los feligreses. Mata a 26 personas, incluido un bebé de 18 meses. Al día siguiente, San Antonio Spurs juega un partido y al acabar rompes un tabú en Estados Unidos: hablas del control de armas. En Texas.

Hay cosas que sientes de forma tan intensa que no puedes no posicionarte. Quizá yo no tengo esa presión de ser estadounidense y no poder hablar de las armas. La regulación de las armas en Estados Unidos tiene que cambiar o debe mejorar. Estas masacres y atentados que se producen de forma constante tienen que disminuir como sea. Se habla de medidas distintas, pero para mí armar a los maestros en los colegios [como propone Donald Trump] es de ciencia ficción, me parecería agravar el problema. Venga, más armas. No menos, ni aumentar la restricción, sino aumentar la cifra de armas. ¿Maestros con armas? ¡Es una barbaridad! Yo intento apelar a la cuestión más sensible, más humana. ¿Dónde está el límite? El concierto de Las Vegas, en el que un tío se pone a disparar con armas de asalto o militares, o esa gente con arsenales en sus casas…

El asesino de Sutherland Springs tenía veinte armas.

Y no es solo tenerlas. Yo puedo entender que es algo histórico en el país y el derecho constitucional de Estados Unidos permite poseer un arma para tu defensa. Pero hay que entender el momento en el que se implementó y el momento histórico en el que estaba el país. Ahora es un momento distinto y las cosas tienen que evolucionar. Me siento con la confianza y la libertad de hablar de este tema. Entiendo que es complejo y hay mucha gente detrás y poderes como la Asociación Nacional del Rifle, muy potente en el país, pero creo que esto tiene que mejorar poco a poco por el bienestar de todos. Al final es el país en el que vivo y resido. Mi familia está allí. Puede pasar en cualquier sitio y en cualquier momento. Estás en el supermercado y un tipo puede volverse loco. Es algo que espero que poco a poco se regule. El presidente Obama en su momento fue bastante proactivo para encauzar esto, pero tampoco parece que hubiera mucho cambio durante su mandato. Y si no lo pudo hacer él, que se posicionó bastante y manifestó su disconformidad en cuanto a  la legislación de armas se refiere, no sé cómo se va a poder mejorar.

Tu madre es médica y tu padre enfermero. En un artículo recuerdas cómo, de pequeño, te extrañaba que tantas veces se equivocaran y se refirieran a tu madre como la enfermera y a tu padre como el doctor. Y te extrañas de que en 72 años de historia de la NBA nunca haya habido una entrenadora. Becky Hammon es la segunda entrenadora en tu equipo, los San Antonio Spurs. ¿Qué te parece el fenómeno #MeToo surgido en Estados Unidos a raíz de las acusaciones de abuso sexual al productor Harvey Weinstein?

Creo que el avance de la posición de la mujer ha sido progresivo a lo largo de la historia. Históricamente ves cómo la mujer crece y toma más importancia en la sociedad; la que se merece, vamos. Este es un paso más hacia ello. Es una vía más del posicionamiento de la mujer para que la traten con la misma dignidad y respeto con que se trataría a un varón.

A Becky Hammon la conocí cuando era una gran jugadora y jugaba con Rusia. También coincidí con ella en un All Star. Siempre tuve muy buena relación con ella. Y ahora hemos coincidido en San Antonio y he visto que es una buena entrenadora. Que hace las cosas bien, que tiene muy buen conocimiento del juego y lo transmite muy bien y sin ningún complejo. Cuando se supo que la entrevistaban los Milwaukee Bucks para el puesto de primera entrenadora, una noticia que causó revuelo, aproveché para decir lo que pensaba: no hay que valorar a las personas según el sexo, sino según su capacidad profesional y su competencia para ejercer una determinada profesión. Aquello tuvo bastante impacto, pero yo siempre he tenido el ejemplo en casa. Mi madre siempre ha tenido un puesto o un trabajo mejor remunerado que el de mi padre, mejor visto o con más cualificación universitaria que el de mi padre, y eso jamás supuso un shock en casa. Simplemente era así. Aproveché aquella situación con Becky para decir mi opinión e intentar normalizar estas situaciones, para que no se vean como algo chocante o una novedad, sino como una realidad. ¿Por qué ella no puede ser una primera entrenadora si realmente está preparada para ello? Solo hay que darle la oportunidad.

En 2003, con apenas 23 años, te conviertes por sorpresa en embajador de Unicef. En aquella época, los embajadores de la organización tenían otro perfil, personajes con más edad, como Miliki o Joan Manuel Serrat. De repente, se implica la figura del momento, la estrella del baloncesto que triunfa en la NBA, y se convierte con los años en uno de sus embajadores más activos. Más de quince años implicado, con constantes viajes y campañas. ¿Por qué?

Me empecé a dar cuenta de que mi éxito como deportista, como baloncestista, me daba la posibilidad de tener un impacto más allá de mi persona y ayudar a los más desfavorecidos y vulnerables. Quería canalizar ese éxito no solo a la hora de hacer anuncios y firmar contratos publicitarios, sino también ayudando a concienciar a la gente. Me hice embajador de Unicef porque era algo que me apetecía mucho. Y les dije que esto de ir a actos y hablar de la infancia y de lo que pasa aquí o allá está bien, pero que yo para hablar con credibilidad y transmitir ciertas cosas tenía que ir al terreno.

Y te vas a Sudáfrica, que en ese momento tenía más de cinco millones y medio de infectados de VIH. ¿Qué recuerdas de aquel primer viaje?

Fue impactante. Esos primeros viajes a campo los hice solo, sin nadie de mi entorno. Recuerdo una sala de neonatos en un hospital de Durban en la que todos los bebés eran seropositivos. No veías ni una sonrisa. En esa sala, donde había unas veinte, treinta o cuarenta madres con sus bebés, todo era llanto, todo era dolor, posiblemente porque las madres también estaban infectadas. Vimos otros proyectos ligados a la educación, la higiene o el agua, claro, pero el sida en aquel momento era un tema grave por la falta de acceso de la población sudafricana, sobre todo en zonas rurales, a los hospitales, a las medicinas y al tratamiento. Fue una experiencia muy enriquecedora. Vi que podía transmitir mejor lo que había visto.

En Sudáfrica, supuso un shock que Nelson Mandela apareciera en público para admitir que uno de sus hijos había muerto de sida. Empezó a quebrar el estigma. Hubo otro momento relacionado con esta enfermedad que tiene que ver con el baloncesto: en 1991, Magic Johnson, uno de tus ídolos declarados, aparece ante los medios y anuncia que tiene el virus VIH. Tú tenías once años. ¿Qué significó aquel anuncio para ti?

Fue un shock. Uno de los grandes ídolos de aquel momento era Magic, también Larry Bird, que estaba en su etapa más tardía, y Michael Jordan. Eran los tres grandes iconos del baloncesto mundial, los tres grandes ídolos. Yo era un niño que empezaba a jugar y para mí la percepción del sida era: contraes el sida y mueres, no hay más. Que Magic admitiera que tenía sida era como una sentencia de muerte prematura. Me chocó; recuerdo hablar de ello con mi madre, y aquello seguramente incentivó el deseo de convertirme en médico, investigar y encontrar la cura de enfermedades como el sida. De ahí viene mi interés por la medicina, por ser curador o querer ayudar a la gente.

Viajas a Angola también por una campaña de sida, e inmediatamente después vas a Etiopía y Chad y visitas centros de desnutrición infantil severa. Pocos días más tarde, estabas de nuevo bajo los focos de la NBA, compartiendo vestuario con estrellas, charlando en las gradas con actores como Jack Nicholson, Spike Lee o Eddie Murphy y firmando contratos multimillonarios. ¿Cambió algo de Pau Gasol en aquellos viajes?

Sí. Por mucho que seas de piedra o intentes bloquear ese tipo de experiencias o emociones, las cosas te afectan. El contraste es enorme, claro. Pasas de ver la máxima pobreza y vulnerabilidad a la riqueza, el lujo y los más altos niveles de vida. Esos viajes te afectan y tardas unos días en digerir y volver al equilibrio y a la normalidad. A mí me ayudan a tener perspectiva y a valorar lo que tengo y lo que vivo.

Viajaste al Kurdistán iraquí, a Líbano y hace unas semanas a Bangladesh. Tu hermano Marc se embarcó este verano en el barco Open Arms, que rescata a personas en el Mediterráneo. Las cifras de refugiados y desplazados son las más altas desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo ves la situación después de haber ido a estos lugares?

La veo con tristeza y frustración. El número de refugiados es enorme y la situación de los desplazados y refugiados que han tenido que huir de la violencia en sus países natales es muy dura y compleja. El tema requiere concienciación por parte del mundo y una sensibilización y compromiso hacia ellos muy importante. He intentado estos años acercarme a esa situación, vivirla para transmitir lo que está sucediendo en ciertas partes del mundo. El conflicto de Siria es terrible y a mi entender continúa siéndolo. Es increíble que no se haya llegado a una solución para que la gente de Siria pueda volver a sus casas y no tenga que estar viviendo en situaciones precarias en campos de refugiados o en situaciones de abuso. Están acogidos en países que quieren tenerlos de forma temporal, porque su presencia también crea conflictos o tensiones económicas y sociales. Es una situación que requiere mucho esfuerzo a nivel humanitario por parte de las oenegés, que dedican muchos recursos necesarios para acogerlos. Ahora acabo de volver de Bangladesh y he visto la situación de los rohinyás, que es muy dura.   

Campo de Jamtoli. Más de 50.000 rohinyás viven desplazados desde agosto de 2017Anna Surinyach

La ONU califica de intento de genocidio la persecución contra la minoría musulmana en Birmania. Has difundido imágenes de la lluvia, del barro y de las terribles condiciones de vida de miles de personas, la mayoría niños.

Con el monzón, la situación es terrible. Los niños explicaban con una naturalidad chocante cómo se habían separado de sus familias. No tenían ni idea de dónde estaban sus padres o hermanos. Mujeres que habían perdido a su marido o habían visto cómo el ejército de Birmania lo había matado. Hombres que habían visto cómo mataban a cuchilladas a los niños de su aldea. Otros me explicaban cómo ahorcaban a un hombre y violaban a su mujer mientras él se ahogaba. Me contaban cómo aquel hombre gritaba a su mujer que no lo mirara mientras él moría y ella estaba siendo violada. Es preocupante la situación de los niños de los doce a los dieciocho años, que no tienen posibilidad de acceder a la educación y no saben cómo ocupar su tiempo. Dicen que será una generación perdida. Aparte de la cuestión de la identidad, de no saber de dónde eres ni tener nacionalidad ni adónde regresar, el tema educativo era una de las grandes preocupaciones de los padres en aquellos campos.

La gestión del fenómeno migratorio, a menudo ligado a la violencia, además de la crisis económicas mundiales y probablemente otros factores, entre ellos la falta de liderazgo, ha provocado un aumento de las posiciones más conservadoras en el mundo, a menudo incluso racistas. Marchas en Estados Unidos como la de Charlottesville o el auge de la extrema derecha en Europa. En la ciudad de Chemnitz se celebró hace unas semanas una marcha ultraderechista con miles de participantes. En Alemania. ¿Te preocupa esa deriva?

En cierto modo. Creo que hay ciclos en la historia en los que que esas facciones de la sociedad, que existen en mayor o medida, a veces con más o menos notoriedad, se ven reflejadas en momentos puntuales o más prolongados. Hay gente de todo tipo. Gente más propensa a ciertos ideales o ideologías. Pero mientras no altere la vida de los demás... Puedes pensar lo que quieras siempre que no perjudiques a los demás. Ahí es donde yo pongo la línea. Eres libre de creer lo que quieras siempre y cuando no hagas daño o afectes de manera negativa a tu vecino y seas tolerante. Pero bueno, la extrema derecha no se define precisamente por ello.

Protesta ultraderechista en Chemnitz (Alemania). 1 de septiembre de 2018.picture-alliance/dpa/ AP

Hace poco en Chemnitz hubo saludos a Hitler, en Charlottesville un supremacista blanco atropelló a la multitud y mató a una persona e hirió a una veintena; parece evidente que el concepto de la violencia es inherente a la extrema derecha…

Eso es lo que es reprochable e inadmisible. A partir de ahí, si esa facción o parte de la población tiene esos ideales, pues creo que se los deben guardar para ellos y no reprochar a los demás, y mucho menos de forma violenta, si no comparten su forma de pensar o su ideología.

Has conseguido alargar tu carrera al máximo nivel hasta los 38 años. Ahora queda lejos, pero cuando llegaste a Memphis tras ser elegido número 3 del draft, con tu familia al lado, viste de cerca el impacto de la alimentación estadounidense. Pese a estar en el seno de una familia deportiva, tu hermano Marc aumentó mucho de peso. Entre los dos habéis fundado una fundación contra la obesidad infantil, que es similar en Estados Unidos y España. ¿Por qué decides dedicar tus esfuerzos a una cuestión a priori menor o considerada del “primer mundo”?

Después del viaje a Etiopía, me di cuenta de lo que era hacer un proyecto con Unicef y todas las restricciones que suponía, por cuestiones de normativa y protocolo, colaborar con una organización tan grande. Yo quería construir y reformar escuelas para aumentar el nivel de educación en el sur de Etiopía, pero a la vez quería aportar el factor del deporte y el baloncesto, porque al final los niños quieren jugar. La escuela puede ser una obligación para los chavales, pero tener una canasta o una portería les atrae. Quería construir una cancha en cada una de esas escuelas, pero como aquel proyecto estaba hecho en colaboración con Schools for Africa de la Fundación Mandela, nos dijeron que si construíamos una canasta en esas escuelas etíopes, debíamos hacerlo también en todas las escuelas del proyecto en África. No podíamos. Así que pensé que quería hacer algo en lo que yo tuviera independencia y capacidad de movimiento. Así surgió la Fundación Gasol. Queríamos que estuviera relacionado con la infancia y la salud, eso seguro. Y pensamos: ¿qué problema es el más grave entre los niños? El problema de la obesidad infantil ya era grave en Estados Unidos, pero poco a poco descubrí que en España y en otros países desarrollados la obesidad es un problema grave y creciente. Que Marc sufriera aquel aumento de peso tan significativo durante aquellos dos años en Memphis incentivó que él regresara a Barcelona, porque tenía que parar aquello si quería seguir adelante. Pero creo que fue circunstancial. Pensé que aquello a Marc le motivaría para involucrarse en esta fundación que también es suya. Así surgió la fundación, en 2013.

En Nigeria o Sudáfrica, los puestos de comida fresca o ecológica están en los barrios ricos y en cambio los puestos de comida basura de los barrios pobres están llenos o abundan los puestos callejeros de productos fritos. ¿La obesidad infantil no es tanto una cuestión de primer mundo como de desigualdad?

Así es. En Estados Unidos o en los países africanos que citabas existen los desiertos de comida o food deserts en las comunidades más pobres, porque realmente la gente que vive en esas zonas no tiene acceso a comprar productos frescos; no hay tiendas de verdura o fruta en una milla a la redonda. Solo tienen acceso a pollo frito, a McDonalds, a 7-Eleven o a gasolineras llenas de snacks. Es una parte del problema. Por eso en la fundación trabajamos ahora mismo con comunidades vulnerables. Son las que tienen menos recursos para alimentarse bien. Si un niño vive en un barrio con recursos, tiene la posibilidad de comer sano.

Samuel Aranda

También has pedido observar en quirófano intervenciones quirúrgicas especiales en hospitales de Estados Unidos o en el Sant Joan de Déu de Barcelona. ¿Es nostalgia de la carrera de medicina que dejaste en primer año para dedicarte al baloncesto?

Sí, supongo que viene por ese doctor frustrado que soy [ríe]. Tuve que abandonar los estudios de Medicina porque al final no podía compaginarlo con el baloncesto, así que mi aportación al mundo de la salud o de la medicina es de esta manera. Mi fascinación y admiración por los profesionales de la salud es enorme. He visto a lo largo de mi vida que sin la salud no somos nada, y da igual quién seas. He tenido la suerte de conocer muchos casos donde he visto que la medicina te cambia. Donde la medicina es la diferencia entre poder caminar, estar sano o hacer una vida normal. He visto la perspectiva también de los padres. Tener un hijo enfermo o en estado crítico condiciona la vida del padre o de la madre al 100%, y no hay nada que duela más a un padre que la muerte o el estado de salud de un hijo o una hija. Para mí son cosas vitales y de una trascendencia enorme. ¿Cómo no voy a hacer algo si puedo mejorar o aliviar esas situaciones? En algunas visitas he visto cómo algunas madres se han puesto a llorar porque hacía semanas que no veían reír a su hijo o a su hija. Eso tiene un poder brutal y a mí esos momentos me aportan muchísimo. He desarrollado relaciones con padres. Cuando veo que son casos especiales, o que yo puedo tener un impacto grande, incluso he dado mi teléfono personal para hacer un FaceTime o para que me llamen y poder animar a la niña o al niño en un momento puntual. A veces incluso también para animar a la madre o al padre, que sufren especialmente estas situaciones.

En Estados Unidos visitas a menudo hospitales infantiles. Un día antes de un partido, llegaste a estar hasta cuatro horas en un hospital pediátrico. Y conociste a Dylan, el rey del Lego. ¿Quién es?

Dylan es un caso especial. Es un niño que tiene una enfermedad rara que hace que desarrolle un tipo de tumores en su estómago y cuerpo, y debe ser operado con mucha frecuencia. Tiene dolores muy grandes, no puede comer alimentos sólidos y cuando lo conocí tenía problemas de corazón. La primera vez que lo vi llevaba adosada a su cuerpo una máquina que básicamente era un corazón externo. Tenemos relación desde hace seis o siete años. Cada vez que paso por Los Ángeles, y como siempre coincide que está ingresado, intento pasar por el hospital. Su familia es de Las Vegas y en todo este tiempo solo ha podido ver un partido en directo porque que se encontraba suficientemente bien. Pudo salir del hospital unos días, hasta que volvió a recaer. Paso mucho tiempo con él. Le encantan los Legos, aunque ahora le gusta más el Minecraft, pero ahí ya no puedo jugar mucho con él: en primer lugar porque no tengo ni idea, y en segundo lugar porque está siempre con la tableta y su madre intenta controlar que no pase mucho tiempo ante la pantalla. Solemos hacer competiciones de Legos. Solo pude ganarle una vez y porque le distraje un poco [ríe]. Muchas veces, si veo que es un caso especial, intento motivarles. Les digo que les daré entradas para un partido cuando se mejoren o algo así. Intento aportarles alegría, algo a lo que aspirar en el futuro.  

En las últimas semanas han dicho adiós al deporte Juan Carlos Navarro, Fernando Alonso o Manu Ginóbili. Tú has firmado un contrato hasta los 40 años, pero el momento de la retirada se acerca poco a poco. Muchos deportistas de élite dicen que pasar de los focos al silencio es uno de los momentos más duros. ¿Estás preparado?

Hace años que intento prepararme para la retirada. Es un momento delicado y crítico. Traumático. Muchos deportistas caen en un estado de depresión. Es difícil de gestionar. Hay un porcentaje muy alto de jugadores o exjugadores que rompen sus vidas familiares o matrimoniales después de retirarse. Es complicado. Yo he intentado prepararme, montar proyectos que me ilusionen y en los que pueda involucrarme, volcarme y llenar mi ambición, mi inquietud e hiperactividad. En ello estoy. Es un proceso y ahora mismo lo que supone estar a nivel de NBA a mis 38 años, algo que requiere una dedicación importante, me gusta. Sé que el momento de retirarse va a ser más difícil de lo que imagino, porque el baloncesto es parte de lo que me define, es parte de mi identidad.

¿Qué te deja el baloncesto?

Muchísimo. No es solo un baúl lleno de recuerdos y momentos, es mucho más. El baloncesto me ha aportado valores y me ha hecho como persona. Me deja muchas amistades y conexiones personales más allá de lo que he hecho como deportista o los resultados. Yo lo que he querido es trascender el deporte. Una de las cosas que más me enriquece es lo que he podido transmitir en la pista, pero también fuera de ella. Creo que la gente me percibe como algo más que un jugador de baloncesto, y para mí es importante haber podido hacer sentir cosas fuera de ella. Que un padre me diga que quiere que su hijo se parezca a mí es algo que veo con responsabilidad, pero con orgullo. ¿Qué más puedes pedir?

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