Ricard G. Vilanova

¿Quiénes son las víctimas del terrorismo yihadista?

Los atentados en Occidente se oyen más, pero la mayoría de las víctimas están en Oriente Medio, África y Asia Central

Agus Morales

A la fuga

Xavier Aldekoa

Océano África

Mikel Ayestaran

Cubriendo conflictos
18 de Septiembre de 2017

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la violencia más temida del siglo XXI

Terrorismo yihadista

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Hay muchas definiciones de terrorismo, algunas contradictorias, pero casi todas coinciden en varios elementos esenciales:

1) El acto violento.

2) El emisor (el terrorista, el grupo terrorista, el Estado).

3) El mensaje político que se quiere enviar.

4) El receptor (el público, un grupo reducido, un Estado).

En este esquema no están las víctimas, porque una de las cosas más escalofriantes del terrorismo (el yihadista no es una excepción) es que las víctimas, las que más sufren, son solo un medio para llegar a un fin. Un objeto. Un instrumento. Al emisor no le importa matar de forma indiscriminada si así hace llegar su mensaje al receptor. La arbitrariedad de estos ataques, sobre todo en los últimos años, ha conseguido que el campo de batalla ya no sea concebido como un espacio separado de las grandes capitales. Hay objetivos (militares, políticos, económicos) que desde siempre han estado en la diana del terrorismo yihadista: ahora lo siguen estando, pero cualquier punto del mundo puede ser atacado.

La potencia simbólica del terrorismo nubla la razón. El abuso de la palabra por parte de políticos y medios de comunicación está haciendo, curiosamente, que se olvide su significado original y que pase a designar simplemente todo aquello más deplorable en la faz de la tierra (algo similar sucedió con palabras como ‘nazi’ o ‘fascista’). En medio del huracán ideológico y de guerras culturales reales o imaginarias (otro de los objetivos del terrorismo es crear esas guerras simbólicas), las víctimas han sido olvidadas más allá del primer impacto emocional de los atentados y las polémicas deontológicas sobre el uso de imágenes.

¿Quiénes son las víctimas del terrorismo yihadista? ¿Dónde están? Primera respuesta: solo el 1% está en Europa Occidental. Se han mencionado diferentes porcentajes para subrayar que la mayoría de estas víctimas son musulmanas. No hay un instrumento para medir eso de forma exacta, porque todas las compilaciones se basan en noticias de agencias y otros medios de comunicación, y en ellas evidentemente no aparece la religión que profesa cada una de las víctimas. Pero es obvio que la gran mayoría de las víctimas son musulmanas, ya que la mayoría de atentados se producen en países cuya fe mayoritaria es el islam. Hay un elemento relacionado que podría ser interesante, pero que es mucho más difícil de dilucidar: conocer la minoría, la comunidad o la secta del islam a la que pertenecen las víctimas. Pero también podría ser algo escabroso y que abriera más heridas, ya que se crearía una especie de clasificación de las víctimas del terrorismo según sus creencias o adscripción.

Suníes considerados heréticos por los yihadistas, sufíes que profesan un islam místico, yazidíes, chiíes, cristianos… La lista de minorías que han sufrido ataques yihadistas es larga, pero con los años se ha reducido a una característica: todo aquel que no esté de acuerdo con los terroristas, también en el campo suní.

En este mapa elaborado por un centro de estudio en la Universidad de Maryland, se observa que el terrorismo yihadista tiene grandes tres epicentros, al menos en cuanto a víctimas se refiere. El triángulo que forman Oriente Medio (Irak y Siria), África Occidental (Nigeria y países alrededor del lago Chad) y Asia Central (Afganistán y Pakistán) es esencial para entender quiénes mueren a manos del terrorismo. En esos cinco países, los más golpeados por los ataques, se concentraron el 72% de los muertos en 2015. ¿Por qué? Allí están muchos de los bastiones de Estado Islámico, Al Qaeda, Boko Haram y los talibanes. Viajemos a esos lugares para saber qué está pasando.

Oriente Medio, Oriente roto

“Misión cumplida”, proclamó George Bush a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln el 1 de mayo de 2003, apenas 40 días después del inicio de la II Guerra del Golfo. El presidente estadounidense mintió. La guerra solo acababa de empezar, como se ha podido comprobar 14 años y 200.433 civiles muertos después, según las cifras de Iraqi Body Count, un organismo que se encarga de documentar mes a mes las muertes a causa de la violencia en el país.

La invasión de Estados Unidos abrió la puerta a una guerra sectaria en la que suníes y chiíes se lanzaron a un ajuste de cuentas histórico entre las dos sectas mayoritarias del islam, y que no solo no ha terminado, sino que se ha extendido a países vecinos como Siria. Las dos grandes potencias regionales, la suní Arabia Saudí y la chií Irán, se han encargado de apoyar a unos y a otros con el objetivo de extender su área de influencia y llenar el vacío dejado por el derrocamiento de Sadam Husein o el levantamiento de 2011 contra el presidente sirio, Bashar Al Asad.

La posguerra de Irak es sinónimo de atentados suicidas y el objetivo de la mayoría de ellos son barrios, mercados o mezquitas en zonas chiíes. Es el arma más efectiva que ha encontrado una insurgencia suní en la que antiguos baazistas de las fuerzas de seguridad se mezclaron con yihadistas. En un primer momento, bajo el paraguas de Al Qaeda, tuvieron como objetivo a las tropas estadounidenses, pero no tardaron en colocar a la secta rival en su punto de mira y dar la espalda a Al Qaeda para transformarse en el actual Estado Islámico. Frente a ellos, las milicias chiíes han sembrado también el terror entre la minoría suní, que ha visto cómo los paramilitares se convertían de la noche a la mañana en las fuerzas regulares que, sobre el papel, debían protegerles.

Explosión de un coche bomba de Estado Islámico en un edificio de la policía en Mosul (Irak). Ricard G. Vilanova

En la vecina Siria, el enviado especial de Naciones Unidas, Staffan de Mistura, elevó al menos a 400.000 el número de muertos en una guerra que vive su séptimo año. En este caso, además del terror impuesto por el califato y los atentados de grupos como Fatah Al Sham, brazo de Al Qaeda en el país, los bombardeos de aviación y artillería por parte del Ejército sirio, Rusia y Estados Unidos son también responsables de la muerte y destrucción que asolan el país.

Terror puro en el lago Chad

Las cifras no cuentan a Aisha Buka. A sus 16 años, oficialmente no es una víctima de Boko Haram porque no está muerta. A los números que rastrean los caídos en un conflicto, que cuantifican el sufrimiento de una guerra únicamente desde el cadáver pudriéndose al sol, les importa poco su historia: cuando tenía 13, fue secuestrada por la banda yihadista Boko Haram y trasladada a la reserva de Sambisa, en la frontera de Nigeria y Camerún. Allí vivió durante tres años, fue obligada a casarse con un yihadista, fue violada y tuvo dos hijos. Uno de ellos murió de diarrea en el bosque. Ni siquiera ese niño, ese cadáver, tendrá un hueco en la lista oficial de muertos por el conflicto entre el Gobierno y la banda fundamentalista. En aquella aldea llena de barbudos, calcula Aisha, había otras 300 chicas secuestradas como ella. La cifra total de rehenes es difusa. Según el Gobierno de Nigeria, más de 10.000 mujeres y niñas como Aisha han sido secuestradas por Boko Haram desde 2014.

La adolescente Aisha Buka en Maiduguri (Nigeria). Xavier Aldekoa

Hoy Aisha explica su pesadilla entre susurros y en la penumbra de una habitación de Damaturu, en el noreste de Nigeria. Hace tan poco que escapó de la banda —caminó durante siete días para huir— que lo primero que pide es que ocultemos su verdadero nombre. Y en ese miedo de Aisha, en esa mirada al suelo cuando sus ojos se cruzan con otros, se concentran todas las víctimas de Boko Haram. La guerra que asola el noreste de Nigeria y se ha extendido a los alrededores del lago Chad, una suerte de frontera natural entre territorio nigeriano, chadiano, camerunés y nigerino, no es solo una guerra de muertos; es una guerra de terror.

Boko Haram, cuyo nombre en lengua hausa se traduce como la educación occidental es pecado, se hermanó con Estado Islámico en 2015. Usa la fuerza del miedo para controlar y apoderarse de territorios. Por eso la guerra de Boko Haram es la de las 434 personas, la mayoría mujeres y niñas de incluso siete años, que desde 2011 los yihadistas han mandado a hacerse explotar con cinturones de explosivos en casernas, mercados o mezquitas.

Según un estudio sobre el grupo nigeriano de Combating Terrorism Center en colaboración con la Universidad de Yale, el uso de “terroristas suicidas” es barato y efectivo: han provocado pánico y 2.283 muertes, autores incluidos. También es la guerra de las víctimas que huyen. Más de 2,6 millones de personas han perdido sus hogares en los alrededores del lago Chad y, como los ataques a las aldeas son por sorpresa y a menudo por la noche, hay miles de niños perdidos: 52.000 solo en el estado de Borno, el epicentro del conflicto. También es la guerra del hambre: más de 480.000 niños sufren desnutrición severa y están en riesgo de morir de hambre si no reciben asistencia inmediata.

Luego, claro, como todas las guerras la de Boko Haram es una guerra de muertos.

Aunque la banda Boko Haram se fundó a principios de 2000 en Maiduguri, fue más tarde, en 2009 y ya bajo el mandato de Abubakar Shekau, cuando se desató una ola de violencia sin igual en el noreste de Nigeria. Desde entonces, más de 35.000 personas han sido asesinadas, según el Nigeria Security Tracker (NST), un proyecto del Council on Foreign Relations para documentar la violencia del conflicto. Aunque son la mayoría —casi 16.500—, no todas han caído bajo el cuchillo o las balas yihadistas. A tenor de los cálculos del NST, más de 7.000 muertes son atribuibles a los ejércitos de la región y en casi 14.300 casos las muertes se produjeron durante un combate, por lo que no es posible determinar la autoría concreta. El resto fueron producidas por otros grupos violentos no relacionados directamente con el conflicto.

Además del fanatismo religioso y la pobreza de la región, la brutalidad de las fuerzas de seguridad nigerianas —ahora algo más disciplinadas con la llegada del presidente Buhari y la implicación de fuerzas regionales—fue otro de los principales motivos del crecimiento de Boko Haram. Las denuncias de abusos de los derechos humanos (torturas, violaciones, ejecuciones sumarias e incluso detenciones de bebés) han sido una constante desde el inicio del conflicto. Se han publicado decenas de vídeos donde se observa cómo uniformados asesinan a sangre fría a sospechosos de pertenecer a la banda.

Ante ese panorama de violencia, algunos escogieron el camino del odio yihadista. Para Boko Haram, quienes no tienen su visión radical del islam, y eso incluye a cristianos pero también a la gran mayoría de musulmanes del país, deben ser eliminados. Los asesinatos de civiles, con barbudos disparando a discreción en aldeas contra mujeres y niños, o las ejecuciones públicas han sido la norma habitual de los extremistas. Su receta de odio y crueldad se ha nutrido de la miseria e incultura que azota desde hace década el noreste de Nigeria: cuando el grupo yihadista ofreció a sus nuevos miembros 400 euros, una motocicleta y una esposa gratis, los alistamientos se dispararon. Aunque es posible que en la actual fase del conflicto, más próxima ahora a una guerra de guerrillas, la cifra haya descendido, la banda contaba hace dos años con unos 26.000 guerrilleros, entre ellos 4.000 y 6.000 milicianos bien entrenados, según la inteligencia estadounidense.

AfPak: el centro olvidado del yihadismo

La hermana del ministro pakistaní de Minorías Shahbaz Bhatti se aferra a la ambulancia que se lleva el cadáver de su hermano, asesinado por los talibanes.Diego Ibarra Sánchez

“Sé que puedo ser asesinado si sigo presionando, pero no tengo miedo”. Casi todo el mundo callaba en Pakistán, incluido el Gobierno, salvo uno de sus miembros, que iba por libre: el ministro de Minorías, Shahbaz Bhatti. Se opuso a las leyes antiblasfemia del país en comparecencias públicas. Sabía que estaba en la diana de los radicales. El 2 de marzo de 2011, fue asesinado por los talibanes cuando salía de casa de su madre. El terrorismo funcionó: las voces críticas se apagaron.

Antes de la guerra siria y de la irrupción de Estado Islámico, Estados Unidos insistía en que el “epicentro del terrorismo” a escala internacional era Afganistán y Pakistán. En su montañosa frontera era donde supuestamente se escondía la cúpula de la red terrorista Al Qaeda, y de hecho fue en la ciudad pakistaní de Abbottabad donde Navy SEALS norteamericanos mataron a Osama bin Laden en 2011. Desde entonces, la región ha caído en el olvido.

Los civiles siguen sufriendo hoy —incluso más que ayer— la guerra que asola Afganistán, pero a partir de 2007, en la vecina Pakistán, se organizó una de las campañas terroristas más sangrientas de la historia contemporánea.

Ese año nació el movimiento talibán pakistaní (en urdu, Tehrik-e-Taliban Pakistan, TTP), una amalgama de grupos yihadistas que organizó asaltos contra el cuartel general del Ejército, lanzó ataques contra partidos de voleibol en zonas remotas del país, puso bombas en santuarios suníes y congregaciones chiíes y asesinó a políticos que querían cambiar las leyes antiblasfemia de Pakistán.

En 2009, el año más violento, se registraron 3.816 ataques y 12.632 muertos en un país que no estaba técnicamente en guerra pero donde estaban perdiendo la vida más personas que en Afganistán. Eso significaba que en Pakistán había una media de más de diez atentados y 34 muertos al día. Nihilismo era la palabra que más se ajustaba a esta ola de violencia, porque era difícil inferir un mensaje político de esos diez atentados diarios. Por su insistencia en atacar a los chiíes, por su uso indiscriminado de la violencia, por su estrategia agresiva y por sus contradicciones con Al Qaeda, el TTP fue uno de los precursores de Estado Islámico. Instauró el terror en Pakistán, un país relativamente acostumbrado a niveles altos de violencia. Y su táctica fue atacarlo todo: parques, escuelas, universidades, mezquitas. Nadie estaba a salvo. Todo el mundo podía ser víctima de uno de sus ataques.

También el ministro.

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