Tanya Sazansky

Rusa, judía, americana, 'queer'

La tenaz labor de Masha Gessen, periodista, activista y azote de la política antigay de Vladímir Putin

Mar Padilla

Periodista
12 de Julio de 2018

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Hay días que dan para mucho. El 21 de febrero de 2012, Moscú amaneció casi caluroso: el termómetro marcaba un grado sobre cero. Masha Gessen, nerviosa, se encontraba en una situación extraña: su novia estaba a punto de parir, y poco podía hacer ella más que esperar. Paseó arriba y abajo, leyó periódicos, charló con enfermeras. Pensó en su primer hijo, adoptado. Pensó en su segunda hija, que ella trajo al  mundo. Y pensó en este tercero, a punto de nacer: muchos hombres, igual que ella, veían pasar las horas mientras esperaban, con nervios y paciencia, a que sus mujeres dieran a luz.

Ese mismo 21 de febrero de 2012, en otra parte de la ciudad, un grupo de jóvenes se sentían también especialmente nerviosas. No era para menos: iban a tomar por asalto —armadas con pasamontañas de colores y guitarras—  la catedral del Cristo Redentor. Eran las Pussy Riot, un grupo de vanguardia artística que a veces utilizaba la música como vehículo de protesta contra la creciente represión del gobierno de Putin.

La banda Pussy Riot intenta actuar en la catedral del Cristo Redentor en Moscú.Sergey Ponomarev / AP

El grupo de chicas llegó a la catedral, corrió al altar y allí, ante el pasmo de unos pocos feligreses, ofreció lo que ellas llamaron una oración punk: cantaron, bailaron y chillaron durante apenas 40 segundos antes de ser reducidas y arrestadas. Al cabo del tiempo, algunas de ellas —como María Aliójina y Nadezhda Tolokónnikova— fueron encarceladas durante un tiempo, acusadas de vandalismo e incitación al odio religioso.

La canción que las Pussy Riot intentaron cantar en la catedral ese 21 de febrero era Holy Shit. Una parte de la letra dice:

“Virgen María, Madre de Dios, destierra a Putin

destierra a Putin,

destierra a Putin,

genuflexiones de las congregaciones,

batas negras, galones dorados.

El fantasma de la libertad se ha ido al cielo.

El orgullo gay ha sido encadenado y detenido”.

Ese largo día, en algún momento de su compás de espera, Gessen vio la acción de las Pussy Riot en televisión y quedó maravillada por la audacia de su protesta contra la Iglesia ortodoxa y la deriva autoritaria de Vladímir Putin. No en vano Gessen era una reputada periodista, además de una de las primeras personas públicas en declararse gay en Rusia, y una de las activistas más importantes y combativas de la comunidad LGTB en el país. En aquellos días estaba a punto de publicarse El hombre sin rostro. El sorprendente ascenso de Putin, un libro en el que Gessen retrata al mandatario como un tipo extremadamente cruel y vengativo, obsesionado con el dinero y la recuperación de la gloria soviética a partes iguales, corrupto hasta la médula: una especie de zar mafioso al que todos temen y obedecen.

EN BUSCA DE UN ENEMIGO INTERIOR

Ese mismo 2012, no mucho tiempo después del nacimiento de su hijo, Gessen y su chica le daban vueltas a la idea de comprarse un coche más grande para poder llevar más cómodamente el carro del bebé. Tras mirar varios modelos y sopesar precios, Masha volvió una tarde a casa y le dijo a su novia: “¿Nos compramos un coche nuevo o mejor nos largamos de Rusia?”. Vivían en un clima social cada vez más enrarecido y, de golpe, Gessen había comprendido algo que las Pussy Riot ya habían anunciado, de alguna manera, aquel día en la catedral: la deriva autoritaria de Putin hacía que personas como ella —hija del sistema soviético, del que huyó con su familia en 1982; rusa, americana, judía, queer— podían llegar a correr peligro. Tras la célebre perestroika de Gorbachov, tras unos pocos recelosos pasos hacia la democracia, la gran Rusia, la URSS, luego la Federación Rusa, el gran imperio, desandaba sus pasos. Desde su osadía, Tolokónnikova y compañía comprendieron que Vladímir Putin, como todos los que quieren ejercer y perpetuar su poder, buscaba un nuevo enemigo interior, una minoría a la que perseguir y culpar. Gessen lo vio claro: esa minoría iba a ser la comunidad LGTB, un símbolo de la decadencia y la depravación de Occidente a ojos de Putin y los guardianes de las esencias rusas.

Un objetivo perfecto, entendió Gessen. “Chorradas, no va a pasar nada”, le replicó su chica, dando de mamar a su bebé. “Hablaba la voz del optimismo que a veces otorgan las hormonas alteradas”, ironizó Masha después. Su inquietud no desapareció. Se dio cuenta de que su comunidad, sus amigos y amigas gais, bisexuales, transexuales —como en otros tiempos su otra comunidad, la judía— era ciertamente una presa fácil: eran los otros. “Un objetivo perfecto para vehicular la rabia o las protestas de los que claman por su supuesto pasado glorioso donde, entre otras cosas, las personas gais, presuntamente, no existían”, explicó Gessen en un acto al que fue invitada por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).

Gessen en un acto en Barcelona. Miquel Taverna / CCCB

Efectivamente, los medios afines a Putin insistían en que antes no había gais, o que existían pero en el ámbito estrictamente privado: entre individuos, no como grupo de presión, como una comunidad que reclama sus derechos. Un plan de ataque así podía funcionar: ni en la URSS ni en Rusia se había hablado abiertamente de sexualidad, y el gobierno se apoderó de la conversación. La población apenas sabía lo que era la comunidad LGTB y, en todo caso, ese tipo de relaciones sexuales ya eran criticadas desde el gobierno. Nadie iba a apoyarlos ni a dar la cara por el colectivo.

OBJETIVO: PROTEGER A LOS NIÑOS

Activistas gais se besan cerca del Parlamento ruso el 11 de junio de 2013.Ivan Sekretarev / AP

A lo largo del invierno de 2012 y la primavera del año siguiente, en el marco de las protestas contra Putin, la controversia sobre el colectivo gay se convirtió en el tema favorito entre los políticos. Y empezó a aumentar la presión sobre las personas pertenecientes a esta comunidad. Entonces ocurrió: en junio de 2013, una ley que prohibía la propaganda gay fue extendiéndose a nivel regional, hasta convertirse en federal. Se denominaba “Ley Federal con el Propósito de Proteger a los Niños de Información que Niega los Valores Familiares Tradicionales”, y fue bautizada por los medios de comunicación como ley sobre la propaganda homosexual. En ella se calificaba toda “propaganda de relaciones sexuales no tradicionales” como un material que transmite a los menores “ideas distorsionadas sobre el igual valor social de las relaciones tradicionales y no tradicionales”, y que pueden causarles daño físico o espiritual, entre ellos fomentar la expresión errónea de la igualdad social entre las relaciones sexuales de las parejas no tradicionales.

Un mazazo para ellas y los suyos, para sus amigas y amigos. Un mazazo que quería criminalizar, precisamente y más que nada, a las familias gais. Todo iba de mal en peor. Durante aquellos días, Gessen se tropezó con un programa de televisión en el que se debatía si esa ley era suficiente o había que ir más allá para detener la expansión e influencia de la comunidad LGTB. A lo largo de la tertulia, surgió una opinión: la ley no era suficiente, había que prohibir que los gais donaran sangre o esperma y, en caso de muerte por accidente de coche, sus corazones debían ser enterrados bajo tierra, para que no fueran donados para trasplante.

“Era una declaración de guerra. De golpe, éramos menos humanos que los demás”, escribió Gessen.

Una tarde, en Moscú, se organizó una protesta contra esa ley. Gessen llegó hasta allí con su bicicleta para unirse al grupo. Al bajar del sillín, sintió que algo le golpeaba la espalda: le habían tirado un objeto contundente y, cuando un grupo de hombres iba a patearla, un brazo la arrastró hacia el corazón del grupo de  manifestantes. Era un policía. “¿Qué haces?”, le preguntó ella. “Te defiendo”, le contestó. “Bien, ¿pero deberías ir contra ellos, no?”, le contestó Gessen. El policía miró alrededor y no le hizo caso: los manifestantes eran una docena de personas, y los que querían darles una paliza, unos 300.

Detención de los activistas Maxim Lysak y Jury Gavrikov en una manifestación autorizada en San Petesburgo. 29 de junio de 2013.Dmitry Lovetsky / AP

“LA RESPUESTA ESTÁ EN EL AEROPUERTO”

La controversia no se detuvo aquí, y siguió subiendo de tono. El líder de la campaña antigay en San Petersburgo afirmó en un periódico nacional: “Los americanos quieren adoptar a nuestros huérfanos para dárselos a familias pervertidas, como la de Masha Gessen”. Esta vez el objetivo era claro y diáfano, con nombres y apellidos. Su hijo mayor era adoptado. Consultó la situación con un abogado y le preguntó si debería estar preocupada. El abogado le contestó: “La respuesta está en el aeropuerto”. En su familia tuvieron una conversación: debían abandonar Rusia.

Cuando cogió el avión para cambiar de continente, el hijo mayor de Masha Gessen tenía entonces 14 años. Exactamente la misma edad que tenía ella en 1981, cuando dejó Rusia —entonces la URSS,  el mayor de todos los países del mundo, la sexta parte de la superficie del planeta— por primera vez.

Sucedió así: una noche, de golpe, la madre de Masha le dijo algo asombroso. Le contó que vivían “en un estado totalitario”, y que debían huir de él. Ahora, muchísimos años después, Gessen describe a la URSS en su libro El futuro es historia: Rusia y el regreso al totalitarismo como un sistema que premiaba la obediencia, el conformismo y la sumisión. Un sistema patriarcal, un gran padre que alimenta, viste, aloja, educa, proporciona empleo y medio de vida, premia o castiga; a cambio de no tener ningún resquicio de independencia.

La labor de Gessen es ardua y tenaz: desde hace más de 25 años, trata de comprender y explicar “la libertad que Rusia no llegó a abrazar y la democracia que nunca deseó”, según afirma ella. Y eso intenta comprender y desgranar  en  artículos, conferencias, encuentros y libros como Words Will Break Cement: The Passion of Pussy Riot, publicado en 2014, donde trata de dilucidar qué pasó y, sobre todo, qué significó el acto de protesta de las Pussy Riot en la catedral de Moscú aquel 21 de febrero de 2012.

ESTUDIANDO EL ATLAS EN LA COCINA

Una vez, escribiendo sobre su juventud, Gessen recordó que de adolescente había leído el código penal soviético, que advertía de que el crimen de un hombre yaciendo con un hombre podía ser castigado con más de cinco años de prisión. “Yo no era un hombre, pero había tenido fantasías siendo un hombre y besando a una mujer, una amiga de mi madre. De alguna manera, mi cerebro de doce años había hecho una conexión y había aprendido dos cosas: no era la única con esos pensamientos, y era una criminal”, escribió una vez.

Su condición gay, la huida de la URSS, sus años de adolescencia en Estados Unidos, el legado judío familiar, todo forma parte de su identidad.

En un artículo, describe aquel tiempo en el que observaba a sus  padres en la cocina, estudiando un atlas, buscando dónde estaba exactamente Estados Unidos. Allí se fueron en 1981. Ella regresó a Rusia en 1991, y muchas veces ha reconocido que su condición de medio extranjera y de periodista que trabajaba en medios nacionales e internacionales le dio cierta libertad y privilegios para ejercer como activista.

De vuelta a Estados Unidos con su familia desde hace cinco años, Masha Gessen seguirá utilizando su libertad  para seguir escribiendo y luchando contra Putin. Y seguro que vigilará con lupa las posibles acciones contra la comunidad LGTB en su país de origen.

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