Àngel Garcia

“Si se duda, no es posible odiar”

Reflexiones de la filósofa y periodista alemana Carolin Emcke sobre los mecanismos del odio

Àngel García

Fotógrafo

Marta Arias

En movimiento
05 de Diciembre de 2018

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¿Cómo combatir el odio? Es una pregunta que se hace mucha gente en los últimos días, semanas, meses, años. El discurso del odio ha servido para aupar a presidentes, para que fuerzas xenófobas condicionen la política de un país, para que grupúsculos extremistas entren en las instituciones.

La periodista y filósofa Carolin Emcke (Mülheim an der Ruhr, Alemania, 1967) desgrana los mecanismos de este sentimiento en Contra el odio, su ensayo más conocido y un éxito de ventas en Alemania, editado en castellano por Taurus.

Emcke trabajó durante catorce años como corresponsal de guerra para publicaciones alemanas como Die Zeit o Der Spiegel. Entre 1998 y 2013 la periodista cubrió la actualidad desde Afganistán, Colombia, Gaza, Irak, Líbano o Pakistán. Ahora es su vertiente reflexiva y su obsesión por ahondar en los mecanismos del comportamiento humano los que ocupan sus días. Formada en Filosofía e Historia en Londres, Fráncfort y Harvard, Emcke dedicó su tesis al estudio de las identidades colectivas. Su trabajo ha recibido numerosos galardones. En 2016 obtuvo el Premio de la Paz de los libreros alemanes que se entrega al final de la Feria del Libro de Fráncfort, y en 2008 se alzó con el Theodor Wolff, que otorga el gremio de periodistas de Alemania.

Consolidada como una de las voces críticas más aclamadas de su país, la autora lleva años estudiando y denunciando la impunidad de que disfrutan quienes han sembrado el odio, en una espiral que ahora se manifiesta en el discurso xenófobo y homófobo de ciertos partidos políticos. Emcke, en una reciente charla en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), hizo algunas reflexiones que sirven para repasar aspectos universales del odio contemporáneo y, sobre todo, algunas de las posibles recetas para combatirlo.

“Si se duda del odio, no es posible odiar. Si dudaran no podrían estar tan furiosos. Odiar requiere una certeza absoluta”.

En febrero de 2016 se viralizó el enésimo vídeo de contenido xenófobo. Las imágenes, de mala calidad, presumiblemente grabadas con un móvil, mostraban la llegada de personas refugiadas en un autobús a la pequeña ciudad alemana de Clausnitz. La apertura de sus puertas era recibida por una muchedumbre local exaltada que increpaba a gritos a los recién llegados: “Nosotros somos el pueblo. Fuera extranjeros”.

En redes sociales el vídeo corrió como la pólvora y el debate de caracteres limitados no tardó en desatarse. Defensores y detractores se lanzaban tuits y comentarios en Facebook. Refugiados sí, refugiados no. Pero a Emcke no le generaron ningún sentimiento pasional. Su primera reacción, antes incluso que de indignación, fue de intriga, de curiosidad por las personas que rodeaban el autobús. “¿Qué es lo que ven?”, planteó ante un auditorio lleno en el CCCB. “¿Qué ven diferente a lo que yo veo?”, insistió.

Emcke quiso conocer qué circunstancias ideológicas y sociológicas habían llevado a esa gente a no ver seres humanos al otro lado de las ventanas del vehículo. “No me interesa condenarlos. No juzgo a un grupo, sino lo que dicen y hacen en un momento concreto con el fin de hacer daño. ¿Qué les mueve a ello?”.

Pese a que los recién llegados están evidentemente indefensos, sin lengua común con la que poder expresarse, sin medios con los que poder defenderse, sin ni siquiera una casa, aquellas personas que gritan al autobús los consideran una amenaza tan grande que se desplazaron hasta allí para increparlos. “Podían haberse quedado en casa, haber dedicado ese tiempo a otra cosa. ¿Qué hacían allí?”.

Con precisión relojera, Emcke sigue despiezando el vídeo y fija su atención en un tercer grupo. Está en segundo plano. Son personas que no actúan, que no tratan de intervenir en la situación, pero que tampoco se van. Son espectadores pasivos que ejecutan lo que ella denomina “un entretenimiento pornográfico”. La filósofa asegura que su presencia le sorprendió incluso más que la de la multitud, porque hubiera bastado con abandonar el lugar para que quedara claro el mensaje: “No en mi nombre”.

Por último, el actor que en la imagen aparece como silencioso: la autoridad. Los agentes de policía que entran al autobús y hablan con el grupo de personas refugiadas. La autora recuerda que no es posible escuchar lo que les dicen, si les tranquilizan o no, pero se pregunta si no es con la gente de fuera con quien tendrían que haber hablado.

"El odio no se manifiesta de pronto, sino que se cultiva".

La aparición del odio siempre viene dada por un contexto y es necesario definir ese momento histórico que lleva a ciertas personas a determinar que alguien merece ser odiado, dice Emcke. En su Alemania natal, la ultraderecha se ha preocupado mucho por cincelar toda una terminología de apariencia neutra que ensalza el uso de eufemismos. Una neolengua que, por ejemplo, convierte a los extranjeros en “los nuevos especialistas del robo y la delincuencia”, explica la filósofa.

Para ella, uno de los motivos de que este tipo de mensajes calen tiene que ver con la dieta informativa. “La imaginación de las personas que reciben su información solo de determinados medios de comunicación está atrofiada”. Una alusión a la llamada “cámara de eco” que designa el modo en que nos informamos en tiempos digitales. La amplia oferta digital ha multiplicado nuestras posibilidades informativas y sin embargo esta hipótesis, que también cuenta con detractores, señala que, abrumados por la avalancha de opciones, los ciudadanos acotan aún más su campo de visión y tienden a dar preferencia a ideas afines. Por tanto, a consumir ideas que refuerzan sus prejuicios y creencias.

“El odio es siempre difuso. Con exactitud no se odia bien. La precisión traería consigo la sutileza, la mirada o la escucha atenta”.

¿Y cómo se planta cara al odio? Emcke propone una receta: “Solo se puede combatir con lo que a ellos se les escapa: la observación atenta, la matización constante y el cuestionamiento de uno mismo”.

Emcke utiliza un segundo vídeo viral para apoyar otro argumento. En este caso llega desde Estados Unidos. Unos policías acorralan a un chico negro que ha sido acusado de robo. No hay pruebas, no hay confirmación, no hay certeza de que sea culpable y, sin embargo, un gesto reflejo desata la catástrofe. El chico se echa la mano al pantalón y los agentes lo interpretan como un intento de acceder a un arma. Disparan. El análisis posterior de las imágenes deja ver que la víctima pretendía subirse un pantalón que se le caía.

El esquema racista según el cual todo cuerpo negro tiene algo de amenazador se traduce en la actitud de los policías blancos, que se consideran en la obligación de proteger a la sociedad de ese peligro imaginario.

Emcke reflexiona sin prisa antes de responder a cada pregunta. Repasa sus palabras, consciente del peso que puede tener escoger una u otra. Por ejemplo, al ser consultada sobre el racismo institucional, dice que “no es posible vivir en una sociedad abierta sin fomentar la memoria histórica y sin reconocer los crímenes del pasado”. La intelectual apela de forma constante a la acción individual, a pequeña escala, y resalta la importancia de generar contranarrativas incluso dentro de la propia familia.

“Si alguien está diciendo que la Tierra es plana, mi trabajo como periodista no es decir: ‘Qué interesante, vamos a tenerlo en cuenta’, sino decir que no es así”. Actuar de otro modo, añade contestando a otra pregunta, es cobarde.

Esta teoría aparece también en su libro. Emcke plantea que esa persona que crea que la Tierra es plana tendrá sin duda un miedo visceral a poder “caerse” de ella y no entenderá por qué los políticos no hacen nada por evitarlo, por qué no hay un movimiento de protesta ante la falta de seguridad frente al abismo. Este miedo es perfectamente lógico si aceptamos el hecho que lo causa.

Pero el problema está en la raíz: la Tierra no es plana.

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