Yayo Pino

Un pesquero, un médico, una isla y miles de huidas

Conversación con Pietro Bartolo, médico de Lampedusa, para entender las tragedias migratorias en el Mediterráneo

Maribel Izcue

Letra oriental
20 de Abril de 2017

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Cuando tenía dieciséis años, el italiano Pietro Bartolo cayó del pesquero de su padre a las aguas oscuras del Mediterráneo, a cuarenta millas de la pequeña isla de Lampedusa.

Era de noche y nadie lo vio. Gritó, braceó, se hizo el muerto. Así resistió, durante cuatro horas, hasta que vio la luz del barco que volvía en su busca. Aquella noche regresó a tierra sin saber que años después iba a recordar aquellos instantes cada vez que atendiera, ya como médico, a los miles de hombres, mujeres y niños que llegarían tiritando y empapados de agua y gasolina al muelle de Lampedusa.

A esta minúscula isla de unos 6.000 habitantes se la conoce ahora como la Puerta de Europa. Situada a 70 millas de África y 120 de las costas sicilianas, es lugar de desembarco de miles de personas que huyen de la guerra y el hambre: cerca de 400.000 en los últimos veinte años. Se calcula que 15.000 han muerto ahogadas en el intento de atravesar el Canal de Sicilia para alcanzar Europa.

Pietro Bartolo tiene hoy 61 años y es el único médico que ha residido de forma permanente en Lampedusa desde 1991. Está al frente de las actividades sanitarias de la isla, y asiste a los desembarcos de quienes llegan desde Libia por la peligrosa ruta mediterránea. En este cuarto de siglo ha visto cómo han cambiado las pautas de migración, cómo los botes han pasado a ser cada vez más precarios, cómo han cambiado los países de origen de quienes escapan de la guerra, la pobreza o la discriminación.

Algunos días el mar de Lampedusa devuelve vidas, y otros devuelve cadáveres. “En cada cuerpo encuentras señales que te muestran la tragedia de un viaje larguísimo”, explica el doctor. Su historia está narrada en el documental Fuocoammare, de Gianfranco Rosi, una cinta sobre la crisis migratoria que obtuvo el Oso de Oro de la pasada Berlinale. Y recientemente ha publicado Lágrimas de sal (Debate/Ara Llibres), un libro escrito junto a la periodista Lidia Tilotta en el que relata algunas de las tragedias que ha vivido en Lampedusa. Cuando habla de su trabajo, reniega de que le llamen héroe: “Pensar que una cosa normal es un acto heroico es síntoma de una sociedad profundamente enferma. Esto realmente me preocupa”.

Con Pietro Bartolo hablamos de su historia, y la de Lampedusa, en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), donde participó en un diálogo sobre el fenómeno de la migración tras la proyección del documental Fuocoammare.

El médico Pietro Bartolo durante una rueda de prensa para presentar su libro 'Lágrimas de sal', escrito con la periodista Lidia Tilotta (derecha), en el CCCB.Yayo Pino

Los inicios

Pietro Bartolo estudió ginecología en Sicilia y volvió a su Lampedusa natal en 1991 para hacerse cargo de los servicios sanitarios locales. En aquella época la isla se estaba convirtiendo, junto con Trapani, en destino de migrantes que se embarcaban en la vecina Túnez. “Pero llegaban en barcos resistentes, autónomos, potentes y de un tamaño importante. Eran de madera o de hierro. Atravesaban todo el Mediterráneo para llegar al puerto de Lampedusa. Y a bordo viajaban también los propios traficantes”, recuerda.  La mayoría de los casos que atendía entonces eran de deshidratación, ya que aquellas naves eran capaces de resistir mucho tiempo a flote y las travesías podían ser muy largas, sin agua ni comida.

Hasta 1997 fue el único médico de la isla. Ese año se abrió un pequeño centro de acogida en el aeropuerto y se enviaron dos médicos más, aunque no de forma permanente. En los años siguientes empezaron a llegar cada vez más migrantes. Entre 2003 y 2008 desembarcaron en la pequeña isla desde el norte de África cerca de 100.000 personas. A finales de 2008 el centro de recepción, pensado para 850 personas, llegó a acoger temporalmente a unas 2.000.

Esgrimiendo el aumento de llegadas, en 2009 el Gobierno de Silvio Berlusconi firmó un polémico acuerdo de cooperación con la Libia de Gadafi: el flujo migratorio se frenó, puesto que se empezó a devolver a los migrantes y refugiados interceptados directamente a Libia — sin comprobar si eran potenciales solicitantes de asilo. A cambio, Italia garantizaba inversiones millonarias en territorio libio. Las llegadas cayeron en picado hasta apenas unos cientos al año.

La Primavera Árabe

En 2011 estallaron las revueltas en el mundo árabe y se reanudaron los arriesgados viajes hacia el sur de Italia desde Libia, inmersa en el caos que derrocó a Gadafi. Solo ese año desembarcaron en Lampedusa cerca de 60.000 personas en busca de un futuro en Europa. Pietro Bartolo atendía en primera instancia a los recién llegados, y además era el responsable de inspeccionar las embarcaciones que llegaban para controlar si había enfermedades infecciosas. Sin su permiso, nadie podía bajar a puerto. “Puedo garantizar que, en todos estos años, nunca he encontrado una enfermedad infecciosa importante. Al margen de la sarna, que es una afección menor”.

“Los que llegan —insiste— son personas sanas. Las enfermedades que tienen son las que están ligadas al estrés del viaje”. Porque el Mediterráneo es la última etapa, pero el viaje es, en realidad, una travesía que se puede prolongar durante años: “Dura una media de dos años, pero también pueden ser cinco, seis, siete. Escapan de sus países abandonando a sus familias, a sus seres queridos, por las guerras, la persecución, la violencia. Luego afrontan el desierto. Allí mueren muchísimos, es inimaginable. Los que mueren en el Mediterráneo, incluso si son muchos, son una parte pequeñísima de todos los que pierden la vida en la ruta”.

Tras el desierto llegan a Libia, país de tránsito. “Y Libia es el auténtico infierno. Es ahí donde las mujeres son todas violadas —sostiene—. A Lampedusa llegan casi todas embarazadas. Y las que no están embarazadas no es porque no hayan sido violadas, sino porque les han inyectado anticonceptivos. Porque cuando llegan a Europa el destino de estas mujeres es la prostitución, y una mujer embarazada no vale nada”.

Basta: 3 de octubre de 2013

“Fue una jornada que marcó mi vida”.  El 3 de octubre de 2013 una embarcación en la que viajaban cerca de 50 hombres, mujeres y niños que habían zarpado desde Libia volcó muy cerca de una de las paradisíacas playas de Lampedusa.  Murieron 368 personas, "entre ellas muchos niños; tuve que inspeccionar sus cadáveres", dice sin esconder su emoción. De ese día, solo un recuerdo le devuelve la sonrisa: "Kebrat, una chica a la que se había dado por muerta ". La joven estaba tendida con el resto de los cadáveres, pero el médico la inspeccionó y se dio cuenta de que mantenía un debilísimo pulso. La trasladaron de urgencia y lograron salvar su vida. “Ahora vive en Suecia, y ayer me mandó la foto de su hijo recién nacido —dice, buscando el móvil en su bolsillo para enseñarla—. Se llama Israel”.

El episodio del 3 de octubre supuso un antes y un después en Lampedusa y en todo el Mediterráneo Central. “El Estado se hizo más presente. Italia dijo basta, y puso en marcha la operación Mare Nostrum”. Era una operación de salvamento —financiada íntegramente por Italia con un coste de 9 millones de euros mensuales— que entre octubre de 2013 y noviembre de 2014 se desplegó en el Canal de Sicilia con el objetivo declarado de evitar naufragios. Tuvo éxito y las muertes se redujeron, pero era demasiado costosa. Al concluir fue inmediatamente sustituida por la operación Tritón, financiada por la Unión Europea, con un coste inicial mucho menor —algo menos de 3 millones de euros mensuales— y que tenía como objetivo no el salvamento, sino el control de fronteras. Tritón fue más tarde reemplazada por la operación Sofía, aún en vigor, que tiene en su punto de mira a las mafias de traficantes.

Refugiados rescatados por el Dignity I, barco de Médicos Sin Fronteras.Anna Surinyach

El hueco dejado por la operación Mare Nostrum en salvamento lo han ocupado barcos de oenegés como Médicos Sin Fronteras o Proactiva Open Arms, además de los buques europeos. “Su acción directa es positiva, pero los traficantes se han aprovechado. Ahora saben que a veinte millas de la costa libia están las naves de rescate. Y en lugar de comprar barcos estables con los que atravesar el Mediterráneo, utilizan lanchas de goma que se hunden fácilmente”.

Cerrando más las fronteras: acuerdo UE-Turquía

“Vergüenza. Es una vergüenza”, exclama el médico sobre el acuerdo firmado en marzo de 2016 entre la Unión Europea y Turquía, que supuso el cierre de la frontera oriental europea. “Hace unos años, en 2013-2014, llegaban a Lampedusa migrantes subsaharianos pero también de Bangladesh, de Pakistán... Pero la ruta es muy peligrosa. Luego descubrieron la balcánica, que era menos difícil. Pero Europa dijo 'no' y, para ignorar el problema, pagó a Turquía 6.000 millones de euros. Una vergüenza”, repite. “Seguramente hay equilibrios políticos que yo no conozco. Pero antes del equilibrio político y económico, está el equilibrio del derecho a la vida”.

Tras el cierre de las fronteras y el bloqueo de las rutas terrestres, el flujo de migrantes y refugiados se vio de nuevo empujado al mar. Los barcos que zarpaban de costas norteafricanas eran cada vez más y más precarios. En 2016 unas 181.000 personas se embarcaron en la peligrosa ruta del Mediterráneo Central. Más de 4.500 se ahogaron en el intento de alcanzar el sur europeo, muy por encima de las cerca de 2.900 que perdieron la vida en esas aguas el año anterior.

Cierre de la frontera entre Serbia y Croacia en octubre de 2015.Anna Surinyach

Febrero 2017: reactivación del acuerdo Italia-Libia

Este pasado febrero Italia firmó un acuerdo con el Gobierno de Unidad Libio, encabezado por el primer ministro Fayez Al Serraj, para revivir el pacto de 2009: más control migratorio a cambio de inversiones. El doctor no esconde su escepticismo. “Sí, Italia ha intentado llegar a un acuerdo con Libia, pero sabemos que en Libia no hay un Gobierno. Ese señor con el que hemos ido a cerrar el acuerdo no es nadie. ¡No manda ni en su casa!”, dice, en referencia a las disputas por el poder en medio del caos interno que vive Libia.

¿Y si realmente fuera efectivo? “Si el acuerdo sirve para que los migrantes dejen de morir, por qué no. Libia es un país grandísimo, con muchísimos pozos petrolíferos. Podrían trabajar no como esclavos, sino como trabajadores; podría ser una solución. Pero si el acuerdo es como el de Turquía, si es un 'Erdogan bis', es otra vergüenza”.

Después de Lampedusa

Tras la acogida, llega la fase de la integración o reubicación. “En Italia somos peores en la integración que en la primera asistencia”, admite el doctor. Y recuerda lo ocurrido en el pequeño municipio de Gorino el pasado octubre, cuando la población se opuso, incluso con barricadas, a la entrada de una docena de mujeres refugiadas acompañadas de ocho menores. “Es algo lamentable. Pero esto ocurre porque estas personas han sido manipuladas, les han mentido, les han llenado de prejuicios con fines políticos o por otros intereses”.

Ante quienes hablan de “invasión” aludiendo a los números, Pietro Bartolo responde a su vez con números: “El año pasado llegaron a nuestras costas 180.000 personas. Eso no es ninguna invasión. Distribuidas en todos los municipios italianos, tocarían a dos personas por cada 1.000 habitantes”.

Pietro Bartolo durante la entrevista en el CCCB.Yayo Pino

Muchos de los refugiados que están en Italia, añade, ni siquiera pretendían quedarse allí. Si lo han hecho es por la normativa de Dublín, que establece que el proceso de asilo debe tramitarse en el primer país de la UE al que llegan los solicitantes. “Hay que modificar este sistema; el 80 ó 90 % de los que llegan a Italia no quieren quedarse aquí porque tienen otros puntos de referencia, pero nosotros les obligamos”.  

En Lampedusa se encuentra uno de los nueve hotspots de Europa (cinco en Grecia y cuatro en Italia), designados así por situarse una zona fronteriza con presión migratoria. Allí, con el apoyo de funcionarios de la UE, se toman las huellas dactilares de migrantes y refugiados, se determina su situación y se les envía a otros lugares de la península a la espera de su reubicación, según lo acordado por los países miembros.

Aunque los programas europeos de reubicación y reasentamiento contemplaban el traslado de unos 35.000 refugiados desde Italia a otros países de la UE, por el momento solo han sido reubicados 5.000. España ha acogido hasta ahora a 144 de los 2.676 refugiados llegados a Italia que le asignaba este mecanismo, lo que supone cerca del 5 %.   

Más allá de las reubicaciones, para Pietro Bartolo hay una necesidad mucho más inmediata: “Hay que parar estas muertes. Creemos rutas seguras. Firmemos acuerdos con países amigos, con Túnez. En lugar de embarcar, hagamos que atraviesen la frontera entre Libia y Túnez y establezcamos allí centros de acogida donde atenderlos y tratarlos. Pero no les empujemos a cruzar el mar”. 

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