Miguel Ángel Sánchez

Un trozo de cielo de seis por ocho metros

Conversación con la novelista turca Asli Erdogan, recién salida de prisión, acerca de la represión, el totalitarismo y la literatura

Andrés Mourenza

En Grecia y Turquía
02 de Marzo de 2017

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Sus ojos se debaten inquietos y verdes entre el cigarrillo, el vaso de té y cualquier ruido inesperado procedente de la calle. Ha pasado poco más de un mes desde su liberación, pero algo de su ser no ha logrado escapar de la prisión a la que el pasado 17 de agosto fue confinada bajo la acusación de “conspirar contra la unidad e integridad del Estado” y de “fundar o dirigir una organización armada”. Se enfrenta a cadena perpetua: está en libertad a la espera del juicio final. Una imputación que ella misma, que se define como una escritora existencialista, no alcanza a comprender. Ciento treinta y seis días de cárcel que se hacen visibles en su rostro cansado, de una belleza ajada por sus fantasmas interiores. En la quietud de la noche estambulí, continúan asaltándole terribles pesadillas, y quienes más la conocen explican que aún sufre ataques de ira y ansiedad. Le asusta la calle, la multitud, y da respingos cada vez que pasa a su lado alguno de los miles de policías fuertemente armados que patrullan las avenidas de la Turquía en estado de emergencia.

1. Una escritora entre partículas de Higgs

Asli Erdogan (Estambul, 1967) fue definida hace unos años por la revista francesa Lire como un “clásico contemporáneo” y su obra ha sido traducida a una decena de lenguas (todavía no al español). En su infancia y adolescencia, desgarrada por la traumática separación de sus progenitores, buscó el alivio entre los libros, y, sin embargo, las humanidades no fueron su primer destino profesional. Tras estudiar Ingeniería Informática y Física en la prestigiosa Universidad del Bósforo, formó parte del equipo del Consejo Europeo para la Investigación Nuclear (CERN) que años más tarde dio con el bosón de Higgs, bautizado como “la partícula de Dios”.

Miguel Ángel Sánchez

¿Por qué abandonó lo que parecía una prometedora carrera científica?

Fue mi propio desarrollo personal. Cuando residía en Ginebra trabajaba en el laboratorio durante catorce horas y al regresar de noche a mi pequeña habitación escribía hasta la madrugada. Necesitaba escribir. Así nació Mucizevi Mandarin [El mandarín prodigioso], un libro que jamás pensé que se publicaría, pero que ya está traducido a ocho lenguas.

¿Cómo ha influido la física en su visión de la vida y en su escritura?

Muchísimo. Antes solía lamentarme por no haber estudiado Ciencias Sociales, porque cuando comencé a escribir había muchas cosas sobre las que notaba que no sabía nada y tenía que aprenderlas por mi cuenta, pero al cabo de los años me reconcilié y me dije que hice bien en estudiar física, ya que aporta una visión diferente. De hecho creo que no hay nada que mate más al escritor que estudiar literatura. Porque la física, al menos en mi caso, es lo que ha alimentado mis ganas de saber, de investigar las causas de las cosas.

¿Hay espacio para dios entre las partículas elementales?

Yo pienso que no hay que mezclar la física y la religión. No se puede llegar a la existencia de dios a través del método científico o el pensamiento racional. A mí me encanta leer textos religiosos y mitológicos, porque aportan cierto significado a la existencia. Pero los leo como metáforas literarias. De hecho, una de las razones por las que abandoné la Física fue que, aunque se hacía preguntas interesantes, no era capaz de responder a las preguntas que yo me hacía y que tienen que ver con la razón de la existencia. ¿Por qué el ser humano, pese a saber que se enfrentará a la muerte, continúa viviendo y de qué forma aspira a hacerlo consciente de su mortalidad? Me dediqué a buscar esas respuestas en la literatura.

2. En prisión no crecen las flores

Al optar por la literatura como forma de vida, Asli Erdogan decidió también comenzar a escribir columnas semanales en la prensa, que en Turquía suelen ser algo más que meros artículos de opinión. Primero lo hizo para el diario progresista Radikal —hoy desaparecido— y posteriormente en el prokurdo Özgür Gündem, recientemente clausurado y con muchos de sus periodistas y editores procesados. Como en sus libros, cuyo fondo es el debate existencial entre la vida y la muerte, la escritora turca eligió para sus artículos en prensa tratar cuestiones espinosas —los presos, los reprimidos, los marginados— aunque centrándose en las tragedias personales de las víctimas. Uno de sus temas preferidos era la cárcel: “Quizá debido a mis traumas pasados, a que psicológicamente me siento encerrada”. Y de repente, el 17 de agosto, como si de una novela surrealista se tratara, se vio devorada por el objeto de su escritura, y apareció en una minúscula celda de castigo.

¿Cómo fueron esos primeros días de detención?

Terribles. Me mantuvieron en una celda de confinamiento durante cinco días. Hasta el cuarto no me permitieron salir de ella, y solo podía hacerlo durante una hora. Es una medida que solo aplican a los presos más peligrosos. Supongo que lo hicieron para ponerme a prueba. Fue horrible. Hacía meses que no habían limpiado la celda y se acumulaba la inmundicia… No me dieron nada para limpiar o lavarme, ni una toalla ni un mísero jabón. Del grifo fluía un agua amarillenta, pero durante los dos primeros días no me suministraron agua embotellada [el agua corriente de Estambul no es saludable] pese a que las normas indican que cada preso tiene derecho a un litro y medio diario. Eso sí, en cuanto amenacé con abrir un juicio contra las autoridades penitenciarias y trascendió a la prensa que se me negaba el agua, lo cual es una forma de tortura, el trato cambió. Y a medida que la presión internacional se hizo más fuerte, el trato mejoró muchísimo. Al quinto día me trasladaron a un módulo, junto a otras presas. En Turquía existe la norma de que los presos acusados de delitos criminales no se pueden mezclar con los presos políticos, aquellos acusados de terrorismo. Así que me ofrecieron encerrarme en un módulo junto a presos de organizaciones de izquierdas como el DHKP-C [grupo armado Partido-Frente Revolucionario de Liberación del Pueblo] o en uno del PKK [el grupo armado Partido de los Trabajadores del Kurdistán]. Elegí el último. El módulo del DHKP-C es atroz, las reglas comunales que se autoimponen los presos son muy severas y quienes no las cumplen son castigados.

[Una anciana se acerca a la mesa de la terraza de un café apartado del bullicio en el que se desarrolla la entrevista. Con vocecita lastimera mendiga una limosna. “Desde hace dos días no he podido hacer té”. Asli se conmueve y le desliza un billete de cinco liras.]

Siempre me ha gustado más el café, pero en la cárcel el té era todo un ritual. Algo casi sagrado. Se hace té cinco veces al día. A las ocho de la mañana, a las doce, a las cuatro de la tarde, a las seis y a las diez. Cada día, una de las reclusas se encarga de la guardia y de hacer el té. Se levanta a las siete, y a las siete y media calienta la tetera. Cuando faltan dos minutos para las ocho, hora en la que suena el estruendo horrible de la megafonía llamando a las reclusas a prepararse para el recuento, la que está de guardia sale al patio y grita Hevallo chai amadee!” [“¡Compañeras, el té está listo!”, en kurdo]. Así me despertaba cada día.

¿Quiénes eran sus compañeras de prisión?

En nuestro módulo éramos 24, todas kurdas menos tres que éramos turcas. Nueve o diez cumplían condena y reconocían abiertamente ser miembros del PKK, la mayoría habían estado implicadas en la guerrilla. El resto estábamos en prisión preventiva en espera de juicio, desde Necmiye Alpay, de setenta años [lingüista y escritora detenida junto a Asli Erdogan], hasta una chica de veinte años, una kurda de Alepo que había huido de Siria por la guerra y un día, en Turquía, fue detenida como sospechosa de terrorismo. Su historia me entristecía mucho: era un niña que ni siquiera tenía ideas políticas.

[Sobre un cuaderno, Asli Erdogan boceta el módulo de la Cárcel de Mujeres de Bakirköy en la que estuvo presa. Una galería de celdas sobre otra; seis celdas dobles en cada una; la sala común con dos mesas y sus veinte sillas de plástico; la ducha, el frigorífico y el samovar. Y, finalmente, el patio: “El patio es minúsculo y está rodeado por muros altísimos, cubiertos de alambre de espino. Así que cuando miras hacia arriba solo ves un trozo de cielo de seis por ocho metros. Eso es todo lo que ves”.]

¿Qué es lo que más echaba de menos?

En la cárcel una echa de menos las cosas más básicas. Durante los primeros días, sobre todo a la gente más cercana. Yo echaba de menos a mi madre y eso que no soy una persona muy apegada a la familia. Por culpa del estado de emergencia han cambiado las normas en las prisiones: antes designabas a tres personas que te podían visitar, ahora solo se permiten las visitas de familiares de primer grado. Por ejemplo, yo no tengo relación con mi padre, no tengo marido ni hijos, no tengo hermanos, y solo podía visitarme mi madre, que es una señora mayor que no podía venir todas las semanas hasta la cárcel. A Necmiye Alpay solo le quedan dos hermanos vivos, uno en Alemania y otro en Estados Unidos. Y las visitas no son solo importantes por el apoyo psicológico, sino porque son tu unión con el mundo exterior. Son quienes te traen ropa y dinero. Toda relación con el mundo exterior se reduce a tu abogado y a quienes te visitan. Otra de las cosas que echa de menos la gente es la tierra, porque allí es todo de cemento. Las puertas son de hierro y las paredes de cemento pintado de blanco. Hay poca luz y no hay alfombras ni cortinas. No ves flores, porque están prohibidas. No hay árboles. Solo cemento. Pero las chicas tienen un sistema para cultivar plantas. Primero fabrican la tierra con los posos del té. Los dejan secar durante días al sol. Luego los mezclan con trozos de cáscaras de huevo cocido, que aportan nutrientes. Encuentran alguna semilla, la cubren de esa especie de tierra y esperan con ansia a que crezca la planta. Pueden quedarse horas mirándolas. Las cuidan como a sus hijas, las sacan al patio a que les dé el sol. Cada dos semanas hay registros de las celdas y las reclusas esconden sus plantas como pueden. Pero aunque se libren en el primer registro, o en el segundo, al final siempre terminan descubriéndolas. Uno de los sucesos más trágicos que vivimos fue cuando las guardianas se llevaron una planta de albahaca que no medía más de cinco centímetros y que una reclusa había escondido en el retrete. Imagínate, una chica que ha estado en la guerrilla, una mujer muy dura… por lo único que la vi llorar en todos esos meses fue por esa planta. Lloraba como una niña. Porque esa planta es el símbolo de todo lo que te han arrebatado, de las montañas, de los mares, de los bosques…

Estamos hablando de un módulo donde la mayor parte de las reclusas no han sido condenadas y probablemente parte de ellas sean inocentes de los delitos que se les imputan. Pero son encerradas en una cárcel donde quienes manejan las actividades son seguidoras declaradas del PKK. ¿No es eso un boleto seguro a que se conviertan en miembros del grupo?

Por supuesto. El sistema de prisiones turco produce militantes del PKK. Te meten en la cárcel de forma injusta, simplemente por ser kurda. Por ejemplo, estaba el caso de una joven kurda, hija de una familia muy humilde, que trabajaba de enfermera para pagarse los estudios de doctorado. Hace un año recibió en el ambulatorio el caso de un vecino suyo que había quedado paralizado por el disparo de un policía. Ella, como era su deber, lo notificó a su superior, un doctor que la denunció y, por ello, la acusaron de terrorismo, mientras el policía que dejó paralítico a aquel hombre sigue libre. La cárcel te endurece, te vuelve más agresiva. Y son militantes del PKK quienes te ayudan, te dan clases y te protegen… ¡hasta la persona que más odie al PKK sale de allí siendo del PKK!

Les decía a mis compañeras que sería incapaz de soportarlo y que me suicidaría, pero ellas me respondían que si lo hacía, las hundiría.

¿Qué fue lo más duro en la cárcel?

El frío. Era insoportable. Durante las 24 horas estábamos a diez grados. Vestía una camiseta térmica, dos jerséis de lana, y encima una chaqueta… iba hinchada como una pelota pero aun así seguía teniendo frío. Puedes adquirir mantas extra pero no hay edredones, están prohibidos. Yo sufro de la enfermedad de Raynaud, y debido al frío la sangre deja de fluirme a las manos. Pedí guantes pero me los negaron, porque en caso de que asesinase a otra presa no podrían tomar mis huellas dactilares. Así que siempre encuentran una excusa para prohibir algo. ¿Por qué están prohibidos los edredones? Porque dicen que los presos les prenden fuego. Pero también las mantas arden. No tiene sentido.

¿Cómo sobrellevó esos cuatro meses de prisión?

En la cárcel, la solidaridad entre las presas es lo único que te permite seguir adelante. De otra forma no lo podrías soportar. El que está dentro se siente muy solo. Han roto sus lazos con sus padres, sus familiares, sus seres queridos. Así que los lazos que se establecen con la gente dentro de la cárcel son muy profundos. Cuando te abrazas con alguien, estás abrazando a tus padres, a tus hijos, a todos los que no están, a todos los que quieres. Es una sensación diferente. Si hay alguna deprimida, todas la apoyan. Una chica de nuestro módulo se torció el tobillo, y todas se desvivían por cuidarla. Era la primera a la que se le servía la comida; la llevaban a hombros cuando había que moverla.

Dijo en una entrevista con el diario Hürriyet que llegó a pensar en el suicidio.

Los primeros días tenía la moral por los suelos. Les decía a mis compañeras que sería incapaz de soportarlo y que me suicidaría, pero ellas me respondían que si lo hacía, las hundiría. “Aquí tenemos una vida en comunidad, unas estamos unidas a las otras —me decían—. Aquí tu vida no es solo tuya, la vida de cada una es también la de las demás”. Lo discutimos durante bastantes días porque yo argüía que suicidarme, prescindir de mi vida, era derecho mío. Pero me hicieron pensar y finalmente entendí que fantasear con el suicidio ante ellas, que tanto luchaban por cosas tan pequeñas como poder criar una planta de albahaca, era muy infantil. Vi el daño que les podía hacer a través de una chica condenada a nueve años de cárcel con la que compartía mis cigarrillos. Una mañana vino con el gesto descompuesto. No podía hablar. Acababa de saber que una antigua compañera de celda se había suicidado en la prisión de Bursa. Durante una semana estuvo como ausente. No volvió a hablar del tema.

3. Kafka ante el tribunal

Miguel Ángel Sánchez

El dueño de la cafetería trae más café y té a la mesa. Mira a la escritora a los ojos: “Nos alegramos de que esté libre. La hemos echado de menos, maestra”. Ella sonríe entre tímida y avergonzada. No está acostumbrada a la notoriedad. En las últimas semanas las muestras de cariño de gente a la que no conoce se suceden en la calle, lo que, sin duda, le da fuerzas para batallar por su caso. Pero también hay quienes la reconocen y la tratan despectivamente: son quienes la consideran, como alega la acusación, una terrorista. Si se llamase Josef K. no cabría duda de que los últimos meses de la vida de Asli Erdogan han sido escritos por Franz Kafka. El 17 de agosto, cuando la policía se la llevó detenida, desconocía el porqué; más tarde se le anunció que la Fiscalía le imputaba los cargos de “conspirar contra la unidad e integridad del Estado” (artículo 302 del Código Penal Turco), por el que se enfrenta a una petición de cadena perpetua agravada; “fundar o dirigir una organización armada” (art. 314) y “propaganda en nombre de organización terrorista” (art. 7 de la Ley Antiterrorista), por los que podría ser condenada hasta a 17 años y medio de cárcel. Pero ella dice que jamás ha escrito novelas políticas y, aunque en sus columnas haya tratado la cuestión kurda y las violaciones de derechos humanos, jamás ha simpatizado con la lucha armada del PKK. Más aún: no se la acusa por sus novelas o sus artículos —“¡ojalá fuese por ello, entonces podría defenderlos palabra por palabra!”—, sino por formar parte del Consejo Asesor del diario prokurdo Özgür Gündem. Todo ello pese a que el director del diario explicó ante el juez que tanto ella como el resto de miembros de dicho consejo lo eran a título honorífico y no tenían ningún cometido en la dirección del rotativo.

¿Piensa que los propios fiscales creen en las acusaciones que le han hecho?

No. El 302 y el 314 son artículos muy particulares por los que se condena a los fundadores de organizaciones terroristas. Es, que yo sepa, la primera vez en la historia de Turquía que se imputan estos cargos a periodistas y directivos de un diario. El segundo escándalo es que nosotras [las integrantes del Consejo Asesor procesadas] no dirigimos el periódico. Cuando empecé a escribir columnas para Özgür Gündem sabía que ello me podría acarrear problemas, pero hasta ahora no me habían abierto un solo proceso judicial por mis artículos. La Ley de Prensa es muy clara respecto a las responsabilidades penales. En su artículo 11 afirma que si el autor de un artículo es evidente, él es el responsable ante la ley; en caso de que no lo sea, el responsable es el director del diario, pero no se puede encausar por ello a una tercera persona. Entre 2011 y 2016, se iniciaron cientos de procesos contra artículos de Özgür Gündem y contra el propio periódico, pero ninguno nos rozó a nosotras porque el Estado sabe que no somos las responsables de la política editorial. Mi estilo de escritura es la prosa poética. Es duro, estrecho: es una literatura marginal y, de hecho, me han rechazado en varias editoriales. Así que imputar a una novelista existencialista que escribe para un público tan minoritario el poder de derribar el orden establecido solo podía hacerlo un Estado tan ignorante como el de Turquía. ¡Que lean al menos cinco páginas de una de mis novelas y se darán cuenta de que mi búsqueda vital no tiene nada que ver con organizaciones armadas!

Entonces, ¿por qué cree que ha sido imputada?

Es un caso político de principio a fin. Debió de haber una orden desde arriba para que se me imputase, pasándose por el aro la Ley de Prensa. En el sumario de acusación ni siquiera se dice que yo maneje el diario en secreto o se presenta alguna prueba sobre mi supuesta afiliación al PKK. No, la única prueba para sus acusaciones es “su nombre aparece en el Consejo Asesor del diario”. La lección que nos quieren dar es: “Vosotros, los intelectuales turcos, la burguesía turca, no os mezcléis en estos temas, porque si a las guerrilleras las condenamos a diez años de cárcel, a vosotras os impondremos la perpetua”.

¿Confía en que el juicio contra usted acabe en absolución?

No estoy segura. Creo que el Estado sabe bien que acusarme por el 302 y el 314 es una estupidez, pero también que si me absuelve de todos los cargos tendría que pagarme una indemnización extraordinaria por haberme tenido en la cárcel cuatro meses. Por eso es probable que terminen condenándome por “propaganda terrorista” a uno o dos años de cárcel, y así se ahorrarán pagarme la indemnización. Antes teníamos una Constitución y unas leyes con muchos fallos, pero había un sistema que funcionaba según unas reglas. Ahora todo depende de los amigos que tengas o de quién sea tu enemigo. No confío lo más mínimo en el sistema judicial. El actual juez me escuchó durante el juicio, pero podrían cambiarlo, podrían incluso arrestarlo. Hay 2.500 jueces detenidos. Hay jueces a los que han ido a detener a la propia sala de juicios en la que impartían justicia. Solo tengo esperanza en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pero terminará bloqueado porque miles de turcos han apelado ante él.

Ahora que ha sido excarcelada, ¿se siente usted libre?

Por supuesto que no. Me han requisado el pasaporte y no puedo salir del país a la presentación de la traducción de mis novelas en Estados Unidos y Portugal. Tampoco puedo ir a recoger los premios que me han otorgado en Alemania, Holanda y Austria. Cientos de miles de pasaportes han sido confiscados, incluidos los de los cónyuges e hijos de los investigados, algo que nunca había ocurrido en Turquía. Y se les incautan sus propiedades, lo que hacían los nazis con los judíos. En el capitalismo la propiedad privada es sagrada: puedes colgar a un hombre pero no quedarte con su cuenta bancaria si no ha cometido un delito económico. Claro que estar fuera es mejor que estar en prisión, pero esta es una falsa libertad. Gente que conozco, especialmente aquellos que trabajan en grandes medios de comunicación, no duermen hasta las cinco de la mañana, porque están esperando que la policía vaya a su casa a buscarlos y generalmente vienen a detenerlos de madrugada. Yo misma tengo miedo de que vuelvan a meterme en prisión. Una palabra equivocada durante una entrevista y… otra vez adentro.

Miguel Ángel Sánchez

4. Manual para el nuevo líder del Estado Irracional

Cuando fue procesado hace una década, el premio Nobel Orhan Pamuk decía que parece escrito en el destino de todo intelectual turco pasar por los tribunales o la prisión…

En prisión eché cuentas sobre el número de escritores que fueron encarcelados en Turquía en los siglos XX y XXI. Me salieron 150, aunque seguro que me dejé a algunos: serán unos 200. Es una cifra muy alta, probablemente no hay otro país al margen de los Estados totalitarios como la URSS de Stalin, la Alemania nazi y China que haya encarcelado a tantos intelectuales. Normalmente los países que son muy nacionalistas, como lo es Turquía, reverencian a los escritores en su lengua. Pero Turquía les guarda un rencor que asusta. Nazim Hikmet, Aziz Nesin, Yasar Kemal, Orhan Kemal, Kemal Tahir… prácticamente todos los grandes escritores turcos hasta la década de 1980 pasaron por la cárcel. Ahora de nuevo se vuelve a ir a por los escritores como yo, o como Ahmet Altan o Ali Bulaç. O Ahmet Sik y Can Dündar, que han escrito libros, aunque fundamentalmente sean periodistas. La gente, cuando piensa en un Estado totalitario, se imagina el que pinta George Orwell en 1984, pero no hace falta tanto. Lo primero que hace un Gobierno totalitario es crear una generación de intelectuales afines a la vez que margina a los opositores. Luego, encarcelando a uno o dos consigue amedrentar al resto. No le hace falta meter a todos en prisión.

En una reciente entrevista publicada en el diario Cumhuriyet, el escritor y compositor Zülfü Livaneli dice sentirse como en la Alemania nazi: “Algunos intelectuales intentan resistir. Otros, para poder seguir trabajando, buscan adaptarse al régimen”.

Sí, una parte intenta llegar a arreglos con el régimen, otros se callan y unos pocos resisten. Algunos de los que han buscado un compromiso son gente que yo conocía. Se han convertido en lameculos, se hacen pasar por religiosos cuando eran gente a la que conozco de Beyoglu [el barrio de Estambul donde se concentra buena parte de los bares y el ocio nocturno].

Probablemente no hay otro país al margen de los Estados totalitarios como la URSS de Stalin, la Alemania nazi y China que haya encarcelado a tantos intelectuales

Hay quienes arguyen que la victoria de Donald Trump en Estados Unidos responde a una venganza de las clases populares contra unas élites que se han olvidado de ellas, incluidas las élites intelectuales. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, también se presenta de la misma manera, como un líder del pueblo contra el establishment.

No me solía gustar defender que los intelectuales están por encima del bien y del mal, pero hemos llegado a un punto en el que se defiende la incultura y la ignorancia de tal modo que me revuelve el estómago. Creo que tenemos derecho a pedir un poquito de respeto al menos por las novelas, las obras de arte… Erdogan se siente muy cómodo dentro del discurso del pueblo contra la élite y, de hecho, lo ha profundizado pero de una forma muy simplista y fomentando el sentimiento de venganza. Ahora se ha pasado de moda explicar las cosas desde una perspectiva de clase, explicar que quien oprime al pueblo no somos nosotros, los intelectuales, sino los ricos. No importa tampoco que Erdogan sea uno de los hombres más ricos del mundo: el líder populista se identifica con el pobre, el oprimido, aunque no lo sea. Este tipo de líderes extrae su fuerza del hecho de hacer olvidar a la gente quién es realmente quién les oprime y cuáles son las causas reales de esa opresión. El minero que muere no sabe o no quiere saber que la culpa es de las leyes hechas por el gobierno de Erdogan [en el poder desde 2003]. Y lo sigue votando.

5. La pulsión de la oscuridad

Otro de los temas que trata en sus novelas y artículos es la dominación masculina del espacio público, algo que en Turquía han denunciado muchas otras escritoras. Y después del golpe de Estado, hay aún una presencia más masculina y opresiva de los seguidores del Gobierno.

Hemos vuelto al periodo de mi adolescencia, a los años ochenta, cuando las calles estaban vetadas a las mujeres. En los últimos veinte años esa situación estaba resquebrajándose, pero está claro que la histórica y profunda dominación masculina de la calle no la puedes romper en dos décadas, es una estructura que vive dentro de nosotros, también de las mujeres. El AKP ha incrementado el uso de un lenguaje denigrante para la mujer: ten tres hijos, prohibamos el aborto, prohibamos la cesárea… Y creo que no es casual que en mi proceso se haya imputado sobre todo a mujeres, es una forma de decirnos: “Tenéis que saber que vuestro lugar es el hogar y estas son cuestiones de hombres”. ¿Por qué el AKP está tan enfadado con las mujeres? Piensa en los símbolos de la revuelta de Gezi: la anciana del tirachinas, la mujer de rojo… Al AKP le puso de los nervios que la mujer turca saliese a la calle y se enfrentase a la policía. En mis obras, especialmente en Kirmizi Pelerinli Kent  (La ciudad del manto carmesí), utilizo un lenguaje bisexual. Hay quienes han llegado a creer que yo era un hombre que escribía amparándome en un nombre de mujer porque los temas que trato (la cárcel, la tortura, las calles, la autodestrucción, la locura) son temas reservados a los hombres. De hecho, esa es mi especialidad, tengo cierta capacidad para mirar a los ojos a lo más oscuro de la vida. Quizá por ensuciarme con esos temas esta sociedad nunca me ha aceptado completamente.

¿Por qué son esos los temas recurrentes de su literatura?

No lo sé… [enciende un cigarrillo, aspira el humo y reflexiona] De verdad, no lo sé. ¿Por qué siempre elijo temas extremos y pesados? Puede que sea por mí, por mi infancia, por los traumas que he sufrido, porque psicológicamente me siento encerrada. Pero al mismo tiempo forma parte de una elección: mezclar los temas más sagrados con los más crudos y terrenales. Tomar algo sucio, duro, hiriente, y describirlo de la forma más elegante y fina. O lo más sagrado de la forma más sucia. Porque así es el mundo, una cosa está dentro de la otra. Algunos de mis personajes están completamente despojados de atributos, son un grito, un sonido. Me gusta desnudarlos completamente y ver lo que queda: sus traumas, sus experiencias… Es algo arriesgado, como por ejemplo hablar por boca de un loco, es un tema que te puede explotar en las manos, quedar barato y risible. Mientras escribía Tas bina ve digerleri [El edificio de piedra y otros lugares] me preguntaba hasta dónde podía escribir sobre la tortura. Creo que la literatura se debe parar en algún sitio, a las puertas de la sala de torturas o a la puerta del campo de concentración.

Es de noche en la prisión, se oye un grito y te preguntas de dónde sale. ¿Es un animal, un humano, un muerto?

Pero por ejemplo, una de las escenas más impactantes de 1984, el momento definitivo de la novela, es la tortura…

Cierto, es probablemente una de las escenas de tortura más efectivas de la literatura. Pero se ve claramente que es ficción. Es una metáfora terrible y muy acertada sobre cómo arrebatar completamente la personalidad a un ser humano. Pero solo hay esa. Si el libro hubiese estado lleno de escenas de tortura, no sería tan conmovedor. Si te excedes en el tema de la tortura, al final escribes pornografía y, además, gastas el tema. En Tas bina... recorro esos límites. Es de noche en la prisión, se oye un grito y te preguntas de dónde sale. ¿Es un animal, un humano, un muerto? Porque entre los personajes hay un loco que es el que nos lleva a través de los pasillos de la cárcel, y también un ángel que ha transitado por todas las noches del mundo y ha quedado atrapado aquí. El ángel… [unas lágrimas afloran en sus ojos y calla un instante]. El otro día me ocurrió lo mismo en otra entrevista. No lloro por otras cosas, pero cuando menciono al ángel…

Quizá para usted ese ángel es el equivalente a la planta de albahaca de aquella otra presa, su nexo de unión con la vida anterior a la prisión…

Quizá… Maldita sea… [enjuga sus lágrimas]. En prisión pensé mucho en el ángel. Porque cuando escribí aquel libro no había estado en la cárcel y ahora, en cambio, sí. Sé lo que es.

¿Merece la pena todo este sufrimiento, las constantes caídas, la cárcel, la represión? ¿Tiene sentido la vida?

“No puedes darle sentido a la vida. Es la vida la que te da sentido a ti”, dice una bella canción brasileña. Está claro que la vida no tiene un significado por sí misma, sino el que te pueda dar o puedas darle. Por eso siempre he defendido el derecho al suicidio [ríe]. Kirmizi Pelerinli Kent trata de eso… La vida tiene un cierto carácter sagrado por un lado, pero amar la vida no es un deber. Lo que hace sagrada la vida es el hecho de saber que le seguirá la muerte. Es quizás ese pesado mazo que pende sobre nosotros el que nos da sentido.

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