Nuria López Torres

En busca del amor imperfecto en Irán

Agencias de búsqueda de parejas, encuentros en cafeterías o sesiones colectivas afloran en el país de los ayatolás

Nuria López Torres

Fotógrafa documentalista

Catalina Gómez Ángel

Periodista
14 de Febrero de 2019

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Es una casa como las demás en un barrio de clase media del este de Teherán, con un muro que evita que la gente fisgonee desde la calle. En una sociedad obsesionada por esconder el mundo íntimo y guardar las apariencias, estos muros se han convertido en el símbolo de las múltiples máscaras que los iraníes aprenden a ponerse desde su infancia. Podría argumentarse que es un acto de supervivencia, pero tiene grandes consecuencias. Sobre todo a la hora de construir una relación sentimental, algo tan deseado como esquivo para los iraníes, especialmente los jóvenes.

Lo sabe bien Mahsa, de 29 años, que esta mañana cruza el jardín delantero de esta casa y se quita los zapatos antes de entrar por la pequeña puerta que la arrojará a un universo impensable desde fuera: decenas de mujeres que corretean llevando en la mano formularios con fotos y que hacen preguntas tan intimidantes como ¿qué tipo de música escucha: occidental o tradicional?, ¿usa chador o hejab?, ¿busca irse fuera del país?, ¿es divorciada, viuda o soltera?, ¿tiene casa propia?

“En nuestra sociedad la gente muestra una cara al comienzo, pero cuando los conoces mejor te das cuenta que no eran lo que decían ser”, explica la joven Masha, que parece sorprendida con lo que se ha encontrado en este lugar dedicado a formar parejas, una especie de match makers o de Celestina moderna, al que ha llegado por recomendación de una amiga. Hasta ahora nunca había estado interesada en casarse. Por eso nunca se había relacionado con chicos como algo más que amigos: ni cuando estudiaba diseño gráfico en la universidad, ni cuando empezó a trabajar en distintos estudios de diseño.

“Muchos en la familia me querían para sus hijos, pero yo siempre le decía a mi madre que les dijera que no, que no estaba interesada”. Ahora ha cambiado de opinión. Está cerca cumplir los 30 y ha decidido que quiere casarse, pese a que las experiencias que tiene a su alrededor no han sido exitosas: sus dos hermanas casadas tienen grandes problemas tanto económicos como de entendimiento con sus parejas. Aun así, se ha embarcado en la tarea de buscar a alguien a cuyo lado, dice, pueda crecer.

Esta especie de oficina de búsqueda sentimental en la que se encuentra la creó hace una década Malakeh Moghadam, una mujer que ya ha superado la sesentena, cuando se dio cuenta de las dificultades de las nuevas generaciones para encontrar pareja. Cuenta en esta labor con el apoyo de voluntarias: son ellas las que preguntan a Mahsa por el rango de edad del hombre que busca —siete años mayor que ella sería lo ideal. Minutos después, le entregan un cerro de fichas de más de un centenar de candidatos. Su archivo, que actualmente han digitalizado y también se encuentra en su página de Telegram, está conformado por más de 6.000 aplicaciones que dividen por edad y nivel de educación de los aplicante.  Azadeh, también de 29 años y que forma parte del grupo de más de cuarenta voluntarias, se sienta a su lado para guiarla. Discute con ella sobre cada candidato y Mahsa los va descartando rápidamente.

—¿Por qué ha descartado éste? —le pregunta señalando a uno de los chicos, de aspecto atractivo.

—Porque no me gusta el lugar donde vive y no tiene casa propia.

—¿Y este? —dice refiriéndose a un hombre sonriente, de 35 años y que en la foto aparece con vaqueros y una cazadora de gamuza color café. A simple vista, parece alguien que se ajustaría al mundo de Mahtab.

—Porque busca a una mujer chadorí (como se conoce a aquellas que visten el chador negro tradicional).

Las fotos y las fichas con la información de cada uno de los novios que contraen matrimonio decoran las paredes de la oficina de Malakeh Moghadam.Catalina Gómez

Mahsa está lejos de ser chadorí. A diferencia de muchas de las mujeres que visitan hoy la casa, y que van cubiertas con la tela negra de uso corriente entre las mujeres más religiosas y tradicionales, ella viste una gabardina roja y un pañuelo verde. Y ha llegado sola: el resto están acompañadas por sus madres o hermanas. También abundan las mujeres mayores que vienen a hacer la búsqueda en representación de sus hijos varones. Son ellas las que rellenan los formularios por ellos y se encargan de analizar ficha por ficha hasta encontrar, si tienen suerte, a la candidata ideal. Una vez seleccionadas, entregan las fichas elegidas a las encargadas. A partir de ahí comienza el proceso de contactar con las jóvenes. Si ellas aceptan, podrán conocer al hombre que ha mostrado interés por su ficha. Un sistema no tan diferente al de Tinder o Happn, aplicaciones cada vez más famosas entre un reducido sector de la sociedad conectado con el resto del mundo y a las que solo se puede acceder gracias a una conexión VPN, que permite visitar páginas bloqueadas.  

“Ahora este trabajo es más necesario que antes”, explica la señora Moghadan, que camina de un lado a otro del salón. Las mujeres buscan cualquier espacio para sentarse, muchas veces en el suelo, y para analizar cada una de las fichas. Siempre con una tableta y un teléfono en la mano —en los que tiene como pantalla de fondo la foto del líder supremo iraní, Alí Jamenei—, Moghadan cuenta que antes los jóvenes aceptaban lo que sus familias eligieran por ellos: todo era mucho más acorde con la cultura oriental y religiosa, dice. Pero ahora buscan patrones más occidentales. Las mujeres son en su mayoría universitarias y buscan hombres que cumplan sus aspiraciones: que tengan el mismo nivel de estudios que ellas —máster o doctorado, en algunas ocasiones—, vivienda propia, que les guste viajar, que sean activos o vivan en un sector determinado de la ciudad.

Una mujer se maquilla a la entrada de una estación de metro en la Plaza del Teatro en Teherán mientras un hombre la mira. Ella está esperando la llegada de su novio.Nuria López Torres

¿Y ellos? Yalda, una estudiante de Arquitectura de 33 años que trabaja como fotógrafa, cree que los chicos ya no buscan el modelo de mujer “tradicional” de antes. “Quieren un cuerpo, una cara bonita y pasarlo bien”, dice Yalda, que estuvo a punto de contraer matrimonio hace ocho meses. Lo canceló al descubrir que su novio ya estaba casado. Es fácil mentir y ocultar la realidad en esta sociedad, dice.

“Cada vez es más difícil encontrar la persona correcta. Aquí hacemos una investigación previa”, dice la señora Moghadam, que ha sacado un par de minutos de su ajetreada agenda para sentarse frente a una de las mesas y tomar un té. “El islam dice que cuando uno ayuda se te compensará no solo a ti, sino al resto de tu familia”, explica para justificar su trabajo, que es ad honorem. Cobra tan solo 10.000 tomanes por persona —menos de 1 euro—, que sirven para cubrir gastos de papelería, internet y teléfono.

Alrededor de la mesa donde nos sentamos hay varios escritorios donde trabajan sus colaboradoras. Algunas se encargan de rellenar los datos de las recién llegadas, otras de buscar las fichas que entregan a quienes vienen en busca de candidatos o candidatas y otras de analizar datos que tienen en el sistema para encontrar combinaciones, que, de acuerdo con los perfiles, consideran que podrían funcionar.

De las paredes que nos rodean cuelga la mejor propaganda del trabajo de la señora Moghadam: corazones rosas recortados en papel silueta y adornados con fotos de las parejas que han contraído matrimonio en los últimos meses. “Cuarenta y seis en los últimos seis meses y esos son solo de los que nos enteramos. Muchos de ellos nunca nos informan”, dice con orgullo. También hay carteles con información sobre otros lugares de la ciudad, especialmente mezquitas, donde se replica el modelo que ha puesto en marcha esta mujer, frecuente invitada de programas de televisión en los que habla sobre el matrimonio, que está en crisis en Irán.

Según la Asamblea Consultativa Islámica, el 25% de los matrimonios que se llevan a cabo en este país terminan en divorcio: el pasado año persa se registraron 174.000 separaciones. Esta cifra se incrementa en ciudades como Teherán, donde el número de divorcios llega al 40%. Esto se suma a que cada vez hay menos matrimonios, en medio de un panorama de problemas económicos que azotan especialmente a los jóvenes —el desempleo juvenil se encuentra alrededor del 27%—, la pérdida de interés por casarse bajo los estándares tradicionales, o la dificultad para encontrar a la pareja ideal.

Una pareja de recién casados en la sesión fotográfica. La fotógrafa y el novio arreglan el vestido de la novia, en una de las llamadas pequeñas ciudades al noreste de Teherán.Nuria López Torres

Otros, aquellos que provienen de familias más abiertas y tienen mayores oportunidades de socializar, han apostado por la convivencia: lo que se conoce a nivel local como “matrimonio blanco”. Aunque legalmente prohibido, cada vez es más popular entre ciertos sectores sociales. Existen subsidios que buscan incentivar los matrimonios, pero solo terminan accediendo a ellos aquellos cercanos al régimen. Además, la burocracia para su concesión es tan grande que solo unos pocos terminan por recurrir a esta alternativa.

Las fisuras del modelo

Marjane fue presionada para contraer matrimonio a los 19 años con un hombre de 33. Un día él llegó a su casa en el norte de Irán, acompañado de su hermana, para pedir su mano. Ella lloró, se negó, pero terminó aceptando por la insistencia de sus padres. “Querían que me fuera. La situación económica en mi casa era muy difícil y mi padre ya me había advertido de que no me dejaría ir la universidad, que era lo que yo quería”. Al principio, él le prometió decenas de cosas que realmente no podía cumplir, como llevarla a París.  

“Yo era muy joven y muy inocente. Me convencí de que si me casaba él me llevaría de viaje y me dejaría libertad para hacer lo que quisiera, para estudiar, para montar en bicicleta”, cuenta Marjane, que hoy tiene 39 años. Durante la conversación se le escapan constantemente las lágrimas, especialmente cuando recuerda los momentos más duros de sus años de matrimonio en Shiraz, en el sur de Irán, de donde era originario su marido. “A mí él no me gustaba; era muy flaco y tenía un tic en los ojos muy molesto”.

Una de las mayores pesadillas la vivió la primera noche, recuerda. Nadie le había contado lo que iba a pasar, así que al verlo desnudo frente a ella empezó a llorar. Tenía mucho miedo. Era evidente que él tenía experiencia, pero no estaba dispuesto a tener paciencia, ni a hablarle, ni a enseñarle. “Solo quería satisfacerse a sí mismo”. Quedó tan frustrada, dolida y violentada que cuando el hombre se durmió, Majane subió a la azotea del edificio con la intención de suicidarse. Pero para entonces él se había dado cuenta de su ausencia, y la encontró dubitativa sobre el muro.  “Yo gritaba y preguntaba por qué me habían obligado a hacer esto”, cuenta con lágrimas. Recuerda que al día siguiente su padre se arrepintió y le pidió que regresara con ellos al norte de Irán, pero ella, que se define como muy orgullosa, se negó. Su padre también había sido muy violento con ella en su infancia y decidió permanecer con su marido. Pasaría una década, tendrían una hija y afrontarían numerosos problemas y engaños antes de que ella pudiera separarse. Fue un largo proceso hasta que él aceptó ante los jueces la decisión de su mujer. Tras separarse, ella estudió Administración. Actualmente vive en Teherán y, después de muchos esfuerzos, le ha empezado a ir bien en su vida profesional, pero su vida amorosa sigue sin resolverse.

“La familia me sigue llamando para preguntarme si me interesa tal o cual persona. Hay quienes quieren presentarme a amigos, pero yo quiero conocer a alguien que haga un esfuerzo real por convencerme de que tengo que volver a confiar en los hombres”, explica Marjane, una mujer alta y delgada que, pese a las dificultades, conserva una belleza que no pasa desapercibida. Tanto es así que cuenta que uno de sus problemas es que atrae a hombres menores, que ella rehuye. “Yo quiero alguien que me apoye y si es joven, yo tendré que apoyarlo a él. Quiero retirarme y que alguien cuide de mí, no me interesa divertirme como buscan muchos”, dice mientras se toma una limonada con menta en una de las múltiples cafeterías abiertas en la ciudad en la última década.

El fenómeno de los cafés

Una pareja conversa en la cafetería del Fórum de los Artistas en Teherán.Nuria López Torres

Si años atrás los parques y las montañas eran la única opción para que las parejas que empezaban a conocerse se reunieran tranquilamente, hoy los cafés se han convertido en lugares de encuentro: son espacios donde muchos jóvenes logran interactuar y conocerse.

“Ahora ya es más fácil conocer gente, el problema es lo que viene después. Uno nunca sabe si lo que dicen es verdad; tener una doble cara es muy fácil y aún lo es más crear falsas expectativas. Pero principalmente el problema está en las familias. Cómo presentar una pareja a los padres, ahí es donde muchos jóvenes tienen el gran problema”, dice Marjane cuando hablamos de cómo la vida, en apariencia, es más fácil para las nuevas generaciones a la hora de conocer gente. Su opinión va en la misma dirección que la de la señora Moghadam, para la que cada vez es más común que los hombres tengan novias y aventuras pero que al final regresen a sus familias para que les ayuden a conocer la mujer “correcta”, que les de estabilidad y una vida tranquila. Esto incluye a muchos jóvenes adinerados, de familias tradicionales, que cada vez tienen más visibilidad y viven en un choque constante entre la tradición y la modernidad. Muchos tienen sus propios apartamentos, celebran fiestas y llevan una vida independiente; sin embargo, a la hora de casarse buena parte de ellos siguen las directrices maternas. Aunque sea para llevar luego una doble vida, algo bastante normal en Irán.

“Muchas de las parejas que se ven —dice señalando varias mesas alrededor— posiblemente terminen por ser relaciones platónicas porque no se atreverán a presentarlos en sus casas”, apunta Marjane. Ella tiene una hija de 18 años que vive con su padre —fue una de las condiciones de la separación—, y reconoce que no sabría qué consejo darle en este sentido.

“Nunca presionaría a mi hija para que se case de la manera que lo hicieron conmigo. Solo le podré decir que tenga mucho cuidado a la hora de elegir, pues hoy los hombres solo quieren divertirse y van buscando aventuras para tener sexo. Si se casa, que lo piense muy bien y lo haga con el corazón”, opina.  

Volver a las tradiciones

Pensarlo bien fue lo que hizo Maedé, una joven de 18 años que ha llevado a cabo todo el proceso que siguen las familias religiosas en Irán. Hoy está casada con un joven aspirante a clérigo que fue presentado a su familia por unos amigos. “La primera vez que lo vi pensé en decirle que no”, cuenta Maedé. Va cubierta con un chador estricto, incluso más que el de otras jóvenes chadoris, pues ella no deja espacio para que se le vea un pañuelo de color debajo del manto. Explica que jóvenes como ella siguen las enseñanzas de los clérigos y en cierto modo también del régimen, que al comienzo de la Revolución intentó que la mayoría de las mujeres acataran comportamientos tradicionales. Hoy en día solo los sigue un sector específico de la población.

“Lo importante es escoger bien y para eso hay que hacer muchas preguntas”, dice Maedé, que decidió contraer matrimonio con el aspirante a clérigo tras llegar a la conclusión de que tenían muchas cosas en común, especialmente la religión. Pero no fue un proceso rápido ni fácil: al contrario, primero se encontró con él un par de ocasiones en cafés frecuentados por jóvenes tradicionales y religiosos. Este café, en el que nos reunimos varias veces para hablar sobre el amor tradicional, está decorado con palmeras y pequeños detalles que intentan recordar los escenarios de la guerra contra Irak durante la primera década de la Revolución, en la década de 1980. En las paredes se ven fotos de las batallas y de los muertos. “Yo al principio no estaba muy convencida”, confiesa. En aquel entonces también conoció a otro joven que estudiaba para ser clérigo, esta vez del seminario de Qom, que había crecido en Alemania y tenía mejor situación económica que su actual marido.

Pero era demasiado serio: “Pensé que con él no podría ir a comer helado y que con el otro [por su marido actual] sí”, dice.

Finalmente, las familias de ambos les dieron permiso para contraer sigheh, un tipo de matrimonio temporal aprobado en el chiismo y que, en casos como el de Maedé, permite a los jóvenes que están empezando una relación pasar más tiempo juntos, estar cerca, cogerse la mano e incluso besarse. “Sexo no, no sería correcto”, enfatiza, aunque en teoría el sigheh sí permite mantener relaciones sexuales. Pero en casos como el de Maedé, en los que la decisión está consensuada por la familia, esto queda excluido. Esta modalidad del matrimonio temporal —muy criticada por un sector de la sociedad iraní— es utilizada por muchas familias tradicionales cuando sus hijos están en proceso de profundizar en una relación. Maedé esperó otros cinco meses tras el sigheh hasta realizar la ceremonia de compromiso, de apariencia similar a una boda. Ese día se quitó el chador y se vistió con un pomposo traje blanco sin mangas, se puso una tiara de brillantes y se maquilló como nunca antes en su vida. En las fotos que guarda en su móvil aparece con una gran sonrisa al lado de su chico, vestido con traje azul, camisa blanca sin cuello y la barba arreglada para la ocasión. “Ahora me gusta mucho, y eso es un nivel más alto que el amor”, dice Maedé. Para ella, el amor puede acabarse muy rápido, pero gustar de verdad a alguien es mucho más profundo, más cercano. En los próximos meses, cuando ambas familias hayan podido ahorrar lo suficiente para ayudarles a montar su propia casa, celebrarán el matrimonio oficial. Pero por ahora viven en casa de sus padres. “No puedo decir que soy totalmente feliz, mentiría, pero estoy agradecida a la vida”, dice.

Una pareja busca algo de intimidad en el bosque que se encuentra en el parque de Tabiat. Uno de los más frecuentados en la ciudad por los jóvenes.Nuria López Torres

La búsqueda frente a frente

La publicidad lo anuncia como un seminario, pero en realidad es una mezcla entre un lugar para encontrar parejas y un curso de relaciones sentimentales. Incluso se podría decir que es una versión moderna del negocio de la señora Moghadam. Aquí no hay fichas ni madres interviniendo por sus hijos: la identidad se revela desde el primer momento. La modalidad es la siguiente: en un salón comunal se distribuyen varias filas de sillas, unas frente a otras. A un lado se sientan las mujeres y al otro los hombres. No importa que la mayoría ya sean mayores y que algunos tengan varias décadas encima. Aún así se tienen que sentar separados, como ocurre en las mezquitas o en los estadios —eso cuando las mujeres reciben permiso para ver un partido disputado por hombres. Uno a uno los asistentes, que en este caso sí pagan por la sesión, se ponen de pie, hablan sobre su vida y describen el tipo de pareja que buscan.

“Quiero una pareja que no busque una vida cómoda. Alguien que se levante a las cinco de la mañana y venga a las montañas a caminar conmigo, o que después del trabajo quiera salir a un restaurante o al cine”, dice Somaye frente un auditorio variado. Hay hombres jóvenes, informáticos o trabajadores del bazar; de mediana edad, separados y ya con hijos; e incluso jubilados y viudos en busca de una pareja que los acompañe en el último tramo de su vida. Entre las mujeres el abanico es igual de variado, aunque sobresalen aquellas en la treintena con carreras y para quienes hasta ahora no había sido prioritario encontrar pareja, como Somaye. De sonrisa radiante y 31 años, es economista con un máster en Administración y desde hace varios años ocupa un cargo importante en una compañía de servicios.

Como ella, cada uno de los asistentes, a los que se les ha asignado un número, se pone en pie y repite el ritual de presentación. Entre uno y otro, el doctor Arman Davari, un psicólogo que años atrás creó este seminario bautizado como “Las sillas blancas” —sobre el que incluso se hizo una película—, les habla de los problemas que se afrontan normalmente a la hora de encontrar pareja y los errores más comunes. “La gente ya no hace concesiones, si no encuentra lo que se moldea a su imagen, decide seguir su camino en solitario”, explica Davari. Además de guiar las sesiones, también interviene para dar pequeñas pistas sobre el proceso para consolidar una relación. Para él, cada pareja debe hablar por lo menos cien horas antes de tomar alguna decisión; aunque este proceso debe hacerse con un seguimiento guiado por él, en el que las parejas tiene que acudir cada cierto tiempo a una sesión que, obviamente, les costará dinero.

—Doctor, ¿usted por qué quiere que nosotros tardemos tanto tiempo y tengamos que verlo por tanto tiempo? —le pregunta uno de los asistentes.   

—Porque la idea es que ustedes se conozcan a sí mismos y también a sus parejas antes de casarse. Así no cometerán errores —contesta Davari.

Al terminar la sesión, Davari pregunta a cada uno por el número que identifica a la persona del sexo opuesto que ha elegido. Entonces esa persona se pone en pie y responde directamente a si le interesa conversar con quien lo ha elegido, una actitud que tiene tintes revolucionarios en Irán: las verdades, al menos este tipo de verdades, no se suelen decir a la cara. En un país marcado por las formalidades, siempre es posible encontrar una vía alternativa para no tener que decir las cosas de frente. “No, gracias”, responde Somaye en seis ocasiones. Al final todo el auditorio se ríe. “Los tiempos en que las mujeres tenían que esperar a que alguien las escogiera ha terminado. Nosotras también podemos elegir y ser exigentes”, concluye Somaye, que esta tarde parece haber dejado a varios hombres con el corazón roto.

 

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